jueves, 21 de septiembre de 2017

CONTRA EL CAMBIO

Cuanto más desarrollada está una sociedad, menos depende del clima. Hablamos del tiempo que hará mañana o que ha hecho ayer como quien comenta naderías: charla de ascensor. Es el tema de conversación ideal para los momentos en que no se quiere decir nada ni tampoco estar en silencio.
Antiguamente las sociedades dependían del tiempo para su supervivencia. Tanto es así que otorgaron a sus dioses poderes para controlarlo. Hoy en día nos importa tan poco que nos permitimos contaminar nuestro planeta, modificando el clima, sin preocuparnos. Nos hemos convertido en dioses saboteando su propia supervivencia a medio plazo. 

Esta podría ser la queja amarga de un ecologista. Y no le faltaría razón. "La deforestación del Amazonas es responsable del 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero: produce, cada día, la misma cantidad de dióxido de carbono que ocho millones de personas que volaran desde Londres hasta Nueva York - en aviones". Para frenarla hace falta voluntad política. Que los gobiernos de Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Surinam y las Guyanas decidan que las selvas del Amazonas son pulmones y que la Tierra necesita esos pulmones para respirar. O, mejor dicho, para retener las emisiones de gases de los países más contaminantes. Que no son ni Brasil, ni Bolivia, ni Perú, ni Ecuador, ni Colombia, ni Venezuela, ni Surinam ni las Guyanas. De acuerdo, seamos solidarios, el planeta es de todos. Paremos la deforestación y salvemos nuestros pulmones. Pero ¿qué hacemos con la gente que vive - que ha aprendido, a la fuerza, a vivir - de talar y quemar bosques para comer? ¿Quién les va a enseñar a buscarse la supervivencia en otro lado?

En los países ricos no deforestamos, piensan los ecologistas. Tenemos una conciencia ecológica de la que carecen los países pobres. Hay que enseñarles. Hay que hacerles ver la importancia que supone la salud del medio ambiente para todos. No corten sus árboles, señores, que si no, nos ahogamos todos. Curioso discurso. Curioso, sobre todo, si pensamos que los países ricos ya hicieron su conquista de la naturaleza hace siglos, destruyendo su parte del planeta, cortando los pulmones que se interponían en su idea de progreso. Ahora urgen a los países pobres, Brasil, Bolivia, Perú, etc., a ser responsables, es decir, a respetar lo que ellos no respetaron, para salvar el planeta de todos. 

El concepto de cambio suele ser percibido como positivo. Dentro de cada cambio se esconde una oportunidad, dicen los psicólogos. Cambiar para mejorar. Hoy vivimos mejor que hace cincuenta, doscientos, quinientos años, porque hemos cambiado. Las mujeres votan porque cambiamos. La esclavitud prácticamente desapareció del planeta porque cambiamos. Sin embargo, el cambio climático es negativo. Quizá sea el único cambio que no admite réplica: a nadie le gusta. Es decir, mejor que nos quedemos como estamos, porque el medio ambiente va a cambiar para peor. ¿Es eso cierto? Quizá. Es una hipótesis plausible. Una hipótesis. El hecho es que el clima está cambiando. Es un hecho de perogrullo, el clima siempre está cambiando. En el siglo XVII el Támesis se helaba. Y en la Edad Media, Groenlandia era verde, de ahí su nombre. La hipótesis es que el cambio actual es culpa nuestra. 

A los que niegan esta hipótesis, los ecologistas los llaman "negacionistas". Vaya palabra de resonancia siniestra. Negacionistas, como los que niegan el Holocausto o la evolución de la especies. Sin embargo, negar una hipótesis es la base de la ciencia. Las hipótesis necesitan ser negadas, combatir la resistencia de la duda, para perseverar en la necesidad de demostrar su verdad. El uso de las palabras nunca es inocente. Hoy en día, negar que el cambio climático sea consecuencia directa del hombre es propio de nazis o de bárbaros fundamentalistas. Lo que convierte al ecologismo en un nuevo dogma, en algo incuestionable, indiscutible. 

La peor amenaza para cualquier ecosistema es el hombre. Pero no el hombre que vive en la naturaleza. No los pescadores polinesios que agotan la fauna marina ni los cultivadores de palma que deforestan parcelitas de selva. La peor amenaza para la naturaleza es el hombre de la ciudad. El que usa el coche, viaja en avión, produce kilos de basura semanales, deja el ordenador encendido. Tú, yo, él. El hombre que no teme por su supervivencia. El hombre acomodado. La única forma segura de preservar el ecosistema global es que la mayoría nunca pueda dejar de temer por su supervivencia. ¿Qué pasaría si los mil millones de hambrientos que habitan nuestro planeta accedieran a nuestro modo de vida, a nuestra comodidad, a nuestra contaminación acomodada? "No hay nada más necesario para la conservación ecológica que los pobres". 

Curioso, el ecologismo, ideología de la conservación. La pureza de la naturaleza, su tradición, su autenticidad, como ideales. Ideología, pues, conservadora. Contraria al cambio. A la incertidumbre del cambio. A sus enigmáticas posibilidades. "¿Por qué nos empeñamos en suponer que hay sociedades "tradicionales" que deberían conservar para siempre su forma de vida, y que lo "progresista" consiste en ayudarlos a que sigan viviendo como sus ancestros? Será, claro está, porque nosotros no quisimos cambiar y seguimos viviendo en chozas, viajando a caballo, reverenciando reyes e iluminándonos con la antorcha de un esclavo". 

"Si Pedro Picapiedra hubiera tenido estas ideas - si hubiera conseguido imponer estas ideas -, todos seguiríamos siendo Picapiedra".

El cambio climático suele presentarse como una responsabilidad común de la humanidad. Ningún científico ha sabido cuantificar el impacto humano en dicho cambio. Eso sí, como buenos cristianos, todos somos culpables. ¿De verdad, todos? ¿Contamina lo mismo un francés que un somalí? Es tan práctico colectivizar la culpa, así se diluye y dejamos de verla, tan bien repartidita entre todos. Un ejemplo: Texas (23 millones de habitantes) produce más emisiones de dióxido de carbono que todo el África negra (780 millones de habitantes). Sin embargo, repita conmigo: ¡Salvemos el planeta! 

"¿Qué planeta, el que ustedes arruinaron? ¿Qué planeta, el que ustedes se están comiendo, gracias a nuestra hambre? ¿Qué planeta, el de ustedes?"

Martín Caparrós
Estas son algunas de las ideas que Martín Caparrós recoge en este libro-viaje alrededor del mundo. En 2009 recorrió los cinco continentes buscando historias de primera mano de personas que pudieran contar cómo el cambio climático ha afectado a sus vidas y qué piensan de él. El cambio climático afecta siempre más a los más pobres. Pero en última instancia, es su pobreza - la casa de adobe y no de cemento, la imposibilidad de refugiarse, la escasez de reservas - lo que los arruina o los mata, no el ciclón o la sequía.
Los peores augurios vaticinan un incremento de las temperaturas de hasta tres grados centígrados y una subida de hasta un metro en los niveles de los océanos antes del 2100. Sí, el clima cambia. No es nada nuevo, siempre ha estado cambiando. Pero el apocalipsis que pregonan los ecologistas no parece tal. Existen medios para evitarlo. Y sobre todo, medios para procurar que afecte al menor número de personas. Eso sí, quizá habría que pensar la manera en que ayudar a la gente a que no se muera de hambre y acceda a niveles de vida parecidos a los nuestros no signifique el colapso de nuestro ecosistema. 

Martín Caparrós es un grande de la literatura y un cronista de excepción. Sus crónicas de viajes por el mundo para describir los estragos del hambre o las incógnitas del cambio climático inciden en preguntas fundamentales e incómodas sobre nuestra forma de vivir y de entender las vidas ajenas. Miran a los ojos, escarban en la duda, extienden la sonrisa y tratan de entender saltando con delicadeza y habilidad todos los obstáculos que la cultura, la ignorancia y los prejuicios colocan entre la boca que cuenta y el oído que escucha. Leo sus libros con pasión y con respeto, con la admiración que me inspira todo aquél que consigue demolerme prejuicio tras prejuicio y es capaz luego de reconstruir el vacío con todo un consistente y armónico bloque de dudas. 



lunes, 18 de septiembre de 2017

LOS COLORES DE NUESTROS RECUERDOS

Recuerdo una playa. En invierno. Una playa interminable, atlántica, batida por el viento. Una playa desde la que podría despegar un avión cargado de vida y calor para no volver. Una playa sin gente, sin voces. Arena y agua difuminadas por la distancia y el frío. Parecería un sueño, uno de esos recuerdos que no han nacido de una experiencia sino de un duermevela, un deseo impreciso o una premonición. Parecería una invención, un fotograma de una película convertido en algo mío por apropiación poética y sentimental. Parecería una playa imaginada, si no fuera por sus colores. La imaginación no tiene colores como esos. Grises, verdes, azules, amarillos, marrones, todos lavados y difuminados por el viento y el agua, pulidos como las piedras planas de los riachuelos, mezclados una y otra vez en finísimas líneas horizontales que apenas determinan el horizonte, el mar y la arena. Colores tan palpables como la caricia insistente de un niño, tan imprecisos como una sonrisa a cien metros de distancia. Colores que sonaban a viento y silencio, que tocaban mi piel con dedos de invierno y olían a mar y a soledad. Esos colores, anclados con una fuerza inquebrantable en mi memoria, me dicen que esa playa es real. Apuntalan el recuerdo. Lo sostienen. Son su corazón y su vida. 

