jueves, 16 de noviembre de 2017

UNA COLUMNA DE FUEGO

La continuación de Los Pilares de la Tierra y Un mundo sin fin no sólo no decepciona: te apasiona, no puedes soltarlo. Nos trasporta al conflictivo siglo XVI, cuando las guerras e intrigas en Inglaterra y en Francia demostraron una vez más la intolerancia, la violencia y las injusticias tan virulentas que siempre ha desatado la Iglesia católica. 

El personaje más importante que transita a través de esta novela es la reina Isabel I de Inglaterra, cuyo perfil desmonta la imagen que durante el siglo XX nos ofrecieron de ella los libros de texto en España. Felipe II siempre era retratado como el valedor de la justicia, e Isabel, como la malvada reina que defendía una religión equivocada. Ken Follett da la vuelta a esta dualidad, señalando la voluntad de la reina inglesa de que bajo su reinado nadie muriera por expresar su religión. Había tantos motivos para renovar una Iglesia como la católica, corrupta, conservadora y sanguinaria a través del brazo torturador de la Inquisición... La Reforma protestante pretendía regenerar prácticas tan poco edificantes, aunque algunos de sus métodos, y sobre todo el radicalismo de Calvino en Ginebra, desprestigiaron en buena medida su proceso. 

Hay que agradecer a Ken Follett, y a la tarea de documentación que siempre realiza en sus novelas históricas, que nos haya ofrecido una imagen tan perfilada e íntima de dos personajes tan controvertidos como la reina Isabel I y María Estuardo, mitificadas a través de la literatura, el cine y el arte en general. 

Dadas las conspiraciones continuas por parte de todos los países europeos para derribarla del trono, Isabel I establece un servicio secreto para investigar posibles invasiones e intrigas. Y Ned Willard, el protagonista de esta novela, se convertirá en uno de sus espías más perseverantes y leales, teniendo que enfrentarse con el hermano de Margery, la mujer que ama, conspirador desde Francia contra Isabel.

Es espléndido el relato de las intrigas que la familia de Guisa, defensora de María Estuardo, maquina en la corte francesa para imponer el catolicismo más recalcitrante en un país donde durante casi medio siglo los herederos de la corona se suceden sin pausa a consecuencia de enfermedades y reyertas. Las anécdotas de la primera boda de María con el príncipe heredero francés, un muchacho de 14 años con el que se había educado y con el que la unía una gran amistad, son antológicas.

Una lección de historia fascinante que no puede dejar indiferente a nadie. 



lunes, 13 de noviembre de 2017

ARDALÉN

Qué belleza. 
He tardado cinco años en leer este cómic. Desde que se publicó a finales de 2012, lleva esperándome en la sección de cómics de la librería, con la bendita paciencia de los libros que saben que, tarde o temprano, serán leídos. Estoy aquí, ya vendrás, parecía decirme cada vez que pasaba por delante, acariciaba su lomo y escogía otro cómic para llevármelo a casa. En todo este tiempo, de alguna manera, la expectativa iba creciendo. Lo reservaba para una lectura de placer seguro, como receta para reconciliarme con una buena historia tras alguna lectura decepcionante, como el abrazo cálido e interminable que te rescata de cualquier día difícil. Cinco años. Y no sólo no ha decepcionado ninguna expectativa, sino que las ha superado todas. 
Qué belleza. 

Fidel sale de su casa en los días de viento y recorre los montes gallegos escuchando a los árboles. Llegado a un prado, se sienta y espera. Espera la lluvia y el aire salado que viene del mar. Espera a los recuerdos, a que se arremolinen en torno a su cabeza, como pececillos que jugaran con su pelo desordenado. Los recuerdos de otros lugares en los que el mes de noviembre no anunciaba niebla, otoño y penumbra, sino sol, primavera y bailes en la playa. Recuerdos que a veces parecen prestados, venidos de otras vidas para embellecer los suyos, recuerdos que se mezclan en su memoria y, verdaderos o inventados, conforman su identidad. Espera sentado a que el viento salado del mar cante su melodía en el bosque profundo, y entre los troncos de los eucaliptos, salgan de su letargo las ballenas. 

"Vivir consiste en construir futuros recuerdos", dice un personaje de Sábato. Pero no sólo de vida está hecha la memoria. También de imaginación. Sobre todo, quizá, de imaginación. De ballenas que bailan entre los eucaliptos. De naufragios en el mar y de amores caribeños. De pequeños delfines de madera que caben en la palma de la mano y de vientos húmedos que limpian la vida. De lo que fuimos y de lo que quisimos ser. De anhelos y derrotas y sueños volubles que se nos pegaron a la piel y que definen quiénes somos, cómo sonreímos, qué abrazos buscamos. 

Esta maravilla de libro, Premio Nacional de Cómic en 2013, trata sobre la memoria. Sus dibujos tienen una expresividad cálida y conmovedora, parecen habitados por un dinamismo cinematográfico pero, al mismo tiempo, transmiten calma y emociones profundas con una paleta inacabable de tonalidades de color. Los peces vuelan y las hadas susurran y los barcos naufragan entre los troncos de los eucaliptos, y todo parece extraordinariamente real a través de la mirada melancólica de Fidel. Real como los recuerdos. Como la fantasía necesaria para que sobrevivan al olvido y dibujen nuestra identidad.

Cuando alguien objete que los cómics son literatura menor, que carecen de profundidad, que son propios de niños o vagos, sacaré este libro. No diré nada, no defenderé las capacidades expresivas de este género, porque son muy evidentes y ya están debidamente demostradas. Sacaré este libro y hablaré del ardalén, el viento gallego que sopla del suroeste de esta historia, templado y húmedo, y que, junto al sabor del mar, es capaz de mezclar recuerdos, construir pasados y hacer que las ballenas bailen entre los eucaliptos una danza tan bella que haga llorar. 






jueves, 9 de noviembre de 2017

PROHIBIDO NACER

Os presento un relato ligero tratado con un sentido del humor conmovedor. Las vivencias que nos cuenta son tan graves, tan trascendentes y tan trágicas, que, al disfrazarlas con ese humor tan característico, su autor las hace digeribles.

Hace 33 años, Trevor Noah nació con todas las de perder. La unión de su padre blanco con su madre negra en la Sudáfrica de los años ochenta estaba penada por ley, así que él fue un hijo prohibido por su país. Continuamente durante la lectura del libro me recordaba la edad de este chico para apreciar mejor esta historia personal que, afortunadamente, ha acabado en el éxito de este joven comediante, estrella de la televisión norteamericana. Hoy en día, utiliza la ironía y el humor para hacer comedia política y se ha convertido en el azote de Donald Trump. Divertido, irresistible, con esa sonrisa de niño bueno, ha escrito estas memorias que, además de una denuncia del racismo del Apartheid, escrito minuciosamente, son un homenaje a esa madre coraje que ha tenido la suerte de disfrutar.

