lunes, 23 de octubre de 2017

CORAZONES DE GOFRE

Otra delicia de historia que nos regala la autora de Tania Val de Lumbre y que Nórdica ha publicado. Volvemos a Noruega, ese país ejemplo por tantas cosas, por la ecología, por la conquista en la igualdad de género, por su calidad de vida, y en una pequeña aldea, Terruño Mathilde, viven Lena y Theo. Ella es la aventurera, la valiente, temeraria y divertida, y él, quien pone el equilibrio y la serenidad.

Lena no tiene padre, antes de que naciera se marchó, como tantos hombres ante la responsabilidad paterna, y siente que le gustaría tener uno como el que tiene Theo. Al cabo de un tiempo le pregunta: Oye, realmente ¿para qué sirve un padre?, en un diálogo hilarante. En contraste Theo es mucho más tierno, más sentimental que Lena y necesita que le diga que es su mejor amigo para reafirmarse en esa amistad del alma que mantienen, a ella le cuesta hablar de sentimientos. En la vida cotidiana suele pasar al revés.

Theo tiene una hermana adoptada en Colombia y un abuelo maravilloso y una tía abuela que les hace los gofres en forma de corazón y que luego, cuando falta el abuelo, aprende también a hacer esa merienda tan deseada por los niños.

La alocada imaginación de Lena les lleva a las aventuras más increíbles, como la de organizar un arca de Noé con los animales que tienen a su alrededor utilizando la barca del padre de Theo o el rescate de un caballo que están a punto de sacrificar creando una residencia para caballos viejos. Con frecuencia corren el riesgo de acabar en catástrofes y nos hacen pasar el rato más divertido y entrañable, como las mejores historias que encontramos en la literatura. Un placer y un regalo.




jueves, 19 de octubre de 2017

SOLO

Bienvenido a la Antártida. Imagina el frío más insoportable que hayas sentido nunca. Bájale unos cuarenta grados más. Siente tu aliento estallando en minúsculas partículas de hielo delante de tu nariz. Escucha el trueno del mar embravecido a veinte metros por debajo del hielo que pisas. Siente el temblor. Nota el aire rasgando tus pulmones como cuchillas. La niebla como mortaja. La oscuridad helada, petrificada, de ese infierno. Bienvenido a la Antártida. 

Richard Byrd (1888-1957) vivió ese frío varias veces. Lo sobrevoló en dos ocasiones cuando se convirtió en el primer hombre en llegar al Polo Sur en avión en los años veinte. Y podría decirse que lo buscaba, porque estuvo años preparando la expedición que le llevaría a permanecer todo el invierno antártico de 1934 él solo en una cabaña, a 164 kilómetros al sur de su campamento base, en el lugar más cercano al Polo Sur que ningún ser humano había habitado hasta entonces. Un lugar que parecía pertenecer a otro planeta, con una luz y una temperatura propias. ¿Qué se siente en un lugar así? ¿Cómo se pueden describir las emociones, la intensidad del frío, la impresión al caminar a setenta grados bajo cero sobre un desierto interminable de hielo iluminado por un sol espectral que nunca termina de separarse del horizonte?

Solo es el relato testimonial de aquellos meses de soledad en el lugar más frío del planeta. El objetivo de la expedición era, por una parte, recabar información meteorológica de una parte de la Antártida de la que se desconocía casi todo hasta entonces; y, por otra, la ambición de Richard Byrd de explorar los límites de la soledad, la introspección y la resistencia del cuerpo a unas condiciones extremas. Es un relato científico y a la vez lírico. Las descripciones de la belleza del cielo en los días despejados son arrebatadas, "olas de luz batiendo el cielo", millones de estrellas bañadas por la aurora, sembrando la nieve de reflejos gris plata. El autor contempla el espectáculo extasiado, pero nunca pierde la sensación de estar en equilibrio sobre un suelo minado, siempre en peligro, amenazado por una naturaleza extremadamente hostil.

"Algunas veces sentía que era el último superviviente de una Edad del Hielo, luchando por seguir adelante con las herramientas endebles legadas por un mundo fácil y templado". Lo consiguió. Siguió adelante y exploró sus límites hasta el punto de rozar la muerte. Dejó en aquella cabaña una parte de sí mismo, "lo que sobrevivió de mi juventud, mi vanidad, quizá, y desde luego mi escepticismo. Por otra parte, me llevé algo que antes no tenía: el aprecio de la auténtica belleza, el milagro de estar vivo y un humilde repertorio de valores". 

