lunes, 24 de julio de 2017

CAFÉ AMARGO

Las historias sobre Italia siempre tienen para mí un atractivo especial. Es un país maravilloso, de una belleza natural extraordinaria y cuenta con un patrimonio de obras de arte apabullante. A esta autora siciliana la descubrí con su primera novela, La mennulara, una historia original e interesante que retrataba de forma magistral el ambiente y las costumbres sicilianas, incluida la mafia.

En este Café amargo he encontrado una preciosa historia de amor enmarcada, como en todas las novelas de su autora, en su Sicilia natal, durante la primera mitad del siglo XX, con sus prejuicios, sus personajes pintorescos y, de forma especial, iluminando las personalidades de María y Giosué, los dos protagonistas junto con Pietro.

El trasfondo son las dos guerras mundiales y la repercusión que tuvieron en la vida de los habitantes de Palermo. Dos temas fundamentales, de primera importancia: la situación insoportable e inhumana de los mineros del azufre y la desastrosa y cruel actuación de Italia en la guerra con Etiopía en los años 30. Un detalle para mí muy relevante que se le ha olvidado a la autora consignar fue la matanza indiscriminada de civiles con gas mostaza que ya entonces estaba prohibido y la fumigación de las tierras cultivables con el mismo gas que las hizo improductivas por muchos años. Estos terribles hechos fueron alabados por Churchill y el papa Pío XI como una hazaña del gobierno italiano.

Sobre la historia de Italia quiero traer aquí el recuerdo de Los hijos, uno de los libros más interesantes que he leído, escrito por el periodista italoamericano Gay Talese.

Café amargo tiene además encantos especiales, su explícita sensualidad y el retrato minucioso de los decorados en las casas y jardines de la burguesía y la aristocracia del sur de Italia. Un placer su lectura.



domingo, 16 de julio de 2017

TANTOS DÍAS FELICES

Vincent y Guido son dos amigos con la vida resuelta y ganas de enamorarse. Inteligentes, ricos y despreocupados, son lo suficientemente jóvenes para desear salir por las noches a "pegar patadas a neumáticos y estallar botellas contra las paredes" pero, sin duda, demasiado distinguidos para semejantes desmanes. Guido conoce a Holly, una chica impenetrable, excéntrica y elegantísima que pronto se convierte en su obsesión, "mejor que cualquier fantasía, mejor que esos sueños adornadísimos que, por la mañana, dejan tras de sí un dulce sabor de felicidad inexplicable". Y Vincent, poco después, se topa con Misty, una compañera de trabajo nada nebulosa que, con su pesimismo combativo de clase proletaria, ejerce de perfecto contrapunto para el dandismo benevolente y pacífico del galán enamorado. Guido vive volcado en el arte, y aunque no hace más que vivir el momento, se pasa la vida analizando sus emociones. Mientras que Vincent, que como científico se dedica a analizar la realidad, se limita a vivir sin prestar atención a cálculo alguno. Con estos dos personajes, y sus respectivas parejas, Laurie Colwin ha creado una comedia encantadora y perspicaz sobre las complejidades del amor.

Ya me pasó con Felicidad familiar. Internarse en la literatura de Laurie Colwin es un chute de buen rollo y sutileza, con ese entusiasmo descontrolado y un pelín neurótico de las películas más alegres de Woody Allen. Es como volver de cenar con amigos y ponerse a analizar en el coche con tu pareja todos los detalles de la cena: fíjate lo que le ha dicho, y cómo se ha quedado callado cuando le has respondido que no podías ir, pues les he visto mejor que el año pasado pero, ¿has visto?, no se han tocado ni una sola vez, esta chica lo va a volver loco, pues yo creo que le va a a venir fenomenal, qué dices, que sí, le hace falta que alguien se lo ponga un poco difícil, que vaya por delante, que le haga esforzarse, mmm, pues quizá tengas razón, que lleva años acostumbrado a conquistas fáciles y ya le toca luchar un poco, y te has fijado que... Un cotilleo animado y mordaz, como todo buen cotilleo, ingenioso, cariñoso, con ese colmillito malévolo que convierte toda charla intrascendente en una fiesta del ingenio. 

Hablar de amor es hablar de misterio. De la perplejidad, a veces resignada, a veces feliz y entusiasta, que provocan sus vaivenes. Incluso cuando todo va bien y la vida fluye y la rutina se disfruta como un dulce, Holly siente la necesidad de buscarle alguna pega, de estropear un poquito el cuadro perfecto de su vida para hacerlo real y comprensible y así disfrutarlo mejor. Y se marcha sola a Francia tres semanas para experimentar la sensación de añoranza buscando la belleza a través de la imperfección, buscando romper la simetría que hace de cualquier relación algo armónico y estable, sólido y duradero, pero poco estimulante. 

Los libros de Laurie Colwin podrían rozar la frivolidad si no realizara, con cada personaje, un análisis profundo y conciso de su cualidad humana. Están llenos de ideas sobre la vida, ideas divertidas, disparatadas, filosóficas, irónicas y extrapolables a cualquiera que haya sentido el vértigo de adentrarse en la vida adulta sin saber cómo hacerlo. No recuerdo a ningún escritor que trate a sus personajes con el cariño que les demuestra Laurie Colwin a los suyos. Su tono parece decir: queridos míos, qué locos estáis ¡y cómo os quiero!

Laurie Colwin

Me cuesta escribir sobre los libros de esta autora y no decir tonterías. Mi cuaderno de notas está lleno de comentarios elogiosos, edulcorados y cursis como la carpeta de un adolescente que acaba de descubrir a Bécquer. Sus libros proporcionan esa felicidad efervescente de las comedias de Woody Allen y salgo de ellos medio enamorado, sintiendo el suelo blandito y una euforia íntima incontrolable. Y quiero más. Por favor, Libros del Asteroide, quiero más. Volver a ella. A su tono. A sus diálogos mordaces y sus personajes excéntricos y entrañables. Quiero más. Encerrarme con todos sus libros en una habitación y no salir en días, hasta que sus palabras me dejen la cabeza y el corazón con las sábanas revueltas. 



martes, 11 de julio de 2017

LA REINA DE LAS RANAS NO PUEDE MOJARSE LOS PIES

De pequeño, mi madre me leía los libros de Sapo y Sepo, de Arnold Lobel. Eran dos sapos estupendos, amigos inseparables, que no sabían vivir el uno sin el otro. Salían de paseo, zampaban galletas y viajaban por el mundo. Vamos, el plan de vida ideal para un crío de cinco años. 

Hace unos diez años, un sapo subió los cien metros que separan el embalse de la casa de mi madre y se quedó tan pancho descansando en su terraza. Era gordo, de un color sucio entre amarillo y marrón, y tenía los ojos saltones. Recuerdo esos ojos. Y su panza latiendo. Y que no me producía ni miedo ni asco, sino una curiosidad infantil por ver cuál sería su próximo movimiento. ¿Se comería una galleta o saldría de viaje por el mundo?

Gracias a mi madre y a Arnold Lobel me ha quedado de la infancia cierta ternura por las ranas y los sapos. Por eso, quizá, este cuento de ranas me ha parecido tan irresistible. 

Había una vez un estanque en el que las ranas hacían cosas de ranas. Saltar, cazar moscas, dormir y jugar. Vamos, el plan ideal de cualquier rana inteligente. Hasta que un día cayó al agua un objeto metálico y brillante y la rana que fue a indagar al fondo del estanque emergió a la superficie con una corona en su cabeza. Y ya nada fue lo de antes. 

¿Un cuento infantil sobre la monarquía? Pues sí. 
¿Sobre el abuso de poder y sus consecuencias? Eso es. 
¿Sobre la soberanía y el principio de igualdad? Claro que sí. 
¿Y con historia de amor? ¡Y con historia de amor!


miércoles, 5 de julio de 2017

CUANDO ÉRAMOS HERMANAS

Con una escritura elegante, Sheila Kohler nos trae un testimonio inquietante, por varias razones: la violencia contra las mujeres, ejercida por los maridos de las dos hermanas protagonistas, y las actitudes racistas de las familias privilegiadas en Sudáfrica. Es una historia perturbadora, trágica, que revela el inconformismo de una mujer joven descendiente de una familia de Baviera.

Nacida en un entorno de gente millonaria en la Sudáfrica del apartheid, a pesar de su educación cultural europea en París y Venecia, le parecen normales las leyes que del gobierno sudafricano que segregaban a sus habitantes según su raza. Según estas leyes, los negros y los blancos no vivían en los mismos barrios, no estudiaban en los mismos colegios ni pasaban las vacaciones en los mismos lugares. El propósito era conservar todo el poder para la minoría blanca (que no era más que el 21% de la población). En otras condiciones habría perdido su posición de privilegio.