A pesar de que su madre le pegaba a menudo, él consideraba que lo merecía y sabía que el amor entre ellos era de tal magnitud que los malos tratos jamás fueron una barrera entre ellos. En cambio, la violencia de su padrastro, que llegó a disparar a su madre después de haberla maltratado durante años, está descrita de forma tan detallada que es como una disección.
También las continuas denuncias en la comisaría, que nunca fueron atendidas, nos retrotraen a otras épocas aquí en España, cuando perdías el tiempo si ibas a denunciar cualquier violencia machista. Yo doy prueba de ello.

Es fascinante el humor con el que nos cuenta, por ejemplo, que cuando tenía cinco y seis años sus parientes maternos no le pegaban, a pesar de sus trastadas infinitas, porque decían que no sabían pegar a un niño blanco, aunque él fuera mestizo. Para ellos, que eran negros, mestizos y blancos eran lo mismo. Incluso, cuando le llevaban en el coche, siempre le sentaban en el asiento trasero y le llamaban "señor", como hacían con los blancos. ¡Qué terrible lo que trastornó sus mentes el apartheid! Me pregunto muchas veces para qué sirven las instituciones internacionales que tenemos si no pueden prevenir, prohibir o castigar actitudes tan graves como las que se han producido hace menos de cincuenta años y se siguen produciendo.

Son infinitos los detalles que demuestran la inteligencia superior de esa madre que tiene Trevor, y me cuesta comprender su fanatismo religioso en alguien que ha demostrado reiteradamente su valor, su clarividencia y su buen hacer. Fue una autodidacta íntegra y quizá la falta de una educación que le proporcionara más conocimientos sea la causa.

En un momento dado le dice a su hijo, que no la ha mirado al saludarla: "¡No, Trevor! Mírame, salúdame. Demuéstrame que existo para ti, no me veas solamente cuando necesitas algo". Una situación que quizá vivimos muchas madres.

Otra de las reflexiones de esa madre independiente y fascinante, cuando se refiere a su marido maltratador: "El hombre tradicional quiere que su mujer sea sumisa, pero nunca se enamora de mujeres sumisas. Le atraen las mujeres independientes, es como un coleccionista de aves exóticas. Solamente quiere mujeres libres porque sueña con meterlas en jaulas".

En otro momento le dice a su hijo, a quien siempre se ha dirigido como si fuera un adulto: "El amor es una acción creativa: cuando amas a alguien, creas un mundo para él".

Un testimonio valioso y necesario que nos recuerda los valores por los que debemos luchar. Además es una lectura divertida, amena y enriquecedora.



lunes, 6 de noviembre de 2017

LA MUERTE DE LA MARIPOSA. ZELDA Y FRANCIS SCOTT FITZGERALD

Ansiaban ser felices. Vivir a base de momentos. Subirse a rayos de luz que los llevaran al éxtasis, a los brazos abiertos de su público, que siempre estaba sediento de literatura y amor. Bailaban y sonreían porque la vida era dulce, ligera como un foulard al viento, bella como la luz del amanecer en Montmartre un lunes cualquiera después de una fiesta. Gritaban por la calle de puro entusiasmo, corriendo como adolescentes embriagados de amor, eran Zelda y Scott, la pareja del momento. Elegantes, encantadores, bellísimos, se les caían los billetes de los bolsillos, chapoteaban en las fuentes vestidos y se bebían los cócteles al ritmo desenfrenado de la música y el baile y las luces de la noche. Su vida era una novela, la de los felices años veinte, fastuosa y extravagante. Y la mariposa volaba despreocupada, irradiando luz y y belleza, inconsciente de la fragilidad de sus alas. 

Esta breve biografía de Zelda y Francis Scott Fitzgerald es un prodigio del género. Se centra en los vaivenes de su relación, en cómo su forma de vivir fue el paradigma de una época jovial de libertad, y en lo dolorosa que fue su caída tras haber estado en la cima del éxito y el amor. Cuenta poco del Fitzgerald escritor. Apenas cuatro o cinco páginas sobre el torpe A este lado del paraíso o el brillante Suave es la noche. Dos trazos para París, un trazo para la Costa Azul y sus amigos, y el resto del cuadro para las dos figuras principales, Zelda y Scott, y su angustia vital, siempre al borde del abismo, tratando de apresar lo inapresable. 

Siempre fueron conscientes, hasta cierto punto, de vivir en una novela. Necesitaban intensidad y luces cada día. No soportaban obligaciones ni rutinas. Drama, querían drama, y si no lo tenían, se lo inventaban. Esa era su vida, emociones a todo volumen en movimiento continuo, y disfrutaban y sufrían a la medida de su ambición, ambos víctimas de su ilimitada y morbosa imaginación. "Pelea tras pelea, copa tras copa, derroche tras derroche, Zelda y Scott perdieron la paz y la salud, abusaron de su amor, lo hirieron, lo desgarraron, lo hicieron trizas, antes incluso de que la locura los arrollara". 

Zelda y Scott Fitzgerald a principios de los años veinte

Su vida era una perturbación continua. Pero cuando se trataba de escribir, Scott se volvía responsable, voluntarioso y disciplinado. Seguía luchando contra su desequilibrio pero la literatura le permitía vencer, salir victorioso, aunque fuera en la ficción. Sus libros se alimentaban de su vida, hasta el punto de reproducir en ellos fragmentos de cartas y telegramas de Zelda. Trataba de salvar en la literatura lo que no lograba salvar en su vida real. Y aunque sabía que el esfuerzo era inútil, que las palabras no curan, el éxito arrollador entre el público y la admiración de sus compañeros de generación le impulsaban a seguir ficcionalizando su vida. Era optimista, hasta el punto de pecar de ingenuidad. Su mente candorosa pretendía fijar para siempre lo perdido, a la vez que trataba de alcanzar una paz inalcanzable. Tenía una fe romántica en la irrealidad y cada vez que se derrumbaban sus ilusiones sentía que no había suelo bajo sus pies, que no había nada sobre lo que sustentar su ilusión, su razón de vivir. 

Zelda sufría crisis de esquizofrenia. A partir de 1929, tras varios intentos de suicidio, estuvo ingresada en numerosas clínicas psiquiátricas y algo en su interior se rompió para siempre. Se sentía vieja, sin haber cumplido aún treinta años. Se sentía sola, abandonada, a merced de su dolor y de su derrota. Había soñado con tenerlo todo, con ser la mejor bailarina de París, la mejor pintora de Nueva York, con el éxito y la fama y el amor del mundo entero, y ahora se veía recluida en una habitación aséptica a orillas del Lago Lemán, rodeada de una belleza sin vida, petrificada, sin expectativas, lejos de Scott y de su hija, exiliada de su pasado y con un futuro escamoteado por la locura. 

Y es aquí cuando la escritura de Pietro Citati, maravilloso biógrafo de grandes de la literatura como Goethe, Kafka, Leopardi o Mansfield, brilla en su elegancia, intercalando extractos de las cartas de Zelda y Scott con su propio relato, en una prosa lírica y extraordinariamente fluida. Se nota que no es insensible a la fascinación que ejerce esta pareja y trata sus vidas con sensibilidad y delicadeza, indagando con cuidado en los laberintos amorosos y vitales de su dolor.