Tras sus dos expediciones a la Antártida, sus dos vuelos al Ártico y el vuelo sin escalas cruzando el Atlántico, Richard Byrd se convirtió en un héroe nacional, aclamado a cada regreso con un desfile en su honor. Este libro cuenta la historia de un hombre que viajó al lugar más inhóspito del planeta para explorar una naturaleza virgen, y terminó luchando contra los elementos y los límites de su cuerpo y de su mente para salvar la vida. 


lunes, 16 de octubre de 2017

EL CUMPLEAÑOS DE KIM JONG-IL

Corea del Norte parece un país de novela distópica. Un campo de experimentos para los fans ultras de 1984. A mucha gente le fascina porque es como un videojuego o una película, y piensan en ese líder gordo y siniestro como si fuera el Hitler de nuestra época, un Hitler ridículo y estúpido, bravucón pero en esencia inofensivo, tan y como parecía Hitler hasta que empezó a anexionarse países. 

Corea del Norte es un país que no nos terminamos de creer. Y menos aún los que hemos nacido en democracia y aprendimos del terror de los regímenes totalitarios a través de los libros. Nos parece un país hecho de historias, de retazos de cuentos escalofriantes relatados por supervivientes, fugitivos que han escapado de una pesadilla y todavía tiemblan al recordar a los monstruos. 

Pero Corea del Norte existe. Y no está gobernada por monstruos. Son gente de carne y hueso la que prohíbe a los niños celebrar su cumpleaños. Gente de carne y hueso la que reprime a golpes cualquier crítica a su líder gordo y siniestro. Y gente de carne y hueso, también, la que llena las plazas kilométricas de Pyongyang en los días de la patria, movida por el miedo o la idolatría, tratando de sobrevivir allí donde han sobrevivido sus padres y sus abuelos, en el país más hermético del mundo. 

Corea del Norte existe. Y en las páginas de este cómic, protagonizadas por un niño cuyo cumpleaños coincide con el de su amado líder, cobra vida de una forma vívida y dramática. Quizá haga falta leer libros como este para darnos cuenta de que la distopía no sólo está en los libros. De que la violencia y el ansia de reprimir las ideas laten con fuerza en millones de personas de todo el mundo. Millones de personas que aprueban la humillación de los más débiles, la segregación por raza, religión o inteligencia, el desprecio por los diferentes y la supresión de libertades en aras de la seguridad o de la unidad de un país. Millones de personas que están dispuestas a salir a la calle en defensa de ideologías asesinas, aprobando que se insulte, se amenace y se den palizas a aquellos que han cometido el terrible delito de pensar diferente. 

Corea del Norte parece un país de novela distópica. Pero una parte nada desdeñable de su distopía vive en la mente de millones de personas reales con las que hablamos todos los días. 



martes, 10 de octubre de 2017

TODA UNA VIDA

Vivimos a toda velocidad. Saltamos de tarea en tarea como saltamontes huyendo de un bosque en llamas. Siempre pensando en lo siguiente. Refugiándonos en la efímera seguridad que nos da haber pasado a toda velocidad por el día sin habernos quemado demasiado. Nos da vértigo bajar el ritmo. Apartar los quehaceres banales que nos salvan de cualquier preocupación y afrontar lo importante sin esconderse. Pero, ¿qué es lo importante? Quién sabe. Lo importante podría quemarnos, lo importante podríamos ser nosotros mismos, y darle vueltas a la idea de quiénes somos puede volverle loco a cualquiera.

Estamos tan cerca de las cosas que cualquier cambio nos trastoca. Tratamos de entender la vida a través de sus detalles, y nos enfurecemos por defender ideas que la mayoría de nosotros no sabríamos explicar. ¿Cómo sería nuestra vida si no tratáramos de entenderla a toda costa, si no nos pasáramos los días reivindicando una imagen, una ideología, un discurso, una historia? 

Este libro es un remanso de tranquilidad. Es profundo en su sencillez. Ligero en su trascendencia. Cuenta la vida de un hombre llamado Egger en un valle remoto de los Alpes, una vida solitaria, contemplativa por instinto, ajena al ruido de su tiempo. Egger se maravilla con las gotas de rocío que penden de las briznas de hierba, disfruta con el frío agudo de las cumbres nevadas al amanecer, y se siente unido a la naturaleza y a las personas que le rodean de una forma misteriosa y profunda que nunca se le ocurriría analizar. Observa sus manos. Esas cicatrices que "hablarían de desdicha, esfuerzo o logros si Egger pudiera recordar su historia". Pero sólo son cicatrices. No le hacen falta las historias, las justificaciones con las que nos convencemos de que nuestra vida ha merecido la pena hasta ahora, no necesita esas relatos embellecidos y retocados sobre sí mismo para sentirse vivo, palpitante, en paz. 