En este ensayo autobiográfico, Michel Pastoureau nos lleva por anécdotas de su vida para enseñarnos hasta qué punto los colores transforman y estimulan nuestra memoria y nuestra vida. Es un libro lúdico, poético, nostálgico, lleno de ocurrencias sorprendentes. Los colores nos enseñan a recordar, a disfrutar y a soñar. Son lugares de memoria, fuentes de placer y una continua invitación a dejarse llevar por la fantasía. No sólo cambian la realidad. Además, ellos mismos, y nuestra forma de interpretarlos, están en perpetuo cambio. 

Cuando hablamos de colores cálidos, casi todos pensamos en el rojo, el amarillo, el naranja, incluso ciertos verdes. El azul, el violeta o el gris los consideramos colores fríos. Pero no siempre ha sido así. En la Edad Media el azul era un color cálido, no se asociaba con el agua, más vinculada al verde. Hasta el siglo XII el azul fue un color ignorado o, incluso, evitado. Ni los griegos ni los romanos tenían una palabra precisa para definirlo y lo consideraban de mal gusto, propio de bárbaros. Sin embargo, hoy en día, casi la mitad de la población occidental lo considera su color favorito. Que nuestro color favorito sea un color que consideramos frío, ¿dice algo de nosotros como sociedad?

Una de las cosas que más llaman la atención al llegar al África subsahariana es el color. La ropa, los carteles, los edificios, la explosión de color de las calles impacta brutalmente en cualquier retina occidental acostumbrada a otra luz. En comparación, la mayoría de ciudades europeas parecen lugares monocromos, asépticos, donde predomina la frialdad grisácea e impoluta de un quirófano o una sala de espera de un aeropuerto. Para muchos subsaharianos, además, los colores son lisos o rugosos, blandos o duros, secos o húmedos, y estos parámetros importan más que los matices de una tonalidad. Que vivan en un mundo lleno de colores cálidos y distingan en ellos esta variedad de matices, ¿dice algo de ellos como sociedad?

Michel Pastoureau

Los colores son símbolos. Como tales, están sujetos a todo tipo de interpretaciones. Y estas están determinadas por nuestra educación cultural. El rojo es Caperucita, la prohibición de los semáforos, los neones sexuales de Amsterdam o las políticas de izquierdas. El negro es el clero, los jueces, los árbitros, es decir, la autoridad, pero también el diablo de los cuentos, el mal fario de los pobres gatos, la ropa de duelo, la elegancia, la muerte. Los colores son conceptos, ideas. Los nombramos con palabras, etiquetas caprichosas y limitadas que varían en el tiempo y en el espacio y que a menudo tienen poco que ver con la realidad que describen. El color es luz, materia, percepción y sensación encerradas en una sola palabra. 

Una palabra. Una playa. Interminable, atlántica, batida por el viento. Un recuerdo que sobrevive gracias a la poderosa persistencia de los colores en la memoria. 



jueves, 14 de septiembre de 2017

CUENTOS DE BUENAS NOCHES PARA NIÑAS REBELDES

Estos cuentos, que no son tales, han nacido para estar en la mesilla de noche, no solo de las niñas y mujeres, sino también de los niños y hombres y de todos aquellos que hayan ignorado la realidad de tantas mujeres extraordinarias que cambiaron el mundo pero que no han sido suficientemente valoradas.

La periodista Elena Favilli y la escritora y directora Francesca Cavallo fundaron Timbuktu Labs, un laboratorio de innovación de medios de comunicación infantil comprometido con redefinir los límites de los medios de comunicación infantiles a través de una combinación de contenidos provocadores, diseños estelares y tecnología punta, desde libros hasta parques infantiles, juegos digitales y talleres interactivos. Con dos millones de usuarios en más de setenta países, doce apps para móvil y siete libros, Timbuktu está construyendo una comunidad mundial de padres y madres progresistas.

Cada una de las cien historias contenidas en este libro, acompañadas de una ilustración para cada página, son una inspiración que nos convence de que el mayor éxito es llevar una vida llena de pasión, curiosidad y generosidad. El mundo que estamos construyendo todas las mujeres algún día tendrá la repercusión que se merece, un mundo en el que el género no definirá el tamaño de nuestros sueños ni la distancia que podemos recorrer, y para conseguirlo lo primero que tenemos que hacer es reconocer la labor de las mujeres que nos precedieron, a pesar de tantas trabas impuestas por parte del mundo masculino. Este es un buen momento para que los hombres que hoy también están implicados en revocar las leyes y costumbres que nos relegaron conozcan a estas mujeres ejemplares.

Desde Ada Lovelace, matemática que en el siglo XIX inventó el primer programa informático, hasta Marie Curie, la única persona que ha recibido dos Premios Nobel, pasando por bailarinas, ciclistas, presidentas, aviadoras, inventoras, periodistas, pintoras, escritoras, políticas, activistas, directoras de cine, emperatrices, alpinistas, espías, diseñadoras, poetas, científicas, piratas, astrónomas, naturalistas, cantantes, deportistas y un largo etcétera. Una lectura apasionante que disfrutaremos como adultos buscando más información a partir de la brevedad de estos relatos y que tanto niños como niñas leerán como un cuento con la ventaja de que estarán aprendiendo páginas importantes de la historia. 

Una de las mejores cosas que se les podía haber ocurrido a estas dos estupendas escritoras italianas. ¡GRACIAS A LAS DOS! 



lunes, 11 de septiembre de 2017

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El abuelo del protagonista de la última novela de Paul Auster llega a Ellis Island el 1 de enero de 1900, proveniente de algún lugar remoto del este de Europa. Pide consejo a un compañero inmigrante con más conocimientos que él sobre el país al que ambos acaban de llegar y este le dice que con su nombre, ese nombre judío impronunciable, nunca triunfará en Nueva York. Rockefeller, le dice, diles que te llamas Rockefeller y ya verás como todo irá bien. Varias horas después, cuando le llega su turno frente al funcionario de aduanas, no consigue recordar qué nombre le había dicho su compañero y, dándose un golpe en la frente, exclama frustrado: Ikh hob fargessen! (¡Se me ha olvidado!). Y acto seguido, el funcionario saca su pluma y escribe en el libro de registro: Ichabod Ferguson.

¿Habría sido distinta su vida de haberse llamado Rockefeller? ¿Y de haber conservado su nombre impronunciable? El funcionario de Ellis Island convirtió a un judío eslavo en un Ferguson, un protestante escocés, y lo cierto es que ese nombre, para bien o para mal, determinó su vida. Así comienza esta novela, con un hombre rebautizado por un malentendido a su llegada al nuevo mundo y la historia de su vida, la de sus hijos, y sobre todo, la de su nieto, Archibald Isaac Ferguson, nacido en 1947, protagonista de las 957 páginas de esta novela prodigiosa. 

Ferguson, Rockefeller o un nombre impronunciable. Si la historia de un solo nombre genera tres posibles versiones, ¿cuántas versiones generará toda una vida al narrarla? No existen las verdades absolutas. Según el momento, el estado de ánimo o la persona con quien estemos, contamos una versión u otra, más o menos larga, más o menos precisa, de los hechos de nuestra vida. La verdad es múltiple y se puede (y se debe) contar de muchas maneras. Tenemos un padre y una madre, dos primos, un marido, hemos estudiado en tal universidad y vivido en tal ciudad, tenemos tantos años, pero todo lo que une y da sentido a los pocos hechos aislados y fijos de nuestra vida es una masa cambiante de sucesos que vamos interpretando a medida que vivimos y crecemos. Los recuerdos, las versiones de nuestra vida, están vivos. Cambian con nosotros. Y esta percepción de la vida como un cúmulo de historias posibles es la que creo que ha utilizado Auster en esta novela para escribir cuatro versiones de la historia de Ferguson, todas ciertas, todas imaginadas, todas partes de una misma vida inventada.

Paul Auster ha dicho en más de una ocasión que le gusta acumular tramas y subtramas en sus libros. Que por qué limitarse a contar una sola historia pudiendo contar muchas a la vez. La vida es múltiple, variada y no puede resumirse en una sencilla línea temporal. Y la verdad es que esta novela tiene historias para al menos veinte novelas más. Historias trepidantes, dramáticas, esplendorosas, comprometidas. Historias en las que yo, con mucho gusto, me quedaría para siempre a vivir. Por ejemplo, la historia del joven Archie de apenas veinte años, al que su madre envía un año a París en 1966 a casa de una seductora historiadora del arte para vivir en una buhardilla minúscula y dedicarse a leer los cien libros de literatura europea de la lista que le ha preparado su padrastro Gil, ver las películas francesas de moda, pasear por el Barrio Latino, descubrir y explorar su sexualidad múltiple y escribir un libro autobiográfico sobre la muerte de su padre soñando con que se convierta en un éxito espectacular. 

Pero también la historia de la revuelta estudiantil en la Universidad de Columbia a finales de los sesenta contra la política reaccionaria y dictatorial del rectorado, la segregación racial en las instalaciones y la complicidad de la élite universitaria con los crímenes estadounidenses en la Guerra de Vietnam. O el dilema de Archie ante la represión policial: responder o ser testigo, unirse a los que tiran los ladrillos o quedarse a un lado para ser el primero en escribir sobre el origen de la rabia de los que los tiran. Ante la duda, sus simpatías estarán siempre con el ladrillo, más que con la ventana, pero ¿dejaría la libreta para mancharse las manos o se quedaría al margen? ¿Participaría en la revolución o se limitaría a contarla?