Creo que, en su brevedad, este libro es la mejor forma de adentrarse en el mundo de dos personas excepcionales, enamorados de sí mismos, que quisieron cortejar al mundo entero y su realidad sin peso no soportó la enfermedad y el paso del tiempo. La mariposa se quedó sin fuerza para volar, sus alas perdieron el polvo y la luz, y las últimas palabras de El Gran Gatsby quedaron flotando como advertencia para las siguientes generaciones de soñadores: "Y así, seguimos remando, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado". 



jueves, 2 de noviembre de 2017

NOCTURNOS

De Kazuo Ishiguro leí hace mucho tiempo Nunca me abandones. Me gustó. Me gustó la película, también. Me gustó sin dejarme poso, como una canción que escuchas en la calle y te hace sonreír durante medio minuto, un rastro de humedad en la piel que al poco se seca. Y ahora, después de la concesión del Premio Nobel, vuelvo a Ishiguro con estas cinco historias de música y crepúsculo. Y vuelvo a sentir el bienestar de leer una prosa fluida y flexible, similar al de una conversación con un tipo suave y elegante que te hace sentir a gusto desde el saludo y es capaz de hablar durante dos horas sin aburrirte ni un solo segundo. 

Al leerlo, he recordado muchas cosas. Un Bed & Breakfast en Finsbury Park con una buhardilla del tamaño de dos salones grandes, el suelo de madera y llena de sillones, mesas bajas y libros, libros, libros por todas partes. Al fondo se recortaba el skyline de Londres y recuerdo la luz ámbar del atardecer proyectando sombras interminables y coloreando los objetos con tonos irreales. El viaje era para asistir a unas clases de música de cámara con una profesora de cello y, aunque no recuerdo nada de las clases, sólo tengo que cerrar los ojos un segundo para ver el color de la madera del cello de Bea, sentirlo bajo los dedos, un color pulido, cálido, sólido, un color que huele a casa y a Brahms. Y después, los parques. Mientras Bea estudiaba mis pies se perdían bajo las hojas doradas de octubre y nos reíamos porque para ella todos los parques son iguales (¡pero si sólo hay árboles y caminos!) y para mí, cada uno sigue siendo un mundo virgen por descubrir. Recuerdo el viento. Una explosión de fa mayor en mis dedos, que se mueven con espasmos diminutos respondiendo a las melodías que surcan mi cabeza. Recuerdo Londres en otoño, la luz ámbar, el color del cello, los parques, Brahms. 

También la sensación de entrar en un jardín. Con cada viaje, con cada pieza estudiada e interpretada ante un público, la sensación de internarme por un jardín lleno de obstáculos, un jardín frondoso y agotador pero repleto de aplausos y sonrisas y esfuerzo y recompensas. "Un jardín como no había visto otro en mi vida", como dice uno de los personajes de Ishiguro, un jardín cuya cancela cerré un día y que ahora admiro desde fuera, desde los recuerdos que me traen libros como este, con el aplauso apagado pero el fa mayor de Brahms todavía latiendo en los espasmos de mis dedos. 

Estas historias tienen una capacidad evocadora fulminante. Música y crepúsculo, sí. Pero un crepúsculo plácido, sin dramatismos. Un crepúsculo enigmático y sutil que despierta recuerdos. Y creo que este libro es muy valioso, no tanto por lo que muestra, sino por lo que es capaz de despertar en la mente de quien se asoma a él. Leerlo ha sido como darme una vuelta tranquila por una galería de recuerdos. Y luego, al cerrarlo tras cada historia, mientras iba a trabajar o hacía la compra o preparaba la comida, volvía a ellos, enumerándolos, disfrutándolos, como una canción ligera y bonita escuchada en la calle, como un rastro de humedad inesperado en la piel.




lunes, 30 de octubre de 2017

BODAS DE SANGRE

Furia, furia. Morder las palabras. Cocer a fuego lento la idea de venganza. 
Temer los cuchillos, increpar a la muerte que deja surcos de odio en aquellos que se atreven a nombrar el amor. 
Cantar canciones en voz baja, canciones que conjuren la desgracia. Cantar a los caballos que lloran, a los caballos que sangran, a la luna que refleja los puñales de plata. 
Esperar. Como mujer, esperar. A que los hombres recuperen la cordura, o la decencia. A que el río baje por una vez con agua y no con sangre. A que la muerte se olvide de cubrir con sus flores el futuro de su único hijo, y deje "para el amor la rama verde". 

Bodas de sangre parece una tragedia griega. Es violenta, salvaje, sus pasiones se han alejado tanto de cualquier realidad cotidiana nuestra que ya parecen mitos, y con esa potencia atemporal nos llegan, como si fueran fuerzas de la naturaleza, tornados, ciclones, terremotos, un torrente imparable de aflicción y violencia que, generación tras generación, arrolla a sus lectores y espectadores con su música, sus rimas y sus símbolos. 

Hay algo en esta obra que hipnotiza. Quizá sean las rimas, el ritmo musical de las imágenes poéticas que reconforta al mismo tiempo que inquieta. Son nanas premonitorias. Por mucho amor que encierren las voces que las cantan, los caballos lloran y la luna sangra y los puñales de plata brillan en la noche esperando su momento. Puñales de plata que apenas caben en la mano pero que saben encontrar su camino "por las carnes asombradas", allí "donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito". 



jueves, 26 de octubre de 2017

ENCONTRASTE UN ALMA

No me gusta la poesía que se esconde en las banderas, la inflamación de un orgullo que discrimina las caricias.
No me gusta la poesía que se vocea en las calles, la que levanta los ánimos como si fueran barricadas.
No me gusta la poesía consumida como droga por todos aquellos que necesitan sentirse víctimas de su insatisfacción. 
No me gusta la poesía como arma, la poesía como tirita, la poesía como voz que se niega a escuchar mientras canta.

Prefiero el silencio. Acariciar la posibilidad de una metáfora mientras el cielo se oscurece y los árboles se inclinan sobre el agua. Despertar con un pájaro en la ventana, la cortina blanca meciéndose levemente como una bandera de paz que se despereza, un papel en blanco con toda una vida por delante. Abrir un libro o abrir el piano y sentirme vivo en el silencio que precede a la primera frase o al primer acorde. Prefiero una palabra que quepa en la mano abierta y sirva para dibujar una sonrisa en cualquier boca. Una palabra que salte cualquier muro y se niegue a existir si no incluye a su contraria. El placer de cantar en un idioma que desconozco mientras escucho cómo la palabra otoño se convierte en oro o en hielo según la compañía que la rodee. Ese placer. El del descubrimiento. El que desmonta barricadas y deja el corazón desnudo y palpitante, y, al mismo tiempo, invulnerable.