¡Hasta qué límites la educación recibida condiciona las actitudes y fomenta las creencias más erróneas e injustas! Esas personas que de forma tan poco ética consiguieron y siguen consiguiendo hoy ingresos millonarios a costa del trabajo esclavo de sus semejantes, ¿dónde guardan su conciencia? La madre de la escritora de esta novela, como muchas, acabó alcohólica porque en su vida no había intereses que la ocuparan. Hasta 1992, el apartheid, aquel crimen contra la humanidad, fue legal. Recordar estas realidades a través de las experiencias vividas es importante.



jueves, 29 de junio de 2017

LA BALADA DEL NORTE

En España dices República y no sólo eres antimonárquico, sino además rojo, socialista, filocomunista y, si se tercia, antisistema. Obligatoriamente progre. Como si desde 1931 hasta 1936 sólo hubieran gobernado las izquierdas. En el instituto me enseñaron a asociar la República con libertades, sindicatos, Lorca, La Barraca, lucha obrera y derechos laborales. Cinco años de esplendor apretujados entre dos épocas de oscurantismo medieval. La esperanza. El comienzo del progreso. El faro de la historia que pasaría cuatro décadas apagado por la bota de Franco y que volvería a la luz, para no volver a apagarse, en 1978. Y lo cierto es que esa forma de verlo era perfecta para cuadrarla en un esquema memorizable. Quedaba bonito en los apuntes para selectividad y servía a la adolescencia como las camisetas del Che: mitos para empezar a rellenar la ignorancia. Pero lo cierto es que, al igual que aprendimos, años más tarde, que el Che no era aquel irreprochable guerrillero liberador de las masas oprimidas que describía Silvio Rodríguez en su canción, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que la República tuvo poco de esa liberación social con la que la asociábamos y que el esplendor fue en realidad una vela frágil, una promesa que nunca llegó a cumplirse.

Precisamente de promesas no cumplidas sabían mucho los mineros de Asturias, protagonistas de esta obra monumental de Alfonso Zapico en tres volúmenes, de los que se han publicado ya los dos primeros. Las compañías mineras asturianas, afectadas por la crisis de 1929, redujeron sueldos y dejaron de invertir en medidas de seguridad para mantener los beneficios. Conchabadas con las fuerzas del orden y los jueces, censuraron periódicos y acentuaron la pobreza y la precariedad de los mineros. Estos llegaron a un punto en que su único afán era sobrevivir y sacar adelante a sus familias, y decidieron que ya era hora de "coger el país por las solapas y zarandearlo hasta darle la vuelta". No se puede pasar hambre en silencio e indefinidamente. No se puede contemplar la dignidad pisoteada día tras día y quedarse de brazos cruzados, recibiendo palo tras palo. "¿Qué será lo próximo? La muerte colectiva. Acabarán convertidos en sombras, abandonados en aquel valle. Por eso habrá revolución".

La revolución de 1934, pensada para toda España, sólo cuajó en Asturias. Pretendió ser el sueño de todos, anarquistas, socialistas, comunistas y republicanos de cualquier ideología que estuvieran a favor de los derechos laborales de las clases más desfavorecidas. Pero se topó con un gobierno conservador que, aterrado por la posibilidad de que los obreros tomaran el poder, mandó al ejército, con López Ochoa al mando, y a un tal general Franco al frente de los regulares de África para reprimir a sangre y fuego la revuelta. Pretendió ser el sueño de todos, pero sólo fue el sueño de cada uno, socialistas, comunistas y anarquistas, cada uno en una dirección, odiándose por motivos espurios, cegados por su ambición o sus miserias, todos con un sueño distinto de la revolución.

Escribe Enric González en la introducción del primer tomo: "los sucesos de Asturias supusieron en realidad el inicio de la guerra civil: en ellos el rival político se convirtió en enemigo, y acto seguido en alimaña, en bestia que se debía exterminar. Tanto la insurrección como la brutal represión militar imprimieron en la Segunda República el clima feroz que dos años más tarde desembocó en una guerra de aniquilación".

Zapico, uno de los más brillantes historietistas españoles, está creando una obra impresionante sobre la Revolución de 1934. A través de una ambigua historia de amor entre el hijo del dueño de una compañía minera y la hija de uno de los líderes de la revolución, retrata de forma magnífica el clima de violencia, la angustia de los trabajadores, el desprecio de los empresarios y el caos que reinaron en Asturias durante aquel mes de octubre, dejando para el tercer tomo, presumiblemente, las consecuencias de la represión y el destino de esa pareja improbable.

La revolución de octubre de 1934 fue la última revolución social de Europa Occidental. Aunque fracasó, pronto se convirtió en un mito para la izquierda, a la altura de la Comuna de París o de la Revolución Rusa. Ojalá este cómic sirva, entre otras cosas, para ver la revolución de Asturias con sus luces y sus sombras, para que la palabra República deje de ser sinónimo de socialismo o progreso y para desmitificar aquellos hechos y que no se conviertan en armas arrojadizas para futuras generaciones.


lunes, 26 de junio de 2017

POTOSÍ

Potosí: palabra quechua que adoptó el castellano para nombrar las fortunas impensables. 
Potosí: la montaña boliviana de la que los hombres llevan extrayendo plata y estaño desde hace quinientos años. 
Potosí: el paraíso de los tesoros fabulosos. 
Potosí: el departamento más pobre del país más pobre de Sudamérica. 

Cuando quieren protestar contra algo que desconocen, los mayores a menudo recurren al clásico "esto antes no pasaba, en mis tiempos se vivía mejor". Es una muletilla casi siempre mentirosa, ya se sabe que la memoria descarta y embellece los recuerdos a capricho de nuestros vaivenes melancólicos. Sin embargo, en boca de un minero boliviano que hubiera oído hablar de la situación de la minería antes de 1985, sería una verdad incontestable.

Antes, en Bolivia, los mineros sí que vivían mejor. Podían afiliarse a sindicatos, trabajaban con contrato y seguro de accidentes, disponían de maquinaria y sus hijos iban a la escuela. Apenas había menores en las minas. Hoy, el Cepromin (Centro de Promoción Minera), calcula que son unos 13.000 los menores de 18 años que bajan a las minas para contribuir a la economía familiar. Por supuesto, sin contrato, sin maquinaria, sin medidas de seguridad y, a menudo, sin saber ni siquiera para quién están trabajando en realidad. Se acabó la conciencia social. Se acabó la resistencia obrera frente a la explotación y los intentos de las empresas privadas de esclavizar a sus trabajadores. Se acabó pensar en seguir respirando con pulmones sanos. Hoy en día, desde 1985, los mineros que empiezan a los doce años probablemente no cumplirán los treinta y cinco. 

Pero, ¿qué pasó en 1985? Que el gobierno boliviano privatizó la explotación de las minas para hacer frente a los pagos de la deuda externa, medida que satisfizo a Estados Unidos y los mercados, y llevó a los bolivianos a la miseria. Pero para llegar a este punto hay que saber qué había pasado antes en el país. Tras haber sido una sierva fiel del capitalismo más feroz a lo largo de la primera mitad del siglo XX, en 1951 Bolivia nacionalizó las minas e inició un proceso modernizador (sufragio universal, derechos laborales, sanidad y educación públicas), saboteado años después por Estados Unidos y su fobia a cualquier avance social que su paranoia pudiera asociar con el comunismo. El país pasó de dictadura en dictadura, apoyadas por la CIA dentro de la Operación Cóndor, y entre diversos asesinos hubo sitio hasta para un nazi famoso, Klaus Barbie, el llamado "carnicero de Lyon", que coordinó grupos paramilitares de extrema derecha y desarrolló sus gustos sangrientos torturando y desapareciendo a presos políticos. 

En los años 70, Estados Unidos concedió préstamos millonarios a los dictadores bolivianos "porque eran socios en la lucha contra el comunismo y porque aprobaban leyes ventajosas para las multinacionales del petróleo y el gas". La deuda del país se multiplicó por diez, pero mientras duraron las dictaduras los norteamericanos no exigieron ninguna devolución. Cuando volvió la democracia en los años 80 y la supuesta amenaza comunista empezó a disiparse, Estados Unidos vendió 30.000 toneladas de estaño, materia prima esencial para la economía boliviana, lo cual hundió su precio en los mercados y Bolivia se quedó sin ingresos. Y fue entonces cuando los acreedores estadounidenses reclamaron la devolución de la deuda boliviana. Pero como Bolivia no podía pagar ni siquiera los intereses de dicha deuda, Estados Unidos obligó al país a privatizar todos sus recursos y a recortar en todo lo público. Dictaduras. Deudas. Y miseria. He aquí el legado estadounidense en buena parte de los países de Latinoamérica. 

El resultado es que los principales sectores económicos de Bolivia fueron vendidos a precios ridículos, con evasiones y fraudes en un "espectáculo de estafas, corrupciones y pelotazos". Y Bolivia siguió estancada en su papel de país sin infraestructuras, sin inversiones y sin industria. "Sin ninguna capacidad para defenderse de los especuladores internacionales que juegan con las materias primas y hunden países, con poca o mucha intención, sin ninguna preocupación". 

"Gobiernos y agentes de bolsa especulan con las materias primas; en ese juego arruinan a países subdesarrollados; esos países aceptan las ayudas internacionales y sus condiciones para salvarse; por ejemplo, renuncian a intervenir en las relaciones entre las empresas y los trabajadores, renuncian a cualquier vigilancia, y así, al final de la cadena, una niña de doce años entra a trabajar en la mina". 