Y es que 4 3 2 1 es una novela tan empapada de la realidad social y política del momento (la década de los sesenta en Nueva York) que ninguna de sus historias se entiende sin el ritmo que marcan los acontecimientos históricos: el discurso de Martin Luther King, el asesinato de Kennedy, el inicio de la Guerra de Vietnam, las manifestaciones en contra por las calles de Manhattan, el movimiento contra-cultural, las revueltas estudiantiles, la Primavera de Praga, mayo del 68, Nixon, y, siempre omnipresente, el azar que lleva las vidas de Archie Ferguson por caminos inesperados, acelerando, siempre acelerando a pesar de los bandazos y los giros bruscos e inesperados, siempre hacia delante, hacia la literatura, el cine, el deporte, el amor, el sexo, París, los amigos, los libros y Nueva York, las calles y el ruido y la vitalidad asombrosa de Nueva York como centro del universo. 


lunes, 4 de septiembre de 2017

TRILOGÍA COUGHLIN

Todo empezó con una novela portentosa titulada Cualquier otro día. Parecía una mezcla de novela histórica y novela negra, pero era mucho más que eso. Ambientada en Boston en 1918, describía la efervescencia de los primeros grupos anarquistas estadounidenses, el nacimiento del FBI y la lucha de los negros por su dignidad a través de unos personajes de una fuerza impresionante. De hecho, a las pocas páginas, uno descubría que era un alegato descomunal contra el racismo, en una época en la que ser negro significaba ser sospechoso de todos los crímenes posibles; un grito por un poco de justicia social en los años en que cualquiera que hablara de los derechos de los trabajadores, del sufragio femenino o de la pobreza extrema de los inmigrantes era considerado un anarquista-comunista-terrorista-enemigo-de-los-Estados-Unidos-de-América; y también un apasionado homenaje a la ciudad de Boston a finales de los años diez, cuando el país (y buena parte de Europa) era un hervidero de revueltas sociales que reclamaban condiciones de vida, no ya de bienestar, sino de mera supervivencia. 


Novelón redondo donde los haya, parecía difícil que pudiera tener continuación. Pero unos años después, Dennis Lehane retomó la historia con Joe Coughlin, el hermano del protagonista de Cualquier otro día, para escribir Vivir de noche, una estupenda novela de gangsters en la Florida de los años de la Ley Seca. ¿Quién iba a pensar que un hijo y hermano de policías y fiscales terminaría controlando el negocio ilegal del ron en buena parte del sur de Estados Unidos? Aunque, visto desde su perspectiva, tampoco había demasiada contradicción. La mayoría de los policías y los fiscales vivían de la corrupción, en connivencia y gracias a los banqueros. Y la única diferencia que Joe veía entre los banqueros y los ladrones era un diploma universitario. Y que los primeros rara vez iban a la cárcel. 

Y ahora nos llega el cierre de esta trilogía con el final de la vida de este gangster, ya medio retirado, cuyo pasado le sigue persiguiendo allá donde va. Su vida, muy a su pesar, ha estado salpicada de codicia y castigo, y los que, como él, eligen vivir de noche, rara vez mueren plácidamente en su cama, rodeados de su familia. Los gangsters viven prisioneros de sus pecados, son rehenes de sus propias fracturas. Y a veces se conceden pequeñas melancolías, se sientan en una playa desierta y piensan en todos esos mundos en los que quizá serían recibidos con los brazos abiertos, como hombres nuevos, puros, inocentes, mundos que quizá un día estuvieron a su alcance pero que hoy han desaparecido para siempre. 

Cualquier otro día es prodigiosa. Aunque las siguientes son más modestas, las tres forman una trilogía de intriga histórica espectacular.



jueves, 31 de agosto de 2017

LA PLAZA DEL DIAMANTE (Firma invitada)

Es un clásico de la literatura escrita en catalán del siglo XX. Como telón de fondo, la Barcelona que recorre los años previos a la Segunda República hasta los años posteriores a la Guerra Civil. Muy apropiado para leer estos días en los que el país está marcado por la tragedia barcelonesa.

Esta novela de una sencillez inesperada empieza generando recelos. La narradora es la protagonista, Natalia, una muchacha sencilla cuya inexperiencia vital y la confianza en todos la hace aceptar un noviazgo y un matrimonio marcados por la violencia y la sumisión. Uno tiene que rebelarse ante historias de principios de siglo que, por su costumbrismo, están cargadas de los antivalores que ahora todos rechazamos.

Pero la novela de Rodoreda es más que un simple catálogo de anécdotas costumbristas que va narrando inocentemente un ama de casa. Con la profundidad de las imágenes que se van desgranando página a página, el lector va acertando a distinguir algo de la personalidad de sus personajes, especialmente de la narradora. Machismo, sumisión, vida cotidiana, revolución, guerra, pobreza, sufrimiento, desesperación y muerte son algunos de los elementos que van tejiendo un texto que termina siendo redondo.

El lenguaje, que de tan sencillo recuerda la oralidad de quien le cuenta la historia de su vida a una vecina, se va agarrando a la lectura y se convierte por su fuerza narrativa en un personaje más de la novela, con los titubeos, las repeticiones, las metáforas y las imágenes tan líricas empleadas por la narradora.

Firmada en 1960, esta novela puede pillarnos lejísimos en el tiempo, la historia que cuenta puede haberse quedado en un rincón de la memoria que ahora pocos queremos recordar, puede hacernos rememorar tragedias antiguas que ha vivido este país, tragedias que nada tienen que ver con las tragedias actuales pero que quizás también estuvieran marcadas por la sombra del radicalismo. Todo esto es posible, pero como clásico que es, es necesario que nos asomemos a sus páginas para entender, en primera persona, un momento de la historia de nuestro país que todos tenemos la enorme tentación de olvidar.



lunes, 28 de agosto de 2017

OSCURIDADES PROGRAMADAS

Sam es un kurdo iraquí. Emigró a Irán por la amenaza del gobierno de Sadam Husein a finales de los años 80. Su hija nació en un campo de refugiados. Su mujer, acostumbrada a las comodidades de clase media, y ante la imposibilidad de volver a su país, se suicidó. Sam volvió a huir, esta vez de sus recuerdos. Se estableció en un campo de refugiados en Pakistán. Volvió a casarse, para darle una madre a su hija, con una refugiada iraní. Tuvieron un hijo. Tras una década de vivir en campos de refugiados, consiguió ser aceptado en Estados Unidos como refugiado y se estableció en Seattle con su familia. Tras el 11-S, el gobierno estadounidense le acusó de haber colaborado con Al-Qaeda y le internaron en un centro de detención de inmigrantes. Allí pasó cinco años, en espera de un juicio que sabía perdido de antemano. Perdió y le echaron. Dejó a su familia en Seattle y volvió a Iraq, solo. A un Iraq sin Sadam Husein pero destrozado por la guerra. Un Iraq que ya no es su hogar, puesto que su familia y sus hijos no están con él. Un Iraq donde sueña, cada día, con su improbable regreso al país que lo llamó terrorista.

Historias como esta encierra este estupendo cómic de Sarah Glidden, una dibujante estadounidense que decidió acompañar a dos amigos reporteros y un ex-marine en un viaje por Turquía, Iraq y Siria en 2010 para retratar las condiciones de vida de los millones de refugiados antes de la gran crisis migratoria que desató la guerra de Siria a partir de 2011. Los cuatro se encuentran con historias tremendas. Y aprenden que ninguna historia tiene una sola versión. Por ejemplo, la historia de Sam contada por el gobierno de Estados Unidos es un poco distinta a la que cuenta el propio Sam. Sam mintió para conseguir su estatus de refugiado, dice el informe de inmigración, exageró su filiación política. Nunca logró explicar de manera convincente de qué conocía al miembro de Al-Qaeda con el que se encontró en un centro comercial de Seattle. Y lo que para Sam es una desafortunada serie de casualidades, para Estados Unidos es una amenaza en potencia. Lo cierto es que es muy improbable que Sam pueda volver a entrar en el país donde vive su familia, en el país de sus hijos. Nunca se sabrá la verdad. Y la culpa de esta incógnita sin duda es del gobierno americano, que en lugar de un juicio justo, despachó la historia de Sam con un internamiento prolongado y una expulsión por amenaza terrorista. 

Este libro está empapado de vida. De realidades porosas, turbadoramente humanas. En todas las buenas historias, las personas cambian. Y los cuatro compañeros de viaje van transformando su forma de pensar a medida que hablan con la gente, a medida que las historias que escuchan pasan a formar parte de ellos. Creían saber algo, tenían ideas, información, expectativas sobre lo que iban a encontrarse. Y lo que se encontraron los transformó en otra cosa. Difuminó sus convicciones. Las volvió menos precisas y más desconcertantes. 

Es un libro sobre periodismo. Sobre lo difícil que es viajar a un país y, a las primeras de cambio, tener que renunciar a las ideas que traías de casa porque ya no valen para informar sobre ese lugar. Es un libro sobre la frustración de buscar una historia y encontrarte con decenas de ellas, todas distintas a la que buscabas. Todas complejas, dolorosas, furiosas. Y sobre la dificultad abrumadora de armar un relato coherente con tantos puntos de vista divergentes. 