Edith Södergran (1892-1923) ha sido mi último descubrimiento poético. Y su poesía completa, recién editada por la editorial Nórdica con el primor que le caracteriza, ha sido estos días para mí como un regalo inesperado que un desconocido hubiera dejado para mí, bellamente envuelto, sobre mi mesilla de noche. Acaricio las tapas del libro como quien protege un tesoro de los vaivenes de un clima hostil. Esta poeta fino-sueca me ha deslumbrado con sus imágenes modernistas y su franqueza tan actual. Me ha dicho muchas cosas en el silencio de las mañanas soleadas de este otoño que se resiste a dorar las hojas de los árboles. Muchas cosas con pocas palabras. Pinceladas de un mundo cuya belleza evanescente es capaz de pisar con firmeza el suelo de sus convicciones y decirlas en voz alta sin titubear.

Gente,
no coleccionéis oro y piedras preciosas:
llenad vuestros corazones con un anhelo
que arda como carbón incandescente.

Me gusta la poesía que no sabe de patrias. Edith Södergran nació en San Petersburgo, en su casa hablaba sueco y estudió principalmente en alemán. Lo perdió todo en la revolución rusa y, aunque Finlandia fue su hogar adoptivo, no le daba mayor importancia a su identidad geográfica. Buscó la felicidad a través de una poesía filosófica que bebe del simbolismo y del modernismo, y que llega a nuestra sensibilidad un siglo después como recién estrenada, recién bruñida, lista para cantarse y contemplarse en su desarmante modernidad. 

Me gusta la poesía que no se conforma con la forma de un verso, con una imagen que sorprenda. La poesía capaz de lanzar una idea que pueda volar y volar en mi mente durante mucho tiempo, una llama tenue y tenaz que prenda en mi imaginación y se quede ahí, alumbrándome el camino.

Regalad a vuestros hijos una belleza 
que el ojo humano no haya visto,
regalad a vuestros hijos una fuerza
que vuele las puertas del paraíso.

Si el paraíso es la meta, si la felicidad el objetivo, quizá no valga con llegar a él y quedarse. Quizá lo importante es descubrir qué hay más allá, al otro lado de su puerta. 


lunes, 23 de octubre de 2017

CORAZONES DE GOFRE

Otra delicia de historia que nos regala la autora de Tania Val de Lumbre y que Nórdica ha publicado. Volvemos a Noruega, ese país ejemplo por tantas cosas, por la ecología, por la conquista en la igualdad de género, por su calidad de vida, y en una pequeña aldea, Terruño Mathilde, viven Lena y Theo. Ella es la aventurera, la valiente, temeraria y divertida, y él, quien pone el equilibrio y la serenidad.

Lena no tiene padre, antes de que naciera se marchó, como tantos hombres ante la responsabilidad paterna, y siente que le gustaría tener uno como el que tiene Theo. Al cabo de un tiempo le pregunta: Oye, realmente ¿para qué sirve un padre?, en un diálogo hilarante. En contraste Theo es mucho más tierno, más sentimental que Lena y necesita que le diga que es su mejor amigo para reafirmarse en esa amistad del alma que mantienen, a ella le cuesta hablar de sentimientos. En la vida cotidiana suele pasar al revés.

Theo tiene una hermana adoptada en Colombia y un abuelo maravilloso y una tía abuela que les hace los gofres en forma de corazón y que luego, cuando falta el abuelo, aprende también a hacer esa merienda tan deseada por los niños.

La alocada imaginación de Lena les lleva a las aventuras más increíbles, como la de organizar un arca de Noé con los animales que tienen a su alrededor utilizando la barca del padre de Theo o el rescate de un caballo que están a punto de sacrificar creando una residencia para caballos viejos. Con frecuencia corren el riesgo de acabar en catástrofes y nos hacen pasar el rato más divertido y entrañable, como las mejores historias que encontramos en la literatura. Un placer y un regalo.




jueves, 19 de octubre de 2017

SOLO

Bienvenido a la Antártida. Imagina el frío más insoportable que hayas sentido nunca. Bájale unos cuarenta grados más. Siente tu aliento estallando en minúsculas partículas de hielo delante de tu nariz. Escucha el trueno del mar embravecido a veinte metros por debajo del hielo que pisas. Siente el temblor. Nota el aire rasgando tus pulmones como cuchillas. La niebla como mortaja. La oscuridad helada, petrificada, de ese infierno. Bienvenido a la Antártida. 

Richard Byrd (1888-1957) vivió ese frío varias veces. Lo sobrevoló en dos ocasiones cuando se convirtió en el primer hombre en llegar al Polo Sur en avión en los años veinte. Y podría decirse que lo buscaba, porque estuvo años preparando la expedición que le llevaría a permanecer todo el invierno antártico de 1934 él solo en una cabaña, a 164 kilómetros al sur de su campamento base, en el lugar más cercano al Polo Sur que ningún ser humano había habitado hasta entonces. Un lugar que parecía pertenecer a otro planeta, con una luz y una temperatura propias. ¿Qué se siente en un lugar así? ¿Cómo se pueden describir las emociones, la intensidad del frío, la impresión al caminar a setenta grados bajo cero sobre un desierto interminable de hielo iluminado por un sol espectral que nunca termina de separarse del horizonte?

Solo es el relato testimonial de aquellos meses de soledad en el lugar más frío del planeta. El objetivo de la expedición era, por una parte, recabar información meteorológica de una parte de la Antártida de la que se desconocía casi todo hasta entonces; y, por otra, la ambición de Richard Byrd de explorar los límites de la soledad, la introspección y la resistencia del cuerpo a unas condiciones extremas. Es un relato científico y a la vez lírico. Las descripciones de la belleza del cielo en los días despejados son arrebatadas, "olas de luz batiendo el cielo", millones de estrellas bañadas por la aurora, sembrando la nieve de reflejos gris plata. El autor contempla el espectáculo extasiado, pero nunca pierde la sensación de estar en equilibrio sobre un suelo minado, siempre en peligro, amenazado por una naturaleza extremadamente hostil.

"Algunas veces sentía que era el último superviviente de una Edad del Hielo, luchando por seguir adelante con las herramientas endebles legadas por un mundo fácil y templado". Lo consiguió. Siguió adelante y exploró sus límites hasta el punto de rozar la muerte. Dejó en aquella cabaña una parte de sí mismo, "lo que sobrevivió de mi juventud, mi vanidad, quizá, y desde luego mi escepticismo. Por otra parte, me llevé algo que antes no tenía: el aprecio de la auténtica belleza, el milagro de estar vivo y un humilde repertorio de valores". 

Tras sus dos expediciones a la Antártida, sus dos vuelos al Ártico y el vuelo sin escalas cruzando el Atlántico, Richard Byrd se convirtió en un héroe nacional, aclamado a cada regreso con un desfile en su honor. Este libro cuenta la historia de un hombre que viajó al lugar más inhóspito del planeta para explorar una naturaleza virgen, y terminó luchando contra los elementos y los límites de su cuerpo y de su mente para salvar la vida. 


lunes, 16 de octubre de 2017

EL CUMPLEAÑOS DE KIM JONG-IL

Corea del Norte parece un país de novela distópica. Un campo de experimentos para los fans ultras de 1984. A mucha gente le fascina porque es como un videojuego o una película, y piensan en ese líder gordo y siniestro como si fuera el Hitler de nuestra época, un Hitler ridículo y estúpido, bravucón pero en esencia inofensivo, tan y como parecía Hitler hasta que empezó a anexionarse países. 