Ander Izagirre, que ya me entusiasmó el año pasado con Cansasuelos, un relato encantador sobre un viaje a pie por los Apeninos, ha escrito un libro que encierra muchas historias. Historias de avaricia, en las que los magnates mineros se enriquecieron hasta límites obscenos a base de evadir impuestos y controlar a los gobiernos mientras Bolivia se moría de hambre. Historias de desprecio, en las que Estados Unidos destrozó la vida de millones de personas que consideraba prescindibles abusando de su poder para satisfacer sus intereses políticos y económicos. Y también historias de coraje, como la de Alicia, una adolescente minera a la que le duelen los riñones de bajar todos los días a la mina y se preocupa por que la puedan violar y se ve forzada a pagar una deuda que no es suya pero aun así sigue yendo a clase por las tardes y se convierte en presidenta de una asociación de menores mineros y obtiene una beca para estudiar y poder respirar aire limpio y comer comida saludable y quizá, un día, dejar de bajar a la mina y olvidarse, quizá, un día, del dolor de riñones. 



jueves, 22 de junio de 2017

ANTES ESTABA EL MAR

La editorial Barbara Fiore nos tiene ya acostumbrados a su buen hacer con la elección de libros bellos que son un placer para la vista y un incentivo para la imaginación.

En este caso ha elegido esta obra de Éleonore Douspis, una pequeña joya de bellísimas ilustraciones que cuenta la historia de las carencias experimentadas por un niño que vive cerca del mar. De forma alegórica representa a tantos millones de niños en el mundo que, por diversas causas, se ven obligados a abandonar su hogar y sus pueblos y el desamparo se vuelve su forma de vida. 

El protagonista y su amiga Oumy disfrutan de sus juegos al borde de un mar tranquilo y cristalino hasta que algo terrible sucede y todo cambia, ya no está el mar, ni los juegos, ni su amiga, ni su familia... Está solo y no le queda más remedio que reconstruirse.

Las ilustraciones bellísimas de este libro nos van relatando sus sentimientos, primero la felicidad al lado de su amiga y luego el sufrimiento y la inseguridad por la falta de su familia,  hasta que al final consigue escapar del papel en un apogeo de solapas que nos descubren el itinerario por mundos oníricos y reales que transitan tantos millones de personas en el mundo.


lunes, 19 de junio de 2017

TIERRA DE CAMPOS

Hace muchos años, un profesor de piano me dijo: te escucho tocar y no sé quién eres. No es algo necesariamente malo, me explicó. Mira Pollini, por ejemplo, tampoco sé quién es. O Rubinstein. Y son magníficos. Pero esa impenetrabilidad tuya hace que tengas que ser muy bueno para que no se note. El reproche, claro está, iba implícito, metido a cuchillo en mi inseguridad con aquella sonrisa suya socarrona con la que nos enamoraba y nos sacaba de quicio a partes iguales. Por supuesto, nunca fui lo suficientemente bueno como para eludir un hándicap como ese. ¿Quién soy yo tocando? ¿Puede definirse alguien a través de la música que toca? Después de muchos años de darle vueltas y de quitarme y ponerme diversas máscaras, creo que aquel profesor no se refería a mi falta de personalidad musical, signifique lo que signifique eso, sino más bien a que por aquel entonces no se reconocía en mi forma de tocar. No lograba meter sus emociones en mi música. Mi música era una casa cerrada para él, y por más que llamaba, la puerta nunca se abría. Me lo dijo en un par de ocasiones y, ante mi gesto desolado, se apresuraba a consolarme: no es nada malo, tocas muy bien, y vas a tocar mucho mejor, tu casa es muy bonita y da gusto verla por fuera, ahora tienes que pensar en cómo vas a abrirle la puerta a tus invitados.

Me he acordado de esta anécdota al leer Tierra de campos, el último libro de David Trueba. Al igual que ciertas canciones o ciertos paisajes, es un libro en el que me gustaría vivir. Una casa abierta y acogedora, llena de lugares cálidos y reconocibles, con esa poderosa sugestión que tienen los enamoramientos, cuyo desfile de novedades y extrañezas, en vez de alejarte, te acerca siempre más a ti mismo. Lo he leído con una sonrisa casi permanente. Sonrisa burlona, divertida y sentimental. Y mientras iba apuntando frases, de vez en cuando cerraba el libro y me quedaba mirando por la ventana, alelado, persiguiendo conceptos, metáforas e ilusiones, como si fueran cometas de colores que sólo volaran para mí. 

Tierra de campos es un homenaje dulce e irónico a unos padres que, como la inmensa mayoría de su generación, fueron educados en el pudor y la represión emocional, cariñosos en el gesto pero nunca en la palabra, incapaces de arrebatos, de euforias o de compartir las heridas de la memoria, y, sin embargo, poseedores de unos valores férreos e insobornables, anclados a una honestidad sin fisuras. También es un homenaje a los laberintos del amor, por los que el protagonista se interna atropelladamente en su huida de la soledad, y de los que nunca logra salir por más que consiga eludir los rencores y el odio, esos vicios de la posesión que siempre acaban en amargura. Por supuesto, es un homenaje a la vida del músico, siempre hacia delante, siempre pensando en el siguiente concierto, la siguiente canción, la siguiente borrachera, en busca del movimiento perpetuo, de la conquista de lo efímero, del vuelo, de la ingravidez. Pero, sobre todo, es un homenaje a la amistad. 

Se nota un cariño abrumador en el retrato de los amigos del protagonista. Gus, arrollador y ambiguo, viviendo en un permanente estado de euforia desde su elegancia excéntrica, y Animal, bruto e impulsivo, gobernándolos a los tres desde la batería a base de fidelidad y cervezas. Entre los tres, con apariciones esporádicas de otros músicos amigos, convierten su oficio en el arte de vivir en el aire, en ese instante durante un salto en el que los pies no tocan el suelo y todo puede pasar. "Lo contrario a un museo, donde todo está ordenado y datado, donde el tiempo se ha posado". Luchan contra la pesadez, contra la tierra, las raíces, las fotos fijas, lo definitivo, lo incuestionable, lo irrefutable, sin darse cuenta, quizá, de que el exceso de vida es un camino que a veces pasa muy cerca de la muerte. 

Escribir sobre música es muy difícil. ¿Cómo se describe un sonido sin abusar de las metáforas? No sé cómo lo hace, pero David Trueba lo consigue. Y se pasa más de medio libro consiguiéndolo, haciendo que escuche la música de estos tres amigos con nitidez, impresionado por no necesitar apenas referentes ni comparaciones para saber exactamente cómo suenan las canciones que describe. Y vuelvo a casa después del trabajo tarareando mis versiones de esa "música herida y sarcástica, de un humor desesperado", con instrumentos de viento que parecen sacados de una película de Kusturica y una ligereza que hace que cualquier dramatismo sea siempre relativo y volátil. 

Ligereza. Sí, es un libro ligero. Aun cuando habla de lo que nos perturba, del desasosiego de no lograr calmar nunca el hambre, a pesar del éxito, del amor, del sexo, de los amigos, del triunfo de la vida. Ligereza al describir la pérdida de la inocencia y cómo el espacio que deja la ingenuidad puede ser sustituido por la delicadeza. Ligereza al subrayar la importancia del pasado, de esa obsesión por dejar, a través del arte, una huella que nos sobreviva. El pasado como refugio, como surtidor de expectativas. Pero también, como mentira. Porque el pasado, al fin y al cabo, no existe. Es aquel portal umbrío de tu primer beso convertido hoy en una inhóspita oficina bancaria. Poco más que una historia, una ficción que va perdiendo su soporte material cada día que pasa.

Si al mirar no eres capaz de inventar lo que estás viendo, ¿para qué mirar, entonces? 
Si al cantar no estás tendiendo la mano a quien te escucha para que se venga contigo a tu emoción, ¿para qué cantar, entonces?
Con los años, siempre procuré hacer caso a mi profesor de piano. Si conseguí abrir la puerta de mi música y hacer que la gente se quedara un ratito a escucharme desde dentro fue sobre todo gracias a libros como éste: casas magníficas y acogedoras cuya puerta siempre he encontrado abierta.


jueves, 15 de junio de 2017

MÁS ALLÁ DEL INVIERNO

Encontrarme de nuevo con un libro de Isabel Allende despierta en mí resonancias antiguas. Su Casa de los espíritus coincidió en el tiempo con la llegada al mundo de mi hijo, en 1982, momento en el que yo acababa de vivir experiencias muy intensas en un país latinoamericano. Aquella carta al abuelo, llena de realismo mágico, como se llamó entonces, me impresionó, me pareció brillante y cuando salió su segundo libro, De amor y sombra, me sumergí en él. Los dos trataban el tema de la dictadura chilena y la defensa de los derechos humanos, especialmente los de las mujeres. Un tema para mí apasionante. El tercer libro que leí de Isabel fue Paula, un homenaje a su hija recién muerta, autobiográfico y también en forma de cartas, que me conquistó y me llevó a su universo, en el que siempre he encontrado el toque de humor que da a sus relatos, aun en su faceta más dramática, con una cercanía que te hace sentir partícipe de la historia.

Luego vinieron muchos títulos más que, en mi opinión, nunca llegaron al nivel de los tres que he comentado. Y ahí fui dejando de ser su lectora constante. El penúltimo, El amante japonés, me descubrió un episodio de la historia de Estados Unidos que creo que no ha sido debidamente divulgado: la injusta represalia que sufrieron los japoneses residentes en Estados Unidos y su internación en campos de concentración tras el ataque a Pearl Harbour en 1941. 