Leer este libro produce una sensación extraña. Una suerte de desprendimiento. Su ritmo ralentiza las pulsaciones, frena esa lucha cotidiana por sacar adelante las minúsculas tareas que llamamos vida. Parece que el silencio tiene otra textura cuando, por la noche, cierro sus páginas, y me quedo quieto, dejando pasar, sin tratar de agarrarlos, jirones de pensamientos breves, como nubes altas, sin lluvia, sin tormenta, sin prisa ni presagios. Enseña, sin proponérselo, una forma de mirar atrás en el tiempo sin zozobra, con una media sonrisa y un gran asombro por toda una vida saboreada con calma. 

Y de repente, uno baja el ritmo y el bosque que se quemaba ahora simplemente se mece tranquilamente con el viento y ya no hace falta huir, ni refugiarse en la velocidad de las tareas banales ni en ningún parloteo donde la vida no nos alcance. 



viernes, 6 de octubre de 2017

EL CUENTO DE LA CRIADA

Veo gente a la que le quitan su casa y se quedan vagando a merced de la caridad de sus familias. Gente apaleada por los que han jurado protegerla. Gente sangrando en las noticias. Gente sin recursos, sin trabajo. Gente ahogándose en el Mediterráneo mientras los que nos gobiernan los miran, indiferentes, desde la seguridad de la costa. Gente que no conozco. Siempre es otra gente. Gente de la que oigo hablar. Existen solamente a través de las palabras o las imágenes y esa distancia me mantiene a salvo. Si nunca le pasa nada verdaderamente malo a alguien conocido, ¿por qué habría de pasarme a mí? 

Gracias a esta falsa sensación de invulnerabilidad, construida a base de décadas de vivir sin grandes sobresaltos, los que construyen las sociedades totalitarias van estrechando el cerco a la libertad de la gente sin que esta se percate. Con la cautela de un felino. Acechando la oportunidad. Sin perder de vista ni un solo segundo el único objetivo. Hasta que muerden la presa y después, tras el shock inicial, la violencia es sustituida por la amenaza y en poco tiempo la represión se convierte en norma, en hábito. El agua de una bañera calentándose despacio. Y tu cuerpo dentro, sin notar nada hasta que ya se ha quemado.

Así empieza esta novela distópica, digna compañera de clásicos del género como 1984, Un mundo feliz o Fahrenheit 451. El cuento de la criada es la historia en primera persona de una mujer convertida en "recurso nacional", en un vientre recluido en una habitación con el único objetivo de ser sembrado por su dueño. Encierro. Sofoco. No pensar, la disciplina de no pensar para sobrevivir. Mantener a raya a los recuerdos. Cautela. Silencio. Calcular las miradas, las palabras. Las distancias. Aprender a controlar el tiempo, los largos paréntesis de nada. Vivir en frases cortas. En respiraciones. Amoldarte al sonido blanco. Domar la desesperación, las garras de la desesperación acercándose a tu garganta como un animal hambriento. Sentirte vacía. Otra vez. Otro día. Desposeída de ti.

Es un libro desolado y fiero. Tenaz en su derrota. El monólogo lírico y lacerante de una mujer que no se rinde, aunque se pliegue. Que esconde su nombre, el nombre de su vida anterior que le robaron para someterla, como un tesoro enterrado al que algún día podrá volver. Cree en la resistencia de la misma forma en que cree que no puede existir oscuridad sin luz. Y se endurece. Se repliega. Finge ser invulnerable, se va cada vez más lejos dentro de sí misma para que ningún golpe, ninguna humillación la alcance. Y aun así, su cuerpo sigue vibrando. Como el sonido de un dedo deslizándose por el borde mojado de una copa. Un cuerpo que se defiende y se revuelve y grita todos los días que está vivo, que arde, que desea y que necesita liberarse. 

La necesidad de recordar, de sostener los rostros queridos en la memoria y contemplarlos largo rato en la quietud de la noche. Y la imposibilidad de hacerlo. Los recuerdos se mueven, se borran, se prenden fuego en tus manos y te queman los dedos con un sentimiento de pérdida insoportable. Y aun así, la necesidad de recordar. Recordar como resistencia. Como supervivencia. 

Esta historia es terrible. Para muchos, sin duda, inimaginable. Sin embargo, no contiene ningún elemento que no haya sucedido alguna vez en la historia. Todos los horrores descritos aquí son una síntesis de los provocados por regímenes totalitarios reales, la mayoría de ellos inspirados en hechos ocurridos en el siglo XX en Alemania, Rusia, Irán o Afganistán. Y también, y en especial, esta historia se basa en la religión como dictadora de normas sociales que controló la vida cotidiana en los Estados Unidos en el siglo XVII, con sus cazas de brujas, sus rituales y su violencia diaria. La religión como ideología represora, y, sobre todo, como arma para someter, humillar, encerrar y anular la voluntad de las mujeres.