Corea del Norte es un país que no nos terminamos de creer. Y menos aún los que hemos nacido en democracia y aprendimos del terror de los regímenes totalitarios a través de los libros. Nos parece un país hecho de historias, de retazos de cuentos escalofriantes relatados por supervivientes, fugitivos que han escapado de una pesadilla y todavía tiemblan al recordar a los monstruos. 

Pero Corea del Norte existe. Y no está gobernada por monstruos. Son gente de carne y hueso la que prohíbe a los niños celebrar su cumpleaños. Gente de carne y hueso la que reprime a golpes cualquier crítica a su líder gordo y siniestro. Y gente de carne y hueso, también, la que llena las plazas kilométricas de Pyongyang en los días de la patria, movida por el miedo o la idolatría, tratando de sobrevivir allí donde han sobrevivido sus padres y sus abuelos, en el país más hermético del mundo. 

Corea del Norte existe. Y en las páginas de este cómic, protagonizadas por un niño cuyo cumpleaños coincide con el de su amado líder, cobra vida de una forma vívida y dramática. Quizá haga falta leer libros como este para darnos cuenta de que la distopía no sólo está en los libros. De que la violencia y el ansia de reprimir las ideas laten con fuerza en millones de personas de todo el mundo. Millones de personas que aprueban la humillación de los más débiles, la segregación por raza, religión o inteligencia, el desprecio por los diferentes y la supresión de libertades en aras de la seguridad o de la unidad de un país. Millones de personas que están dispuestas a salir a la calle en defensa de ideologías asesinas, aprobando que se insulte, se amenace y se den palizas a aquellos que han cometido el terrible delito de pensar diferente. 

Corea del Norte parece un país de novela distópica. Pero una parte nada desdeñable de su distopía vive en la mente de millones de personas reales con las que hablamos todos los días. 



martes, 10 de octubre de 2017

TODA UNA VIDA

Vivimos a toda velocidad. Saltamos de tarea en tarea como saltamontes huyendo de un bosque en llamas. Siempre pensando en lo siguiente. Refugiándonos en la efímera seguridad que nos da haber pasado a toda velocidad por el día sin habernos quemado demasiado. Nos da vértigo bajar el ritmo. Apartar los quehaceres banales que nos salvan de cualquier preocupación y afrontar lo importante sin esconderse. Pero, ¿qué es lo importante? Quién sabe. Lo importante podría quemarnos, lo importante podríamos ser nosotros mismos, y darle vueltas a la idea de quiénes somos puede volverle loco a cualquiera.

Estamos tan cerca de las cosas que cualquier cambio nos trastoca. Tratamos de entender la vida a través de sus detalles, y nos enfurecemos por defender ideas que la mayoría de nosotros no sabríamos explicar. ¿Cómo sería nuestra vida si no tratáramos de entenderla a toda costa, si no nos pasáramos los días reivindicando una imagen, una ideología, un discurso, una historia? 

Este libro es un remanso de tranquilidad. Es profundo en su sencillez. Ligero en su trascendencia. Cuenta la vida de un hombre llamado Egger en un valle remoto de los Alpes, una vida solitaria, contemplativa por instinto, ajena al ruido de su tiempo. Egger se maravilla con las gotas de rocío que penden de las briznas de hierba, disfruta con el frío agudo de las cumbres nevadas al amanecer, y se siente unido a la naturaleza y a las personas que le rodean de una forma misteriosa y profunda que nunca se le ocurriría analizar. Observa sus manos. Esas cicatrices que "hablarían de desdicha, esfuerzo o logros si Egger pudiera recordar su historia". Pero sólo son cicatrices. No le hacen falta las historias, las justificaciones con las que nos convencemos de que nuestra vida ha merecido la pena hasta ahora, no necesita esas relatos embellecidos y retocados sobre sí mismo para sentirse vivo, palpitante, en paz. 

Leer este libro produce una sensación extraña. Una suerte de desprendimiento. Su ritmo ralentiza las pulsaciones, frena esa lucha cotidiana por sacar adelante las minúsculas tareas que llamamos vida. Parece que el silencio tiene otra textura cuando, por la noche, cierro sus páginas, y me quedo quieto, dejando pasar, sin tratar de agarrarlos, jirones de pensamientos breves, como nubes altas, sin lluvia, sin tormenta, sin prisa ni presagios. Enseña, sin proponérselo, una forma de mirar atrás en el tiempo sin zozobra, con una media sonrisa y un gran asombro por toda una vida saboreada con calma. 

Y de repente, uno baja el ritmo y el bosque que se quemaba ahora simplemente se mece tranquilamente con el viento y ya no hace falta huir, ni refugiarse en la velocidad de las tareas banales ni en ningún parloteo donde la vida no nos alcance. 



viernes, 6 de octubre de 2017

EL CUENTO DE LA CRIADA

Veo gente a la que le quitan su casa y se quedan vagando a merced de la caridad de sus familias. Gente apaleada por los que han jurado protegerla. Gente sangrando en las noticias. Gente sin recursos, sin trabajo. Gente ahogándose en el Mediterráneo mientras los que nos gobiernan los miran, indiferentes, desde la seguridad de la costa. Gente que no conozco. Siempre es otra gente. Gente de la que oigo hablar. Existen solamente a través de las palabras o las imágenes y esa distancia me mantiene a salvo. Si nunca le pasa nada verdaderamente malo a alguien conocido, ¿por qué habría de pasarme a mí? 

Gracias a esta falsa sensación de invulnerabilidad, construida a base de décadas de vivir sin grandes sobresaltos, los que construyen las sociedades totalitarias van estrechando el cerco a la libertad de la gente sin que esta se percate. Con la cautela de un felino. Acechando la oportunidad. Sin perder de vista ni un solo segundo el único objetivo. Hasta que muerden la presa y después, tras el shock inicial, la violencia es sustituida por la amenaza y en poco tiempo la represión se convierte en norma, en hábito. El agua de una bañera calentándose despacio. Y tu cuerpo dentro, sin notar nada hasta que ya se ha quemado.

Así empieza esta novela distópica, digna compañera de clásicos del género como 1984, Un mundo feliz o Fahrenheit 451. El cuento de la criada es la historia en primera persona de una mujer convertida en "recurso nacional", en un vientre recluido en una habitación con el único objetivo de ser sembrado por su dueño. Encierro. Sofoco. No pensar, la disciplina de no pensar para sobrevivir. Mantener a raya a los recuerdos. Cautela. Silencio. Calcular las miradas, las palabras. Las distancias. Aprender a controlar el tiempo, los largos paréntesis de nada. Vivir en frases cortas. En respiraciones. Amoldarte al sonido blanco. Domar la desesperación, las garras de la desesperación acercándose a tu garganta como un animal hambriento. Sentirte vacía. Otra vez. Otro día. Desposeída de ti.