Como editora y librera he sido muy consciente de las críticas que ha recibido de voces del mundo intelectual y comprendo algunos de sus argumentos, pero tengo que decir en su favor que sus libros tienen siempre tramas interesantes y temas comprometidos y que si su literatura no es lírica, su sencillez directa para contar es de una enorme amenidad que te engancha desde la primera línea.

En Más allá del invierno, recrea el tema de los refugiados, en este caso una muchachita guatemalteca que ha sufrido lo indecible a causa de las maras violentas en las que se refugió el mayor de sus hermanos. Como siempre, la violencia masculina acaba impregnando los episodios más dramáticos en la vida de las familias pobres, abandonadas con tanta frecuencia por el padre. También denuncia la política que Trump está llevando contra los refugiados y recuerda un hecho que a mí se me había olvidado. En los años 80 se creó el Sanctuary Movement en Estados Unidos, un movimiento compuesto por miles de abogados, estudiantes y activistas que se pusieron de acuerdo para ayudar a los refugiados que en la época de Reagan eran tratados como delincuentes y deportados. Ojalá salga un movimiento parecido ahora.

El trayecto desde Guatemala hasta Estados Unidos pasando por México, con la continua amenaza de los Zetas o los coyotes desalmados que se lucran con la desesperación de los refugiados, está descrito con minucioso detalle. Una vez conseguido el paso a Estados Unidos los problemas no se acaban. Aparecen traficantes de personas con testaferros, que nos recuerdan los casos de corrupción que hoy tenemos en España como el de Ignacio González, o descendientes de personajes turbios que en muchas ocasiones habían escapado de la cárcel y su refugio fue América, como los antepasados alemanes de Trump.

He querido rescatar esta conferencia magistral que Isabel dio en Estados Unidos el 14 de mayo del 2013, un monólogo chispeante y lleno de humor, que denuncia realidades importantes que no han cambiado a pesar de los cuatro años transcurridos.


lunes, 12 de junio de 2017

NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA (cómic)

Así que así se hace. Uno se enamora de una novela. La piensa, la vive, la saborea. La lleva en su cabeza como una canción de amor, en su piel como el perfume de una amante. Uno llora con la tragedia del herido y se compadece de los dilemas morales de su compañero. Uno va andando por la calle, ve un cementerio y siente de pronto una furia incandescente revolverse en sus tripas. O se topa con una tienda de disfraces y una máscara de arlequín hace que le recorra la flecha de un escalofrío por la espalda. Uno se enamora de una novela y, como sabe dibujar, empieza a sentir un cosquilleo en la punta de los dedos. Las emociones se transforman en colores, la furia es morada y el amor verde, y en cuanto llega a casa se pone a dibujar como un poseso. Horas y horas. La canción de amor y el perfume de la amante ahí, plasmados sobre el blanco. La tragedia y los dilemas en dos cuerpos enlazados, en unos labios suplicantes. Así se hace. Uno se enamora de una novela y devuelve ese amor convertido en esta obra de arte. 

Este cómic es una adaptación gráfica de la novela de Pierre Lemaitre Nos vemos allá arriba, Premio Goncourt 2013. Sus protagonistas, Édouard y Albert, deberían haber muerto en la guerra. Habría sido lo más conveniente para sus superiores y para los gobernantes de la paz de los años veinte, incapaces todos de compensar por su sufrimiento a las decenas de miles de heridos que volvieron deshechos de una guerra espantosa y absurda. Estos dos despojos de la paz, unidos por una amistad compleja y profunda, protagonizan una de las historias de venganza más contundentes e impactantes que he leído nunca y muestran cómo del sufrimiento y la compasión pueden salir las ideas más creativas. Y las más desesperadas. 

Las adaptaciones al cómic de obras literarias saben a menudo a sucedáneo. Conocemos el texto, sabemos de su fuerza, y es difícil que una imagen potencie la historia conocida sin traicionar su esencia o sin entrar en conflicto con la idea que nos habíamos hecho de los personajes y su contexto. Esta adaptación de Christian de Metter no se parece a ninguna otra. Es potentísima, discreta, concisa y tiene una fuerza expresiva que quita el aliento. Sólo me explico un éxito así desde el amor. Desde la devoción absoluta del dibujante por una historia que le ha atrapado tanto que sólo puede deshacerse de ella creándola de nuevo, sacándola a golpe de color desde sus sueños y obsesiones. 

Gracias, Christian de Metter, por convertir tu pasión en esta obra de arte. 


jueves, 8 de junio de 2017

LO QUE OLVIDAMOS

Despacio. He leído este libro muy despacio, saboreando cada capítulo como un dulce secreto e íntimo. En ratitos robados a la librería o a la preparación de una cena ligera, en la cama antes de dormir o en el sillón poco después de despertar, esta historia me ha llevado a lugares dentro de mí mismo donde nunca había estado. Un jardín de una residencia, el sol sobre las flores, las manos de una madre recogidas en el cuenco de las manos de su hija, las palabras de una hija que recoge en su memoria los recuerdos fugitivos de una madre que está dejando de saber quién es. Lugares transidos de belleza, de un dolor tamizado por la melancolía y la ternura, que desde ahora, y para siempre, han pasado a pertenecerme. 

Es un proceso conocido. Incluso para quienes no lo han vivido nunca de cerca. Poco a poco, con cada lapsus, cada excentricidad, cada negación de la realidad, la persona querida se va alejando, va perdiendo aquello que la definía como madre, como sostén, como ser humano dentro de una familia y de una sociedad. "Está aquí y al mismo tiempo está ausente, extraviada en un laberinto interior que nos resulta inaccesible". Un laberinto en el que, pese a su inaccesibilidad, la narradora de esta novela decide internarse para no soltarle la mano a su madre, para tratar de estar a su lado en todos los tropiezos, en todas las lagunas de su mente desmemoriada. 

Al vaciar la casa materna, aparecen multitud de objetos antiguos que despiertan recuerdos. Recordar la infancia ahora cobra otro sentido. Otra responsabilidad. Cuando somos los únicos depositarios de ciertas historias, estas ganan peso y valor, y nos definen a través de las personas que las habían guardado antes que nosotros en su memoria. Recordar se convierte ahora en un acto de amor. En algo que se hace con mimo, con cariño, por amor a aquella que ya no puede recordar nada. 

Estamos acostumbrados a relacionarnos con los demás en base a una serie de normas lógicas de comportamiento. Contamos con que nuestra forma de percibir la realidad es compartida por la mayoría y así amamos, nos comunicamos, debatimos y nos movemos con más o menos soltura en nuestra sociedad. Cuando alguien deja de percibir la realidad como el resto, trata de protegerse. El mundo se vuelve hostil. Un tenedor ya no es un tenedor, es un trozo metálico con púas afiladas con propósitos incomprensibles. Trata de protegerse y sus actos se vuelven impredecibles. Y todos los intentos de traerle de vuelta resultan vanos, no se puede dar marcha atrás en su lento alejamiento de la realidad. No se le puede retener en la razón, sólo se le puede acompañar sin tratar de buscar su nueva lógica. Sin tratar de encontrar un nuevo lugar en su mente donde poder descansar. Cuando ya no se reconoce a la familia, cuando el propio hogar se olvida, cualquier lugar, cualquier caricia pueden ser "mi casa". 

El futuro no existe. El presente se renueva todos los días, de formas extravagantes o aterradoras. El pasado ha dejado de existir. ¿Cómo "hacer planes que no se van a recordar, para un tiempo que no se puede prever"? Cada día es nuevo, cada día se estrena el mundo. Aunque sea un mundo cada vez menos sólido, en perpetuo proceso de desmoronamiento. Cada día la ropa de siempre parece nueva y se recibe con la ilusión de un regalo. Hay un sentimiento de inocencia, de brillo infantil en los ojos, que se entusiasman por la posibilidad de estrenar cada día las cosas usadas de este mundo. Es una inocencia recobrada, propia de los niños. Sin embargo, los niños van de la inocencia hacia el conocimiento. Y ella, de la inocencia hacia el olvido. 

Somos memoria. Los recuerdos nos permiten ser cariñosos (porque reconocemos los vínculos que nos unen con los seres queridos), rencorosos (porque recordamos las posibles ofensas) o ambiciosos (porque sabemos lo que hemos tenido y queremos más). Sin memoria no sabríamos amar, no tendríamos nunca nada que perder, no sufriríamos celos ni amargura. Sin memoria no sentiríamos orgullo ni pasión ni rebeldía. Toda emoción duradera está asociada a nuestra capacidad de recordar. Somos el resultado de la relación que hemos establecido con nuestros recuerdos, los pactos que hemos firmado con nuestra memoria. Somos lo que somos porque recordamos. 