Todos hemos oído hablar de los coches bomba, de los atentados, de las emboscadas de insurgentes, de las explosiones en embajadas, mercados, comisarías. Algo sabemos también de las miles de mujeres asesinadas cada mes en Oriente Próximo por el simple hecho de ser mujeres, asesinadas por sus maridos, sus padres o sus hermanos en nombre de la religión o de su honor. Todos sabemos, sobre todo desde 2011, de los millones de refugiados que llevan años viviendo en campos esperando que los países europeos cumplan de una vez las cuotas de asilo que prometieron. Sarah Glidden nos cuenta estas historias. Pero no sólo. También nos las muestra. Con sus acuarelas suaves llenas de luz y sencillez, nos lleva de la mano por la cotidianidad del horror para que nadie pueda refugiarse en la abstracción de las palabras. 



miércoles, 23 de agosto de 2017

LA URUGUAYA

"Yo quedaba partido, colgado de esa emoción que no se disipaba. Eso era Montevideo para mí. Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo". 

Él es un escritor argentino. Ha recibido un adelanto de quince mil dólares por los dos próximos libros que va a escribir y cruza el Río de la Plata para cobrarlos en Montevideo, donde pierde menos dinero con el cambio. Y donde vive una chica a la que ha visto apenas dos veces, pero que ya ha ocupado toda su vida: la uruguaya. Todo le habla de ella: las canciones de la radio, las películas, las playas, el horóscopo. Vive entregado a las decisiones de su cuerpo, a ese punto ciego, más allá del lenguaje, en el que Montevideo y su uruguaya son partes indisolubles de un mismo deseo. Y su piel vibra con la expectativa de verla mientras la espera sentado en una terraza, porque "no hay cosa más linda que ir al encuentro de una mujer hermosa". 

Pasan la tarde juntos paseando por la ciudad. La historia avanza al ritmo de sus pasos, entran en una tienda, miran, salen, entran en otra y compran golosinas, tonterías, un ukelele, se ríen con bromas tontas, se tocan, se apartan, se vuelven a tocar. A veces se enfadan un poco, y al instante se reencuentran en otra broma o en otro beso, siempre hablando, flotando en una conversación seductora que fluctúa, una llama frágil que un cúmulo de expectativas imprecisas mantiene encendida. Son una pareja "merodeando por el mundo, el asombroso mundo incomprensible". Y ella brilla en su Montevideo idealizado como escondida dentro de una canción que solamente él conoce. 

Él es padre de un niño pequeño. Marido de una mujer que se está alejando. Y vive de un amor a mitad imaginado en un país a mitad imaginado. "Te hace muchas piruetas el cerebro a vos", le dice la uruguaya riendo. Y sí. Es un hombre extasiado por su revolución interna, su secreto, el acelerón que le da la proximidad de esa uruguaya y que le lanza a los márgenes del tiempo y del espacio, ahí, a ese resquicio minúsculo de esa tarde en la que él sigue siendo él, él sin su hijo, sin su mujer, sin deudas, él solo, con su excitación y las posibilidades de su vida de repente abiertas de nuevo. 

La uruguaya es una novela breve cuya trama transcurre en un solo día, y tiene el encanto de lo efímero, de lo que sólo va a poder disfrutarse unas pocas horas y, por ello, se vive con mayor intensidad. Es un relato irónico y sentimental, atrapado en la memoria de un día que el narrador repasa y estudia, ampliando sus detalles para que cada momento crezca y se desarrolle en su cabeza hasta cobrar proporciones de mito. Es triste. A ratos, desconsolado. Pero en cada página vibra una ligereza cómica que encandila. 

Qué somos. Qué deseamos ser. En qué nos convertimos. Las preguntas más trascendentes tienen en esta novela respuestas imprevisibles que nos dicen, con una sonrisa irónica, que las vidas que merecen la pena ser vividas están siempre sometidas a un perpetuo cambio. 



lunes, 14 de agosto de 2017

MALDITOS 16

Hay una rabia escondida en cada palabra y cada gesto que intercambian. Han aprendido muy rápido todo lo que no quieren en la vida, y de momento les vale cualquier cosa que les ofrezca la posibilidad de huir, o de salvarse. Se sienten distintos, encerrados en su diferencia, aterrados por lo que los demás puedan pensar de ellos. Buscan un equilibrio imposible entre su necesidad de ser aceptados y su necesidad de aceptarse y expresarse con libertad. Tienen miedo a no saber encontrar un motivo para vivir más grande que el cotidiano dolor de estar vivos. No son niños. No son adultos. Tienen dieciséis años y están aprendiendo a decir: he intentado matarme. 

El suicidio es una palabra que no se pronuncia en voz alta. Más bien se esconde en comentarios al oído, cuchicheada con morbo o, en el mejor de los casos, con compasión: ¿te has enterado?, Marcos ha intentado matarse, sí, por una ventana, ¿con pastillas?, no, ni idea, pero qué loco, qué idiota, pobrecillo. No se habla de ello porque querer matarse es un tabú. Nuestra querida cultura occidental, impregnada de catolicismo, nos ha enseñado a verlo como un pecado, un acto ignominioso que hay que esconder de la vista de los demás, un oprobio, una vergüenza. Las causas son lo de menos. Matarse es propio de pecadores, locos, egoístas, egocéntricos, caprichosos. Y nadie quiere tener a un suicida cerca. 

Si el suicidio es un tema tabú, el suicidio adolescente lo es todavía más. A los dieciséis años, uno sigue siendo un niño a los ojos de sus padres. Y aunque las estadísticas digan que el suicidio es la segunda causa de muerte entre los adolescentes, todo el mundo sabe que los niños no se suicidan. ¿Cómo podrían hacerlo? ¿Y por qué, por Dios, por qué lo harían? 

Para vengarse. "De mis padres, por exigirme; de mis compañeros, por putearme; de mis profesores, por fingir que no se enteraban". Son menores de edad, pero no se lo están inventando. Toda esa vida trágica y ese dolor infinito son reales. Tan reales como los insultos, los menosprecios, las palizas, la identidad sexual incomprendida, despreciada y ridiculizada. Tan reales como la necesidad de cariño ignorada, como la rabia que produce desear algo, algo pequeño y sencillo que todo el mundo toca, y saber que siempre estará fuera de tu alcance. 

Esta obra de teatro de Fernando J López se estrenó en enero de 2017. Sus cuatro personajes adolescentes se inspiran en jóvenes que el autor ha conocido en las aulas, en el hospital y en las redes sociales. Alumnos, pacientes y lectores de sus novelas "que necesitan que la cultura los convierta, de una vez, en protagonistas". A través de sus palabras, ellos han reunido el valor de decirles a todos los que les despreciaron o ignoraron o pensaron que no era para tanto: he intentado matarme. Y al oírse, han entendido que no ocurrió. Que siguen aquí porque han conseguido ser más fuertes que ellos. 




lunes, 7 de agosto de 2017

ROJO Y NEGRO

Hay escritores que escriben siempre el mismo libro. 
Hay gente que escribe siempre la misma cita en sus redes sociales. 
Y hay lectores que leen novelas para buscarse, subrayando frases con un lápiz alborozado que parece decir: ¡mira, mira, aquí están mis sentimientos!
Leer novelas para buscarse me parece una forma de reducir la literatura a su capacidad sanadora. Es como buscar pareja para no sentirse solo. Como si la literatura y la gente tuvieran como único fin aliviar y acompañar nuestro exceso de emociones. 

Cuando leemos novelas nos convertimos en otros. Olvidamos por un rato quiénes creemos ser para introducirnos en la cabeza de un personaje, en su emoción o en su lógica. Olvidamos el sofá, la cena y a la suegra y vivimos vidas que jamás serán la nuestra. Diluimos nuestra identidad para poder meternos en la piel de seres extraños o fantásticos, porque si no nos desprendiéramos de buena parte de nosotros mismos, estaríamos leyéndonos siempre hacia adentro, o usando los libros como excusa para encontrarnos en ellos. La maravilla de leer ficción no es reconocerse en un personaje, sino ser capaz de desprenderse tanto de la propia identidad que uno mismo se convierte en ese personaje y siente y piensa y sueña y vive y muere en ese personaje, sin que los sentimientos, los pensamientos, los sueños, la vida o la muerte de ese personaje tengan ningún contacto en ningún momento con los suyos propios. 

Cuanto más lejos queda la vida de los personajes de la nuestra, más fácil es despojarnos de nuestra identidad y meternos en la de ellos. A mí me pasa con las novelas históricas. Con la literatura fantástica. Y con los clásicos del XIX. Me ha pasado, en estas últimas dos semanas, y a niveles insospechados, con Rojo y Negro

En este novelón de Stendhal he sido muy poco quien creo ser. Y eso me ha permitido ser muchos personajes; sentir, pensar y actuar dentro del libro según la lógica (o los caprichos irracionales) de todos ellos. He sido, por ejemplo, una señora llamada Mme de Rênal, casada con un marido ruin, y a través de su piel me he enamorado del nuevo y jovencísimo preceptor de sus hijos. He admirado sus mejillas suaves y sus ojos inocentes y su timidez encantadora de hijo de leñador al adentrarse en mi mundo de lujos y comodidades. He coqueteado con él sin pensar en Dios ni en su pecado hasta que las normas sociales de este 1827, tan lejos de la liberalidad del siglo anterior, me han hecho probar el amargor de palabras como adulterio, escándalo, ignominia y deshonra. 

También he sido, sin duda, el joven Julien Sorel. He sentido el fuego de la ambición y el desprecio por todos esos nobles ricos que juegan en sus mansiones con el destino de la gente humilde. He recibido el amor de la mujer de uno de esos nobles y me he dejado llevar por la pasión prohibida, pese a mi vocación de seminarista y mi deseo de gloria. He soñado con las hazañas de Napoleón en una época en la que aún es peligroso ensalzar al héroe caído y he utilizado mi soberbia y mi rebeldía para luchar contra las jerarquías, contra el clero y contra la prepotencia de los poderosos. 