Es un libro desolado y fiero. Tenaz en su derrota. El monólogo lírico y lacerante de una mujer que no se rinde, aunque se pliegue. Que esconde su nombre, el nombre de su vida anterior que le robaron para someterla, como un tesoro enterrado al que algún día podrá volver. Cree en la resistencia de la misma forma en que cree que no puede existir oscuridad sin luz. Y se endurece. Se repliega. Finge ser invulnerable, se va cada vez más lejos dentro de sí misma para que ningún golpe, ninguna humillación la alcance. Y aun así, su cuerpo sigue vibrando. Como el sonido de un dedo deslizándose por el borde mojado de una copa. Un cuerpo que se defiende y se revuelve y grita todos los días que está vivo, que arde, que desea y que necesita liberarse. 

La necesidad de recordar, de sostener los rostros queridos en la memoria y contemplarlos largo rato en la quietud de la noche. Y la imposibilidad de hacerlo. Los recuerdos se mueven, se borran, se prenden fuego en tus manos y te queman los dedos con un sentimiento de pérdida insoportable. Y aun así, la necesidad de recordar. Recordar como resistencia. Como supervivencia. 

Esta historia es terrible. Para muchos, sin duda, inimaginable. Sin embargo, no contiene ningún elemento que no haya sucedido alguna vez en la historia. Todos los horrores descritos aquí son una síntesis de los provocados por regímenes totalitarios reales, la mayoría de ellos inspirados en hechos ocurridos en el siglo XX en Alemania, Rusia, Irán o Afganistán. Y también, y en especial, esta historia se basa en la religión como dictadora de normas sociales que controló la vida cotidiana en los Estados Unidos en el siglo XVII, con sus cazas de brujas, sus rituales y su violencia diaria. La religión como ideología represora, y, sobre todo, como arma para someter, humillar, encerrar y anular la voluntad de las mujeres.

Todo esto, en esencia, ya ha sucedido.
Por lo tanto, ¿quién nos dice que nunca podría volver a suceder? 



martes, 3 de octubre de 2017

LOBO NEGRO

Pensemos en Caperucita. En los pobres tres cerditos. En el cazador Pedro. Todos víctimas vengativas del ser más vil, despreciado y odiado de los cuentos infantiles: el lobo. La simple palabra, "lobo", despierta un miedo visceral y primitivo que parece hundido en el inconsciente colectivo. El lobo es el mal, encarna los peores valores imaginables y acaba tirado en un río, despellejado, abierto en canal, cocinado, apaleado y desterrado para siempre de nuestro mundo. ¿Por qué esa reacción tan brutal, esa fobia milenaria? 

Los cuentos infantiles han contribuido más que cualquier lobo agresivo a definir el mito. Por mucho que les temamos, por mucho que pensemos que encarnan lo contrario de la civilización, lo cierto es que los lobos no nos comen. O, al menos, no más que cualquier animal salvaje con la fuerza y la capacidad para hacerlo. Los cazadores-recolectores nativos norteamericanos convivieron durante siglos con manadas de lobos que nunca les atacaban. Los lobos se volvieron recelosos cuando empezaron a ser diezmados por los colonos occidentales y respondieron primero con miedo, y luego con agresividad, a la amenaza de exterminio. Hoy en día, los lobos nos temen, y con toda la razón. Somos, todos los humanos, cazadores potenciales. De nosotros sale el fuego que les mata. Y responden escondiéndose. 

Por mucho que digan Caperucita y los tres cerditos, los lobos no rondan nuestras casas de noche para comernos. Son tímidos, poco sociables. Han aprendido a mantener las distancias con nosotros para sobrevivir. Aunque no todos son así. Algunos no nos temen. Algunos llevan dentro una curiosidad más fuerte que su miedo y se acercan a nuestras casas. Pero no para acecharnos, ni para robarnos la comida. Algunos se acercan a nosotros ofreciéndonos bostezos y reverencias amistosas. Algunos sonríen de soslayo y estiran las patas delanteras. Algunos aúllan de puro júbilo cuando nos ven porque lo único que quieren es jugar. Este libro cuenta la historia de uno de esos lobos sociables, un lobo negro que vivió a las afueras de Juneau, la capital de Alaska, en la primera década del siglo XXI, y cuya turbadora cercanía creó un vínculo emocional muy fuerte con las personas que lo trataron y acabó convirtiéndose en un icono de la ciudad y en un ejemplo de la posibilidad de interacción pacífica y amistosa entre un carnívoro enorme y salvaje en libertad y los seres humanos con sus animales domésticos. 

Este lobo negro dividió y unió a la comunidad. Se hizo famoso. "En sus movimientos había una exuberancia artística que trascendía el mero juego. Aquello se parecía más a una celebración. O a un baile". La gente iba a verlo con sus perros. Él se acercaba, jugaba con ellos. Era casi el doble de grande que la mayoría de labradores y terriers y transmitía una sensación de calma y seguridad hipnotizadora. Avivó el debate sobre la relación entre los lobos y las personas en una ciudad donde, de madrugada, osos negros de quinientos kilos se pasean con frecuencia a pocos metros de las oficinas del Senado. Ciertas personas empezaron a hablar de amistad. De la turbadora humanidad de sus gestos. De las emociones que les generaba su cercanía. De la dificultad de explicarlas, de poner palabras a lo que sentían cuando el lobo los miraba a una distancia de seis metros y el láser de sus ojos imperturbables les traspasaba sobrecogiéndolos. 

Nick Jans sintió todo eso y mucho más. Estuvo en contacto con el lobo negro durante siete años y aprendió a disfrutar de su compañía y a buscar las palabras que pudieran reflejar esa relación tan llena de significado. El resultado es este libro. Esta historia de amor y dolor de un ser humano por un animal salvaje que, en contra de lo que muchos han aprendido a pensar, lo único que anhelaba era la compañía de los seres humanos y sus perros. Este libro derriba mitos sobre la frontera entre el mundo salvaje y la civilización y es capaz de hacernos llorar por la suerte de un animal que desde tiempos inmemoriales hemos asociado al terror. Este libro es una historia de amor por un animal extraordinario. Te deja con la piel de gallina. Nunca volverás a mirar a un lobo de la misma manera. 





jueves, 28 de septiembre de 2017

EL ARTE DE VOLAR / EL ALA ROTA

Leí El arte de volar cuando todavía mi idea del cómic seguía anclada en Astérix, Tintín y Mortadelo. Hace unos siete años de aquello y recuerdo la sorpresa al encontrarme aquella novela brutal y desgarradora en un formato que yo asociaba a otros tonos. Tardé en recuperarme de la contundencia del aquel impacto y desde entonces siempre he ido buscando los ecos de aquella impresión: historias íntimas, sociales, potentes, que escarban muy dentro de los personajes para contar una vida que, en el fondo, puede ser la de todos. El arte de volar recibió el Premio Nacional de Cómic en 2010 y se reeditó en 2016 a raíz de la publicación de El ala rota. En el primero, el autor contaba la historia de su padre. El año pasado completó el díptico familiar con la historia de su madre. Ambos son dos de los mejores cómics españoles de este siglo. Hay pocos, muy pocos, que lleguen a su altura.