El proceso mediante el que una persona va perdiendo la memoria hasta perder su humanidad es lento. Duele ser testigo de esa degradación, de sus etapas. Ver cómo la persona amada va perdiendo capas de personalidad, de reflejos, de carácter, de destrezas, hasta quedarse en un frágil andamio que a duras penas sostiene a un ser humano, un pequeño ser vulnerable, desposeído de sí mismo, irreconocible. Sin embargo, no hay dolor en esta novela. Hay compasión. Hay sobriedad. Hay delicadeza. Y la he leído ensimismado y emocionado, con la sonrisa triste de estar asistiendo a un drama aceptado, contado con la serenidad de la tristeza asumida, perdido en la ternura del laberinto de esta madre desmemoriada y esta hija llevándola de flor en flor por el pequeño jardín de su residencia, haciendo lo mismo que su madre hacía con ella de niña, mostrándole el nombre de las cosas, no ya para darle palabras con las que afrontar la vida, sino para que pueda deslizarse hacia la muerte con algún fleco de memoria.




lunes, 5 de junio de 2017

ANTITAUROMAQUIA

Hay en la denuncia de la violencia algo tan de sentido común que a veces da hasta un poco de vergüenza enarbolar ciertos argumentos. No le patees la espalda al manifestante, no envenenes al perro del vecino, no le claves banderillas a un toro. Ante una escena de violencia cotidiana, por ejemplo, un padre pegándole en el culo a su hijo pequeño tras una trastada (en la librería lo he contemplado muchas veces), me invade una mezcla de estupefacción y cabreo. ¿No hay mejores formas de educar que a base de dolor? ¿De verdad crees que tu hijo no entiende otro lenguaje que el del castigo físico? 

Creo que la única forma válida de combatir la violencia es desde las palabras. No sé por qué una persona golpea a otra o tortura a un animal. Pero sé que cuando eso pasa, generalmente es un fracaso del lenguaje. Una palabra que falta. Algo que, de poder nombrarlo, contendría el golpe. Si eres capaz de encontrar una definición lingüística para tu rabia, probablemente sabrás que descargar el puño sobre otro ser vivo no va a aliviarla. La violencia física es el triunfo de la rabia sobre el lenguaje. Y la mejor forma de erradicarla es, precisamente, atacarla con palabras. 

Esto es lo que ha hecho Manuel Vicent, con la poderosa colaboración de las ilustraciones de El Roto, en este libro contra la tauromaquia. El espectáculo de torturar un toro hasta matarlo para el gozo y disfrute de miles de personas me parece sencillamente incomprensible. Es rabia convertida en sadismo, destilada tras siglos de tradición rancia, ignorante y salvaje y convertida en liturgia de la tortura y de la muerte. Y este libro es un perfecto antídoto para tratar de luchar contra la falta de respeto y la asombrosa ignorancia de los que siguen defendiendo que las corridas de toros son cultura. 

Nunca he visto una corrida de toros entera. Creo que de niño estuve delante de una en la tele durante un rato largo. No entendí nada. Me pareció aburridísimo. De adulto he aguantado sin cambiar de canal, como mucho, cinco minutos, como cualquier persona sensible que entienda el significado de la palabra tortura. Y siempre he pensado, al igual que Manuel Vicent, que entre los seres que participan en esa orgía de sangre y sadismo, "la única mirada inteligente, compasiva y humana es la del animal". 


miércoles, 31 de mayo de 2017

VIVE. RECUERDA QUE VAS A MORIR

Nadie quiere hablar de la muerte. Cuando confesamos la pérdida de alguien cercano recibimos condolencias silenciosas: un abrazo, una sonrisa compasiva. Nadie va más allá de la primera pregunta. Nadie quiere ponerle palabras al dolor que provoca la muerte. Indagar es percibido como una violación del duelo, como una falta de delicadeza. Conversar sobre los propios muertos, a menudo, como algo propio de insensibles. 

Nuestra cultura nos hace vivir de espaldas a la muerte. Hasta tal punto que mucha gente confunde la valentía de ayudar a morir en paz con el asesinato. Quizá sea porque vivimos sin ser casi nunca conscientes de que estamos viviendo. La percepción de nuestra existencia es una de las cosas que nos hace humanos y, sin embargo, muy rara vez nos damos cuenta de que podría terminar en cualquier momento. Afrontar la mortalidad es desconcertante y perturbador. Y la mejor forma de hacerlo es a través de las palabras. 

Paul Kalanithi era un neurocirujano prestigioso de 36 años cuando le diagnosticaron un cáncer de pulmón en fase terminal. En los dos años que pasaron entre el diagnóstico y su muerte, desesperó, volvió a confiar, dejó su trabajo, lo retomó, tuvo una hija y escribió este libro. Un libro sobre un médico que se convierte en paciente. Sobre el valor que adquiere la vida (la tuya, la de tus seres queridos) cuando sabes que la vas a perder. 

Cuando no sabes cuántos meses te quedan de vida, los planes se vuelven inciertos, tramposos. Como dice el propio Kalanithi, pensar en el futuro y sus posibilidades es como hacer presupuestos cuando te han robado la tarjeta de crédito. Todo, de repente, se vuelve inmediato. El hilo de vida mengua día a día y no te deja espacio para calcular, para calibrar el tono que quieres usar para contar tu historia, para elegir la máscara tras la que podrás esconder tu angustia o tu esperanza. Te despoja del cálculo. Y también, del pudor. El pudor, desprovisto de futuro, pierde su sentido. ¿Qué importará tu desnudez cuando ya no estés ahí para sonrojarte? 

Contar la perspectiva de la muerte. Ponerle palabras al dolor y al miedo. Escribir: "una enfermedad como esta no te cambia la vida. Te la destruye". Volverse consciente de que no hay belleza ni trascendencia ni epifanías en el dolor. El dolor es humillante, frustrante, enloquecedor. El dolor no te salva de nada, no te eleva, no te acerca al cálido regazo de ninguna divinidad, no te hace amar más intensamente. El dolor, simplemente, convierte tu vida en un paisaje irreconocible. Y a ti, en un extraño rodeados de monstruos. 

Este libro está marcado por la urgencia de una carrera contra el tiempo. Paul Kalanithi lo escribió sin apartar la mirada de la muerte. Para indagar en ella y ponerle palabras. Para afrontarla, nombrarla, combatirla y aceptarla. Para ir más allá del miedo, más allá de las preguntas que nadie se atreve a formular y darle un sentido a su vida hasta su último instante. 


Paul Kalanithi y su hija, Cady




jueves, 25 de mayo de 2017

ESCAPAR

Ayer trabajabas para una ONG en Chechenia. Gestión económica y administrativa. Y ahora estás aquí. Rehén de unos hombres armados. En un cuarto con la ventana tapada. Con la muñeca izquierda esposada a un radiador veintitrés horas y media al día. Encerrado. Atrapado en una habitación.

Ellos deciden qué comes. Cuándo comes. Cuánto tiempo caminas. Cada cuánto vas al baño. Ellos deciden si tienes calor o frío. Si necesitas una camisa o una manta. Si te duelen las magulladuras de las muñecas. Ellos deciden mantenerte con vida pensando en un rescate. Mantenerte con vida arrebatándote la libertad mínima que necesitas para seguir sintiéndote un ser humano. Libertad para moverte, para rascarte, para cagar, para pedir algo, para sentirte vivo. 

Tu mundo es una realidad paralela. Cuentas los días porque no tienes otra referencia real a la que agarrarte. Hoy es domingo, 17 de julio, te dices, y saberlo te permite mantenerte cuerdo, al menos, hasta el día siguiente. Controlar el calendario es tu pequeña victoria diaria contra la locura. Escuchas ruido de gente, de coches, al otro lado de la pared. La vida sigue, ahí fuera. Por increíble que parezca, la gente sigue yendo de un lado a otro, con sus quehaceres rutinarios, sin saber que dentro de estas paredes estás tú, prisionero, rehén de unos hombres armados que quieren cambiar tu libertad por dinero. 

¿Cuándo me liberarán? ¿Qué estarán haciendo mis colegas? ¿Y mis padres? Mi hermana se casa la semana que viene, ¿le habré estropeado la boda? ¿Me dejarán sin desayuno mañana? ¿Me darán otro cigarrillo? ¿Cuánto tiempo más podré aguantar? ¿Por qué yo? Preguntas, preguntas, preguntas. Las preguntas te acribillan, no te puedes deshacer de ellas, no puedes mandarlas callar. Y por supuesto, no puedes responderlas. Es increíble la cantidad de minutos que caben en una hora y la cantidad de horas que caben en un día cuando lo único que puedes hacer es estar tumbado en un colchón, esposado a un radiador, esperando tu liberación.

Y pasan los meses. Y sobrevives a la locura gracias a tu pasión por la historia militar. Austerlitz, Borodino, Cambronne, Devout, repasas el alfabeto con los nombres de las batallas y los protagonistas de las campañas napoleónicas. Un método como cualquier otro para esquivar por un rato el tedio y las preguntas. 

Hace tres meses trabajabas para una ONG. Estás en Chechenia. Hoy es lunes, 3 de octubre. Estás esposado a un radiador. Empieza a hacer frío. Sigues cuerdo. No sabes por cuánto tiempo. Ha llegado el momento de hacer algo. Tienes que escapar. 