He sido unos niños sin voz, jugando despreocupados en un jardín mientras el amante de mi madre nos mira con ojos melancólicos, escondido tras los visillos de una ventana. He sido un abad furibundo que esconde su ternura a base de latín. He sido un marido más preocupado por su honra que por su felicidad, una amiga harta de servir de carabina, un marqués que ama la erudición y un conde que sueña con Borbones. 

Cuando leemos novelas nos convertimos en otros. A mí me pasa siempre que el libro me gusta. Y me ha pasado hasta tal punto con esta novela de Stendhal que después de ciertas sesiones largas de lectura tenía que parpadear varias veces y soltar alguna tontería del siglo XXI para sacudirme todos esos personajes con sus pasiones y cálculos y volver a mi vida tranquila de librero, sin adulterios escandalosos ni huidas por el balcón ni seminarios infernales ni ambiciones napoleónicas. Aunque bueno, estas últimas a veces se presentan sin previo aviso y me susurran al oído: qué, para estas vacaciones, ¿nos pasamos por la isla de Elba?



miércoles, 2 de agosto de 2017

ENCICLOPEDIA MISTERIOSA DE LOS SERES DIMINUTOS

Todo el mundo sabe que los besos se esconden en los pliegues de la piel, en esas arruguitas minúsculas que se forman cuando nos reímos y que sólo hace falta frotar suavemente encima con la yema de un dedo para que salgan todos corriendo de su escondite deseando que alguien vaya a recogerlos. 

Todo el mundo sabe que las historias no solamente se encuentran en los libros, sino que se desparraman por las estanterías de madera de las librerías (sólo por las de madera) y se quedan adheridas a su superficie para siempre, de manera que cuando los libros se van, parte de su esencia se queda en aquella superficie lisa que les dio cobijo. 

Todo el mundo sabe que, en las noches de luna llena, cuando nadie pasa por ellas, las carreteras se desperezan, se sacuden el polvo de los coches y le añaden curvas a sus rectas para salir a bailar con los árboles y el viento y soñar que las luciérnagas del campo brillan en su pelo como estrellas. 

Todo el mundo sabe estas cosas. Se aprenden en casa, en los sueños o en la escuela. 
Pero lo que no todo el mundo sabe es que si los besos pueden esconderse en la piel, las historias impregnarse en la madera y las carreteras bailar en la noche es gracias a multitudes de seres diminutos que velan cada día y cada noche por el buen funcionamiento de nuestro mundo. Duendes del supermercado, hadas del cuarto de baño, trols de los campos de fútbol y trasgos de los túneles del metro. Los seres diminutos de esta enciclopedia misteriosa están por todas partes, aunque la mayoría de la gente no los vea.
Basta con cerrar los ojos de ver las cosas normales y abrir los de la imaginación. 



jueves, 27 de julio de 2017

LA LEVEDAD

La risa es una declaración de libertad. Rompe el miedo a lo desconocido, el miedo a la violencia y al silencio. Es una formidable estrategia de defensa ante cualquiera que esgrima su ofensa como arma. Irrumpe con su estrépito de ligereza y ataca a los que odian allí donde son más vulnerables: en su idea del honor. La risa libera, traspasa fronteras y une a las personas de cualquier cultura en un idioma común: el de la alegría. Hace dos años, ocho miembros de la revista satírica francesa Charlie Hebdo fueron asesinados por reírse. La filosofía de la revista era: "pasarlo bien, ser libre, inventar cosas, equivocarse, volver a empezar". Los hermanos Kouachi, pertenecientes a Al-Qaeda, consideraron que su risa era incompatible con sus sentimientos religiosos y los asesinaron por ello. 

El 7 de enero de 2015 la autora de este cómic se quedó dormida. No oyó el despertador y cuando llegó a la sede de Charlie Hebdo sólo tuvo tiempo de escuchar los disparos y esconderse. Su retraso le salvó la vida, pero no la libró del trauma de perder, en apenas unos minutos, a la mayoría de sus amigos y maestros. Cada noche sufría la misma pesadilla. Cuerpos, muerte, violencia. Y durante el día, la misma ausencia de emociones, como si el atentado la hubiera vaciado por dentro, dejando sólo la carcasa de la mujer que antes era. Hasta el cabreo se había esfumado. ¿Por qué matar? ¿Por qué acabar con la vida de los que no piensan como tú si el tiempo ya se va a encargar de hacerlo por nosotros de todos modos? 

Este cómic cuenta el atentado, el limbo por el que pasó la autora los meses siguientes y su sed de belleza para contrarrestar su vacío interior. Viajó a Roma, a la Villa Medici, que desde hace cuatro siglos es un asilo de artistas de todo el mundo en busca de inspiración, para empaparse de belleza en un intento de "recurrir al síndrome de Stendhal para anular el síndrome del 7 de enero". Cambiar la intoxicación por un exceso de muerte por la intoxicación por un exceso de belleza. Porque la belleza, al final, no es más que cultura, energía, búsqueda de un ideal. Es decir, vida. A la vuelta de su viaje, Catherine Meurisse escogió para su obra un título quizá inspirado en Kundera: la levedad, la insoportable levedad de permanecer, de sobrevivir y de hacer que, cueste lo que cueste, el futuro merezca la pena.

La filosofía de vida de Charlie Hebdo era la risa. Y lo sigue siendo. Después del atentado siguieron publicando y su siguiente número vendió siete millones de ejemplares. Siete millones de personas dispuestas a salir a la calle a defender la risa contra los que buscan someternos mediante la violencia y decirles que no nos tomamos en serio sus intenciones, que su religión es ridícula si no soporta las bromas y que seguiremos defendiéndonos siempre de su indignación trascendente mediante la ligereza y el sentido del humor. 

El terrorismo es el enemigo declarado de la risa y del lenguaje. Por lo tanto, ¿qué mejor forma de combatirlo que reírnos juntos?





lunes, 24 de julio de 2017

CAFÉ AMARGO

Las historias sobre Italia siempre tienen para mí un atractivo especial. Es un país maravilloso, de una belleza natural extraordinaria y cuenta con un patrimonio de obras de arte apabullante. A esta autora siciliana la descubrí con su primera novela, La mennulara, una historia original e interesante que retrataba de forma magistral el ambiente y las costumbres sicilianas, incluida la mafia.

En este Café amargo he encontrado una preciosa historia de amor enmarcada, como en todas las novelas de su autora, en su Sicilia natal, durante la primera mitad del siglo XX, con sus prejuicios, sus personajes pintorescos y, de forma especial, iluminando las personalidades de María y Giosué, los dos protagonistas junto con Pietro.

El trasfondo son las dos guerras mundiales y la repercusión que tuvieron en la vida de los habitantes de Palermo. Dos temas fundamentales, de primera importancia: la situación insoportable e inhumana de los mineros del azufre y la desastrosa y cruel actuación de Italia en la guerra con Etiopía en los años 30. Un detalle para mí muy relevante que se le ha olvidado a la autora consignar fue la matanza indiscriminada de civiles con gas mostaza que ya entonces estaba prohibido y la fumigación de las tierras cultivables con el mismo gas que las hizo improductivas por muchos años. Estos terribles hechos fueron alabados por Churchill y el papa Pío XI como una hazaña del gobierno italiano.

Sobre la historia de Italia quiero traer aquí el recuerdo de Los hijos, uno de los libros más interesantes que he leído, escrito por el periodista italoamericano Gay Talese.

Café amargo tiene además encantos especiales, su explícita sensualidad y el retrato minucioso de los decorados en las casas y jardines de la burguesía y la aristocracia del sur de Italia. Un placer su lectura.



domingo, 16 de julio de 2017

TANTOS DÍAS FELICES

Vincent y Guido son dos amigos con la vida resuelta y ganas de enamorarse. Inteligentes, ricos y despreocupados, son lo suficientemente jóvenes para desear salir por las noches a "pegar patadas a neumáticos y estallar botellas contra las paredes" pero, sin duda, demasiado distinguidos para semejantes desmanes. Guido conoce a Holly, una chica impenetrable, excéntrica y elegantísima que pronto se convierte en su obsesión, "mejor que cualquier fantasía, mejor que esos sueños adornadísimos que, por la mañana, dejan tras de sí un dulce sabor de felicidad inexplicable". Y Vincent, poco después, se topa con Misty, una compañera de trabajo nada nebulosa que, con su pesimismo combativo de clase proletaria, ejerce de perfecto contrapunto para el dandismo benevolente y pacífico del galán enamorado. Guido vive volcado en el arte, y aunque no hace más que vivir el momento, se pasa la vida analizando sus emociones. Mientras que Vincent, que como científico se dedica a analizar la realidad, se limita a vivir sin prestar atención a cálculo alguno. Con estos dos personajes, y sus respectivas parejas, Laurie Colwin ha creado una comedia encantadora y perspicaz sobre las complejidades del amor.

Ya me pasó con Felicidad familiar. Internarse en la literatura de Laurie Colwin es un chute de buen rollo y sutileza, con ese entusiasmo descontrolado y un pelín neurótico de las películas más alegres de Woody Allen. Es como volver de cenar con amigos y ponerse a analizar en el coche con tu pareja todos los detalles de la cena: fíjate lo que le ha dicho, y cómo se ha quedado callado cuando le has respondido que no podías ir, pues les he visto mejor que el año pasado pero, ¿has visto?, no se han tocado ni una sola vez, esta chica lo va a volver loco, pues yo creo que le va a a venir fenomenal, qué dices, que sí, le hace falta que alguien se lo ponga un poco difícil, que vaya por delante, que le haga esforzarse, mmm, pues quizá tengas razón, que lleva años acostumbrado a conquistas fáciles y ya le toca luchar un poco, y te has fijado que... Un cotilleo animado y mordaz, como todo buen cotilleo, ingenioso, cariñoso, con ese colmillito malévolo que convierte toda charla intrascendente en una fiesta del ingenio. 