Todo esto, en esencia, ya ha sucedido.
Por lo tanto, ¿quién nos dice que nunca podría volver a suceder? 



martes, 3 de octubre de 2017

LOBO NEGRO

Pensemos en Caperucita. En los pobres tres cerditos. En el cazador Pedro. Todos víctimas vengativas del ser más vil, despreciado y odiado de los cuentos infantiles: el lobo. La simple palabra, "lobo", despierta un miedo visceral y primitivo que parece hundido en el inconsciente colectivo. El lobo es el mal, encarna los peores valores imaginables y acaba tirado en un río, despellejado, abierto en canal, cocinado, apaleado y desterrado para siempre de nuestro mundo. ¿Por qué esa reacción tan brutal, esa fobia milenaria? 

Los cuentos infantiles han contribuido más que cualquier lobo agresivo a definir el mito. Por mucho que les temamos, por mucho que pensemos que encarnan lo contrario de la civilización, lo cierto es que los lobos no nos comen. O, al menos, no más que cualquier animal salvaje con la fuerza y la capacidad para hacerlo. Los cazadores-recolectores nativos norteamericanos convivieron durante siglos con manadas de lobos que nunca les atacaban. Los lobos se volvieron recelosos cuando empezaron a ser diezmados por los colonos occidentales y respondieron primero con miedo, y luego con agresividad, a la amenaza de exterminio. Hoy en día, los lobos nos temen, y con toda la razón. Somos, todos los humanos, cazadores potenciales. De nosotros sale el fuego que les mata. Y responden escondiéndose. 

Por mucho que digan Caperucita y los tres cerditos, los lobos no rondan nuestras casas de noche para comernos. Son tímidos, poco sociables. Han aprendido a mantener las distancias con nosotros para sobrevivir. Aunque no todos son así. Algunos no nos temen. Algunos llevan dentro una curiosidad más fuerte que su miedo y se acercan a nuestras casas. Pero no para acecharnos, ni para robarnos la comida. Algunos se acercan a nosotros ofreciéndonos bostezos y reverencias amistosas. Algunos sonríen de soslayo y estiran las patas delanteras. Algunos aúllan de puro júbilo cuando nos ven porque lo único que quieren es jugar. Este libro cuenta la historia de uno de esos lobos sociables, un lobo negro que vivió a las afueras de Juneau, la capital de Alaska, en la primera década del siglo XXI, y cuya turbadora cercanía creó un vínculo emocional muy fuerte con las personas que lo trataron y acabó convirtiéndose en un icono de la ciudad y en un ejemplo de la posibilidad de interacción pacífica y amistosa entre un carnívoro enorme y salvaje en libertad y los seres humanos con sus animales domésticos. 

Este lobo negro dividió y unió a la comunidad. Se hizo famoso. "En sus movimientos había una exuberancia artística que trascendía el mero juego. Aquello se parecía más a una celebración. O a un baile". La gente iba a verlo con sus perros. Él se acercaba, jugaba con ellos. Era casi el doble de grande que la mayoría de labradores y terriers y transmitía una sensación de calma y seguridad hipnotizadora. Avivó el debate sobre la relación entre los lobos y las personas en una ciudad donde, de madrugada, osos negros de quinientos kilos se pasean con frecuencia a pocos metros de las oficinas del Senado. Ciertas personas empezaron a hablar de amistad. De la turbadora humanidad de sus gestos. De las emociones que les generaba su cercanía. De la dificultad de explicarlas, de poner palabras a lo que sentían cuando el lobo los miraba a una distancia de seis metros y el láser de sus ojos imperturbables les traspasaba sobrecogiéndolos. 

Nick Jans sintió todo eso y mucho más. Estuvo en contacto con el lobo negro durante siete años y aprendió a disfrutar de su compañía y a buscar las palabras que pudieran reflejar esa relación tan llena de significado. El resultado es este libro. Esta historia de amor y dolor de un ser humano por un animal salvaje que, en contra de lo que muchos han aprendido a pensar, lo único que anhelaba era la compañía de los seres humanos y sus perros. Este libro derriba mitos sobre la frontera entre el mundo salvaje y la civilización y es capaz de hacernos llorar por la suerte de un animal que desde tiempos inmemoriales hemos asociado al terror. Este libro es una historia de amor por un animal extraordinario. Te deja con la piel de gallina. Nunca volverás a mirar a un lobo de la misma manera.