El canadiense Guy Delisle nos tenía acostumbrados a sus crónicas de viaje desenfadadas, irónicas y lúcidas de lugares poco habituales (Birmania, Pyongyang, Jerusalén), y con su último libro da un giro brutal en su producción. Escapar cuenta la historia de Christophe André, un trabajador de Médicos Sin Fronteras que fue secuestrado por una milicia chechena en 1997 y retenido durante meses en espera de un rescate. Y es una verdadera bomba. Por su sencillez narrativa y por la cruda descripción de lo que le puede hacer a un ser humano la pérdida indefinida de su libertad. Pocas historias me han sabido transmitir tan intensamente la sensación de reclusión y me han llevado al desenlace con más taquicardia que esta. 



lunes, 22 de mayo de 2017

MARÍA ESTUARDO

Zweig siempre sorprende agradablemente, aun cuando hayas leído mucho su obra, como es mi caso. Si te gustan las novelas románticas, nada mejor que La impaciencia del corazón o algunos de sus relatos cortos, como Carta de una desconocida o Veinticuatro horas de la vida de una mujer. Su conocimiento de la historia y sus dotes psicológicas para meterse en el alma de los personajes están reflejados en infinitos perfiles biográficos, como esta magnífica María Estuardo que acabo de terminar, y también en María Antonieta, Fouché, Castellio contra Calvino, Balzac, Montaigne, Erasmo de Rotterdam...

Sus Momentos estelares de la humanidad, catorce miniaturas históricas, quizá sean la mejor de las introducciones para despertar la curiosidad y adentrarnos en momentos singulares de la historia, como por ejemplo las circunstancias en las que se compusieron La Marsellesa o El Mesías de Haendel, o el protagonismo que tuvo la puerta en el desenlace del sitio de Constantinopla.

La embriaguez de la metamorfosis es para mí quizá su mejor novela, la historia de una mentira y sus consecuencias, magistralmente relatada. De los cuentos cortos, me quedaría con Mendel, el de los libros, Fue él o Novela de ajedrez, verdaderas obras maestras que no por ser breves dejan de encerrar historias completas, cerradas y universales.

A todos los lectores que vienen a la librería interesados en novelas de intriga y conspiraciones, sin dudarlo les recomendaría esta biografía que acabo de terminar. Esta mujer, tan conocida por haber sido recreada en películas, dramas teatrales, libros, pinturas y música a lo largo de los cuatro siglos que nos separan de su vida, Zweig nos la descubre con infinitos matices nuevos, con un exhaustivo análisis de documentos y cartas y nos sumerge en los recovecos de su vida como si nosotros participáramos de la misma.

María aún no había cumplido un año cuando fue nombrada reina de Escocia. Con cinco años, ya estaba en la corte de Francia como prometida del delfín Francisco, con quien se casaría a los diecisiete años, convirtiéndose en reina de Francia. En esos doce años recibió una exquisita educación, que reforzaría una personalidad de gran fuerza interior. Hasta los veinticuatro años, su vida fue brillante, rodeada de la corte y agasajada por todos, pero la historia le tenía reservadas experiencias que la convirtieron en una heroína de leyenda. En muy poco tiempo, su segunda y tercera boda trastocaron completamente la línea ascendente de su vida y, como tantas veces, la Iglesia marcó trágicamente las relaciones que establecieron María y su prima Isabel, reina de Inglaterra, dos mujeres singulares descendientes de Enrique VIII que nunca llegaron a conocerse personalmente.

Zweig escribe: "María Estuardo no ha nacido para la calma ni para la dicha, una funesta violencia la impulsa desde su interior. Jamás un destino cobra sentido y forma a partir de los acontecimientos y azares del mundo exterior. Siempre son las leyes innatas y primigenias las que dan forma a una vida o la destruyen". Es muy posible que Shakespeare, nacido unos años después, se inspirara en episodios como los que vivieron María Estuardo e Isabel para crear su mundo teatral, sus personajes tienen verdaderas similitudes y Zweig nos lo hace notar.

Stefan Zweig
Siempre ha habido una tendencia a criminalizar a Isabel en defensa de María, debido a los hechos trágicos de la condena a muerte de esta última que, sin dejar de ser ciertos, esconden matices sumamente interesantes. Los lores y ministros que rodearon a estas dos mujeres tejieron una red de conspiraciones que utilizaron para manipularlas y enfrentarlas. Quizá si las dos primas se hubieran llegado a conocer la tragedia no se hubiera producido.

Zweig consigue meternos en los entresijos de esta apasionante historia analizando y describiendo los más íntimos sentimientos de ambas mujeres, demostrando un conocimiento del alma humana que deslumbra. Isabel tuvo que luchar siempre contra su conciencia porque sus sentimientos no eran crueles. Siempre fue indecisa y continuamente ofreció a María su salvación a cambio de doblegarla, algo que María no aceptó jamás. Prefirió morir antes que ser salvada, su mayor fuerza era el orgullo y antes doblaría la rodilla ante el patíbulo que ante su protectora, porque solo le quedaba un poder en el mundo: hacer de Isabel su asesina ante el mundo y avergonzarla con su muerte gloriosa.

Hasta el último minuto Isabel solicitó a María que le enviase un escrito privado de reina a reina y se sometiera a su juicio personal, mejor que al de un tribunal público que sabía que iba a condenarla. Sin embargo, María ya no quería ser salvada. Preparó su muerte de forma regia, con los mejores vestidos y ropa interior roja para que, en el caso de que la sangre saltara, no destacara sobre la ropa. Quizá ninguna mujer condenada se haya preparado para la muerte de forma más artística y soberana.

La historia también fue injusta con Zweig: una mente lúcida, brillante, de una cultura impresionante que dedicó toda su vida al conocimiento y al humanismo más generoso y que, ante la brutalidad del nazismo, no pudo reaccionar y se hundió en una depresión que le llevó al suicidio en la creencia de que Hitler iba a ser capaz de difundir su terror por todo el  mundo. Tener que vivir en el exilio, añorando su querida Europa, no fue soportable para él. En un ensayo brillante, El exilio imposible, el escritor George Prochnik hace un recorrido por la vida de Zweig e intenta explicar por qué el exilio que para Thomas Mann o Hannah Arendt fue tan fructífero, no lo fue para Stefan.



miércoles, 17 de mayo de 2017

ALGUIEN HABLÓ DE NOSOTROS

La palabra escuela viene del griego scholé, que significa "ocio". Sí, ocio, todo aquello que hoy en día asociamos con cosas que se hacen fuera de la escuela para, en cierto modo, compensar a los alumnos por sus esfuerzos en ella. Sin embargo, los griegos pensaban que "las horas de estudio son tiempo de recreo para uno mismo, frente al trabajo, que te pone al servicio de un amo o del dinero". Recuperar la educación como recreo, como ocio, ¿y si hiciéramos caso a los griegos? 

Un investigador violento y perspicaz que no abandona su búsqueda pese a las presiones. Secretos turbios que después desearía no haber descubierto. Un desenlace perturbador en el que la identidad del asesino se confunde con la propia. No, no es lo último de Jo Nesbo, es la historia de Edipo Rey, quizá el primer noir de la historia de la literatura.

"El peor enemigo de los prósperos es la envidia (en latín, "mirar mal"), pues consiste en la tristeza por los bienes que no nos pertenecen, que siempre son la gran mayoría". Ya lo decía Epicteto. Y legiones de políticos llevan un par de milenios olvidándose de esta advertencia del sabio griego en cuanto llegan al poder. 

Al leer este libro, pienso que, hoy en día, Marco Aurelio tendría miles de seguidores en Facebook. Sus reflexiones cortas sobre aspectos universales de la condición humana, al igual que las de muchos escritores de la Antigüedad, siguen plenamente vigentes para muchos. Son millones los que disfrutan escribiendo, leyendo y opinando sobre la libertad, el amor, la política, la historia, el futuro o el trabajo. Son los Marco Aurelios desconocidos de nuestras redes sociales. Con ellos aprendemos a pensar, a discutir y a sentirnos interpelados por mentes que no siempre se parecen a la nuestra. Fulanito de Lucena opina sobre la barbaridad que supone la pasión taurina y ya tenemos debate para el aperitivo de la cena de Nochevieja. Menganito de Hondarribia denuncia la falta de recursos educativos para los niños con altas capacidades y todos los profesores y las madres y los padres con hijos tendrán algo que decir (y defender) al respecto. Antes, los artículos de pensamiento estaban en columnas de periódicos. De hecho, aunque cada vez menos gente lea ya la prensa, siguen estando. Y de ahí, precisamente, vienen los textos de Irene Vallejo que componen este libro: columnas de prensa que comentan temas actuales desde la perspectiva de la tradición greco-latina. Alguien habló de nosotros hace varios miles de años, alguien mucho más parecido a nosotros de lo que podemos imaginar, y todavía estamos a tiempo de escucharlo. O leerlo, a través de la mirada calmada, delicada y precisa de Irene Vallejo.

Este es un libro para leer a sorbos cortos, como el té. Lo abro al azar una tarde tranquila en la librería y me dejo llevar al pasado a través del presente: a Edipo a través de la novela negra o a Epicteto por los vericuetos de la envidia. Es una delicatessen para gourmets del pensamiento finamente hilado y, a la vez, una fuente riquísima de material para enseñar a alumnos de secundaria a conversar de la mano de Cicerón y a pensar argumentando. Y también, es un sutil antídoto contra la ignorancia y los muros que esta levanta en todas partes del mundo, muros que no salvan a nadie y sólo protegen del conocimiento. 


Irene Vallejo

viernes, 12 de mayo de 2017

OCULTO SENDERO (firma invitada)

Elena Fortún acaba de entrar en mi nómina particular de escritoras del siglo XX que se rebelaron ante la situación de la mujer en una sociedad que las despreciaba. Leo Oculto sendero y no dejan de venirse a mi mente escenas nítidas de Entre visillos, de Carmen Martín Gaite. También la angustia y represión de algunos pasajes de Nada, de Carmen Laforet y, ¿por qué no?, escenas sueltas de algunos relatos de Virginia Woolf. 