Hablar de amor es hablar de misterio. De la perplejidad, a veces resignada, a veces feliz y entusiasta, que provocan sus vaivenes. Incluso cuando todo va bien y la vida fluye y la rutina se disfruta como un dulce, Holly siente la necesidad de buscarle alguna pega, de estropear un poquito el cuadro perfecto de su vida para hacerlo real y comprensible y así disfrutarlo mejor. Y se marcha sola a Francia tres semanas para experimentar la sensación de añoranza buscando la belleza a través de la imperfección, buscando romper la simetría que hace de cualquier relación algo armónico y estable, sólido y duradero, pero poco estimulante. 

Los libros de Laurie Colwin podrían rozar la frivolidad si no realizara, con cada personaje, un análisis profundo y conciso de su cualidad humana. Están llenos de ideas sobre la vida, ideas divertidas, disparatadas, filosóficas, irónicas y extrapolables a cualquiera que haya sentido el vértigo de adentrarse en la vida adulta sin saber cómo hacerlo. No recuerdo a ningún escritor que trate a sus personajes con el cariño que les demuestra Laurie Colwin a los suyos. Su tono parece decir: queridos míos, qué locos estáis ¡y cómo os quiero!

Laurie Colwin

Me cuesta escribir sobre los libros de esta autora y no decir tonterías. Mi cuaderno de notas está lleno de comentarios elogiosos, edulcorados y cursis como la carpeta de un adolescente que acaba de descubrir a Bécquer. Sus libros proporcionan esa felicidad efervescente de las comedias de Woody Allen y salgo de ellos medio enamorado, sintiendo el suelo blandito y una euforia íntima incontrolable. Y quiero más. Por favor, Libros del Asteroide, quiero más. Volver a ella. A su tono. A sus diálogos mordaces y sus personajes excéntricos y entrañables. Quiero más. Encerrarme con todos sus libros en una habitación y no salir en días, hasta que sus palabras me dejen la cabeza y el corazón con las sábanas revueltas. 



martes, 11 de julio de 2017

LA REINA DE LAS RANAS NO PUEDE MOJARSE LOS PIES

De pequeño, mi madre me leía los libros de Sapo y Sepo, de Arnold Lobel. Eran dos sapos estupendos, amigos inseparables, que no sabían vivir el uno sin el otro. Salían de paseo, zampaban galletas y viajaban por el mundo. Vamos, el plan de vida ideal para un crío de cinco años. 

Hace unos diez años, un sapo subió los cien metros que separan el embalse de la casa de mi madre y se quedó tan pancho descansando en su terraza. Era gordo, de un color sucio entre amarillo y marrón, y tenía los ojos saltones. Recuerdo esos ojos. Y su panza latiendo. Y que no me producía ni miedo ni asco, sino una curiosidad infantil por ver cuál sería su próximo movimiento. ¿Se comería una galleta o saldría de viaje por el mundo?

Gracias a mi madre y a Arnold Lobel me ha quedado de la infancia cierta ternura por las ranas y los sapos. Por eso, quizá, este cuento de ranas me ha parecido tan irresistible. 

Había una vez un estanque en el que las ranas hacían cosas de ranas. Saltar, cazar moscas, dormir y jugar. Vamos, el plan ideal de cualquier rana inteligente. Hasta que un día cayó al agua un objeto metálico y brillante y la rana que fue a indagar al fondo del estanque emergió a la superficie con una corona en su cabeza. Y ya nada fue lo de antes. 

¿Un cuento infantil sobre la monarquía? Pues sí. 
¿Sobre el abuso de poder y sus consecuencias? Eso es. 
¿Sobre la soberanía y el principio de igualdad? Claro que sí. 
¿Y con historia de amor? ¡Y con historia de amor!


miércoles, 5 de julio de 2017

CUANDO ÉRAMOS HERMANAS

Con una escritura elegante, Sheila Kohler nos trae un testimonio inquietante, por varias razones: la violencia contra las mujeres, ejercida por los maridos de las dos hermanas protagonistas, y las actitudes racistas de las familias privilegiadas en Sudáfrica. Es una historia perturbadora, trágica, que revela el inconformismo de una mujer joven descendiente de una familia de Baviera.

Nacida en un entorno de gente millonaria en la Sudáfrica del apartheid, a pesar de su educación cultural europea en París y Venecia, le parecen normales las leyes que del gobierno sudafricano que segregaban a sus habitantes según su raza. Según estas leyes, los negros y los blancos no vivían en los mismos barrios, no estudiaban en los mismos colegios ni pasaban las vacaciones en los mismos lugares. El propósito era conservar todo el poder para la minoría blanca (que no era más que el 21% de la población). En otras condiciones habría perdido su posición de privilegio.

¡Hasta qué límites la educación recibida condiciona las actitudes y fomenta las creencias más erróneas e injustas! Esas personas que de forma tan poco ética consiguieron y siguen consiguiendo hoy ingresos millonarios a costa del trabajo esclavo de sus semejantes, ¿dónde guardan su conciencia? La madre de la escritora de esta novela, como muchas, acabó alcohólica porque en su vida no había intereses que la ocuparan. Hasta 1992, el apartheid, aquel crimen contra la humanidad, fue legal. Recordar estas realidades a través de las experiencias vividas es importante.



jueves, 29 de junio de 2017

LA BALADA DEL NORTE

En España dices República y no sólo eres antimonárquico, sino además rojo, socialista, filocomunista y, si se tercia, antisistema. Obligatoriamente progre. Como si desde 1931 hasta 1936 sólo hubieran gobernado las izquierdas. En el instituto me enseñaron a asociar la República con libertades, sindicatos, Lorca, La Barraca, lucha obrera y derechos laborales. Cinco años de esplendor apretujados entre dos épocas de oscurantismo medieval. La esperanza. El comienzo del progreso. El faro de la historia que pasaría cuatro décadas apagado por la bota de Franco y que volvería a la luz, para no volver a apagarse, en 1978. Y lo cierto es que esa forma de verlo era perfecta para cuadrarla en un esquema memorizable. Quedaba bonito en los apuntes para selectividad y servía a la adolescencia como las camisetas del Che: mitos para empezar a rellenar la ignorancia. Pero lo cierto es que, al igual que aprendimos, años más tarde, que el Che no era aquel irreprochable guerrillero liberador de las masas oprimidas que describía Silvio Rodríguez en su canción, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que la República tuvo poco de esa liberación social con la que la asociábamos y que el esplendor fue en realidad una vela frágil, una promesa que nunca llegó a cumplirse.

Precisamente de promesas no cumplidas sabían mucho los mineros de Asturias, protagonistas de esta obra monumental de Alfonso Zapico en tres volúmenes, de los que se han publicado ya los dos primeros. Las compañías mineras asturianas, afectadas por la crisis de 1929, redujeron sueldos y dejaron de invertir en medidas de seguridad para mantener los beneficios. Conchabadas con las fuerzas del orden y los jueces, censuraron periódicos y acentuaron la pobreza y la precariedad de los mineros. Estos llegaron a un punto en que su único afán era sobrevivir y sacar adelante a sus familias, y decidieron que ya era hora de "coger el país por las solapas y zarandearlo hasta darle la vuelta". No se puede pasar hambre en silencio e indefinidamente. No se puede contemplar la dignidad pisoteada día tras día y quedarse de brazos cruzados, recibiendo palo tras palo. "¿Qué será lo próximo? La muerte colectiva. Acabarán convertidos en sombras, abandonados en aquel valle. Por eso habrá revolución".

La revolución de 1934, pensada para toda España, sólo cuajó en Asturias. Pretendió ser el sueño de todos, anarquistas, socialistas, comunistas y republicanos de cualquier ideología que estuvieran a favor de los derechos laborales de las clases más desfavorecidas. Pero se topó con un gobierno conservador que, aterrado por la posibilidad de que los obreros tomaran el poder, mandó al ejército, con López Ochoa al mando, y a un tal general Franco al frente de los regulares de África para reprimir a sangre y fuego la revuelta. Pretendió ser el sueño de todos, pero sólo fue el sueño de cada uno, socialistas, comunistas y anarquistas, cada uno en una dirección, odiándose por motivos espurios, cegados por su ambición o sus miserias, todos con un sueño distinto de la revolución.

Escribe Enric González en la introducción del primer tomo: "los sucesos de Asturias supusieron en realidad el inicio de la guerra civil: en ellos el rival político se convirtió en enemigo, y acto seguido en alimaña, en bestia que se debía exterminar. Tanto la insurrección como la brutal represión militar imprimieron en la Segunda República el clima feroz que dos años más tarde desembocó en una guerra de aniquilación".

Zapico, uno de los más brillantes historietistas españoles, está creando una obra impresionante sobre la Revolución de 1934. A través de una ambigua historia de amor entre el hijo del dueño de una compañía minera y la hija de uno de los líderes de la revolución, retrata de forma magnífica el clima de violencia, la angustia de los trabajadores, el desprecio de los empresarios y el caos que reinaron en Asturias durante aquel mes de octubre, dejando para el tercer tomo, presumiblemente, las consecuencias de la represión y el destino de esa pareja improbable.