El arte de volar es la historia de un chaval llamado Antonio que huye del campo y de la brutalidad de su padre y se instala de forma precaria en Zaragoza a finales de los años veinte. Allí vive la ebullición política de la república hasta que la ciudad es tomada por los golpistas y, de repente, se ve obligado a esconderse de esas bandas de falangistas "que invaden bares, cines y lugares públicos cometiendo todo tipo de tropelías, señores de mierda que reinan sobre una ciudad amedrentada". En el ejército finge tener mala puntería para no verse obligado a matar a nadie. Ya recibió suficientes golpes y castigos en su infancia, está harto de las revoluciones. Es movilizado por las fuerzas de Franco, se cambia de bando jugándose la vida, y, partir de ese momento, y durante casi una década, se convierte en un hombre casualmente vivo. 

Cuando se convence de que los aliados no han llegado a Europa a luchar contra el fascismo, sino simplemente a vencer a los alemanes, se resigna y vuelve a España, cansado de trabajar en el mercado negro de Marsella, cansado de explotar a los pobres miserables que siempre se había jurado defender. Pero en España, a finales de los años cuarenta, la mera supervivencia exigía la adhesión incondicional al régimen. Cada vez más callado, con menos palabras y menos gestos, Antonio se casa, tiene un hijo y se va replegando hacia dentro. Entierra su dignidad y sus ideales para sobrevivir. Se exilia de sí mismo. Se va. Y acaba suicidándose en una residencia, cansado de vivir, de callar y de esconderse. 

Primero quiso volar para salir del mundo cerrado y hostil de su pueblo. Después, para perseguir un ideal de justicia social que combatiera la tiranía. Tras la derrota en la guerra, volar para huir de las represalias. De vuelta a España, volar para evadirse de la opresión moral y de la asfixia de la dictadura. Y por último, volar para dejar de sufrir, para dejar de ver cómo, día a día, la vida se acaba. 

El ala rota es la historia de la futura mujer de aquel chaval, una niña llamada Petra que nació matando y a las pocas horas de vida fue lisiada por su padre. Así lo cuenta: "cuando nací, mi madre murió en el parto, y mi padre, que estaba muy enamorado de ella, me quiso matar". Su brazo nunca llega a recuperarse del golpe y se queda para siempre flexionado, pero es tan hábil ocultándolo que nadie, ni su marido ni su hijo, se da nunca cuenta de que tiene el ala rota. Es una niña dócil, responsable, silenciosa. Como Antonio, también huye de su pueblo, escapando de la violencia y de la muerte. Tras la guerra, trabaja de gobernanta para un general que forma parte de una conspiración para apartar a Franco del poder y hacer volver a Don Juan para reinstaurar la monarquía en España. Ajena a los complots políticos, su vida la va curvando, obliglándola a servir a los demás, a ceder, a soportar el peso de los demás. De la amargura de los demás. 

Pertenece a una generación de mujeres acostumbradas al anonimato. Pero también es testigo de otra España, la de los vencedores, que, al igual que la de los vencidos, tuvo sus disidentes y traidores. Mientras que El arte de volar recoge el grito de un hombre desesperado por la pérdida de un ideal, El ala rota es la historia del silencio de una mujer que aprendió a callar desde niña y que, en su silencio, halló su resistencia. 

"En realidad, mi padre y mi madre no eran tan distintos en lo que a sus relaciones con el poder se refiere. Ella, de forma menos aparatosamente combativa que él, supo preservar un espacio propio, una parcela, si no de libertad, al menos de realización personal. (...) No soñó con altos vuelos, como mi padre, ni con disponer del cielo entero para surcarlo. Más modestamente, con su ala rota, se limitó a saltar de rama en rama. Puede que, de esa manera, llegara más lejos". 


lunes, 25 de septiembre de 2017

PARA ENTENDER A EINSTEIN (Firma invitada)

Para bien o para mal, E=mc2 probablemente sea la fórmula más famosa de todos los tiempos. Inevitablemente asociada a la bomba atómica y a los miles de muertos en Hiroshima y Nagasaki, nos llama poderosamente la atención por su combinación de misterio y simplicidad: la equivalencia entre masa y energía. No obstante, a pesar de su popularidad, muy pocos entienden su verdadero significado y su trascendencia dentro de la ciencia moderna.

Al igual que en su anterior libro, El Universo en tu mano, Christophe Galfard nos guía en este brevísimo ensayo de una forma apasionada a la par que sencilla, clara y entretenida, a través de los conceptos que sirven de base a esta increíble fórmula y que no son otros que los de la teoría que la vio nacer, la Teoria de la relatividad especial de Albert Einstein, expuesta en 1905. Para explicarnos esos difíciles conceptos, Galfard nos pone en conexión directa con la emoción que debió de sentir el propio Einstein cuando se preguntaba cómo veríamos el mundo si viajásemos subidos en un rayo de luz o qué ocurriría si, en esas circunstancias, intentásemos mirarnos en un espejo, ¿veríamos nuestro rostro reflejado en él?

Einstein nos demostró que un observador en movimiento ve el mundo de una manera completamente distinta a un observador en reposo, tanto más cuanto más se acerca su velocidad a la de la luz, 300.000 Km/s. Al llegar a ese límite de la naturaleza, aunque queramos ir más rápido no podemos, aunque empleemos más energía, no conseguimos aumentar la velocidad, sino nuestra masa.

Una de las más maravillosas consecuencias de E=mc2 es la plena comprensión de cómo nacen y viven las estrellas, cómo en su interior la fusión del hidrógeno genera todos los elementos que nos forman, lo que hace que seamos literalmente polvo de estrellas.

Pero si aún no nos parece suficiente, Galfard nos cuenta cómo E=mc2 también explica por qué existe la antimateria y cómo de la “nada” surgen las partículas y sus anti-partículas asociadas. Y todo de una manera tan sencilla que parece que nos está hablando de la cosa más natural del mundo. ¡Y es que en realidad así es!

Eduardo Ojero


jueves, 21 de septiembre de 2017

CONTRA EL CAMBIO

Cuanto más desarrollada está una sociedad, menos depende del clima. Hablamos del tiempo que hará mañana o que ha hecho ayer como quien comenta naderías: charla de ascensor. Es el tema de conversación ideal para los momentos en que no se quiere decir nada ni tampoco estar en silencio.
Antiguamente las sociedades dependían del tiempo para su supervivencia. Tanto es así que otorgaron a sus dioses poderes para controlarlo. Hoy en día nos importa tan poco que nos permitimos contaminar nuestro planeta, modificando el clima, sin preocuparnos. Nos hemos convertido en dioses saboteando su propia supervivencia a medio plazo. 

Esta podría ser la queja amarga de un ecologista. Y no le faltaría razón. "La deforestación del Amazonas es responsable del 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero: produce, cada día, la misma cantidad de dióxido de carbono que ocho millones de personas que volaran desde Londres hasta Nueva York - en aviones". Para frenarla hace falta voluntad política. Que los gobiernos de Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Surinam y las Guyanas decidan que las selvas del Amazonas son pulmones y que la Tierra necesita esos pulmones para respirar. O, mejor dicho, para retener las emisiones de gases de los países más contaminantes. Que no son ni Brasil, ni Bolivia, ni Perú, ni Ecuador, ni Colombia, ni Venezuela, ni Surinam ni las Guyanas. De acuerdo, seamos solidarios, el planeta es de todos. Paremos la deforestación y salvemos nuestros pulmones. Pero ¿qué hacemos con la gente que vive - que ha aprendido, a la fuerza, a vivir - de talar y quemar bosques para comer? ¿Quién les va a enseñar a buscarse la supervivencia en otro lado?