Cuando hablo de mujeres que se rebelaron, creo que debo puntualizar, porque su rebelión no fue estrepitosa, no trajo consigo cambios importantes, sino más bien fue una pequeña rebelión interior. Lo veo claramente en el transcurso de la vida de María Luisa, el trasunto literario de la propia Elena Fortún en esta novela hasta ahora inédita. La niña María Luisa se da cuenta de que es una niña especial porque no le gusta hacer lo que otras niñas de su edad hacen, e interiormente lucha contra los deseos de la sociedad (representada fundamentalmente en la figura de su madre) para convertirla en una mujer modelo, una madre ejemplar y una esposa sumisa y dispuesta a aceptar los caprichos del alma y de la carne del marido.

María Luisa, que pasa la mayor parte de su vida sola o dando tumbos para encontrar un alma igual a ella, consigue fugazmente hacer amistad con mujeres que no entienden por qué no le gusta el cotilleo, ni su falta de espíritu femenino o su asco hacia las relaciones sexuales. Otras veces, encuentra mujeres anormales como ella que comparten su parecer e incluso la animan a desarrollarse artísticamente alejada de la figura de su marido. Un día, hablando con su amiga Carmen, esta le dice: “¡Si vieras qué envidia les tengo a las monjas porque duermen solas y pueden dormir toda la noche!”, como si lanzara una llamada de alarma ante su vida conyugal. Oculto sendero es esto, es un grito de auxilio que sale quedito primero de la boca de la niña María Luisa, después de la adolescente María Luisa, más tarde de la joven María Luisa y finalmente, con fuerza e independencia, de la mujer en que se han convertido todas estas María Luisas.

No obstante, aunque la adulta le plante cara a una sociedad cuyos ideales patriarcales y machistas le repugnan, su vida no es una vida feliz, porque es la vida de una mujer que durante décadas ha tenido que aceptar las convenciones de esa misma sociedad, la que ha truncado y frustrado muchos de sus deseos más íntimos desde la niñez: el deseo de libertad, el deseo de conocimiento, el deseo de creación artística y el deseo por el cuerpo femenino.

Oculto sendero es una lectura que deja una sensación amarga en el lector que se adentra en ella. La amargura de la historia. La angustia de saber que el retrato costumbrista de las primeras décadas del siglo XX está fielmente dibujado y que cientos (o miles) de mujeres como Elena Fortún o María Luisa Arroyo sufrieron la lacra de una sociedad que daba la espalda rotundamente a la mujer por considerarla el sexo débil, el sexo inútil cultural y académicamente.

Creo que la lectura de esta novela es muy necesaria. Es un libro para mujeres, porque de mujeres se habla; pero también para hombres que quieran comprender cómo el sexo femenino ha llegado hasta la actualidad: las trabas, baches y caminos pedregosos por los que nuestras antepasadas tuvieron que caminar. Y por los que aún hoy en día seguimos caminando. Creo que muchas mujeres podrán encontrarse en ese oculto sendero que tanto trabajo le costó a María Luisa encontrar y más tarde recorrer con la frente bien alta y la seguridad de estar haciendo lo que verdaderamente deseaba y no lo que le estaba impuesto desde mucho antes de que naciera.



lunes, 8 de mayo de 2017

ESPERANDO A MISTER BOJANGLES

Uno lee un libro. Se enamora de los personajes. De algo que palpita entre líneas. De un adjetivo o un pronombre inesperados, quizá, como las flores que echan raíces en las piedras. Uno siente el impulso de escribir sobre ese libro. Sobre los ojos húmedos al leerlo. O sobre las ganas de pasar las páginas silbando. Y se sienta para ponerse a ello, una mañana. Y mira por la ventana. Uno recuerda que leyó el libro en un tren a Cádiz, sentado al lado de una mujer hermosa, y sonríe. Quizá podría empezar por ahí, por los olivos al otro lado de la ventanilla rivalizando con la ligereza de esta historia. Esta ventana. Aquella ventanilla. Conexiones. Uno escribe una frase. Y para. Escucha la canción de Nina Simone que da título al libro y, de repente, piel de gallina, ojos brillantes. Alguien ha subido de golpe el volumen de la emoción y uno se agarra a la mesa para resistir el impacto. Quizá sea buena idea escribir sobre este libro así, vibrando. Pero cómo. Si alguien, sentado en la cafetería de enfrente, por ejemplo, bajara el periódico para espiarme, le recordaría a un cuadro de Hopper. Figura ausente mirando por la ventana. Ausente, sí, pero no sola. Hoy, Mister Bojangles, Nina Simone y la historia maravillosa de este libro me acompañan. 

"¿Cómo se las arreglan los demás niños para vivir sin mis padres?", se pregunta el protagonista de esta historia con frecuencia. ¿Hay vida fuera de su fiesta perpetua, de ese folletín alegre y disparatado que llena todas sus horas de sorpresas, bailes y amor? No es muy frecuente que un niño esté enamorado de sus padres, pero en este caso, lo raro resultaría que alguien no lo estuviera. Y no porque sean unos padres ejemplares, precisamente. Cada veinticuatro horas él elige un nuevo nombre para su mujer y la rebautiza, porque llamarse todos los días de la misma manera debe de ser terriblemente aburrido. ¿Os imagináis toda la vida respondiendo al nombre de Berthe, Rosalinde o Agnès? ¡Insoportable! Ella es el alma de todas las fiestas y lleva allá donde va un mundo completo de gozo, fantasía y excentricidad. Desde muy pequeño, nuestro protagonista aprende que a veces las verdades no sirven para nada, son aburridas o incluso duelen, y que mentir hermosamente por amor es una de las mejores cualidades de un ser humano delicado e inteligente. Pero nada iguala al placer de ver bailar a sus padres, totalmente absortos en su burbuja vertiginosa, Mister Bojangles cantada por Nina Simone. Como si no hubiera vida más allá del calor de sus brazos. Como si esa fuera la única canción en el mundo. Como si el amor empezara y terminara ahí, en ese salón, en sus pasos de vals, en la voz cálida y desgarrada de Nina Simone, en aquel Mister Bojangles de pelo plateado que no paraba de reír y bailar y llorar con ellos, en los recuerdos de su primer baile, de su primer intercambio de palabras, de votos de amor y locura que haría de su vida una consecución de fuegos artificiales al margen de toda convención.

He leído este libro en un tren a Cádiz, sentado al lado de una mujer hermosa. ¿Cómo se las arreglan los demás para vivir sin ella? Lo he leído pensando que quizá no haya forma de vivir felices de otro modo. Así. Dentro del fuego compartido, en un abrazo íntimo y secreto con sus propias leyes gravitatorias. Y no importa si al final de la carretera las curvas se convierten en precipicio, nada importa si aún quedan fuerzas para seguir contando hermosas mentiras por amor, seguir inventando nombres que encajen con el estado de ánimo de un jueves radiante o de un domingo lluvioso, no importa si la alegría para seguir extrayendo felicidad de la locura sigue fluyendo por nuestras venas cada mañana, en cada baile, beso, fiesta o banquete. Porque con este amor latiendo entre los dedos, cómo "arrepentirse de aquella dulce marginalidad, de aquellos constantes cortes de manga a la realidad, de aquella forma de burlarse de las convenciones, del reloj, de las estaciones, de sacarle la lengua al qué dirán".

"¿Cómo se las arreglan los demás niños para vivir sin mis padres?"
No se las arreglan. Punto. Porque aún no ha entrado el vendaval Bojangles en sus vidas y no han aprendido el arte de perder la cabeza cada día para ser felices.

Uno lee un libro. Uno se enamora de los personajes. De algo que palpita entre líneas. De un adjetivo o un pronombre inesperados, quizá, como las flores que echan raíces en las piedras. Uno escucha a sus personajes a través de la voz sensual y melancólica de Nina Simone. Y piensa que, aunque parezca mentira, siempre queda espacio en los márgenes de la felicidad para seguir enamorándose.


viernes, 5 de mayo de 2017

Escritor del mes: Stefan Zweig

Hay algo en los libros de Stefan Zweig que maravilla. No sé si es su compasión por las flaquezas humanas. O su lucidez emocional a la hora de indagar en las razones de la conducta de sus personajes. O quizá su elegancia discursiva, que le llevaba a hilvanar sus frases con la fluidez exacta con la que un lord inglés saluda inclinando la cabeza. La seducción se nutre del misterio, así que lo mejor es no saber desentrañar a ciencia cierta cómo lo hace y disfrutarlo en el deslumbramiento que provoca. 

Vivimos una época de certezas. A golpe de titular, de tuit o de insulto, parece que las preguntas quedan para los débiles, para los que se atreven a salir de casa sin la ideología puesta o para los que no sólo dudan de las opiniones ajenas, sino también de las propias. También Zweig vivió una época de odio. Sin duda, peor que la nuestra. Y supo que la única forma de neutralizar el odio era combatirlo desde las preguntas, desde las comparaciones, desde un íntimo e insobornable desconcierto. 