La revolución de octubre de 1934 fue la última revolución social de Europa Occidental. Aunque fracasó, pronto se convirtió en un mito para la izquierda, a la altura de la Comuna de París o de la Revolución Rusa. Ojalá este cómic sirva, entre otras cosas, para ver la revolución de Asturias con sus luces y sus sombras, para que la palabra República deje de ser sinónimo de socialismo o progreso y para desmitificar aquellos hechos y que no se conviertan en armas arrojadizas para futuras generaciones.


lunes, 26 de junio de 2017

POTOSÍ

Potosí: palabra quechua que adoptó el castellano para nombrar las fortunas impensables. 
Potosí: la montaña boliviana de la que los hombres llevan extrayendo plata y estaño desde hace quinientos años. 
Potosí: el paraíso de los tesoros fabulosos. 
Potosí: el departamento más pobre del país más pobre de Sudamérica. 

Cuando quieren protestar contra algo que desconocen, los mayores a menudo recurren al clásico "esto antes no pasaba, en mis tiempos se vivía mejor". Es una muletilla casi siempre mentirosa, ya se sabe que la memoria descarta y embellece los recuerdos a capricho de nuestros vaivenes melancólicos. Sin embargo, en boca de un minero boliviano que hubiera oído hablar de la situación de la minería antes de 1985, sería una verdad incontestable.

Antes, en Bolivia, los mineros sí que vivían mejor. Podían afiliarse a sindicatos, trabajaban con contrato y seguro de accidentes, disponían de maquinaria y sus hijos iban a la escuela. Apenas había menores en las minas. Hoy, el Cepromin (Centro de Promoción Minera), calcula que son unos 13.000 los menores de 18 años que bajan a las minas para contribuir a la economía familiar. Por supuesto, sin contrato, sin maquinaria, sin medidas de seguridad y, a menudo, sin saber ni siquiera para quién están trabajando en realidad. Se acabó la conciencia social. Se acabó la resistencia obrera frente a la explotación y los intentos de las empresas privadas de esclavizar a sus trabajadores. Se acabó pensar en seguir respirando con pulmones sanos. Hoy en día, desde 1985, los mineros que empiezan a los doce años probablemente no cumplirán los treinta y cinco. 

Pero, ¿qué pasó en 1985? Que el gobierno boliviano privatizó la explotación de las minas para hacer frente a los pagos de la deuda externa, medida que satisfizo a Estados Unidos y los mercados, y llevó a los bolivianos a la miseria. Pero para llegar a este punto hay que saber qué había pasado antes en el país. Tras haber sido una sierva fiel del capitalismo más feroz a lo largo de la primera mitad del siglo XX, en 1951 Bolivia nacionalizó las minas e inició un proceso modernizador (sufragio universal, derechos laborales, sanidad y educación públicas), saboteado años después por Estados Unidos y su fobia a cualquier avance social que su paranoia pudiera asociar con el comunismo. El país pasó de dictadura en dictadura, apoyadas por la CIA dentro de la Operación Cóndor, y entre diversos asesinos hubo sitio hasta para un nazi famoso, Klaus Barbie, el llamado "carnicero de Lyon", que coordinó grupos paramilitares de extrema derecha y desarrolló sus gustos sangrientos torturando y desapareciendo a presos políticos. 

En los años 70, Estados Unidos concedió préstamos millonarios a los dictadores bolivianos "porque eran socios en la lucha contra el comunismo y porque aprobaban leyes ventajosas para las multinacionales del petróleo y el gas". La deuda del país se multiplicó por diez, pero mientras duraron las dictaduras los norteamericanos no exigieron ninguna devolución. Cuando volvió la democracia en los años 80 y la supuesta amenaza comunista empezó a disiparse, Estados Unidos vendió 30.000 toneladas de estaño, materia prima esencial para la economía boliviana, lo cual hundió su precio en los mercados y Bolivia se quedó sin ingresos. Y fue entonces cuando los acreedores estadounidenses reclamaron la devolución de la deuda boliviana. Pero como Bolivia no podía pagar ni siquiera los intereses de dicha deuda, Estados Unidos obligó al país a privatizar todos sus recursos y a recortar en todo lo público. Dictaduras. Deudas. Y miseria. He aquí el legado estadounidense en buena parte de los países de Latinoamérica. 

El resultado es que los principales sectores económicos de Bolivia fueron vendidos a precios ridículos, con evasiones y fraudes en un "espectáculo de estafas, corrupciones y pelotazos". Y Bolivia siguió estancada en su papel de país sin infraestructuras, sin inversiones y sin industria. "Sin ninguna capacidad para defenderse de los especuladores internacionales que juegan con las materias primas y hunden países, con poca o mucha intención, sin ninguna preocupación". 

"Gobiernos y agentes de bolsa especulan con las materias primas; en ese juego arruinan a países subdesarrollados; esos países aceptan las ayudas internacionales y sus condiciones para salvarse; por ejemplo, renuncian a intervenir en las relaciones entre las empresas y los trabajadores, renuncian a cualquier vigilancia, y así, al final de la cadena, una niña de doce años entra a trabajar en la mina". 

Ander Izagirre, que ya me entusiasmó el año pasado con Cansasuelos, un relato encantador sobre un viaje a pie por los Apeninos, ha escrito un libro que encierra muchas historias. Historias de avaricia, en las que los magnates mineros se enriquecieron hasta límites obscenos a base de evadir impuestos y controlar a los gobiernos mientras Bolivia se moría de hambre. Historias de desprecio, en las que Estados Unidos destrozó la vida de millones de personas que consideraba prescindibles abusando de su poder para satisfacer sus intereses políticos y económicos. Y también historias de coraje, como la de Alicia, una adolescente minera a la que le duelen los riñones de bajar todos los días a la mina y se preocupa por que la puedan violar y se ve forzada a pagar una deuda que no es suya pero aun así sigue yendo a clase por las tardes y se convierte en presidenta de una asociación de menores mineros y obtiene una beca para estudiar y poder respirar aire limpio y comer comida saludable y quizá, un día, dejar de bajar a la mina y olvidarse, quizá, un día, del dolor de riñones. 



jueves, 22 de junio de 2017

ANTES ESTABA EL MAR

La editorial Barbara Fiore nos tiene ya acostumbrados a su buen hacer con la elección de libros bellos que son un placer para la vista y un incentivo para la imaginación.

En este caso ha elegido esta obra de Éleonore Douspis, una pequeña joya de bellísimas ilustraciones que cuenta la historia de las carencias experimentadas por un niño que vive cerca del mar. De forma alegórica representa a tantos millones de niños en el mundo que, por diversas causas, se ven obligados a abandonar su hogar y sus pueblos y el desamparo se vuelve su forma de vida. 

El protagonista y su amiga Oumy disfrutan de sus juegos al borde de un mar tranquilo y cristalino hasta que algo terrible sucede y todo cambia, ya no está el mar, ni los juegos, ni su amiga, ni su familia... Está solo y no le queda más remedio que reconstruirse.

Las ilustraciones bellísimas de este libro nos van relatando sus sentimientos, primero la felicidad al lado de su amiga y luego el sufrimiento y la inseguridad por la falta de su familia,  hasta que al final consigue escapar del papel en un apogeo de solapas que nos descubren el itinerario por mundos oníricos y reales que transitan tantos millones de personas en el mundo.


lunes, 19 de junio de 2017

TIERRA DE CAMPOS

Hace muchos años, un profesor de piano me dijo: te escucho tocar y no sé quién eres. No es algo necesariamente malo, me explicó. Mira Pollini, por ejemplo, tampoco sé quién es. O Rubinstein. Y son magníficos. Pero esa impenetrabilidad tuya hace que tengas que ser muy bueno para que no se note. El reproche, claro está, iba implícito, metido a cuchillo en mi inseguridad con aquella sonrisa suya socarrona con la que nos enamoraba y nos sacaba de quicio a partes iguales. Por supuesto, nunca fui lo suficientemente bueno como para eludir un hándicap como ese. ¿Quién soy yo tocando? ¿Puede definirse alguien a través de la música que toca? Después de muchos años de darle vueltas y de quitarme y ponerme diversas máscaras, creo que aquel profesor no se refería a mi falta de personalidad musical, signifique lo que signifique eso, sino más bien a que por aquel entonces no se reconocía en mi forma de tocar. No lograba meter sus emociones en mi música. Mi música era una casa cerrada para él, y por más que llamaba, la puerta nunca se abría. Me lo dijo en un par de ocasiones y, ante mi gesto desolado, se apresuraba a consolarme: no es nada malo, tocas muy bien, y vas a tocar mucho mejor, tu casa es muy bonita y da gusto verla por fuera, ahora tienes que pensar en cómo vas a abrirle la puerta a tus invitados.

Me he acordado de esta anécdota al leer Tierra de campos, el último libro de David Trueba. Al igual que ciertas canciones o ciertos paisajes, es un libro en el que me gustaría vivir. Una casa abierta y acogedora, llena de lugares cálidos y reconocibles, con esa poderosa sugestión que tienen los enamoramientos, cuyo desfile de novedades y extrañezas, en vez de alejarte, te acerca siempre más a ti mismo. Lo he leído con una sonrisa casi permanente. Sonrisa burlona, divertida y sentimental. Y mientras iba apuntando frases, de vez en cuando cerraba el libro y me quedaba mirando por la ventana, alelado, persiguiendo conceptos, metáforas e ilusiones, como si fueran cometas de colores que sólo volaran para mí. 