Sus libros son preguntas. Y sus preguntas son espejos en las que la mayoría de nosotros podemos reconocernos. Escribió sobre una Europa difunta, asesinada por el miedo y la violencia. Una Europa que quiso acabar con las guerras y las fronteras y que terminó desangrada en la peor guerra de su historia. Luchó contra lo puro y lo homogéneo asumiendo la inabarcable complejidad psicológica del ser humano. Su literatura es un homenaje a la diversidad de sensibilidades y a la fragilidad humana. Un grito de advertencia contra el odio. Marca el fin de un época. Y cada línea asombra por su modernidad. 

Es nuestro escritor del mes por todo esto. Pero también, y sobre todo, porque con cada nueva edición, volvemos a él con amor. Un amor inmediato y sin fisuras. Incondicional. 



miércoles, 3 de mayo de 2017

BAJO EL ÁRBOL DE LOS TORAYA (firma invitada)

Los toraya son un pueblo indonesio cuyo rito funerario consiste en enterrar a sus muertos en cuevas excavadas en las montañas. Si el muerto es un bebé, entonces depositan su cuerpo dentro del tronco de un árbol centenario que lo envuelve y se alimenta con la materia orgánica del ser humano. ¡Qué bonito alimentar troncos y raíces de árboles! ¡Y cuánto tendríamos que aprender los pueblos occidentales de las costumbres rituales de esas civilizaciones lejanas que están vinculados de forma tan estrecha a la tierra! 

El libro de Philippe Claudel es un árbol que se arraiga y crece lentamente transportando grandes cantidades de savia sabia. Es un homenaje bello y nostálgico a la vida: a la vida como concepto abstracto y también a la vida concreta de sus personajes, especialmente del narrador protagonista y de su amigo, fallecido tras un brutal y devastador cáncer.

Me gusta El árbol de los toraya porque es un manual de filosofía que en cada página va desgranando una verdad, una reflexión, como una parada de la mente para tomar aliento, recomponerse y continuar. El narrador de esta historia, que es un cineasta, busca en cada momento de su vida el fotograma de la película que podría haber filmado o que filmará, pues para él todo es materia creativa y todo puede llegar a alcanzar la trascendencia de la cinta grabada. Para mí, todo aquello que le da que pensar alcanza la trascendencia del pensamiento filosófico que nos construye e incluso termina por definir quiénes somos.

En el transcurso de la novela se van sucediendo imágenes de una enorme potencia evocadora que nos llevan hasta el amor al final de la vida adulta, el sexo, la enfermedad, la muerte, la amistad, el alpinismo, la literatura, la lectura, el azar... Todas ellas se convierten en los elementos centrales de una historia que transcurre lentamente y en la que parece que no ocurre nada, excepto la vida, la vida sencilla y extraordinaria de un ser humano cualquiera y a la vez excepcional.

Con la sensibilidad y la prosa impecable del autor del ya clásico La nieta del señor Linh, nos encontramos ante el mejor y más discreto canto a la amistad que yo he leído en mucho tiempo. Con ciertas dosis de lirismo e incluso de humor y un final sorprendente, terminé de leer el libro con la absoluta convicción de haber dejado crecer en mi interior a un ser humano nuevo y vibrante, como el que acoge en su interior el árbol de los toraya.



viernes, 28 de abril de 2017

CUÁNTA TIERRA NECESITA UN HOMBRE

La corrupción está en todas partes: en los partidos políticos, en las grandes empresas, en los premios literarios y en las novelas que premian (en especial en el género policiaco, que siempre encuentra en las miserias sociales materiales óptimos para sus tramas). La corrupción siempre ha estado ahí, parece que es una lapa venenosa que se pega a la pantorrilla de cualquiera en el momento en que accede a cierto grado de poder. 

Desde el Judas de la Biblia hasta esta adaptación de la joyita de Tolstói, pasando por el Avaro de Molière y la Celestina, la historia de la literatura ha dejado innumerables ejemplos de personajes cuya avaricia les lleva a la tumba. Es una de las preguntas fundamentales que la filosofía debería hacerse: ¿por qué el ser humano, sean cuales sean su época o condición, es capaz de sacrificar su vida para conseguir riquezas que nunca podrá gastar? Y no hace falta tener mucho poder ni mucho dinero. Ni Scrooge ni Pajom, el protagonista de este cómic, tienen mucho más de lo que necesitan. Pero han nacido con el virus de la ambición y en las noches blancas se alimentan del sueño de llegar a poseer más de lo que tienen con el fin de ser más de lo que son. Los bienes materiales como cuantificadores de la identidad: filósofos del mundo, ya tenéis un título para empezar. 

En El Hambre (Anagrama), Martín Caparrós cuenta cómo los brokers que especulan con bonos de compañías alimenticias no tienen conciencia de estar haciendo nada malo. Sus operaciones pueden modificar el precio del grano en el África subsahariana pero, eh, es la ley del mercado. Tampoco en España parece que la corrupción a gran escala provoque un rechazo generalizado: más de la mitad de la población vota a partidos que llevan décadas saqueando las arcas públicas y sus gestas se ven como un mal menor, o incluso con cierta envidia por la "picaresca" necesaria para entrar en política para forrarse, conseguirlo e irse de rositas. 

La cárcel no disuade a casi nadie. La avaricia, como el amor, es ciega, y sólo se deja llevar por lo que brilla en la palma de la mano. La muerte disuade aún menos. Al menos a nuestro protagonista no le quita el sueño. Se le ha concedido la posibilidad de conseguir tanta tierra como pueda recorrer andando desde el amanecer hasta el anochecer, con una sola condición: si no regresa al punto de partida antes de que se ponga el sol, perderá todo lo que ya tiene. Hacerse rico está al alcance de sus pies. Y de su prudencia. Pero, ¿quién quiere ser prudente cuando se puede ser un gran terrateniente?

Tolstói escribió esta parábola intemporal sobre la ambición del ser humano en 1886. Esta fantástica adaptación al cómic por Martin Veyron se lee en poco más de media hora y retrata a la perfección tanto las precariedades de los que apenas tienen nada como el resultado de la ambición desmedida cuando se la desata de la realidad. A más de un político actual le vendría muy bien un poco de filosofía y realidad tolstoianas, y de paso enterarse exactamente de cuánta tierra necesita un hombre. 


miércoles, 26 de abril de 2017

UTOPÍA PARA REALISTAS

Si hubiera voluntad política internacional y amplitud de miras, con qué facilidad se resolverían los problemas gravísimos que enfrenta la Comunidad Internacional, la de todos los países que, desarrollados o no, en mayor o menor medida, tienen en su seno un núcleo de población marginal, sin recursos económicos.

El modelo de sociedad actual no se sostiene, es imprescindible imaginar uno nuevo y eso es lo que ha hecho este historiador holandés nacido en 1988, Rutger Bregman, el autor de este ensayo. Ha dividido sus planteamientos en tres grandes temas: la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras. Dicho así, efectivamente suena a utopía imposible, por lo menos a corto plazo, pero a medida que he ido adentrándome en esta nueva forma de enfocar los temas, con los datos que pormenorizadamente nos detalla el autor, con experiencias contrastadas a pequeña escala y un análisis exhaustivo del coste tan elevado, tanto económico como social, que representa la pobreza en el mundo, la mente va abriéndose a perspectivas que no habíamos contemplado hasta ahora y todo empieza a tener encaje y lógica.

Creo que este libro es un intento de poner en marcha el futuro. ¡Nada más y nada menos! Un primer capítulo muy optimista en el que nos relata a modo de gran vistazo general la evolución de la Humanidad a lo largo de los siglos nos sitúa en el momento actual con una nueva perspectiva.

Decía Bertrand Russell, uno de mis filósofos preferidos: "para ser feliz necesitamos no solo el disfrute de esto o lo otro, sino esperanza, iniciativa y cambio. No es una utopía acabada la que deberíamos desear, sino un mundo donde la imaginación y la esperanza estén vivos y activos".

Rutger Bregman ha puesto en la primera página de su libro un texto de Oscar Wilde que también define de lo que estamos hablando: "Un mapa del mundo que no incluya Utopía no es digno de consultarse, pues carece del único país en el que la humanidad siempre acaba desembarcando. Y cuando lo hace, otea el horizonte y al descubrir un país mejor, zarpa de nuevo. El progreso es la realización de Utopías".

La renta básica ya se ha aplicado en zonas pequeñas de Canadá y de Estados Unidos con resultados positivos. Para hacernos una ligera idea del coste que supone, con la cuarta parte del presupuesto del gasto militar en Estados Unidos se puede financiar esa renta que eliminaría la pobreza en todo el país. Los gastos de las guerras en Irak y Afganistán han supuesto aproximadamente entre cuatro y seis billones de dólares. Además, los beneficios que se obtienen en salud, disminución de la criminalidad, mejores rendimientos escolares, disminución de la violencia doméstica y trastornos mentales suplen sobradamente la inversión. El ejército de trabajadores sociales e inspectores burocráticos que no producen nada y que se dedican a controles podría dedicarse a otras tareas productivas.

Los beneficios de abrir las fronteras son analizados por Bregman con una claridad y una exposición de datos que deberían ser considerados en todos los foros internacionales.

Me apasiona este libro, creo en él y algún día estoy convencida de que se tendrán que poner en práctica estas brillantes ideas, ojalá sea más pronto que tarde por el bien de toda la Humanidad.