Tierra de campos es un homenaje dulce e irónico a unos padres que, como la inmensa mayoría de su generación, fueron educados en el pudor y la represión emocional, cariñosos en el gesto pero nunca en la palabra, incapaces de arrebatos, de euforias o de compartir las heridas de la memoria, y, sin embargo, poseedores de unos valores férreos e insobornables, anclados a una honestidad sin fisuras. También es un homenaje a los laberintos del amor, por los que el protagonista se interna atropelladamente en su huida de la soledad, y de los que nunca logra salir por más que consiga eludir los rencores y el odio, esos vicios de la posesión que siempre acaban en amargura. Por supuesto, es un homenaje a la vida del músico, siempre hacia delante, siempre pensando en el siguiente concierto, la siguiente canción, la siguiente borrachera, en busca del movimiento perpetuo, de la conquista de lo efímero, del vuelo, de la ingravidez. Pero, sobre todo, es un homenaje a la amistad. 

Se nota un cariño abrumador en el retrato de los amigos del protagonista. Gus, arrollador y ambiguo, viviendo en un permanente estado de euforia desde su elegancia excéntrica, y Animal, bruto e impulsivo, gobernándolos a los tres desde la batería a base de fidelidad y cervezas. Entre los tres, con apariciones esporádicas de otros músicos amigos, convierten su oficio en el arte de vivir en el aire, en ese instante durante un salto en el que los pies no tocan el suelo y todo puede pasar. "Lo contrario a un museo, donde todo está ordenado y datado, donde el tiempo se ha posado". Luchan contra la pesadez, contra la tierra, las raíces, las fotos fijas, lo definitivo, lo incuestionable, lo irrefutable, sin darse cuenta, quizá, de que el exceso de vida es un camino que a veces pasa muy cerca de la muerte. 

Escribir sobre música es muy difícil. ¿Cómo se describe un sonido sin abusar de las metáforas? No sé cómo lo hace, pero David Trueba lo consigue. Y se pasa más de medio libro consiguiéndolo, haciendo que escuche la música de estos tres amigos con nitidez, impresionado por no necesitar apenas referentes ni comparaciones para saber exactamente cómo suenan las canciones que describe. Y vuelvo a casa después del trabajo tarareando mis versiones de esa "música herida y sarcástica, de un humor desesperado", con instrumentos de viento que parecen sacados de una película de Kusturica y una ligereza que hace que cualquier dramatismo sea siempre relativo y volátil. 

Ligereza. Sí, es un libro ligero. Aun cuando habla de lo que nos perturba, del desasosiego de no lograr calmar nunca el hambre, a pesar del éxito, del amor, del sexo, de los amigos, del triunfo de la vida. Ligereza al describir la pérdida de la inocencia y cómo el espacio que deja la ingenuidad puede ser sustituido por la delicadeza. Ligereza al subrayar la importancia del pasado, de esa obsesión por dejar, a través del arte, una huella que nos sobreviva. El pasado como refugio, como surtidor de expectativas. Pero también, como mentira. Porque el pasado, al fin y al cabo, no existe. Es aquel portal umbrío de tu primer beso convertido hoy en una inhóspita oficina bancaria. Poco más que una historia, una ficción que va perdiendo su soporte material cada día que pasa.

Si al mirar no eres capaz de inventar lo que estás viendo, ¿para qué mirar, entonces? 
Si al cantar no estás tendiendo la mano a quien te escucha para que se venga contigo a tu emoción, ¿para qué cantar, entonces?
Con los años, siempre procuré hacer caso a mi profesor de piano. Si conseguí abrir la puerta de mi música y hacer que la gente se quedara un ratito a escucharme desde dentro fue sobre todo gracias a libros como éste: casas magníficas y acogedoras cuya puerta siempre he encontrado abierta.


jueves, 15 de junio de 2017

MÁS ALLÁ DEL INVIERNO

Encontrarme de nuevo con un libro de Isabel Allende despierta en mí resonancias antiguas. Su Casa de los espíritus coincidió en el tiempo con la llegada al mundo de mi hijo, en 1982, momento en el que yo acababa de vivir experiencias muy intensas en un país latinoamericano. Aquella carta al abuelo, llena de realismo mágico, como se llamó entonces, me impresionó, me pareció brillante y cuando salió su segundo libro, De amor y sombra, me sumergí en él. Los dos trataban el tema de la dictadura chilena y la defensa de los derechos humanos, especialmente los de las mujeres. Un tema para mí apasionante. El tercer libro que leí de Isabel fue Paula, un homenaje a su hija recién muerta, autobiográfico y también en forma de cartas, que me conquistó y me llevó a su universo, en el que siempre he encontrado el toque de humor que da a sus relatos, aun en su faceta más dramática, con una cercanía que te hace sentir partícipe de la historia.

Luego vinieron muchos títulos más que, en mi opinión, nunca llegaron al nivel de los tres que he comentado. Y ahí fui dejando de ser su lectora constante. El penúltimo, El amante japonés, me descubrió un episodio de la historia de Estados Unidos que creo que no ha sido debidamente divulgado: la injusta represalia que sufrieron los japoneses residentes en Estados Unidos y su internación en campos de concentración tras el ataque a Pearl Harbour en 1941. 

Como editora y librera he sido muy consciente de las críticas que ha recibido de voces del mundo intelectual y comprendo algunos de sus argumentos, pero tengo que decir en su favor que sus libros tienen siempre tramas interesantes y temas comprometidos y que si su literatura no es lírica, su sencillez directa para contar es de una enorme amenidad que te engancha desde la primera línea.

En Más allá del invierno, recrea el tema de los refugiados, en este caso una muchachita guatemalteca que ha sufrido lo indecible a causa de las maras violentas en las que se refugió el mayor de sus hermanos. Como siempre, la violencia masculina acaba impregnando los episodios más dramáticos en la vida de las familias pobres, abandonadas con tanta frecuencia por el padre. También denuncia la política que Trump está llevando contra los refugiados y recuerda un hecho que a mí se me había olvidado. En los años 80 se creó el Sanctuary Movement en Estados Unidos, un movimiento compuesto por miles de abogados, estudiantes y activistas que se pusieron de acuerdo para ayudar a los refugiados que en la época de Reagan eran tratados como delincuentes y deportados. Ojalá salga un movimiento parecido ahora.

El trayecto desde Guatemala hasta Estados Unidos pasando por México, con la continua amenaza de los Zetas o los coyotes desalmados que se lucran con la desesperación de los refugiados, está descrito con minucioso detalle. Una vez conseguido el paso a Estados Unidos los problemas no se acaban. Aparecen traficantes de personas con testaferros, que nos recuerdan los casos de corrupción que hoy tenemos en España como el de Ignacio González, o descendientes de personajes turbios que en muchas ocasiones habían escapado de la cárcel y su refugio fue América, como los antepasados alemanes de Trump.

He querido rescatar esta conferencia magistral que Isabel dio en Estados Unidos el 14 de mayo del 2013, un monólogo chispeante y lleno de humor, que denuncia realidades importantes que no han cambiado a pesar de los cuatro años transcurridos.


lunes, 12 de junio de 2017

NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA (cómic)

Así que así se hace. Uno se enamora de una novela. La piensa, la vive, la saborea. La lleva en su cabeza como una canción de amor, en su piel como el perfume de una amante. Uno llora con la tragedia del herido y se compadece de los dilemas morales de su compañero. Uno va andando por la calle, ve un cementerio y siente de pronto una furia incandescente revolverse en sus tripas. O se topa con una tienda de disfraces y una máscara de arlequín hace que le recorra la flecha de un escalofrío por la espalda. Uno se enamora de una novela y, como sabe dibujar, empieza a sentir un cosquilleo en la punta de los dedos. Las emociones se transforman en colores, la furia es morada y el amor verde, y en cuanto llega a casa se pone a dibujar como un poseso. Horas y horas. La canción de amor y el perfume de la amante ahí, plasmados sobre el blanco. La tragedia y los dilemas en dos cuerpos enlazados, en unos labios suplicantes. Así se hace. Uno se enamora de una novela y devuelve ese amor convertido en esta obra de arte. 

Este cómic es una adaptación gráfica de la novela de Pierre Lemaitre Nos vemos allá arriba, Premio Goncourt 2013. Sus protagonistas, Édouard y Albert, deberían haber muerto en la guerra. Habría sido lo más conveniente para sus superiores y para los gobernantes de la paz de los años veinte, incapaces todos de compensar por su sufrimiento a las decenas de miles de heridos que volvieron deshechos de una guerra espantosa y absurda. Estos dos despojos de la paz, unidos por una amistad compleja y profunda, protagonizan una de las historias de venganza más contundentes e impactantes que he leído nunca y muestran cómo del sufrimiento y la compasión pueden salir las ideas más creativas. Y las más desesperadas. 

Las adaptaciones al cómic de obras literarias saben a menudo a sucedáneo. Conocemos el texto, sabemos de su fuerza, y es difícil que una imagen potencie la historia conocida sin traicionar su esencia o sin entrar en conflicto con la idea que nos habíamos hecho de los personajes y su contexto. Esta adaptación de Christian de Metter no se parece a ninguna otra. Es potentísima, discreta, concisa y tiene una fuerza expresiva que quita el aliento. Sólo me explico un éxito así desde el amor. Desde la devoción absoluta del dibujante por una historia que le ha atrapado tanto que sólo puede deshacerse de ella creándola de nuevo, sacándola a golpe de color desde sus sueños y obsesiones. 

Gracias, Christian de Metter, por convertir tu pasión en esta obra de arte.