En los países ricos no deforestamos, piensan los ecologistas. Tenemos una conciencia ecológica de la que carecen los países pobres. Hay que enseñarles. Hay que hacerles ver la importancia que supone la salud del medio ambiente para todos. No corten sus árboles, señores, que si no, nos ahogamos todos. Curioso discurso. Curioso, sobre todo, si pensamos que los países ricos ya hicieron su conquista de la naturaleza hace siglos, destruyendo su parte del planeta, cortando los pulmones que se interponían en su idea de progreso. Ahora urgen a los países pobres, Brasil, Bolivia, Perú, etc., a ser responsables, es decir, a respetar lo que ellos no respetaron, para salvar el planeta de todos. 

El concepto de cambio suele ser percibido como positivo. Dentro de cada cambio se esconde una oportunidad, dicen los psicólogos. Cambiar para mejorar. Hoy vivimos mejor que hace cincuenta, doscientos, quinientos años, porque hemos cambiado. Las mujeres votan porque cambiamos. La esclavitud prácticamente desapareció del planeta porque cambiamos. Sin embargo, el cambio climático es negativo. Quizá sea el único cambio que no admite réplica: a nadie le gusta. Es decir, mejor que nos quedemos como estamos, porque el medio ambiente va a cambiar para peor. ¿Es eso cierto? Quizá. Es una hipótesis plausible. Una hipótesis. El hecho es que el clima está cambiando. Es un hecho de perogrullo, el clima siempre está cambiando. En el siglo XVII el Támesis se helaba. Y en la Edad Media, Groenlandia era verde, de ahí su nombre. La hipótesis es que el cambio actual es culpa nuestra. 

A los que niegan esta hipótesis, los ecologistas los llaman "negacionistas". Vaya palabra de resonancia siniestra. Negacionistas, como los que niegan el Holocausto o la evolución de la especies. Sin embargo, negar una hipótesis es la base de la ciencia. Las hipótesis necesitan ser negadas, combatir la resistencia de la duda, para perseverar en la necesidad de demostrar su verdad. El uso de las palabras nunca es inocente. Hoy en día, negar que el cambio climático sea consecuencia directa del hombre es propio de nazis o de bárbaros fundamentalistas. Lo que convierte al ecologismo en un nuevo dogma, en algo incuestionable, indiscutible. 

La peor amenaza para cualquier ecosistema es el hombre. Pero no el hombre que vive en la naturaleza. No los pescadores polinesios que agotan la fauna marina ni los cultivadores de palma que deforestan parcelitas de selva. La peor amenaza para la naturaleza es el hombre de la ciudad. El que usa el coche, viaja en avión, produce kilos de basura semanales, deja el ordenador encendido. Tú, yo, él. El hombre que no teme por su supervivencia. El hombre acomodado. La única forma segura de preservar el ecosistema global es que la mayoría nunca pueda dejar de temer por su supervivencia. ¿Qué pasaría si los mil millones de hambrientos que habitan nuestro planeta accedieran a nuestro modo de vida, a nuestra comodidad, a nuestra contaminación acomodada? "No hay nada más necesario para la conservación ecológica que los pobres". 

Curioso, el ecologismo, ideología de la conservación. La pureza de la naturaleza, su tradición, su autenticidad, como ideales. Ideología, pues, conservadora. Contraria al cambio. A la incertidumbre del cambio. A sus enigmáticas posibilidades. "¿Por qué nos empeñamos en suponer que hay sociedades "tradicionales" que deberían conservar para siempre su forma de vida, y que lo "progresista" consiste en ayudarlos a que sigan viviendo como sus ancestros? Será, claro está, porque nosotros no quisimos cambiar y seguimos viviendo en chozas, viajando a caballo, reverenciando reyes e iluminándonos con la antorcha de un esclavo". 

"Si Pedro Picapiedra hubiera tenido estas ideas - si hubiera conseguido imponer estas ideas -, todos seguiríamos siendo Picapiedra".

El cambio climático suele presentarse como una responsabilidad común de la humanidad. Ningún científico ha sabido cuantificar el impacto humano en dicho cambio. Eso sí, como buenos cristianos, todos somos culpables. ¿De verdad, todos? ¿Contamina lo mismo un francés que un somalí? Es tan práctico colectivizar la culpa, así se diluye y dejamos de verla, tan bien repartidita entre todos. Un ejemplo: Texas (23 millones de habitantes) produce más emisiones de dióxido de carbono que todo el África negra (780 millones de habitantes). Sin embargo, repita conmigo: ¡Salvemos el planeta! 

"¿Qué planeta, el que ustedes arruinaron? ¿Qué planeta, el que ustedes se están comiendo, gracias a nuestra hambre? ¿Qué planeta, el de ustedes?"

Martín Caparrós
Estas son algunas de las ideas que Martín Caparrós recoge en este libro-viaje alrededor del mundo. En 2009 recorrió los cinco continentes buscando historias de primera mano de personas que pudieran contar cómo el cambio climático ha afectado a sus vidas y qué piensan de él. El cambio climático afecta siempre más a los más pobres. Pero en última instancia, es su pobreza - la casa de adobe y no de cemento, la imposibilidad de refugiarse, la escasez de reservas - lo que los arruina o los mata, no el ciclón o la sequía.
Los peores augurios vaticinan un incremento de las temperaturas de hasta tres grados centígrados y una subida de hasta un metro en los niveles de los océanos antes del 2100. Sí, el clima cambia. No es nada nuevo, siempre ha estado cambiando. Pero el apocalipsis que pregonan los ecologistas no parece tal. Existen medios para evitarlo. Y sobre todo, medios para procurar que afecte al menor número de personas. Eso sí, quizá habría que pensar la manera en que ayudar a la gente a que no se muera de hambre y acceda a niveles de vida parecidos a los nuestros no signifique el colapso de nuestro ecosistema. 

Martín Caparrós es un grande de la literatura y un cronista de excepción. Sus crónicas de viajes por el mundo para describir los estragos del hambre o las incógnitas del cambio climático inciden en preguntas fundamentales e incómodas sobre nuestra forma de vivir y de entender las vidas ajenas. Miran a los ojos, escarban en la duda, extienden la sonrisa y tratan de entender saltando con delicadeza y habilidad todos los obstáculos que la cultura, la ignorancia y los prejuicios colocan entre la boca que cuenta y el oído que escucha. Leo sus libros con pasión y con respeto, con la admiración que me inspira todo aquél que consigue demolerme prejuicio tras prejuicio y es capaz luego de reconstruir el vacío con todo un consistente y armónico bloque de dudas. 



lunes, 18 de septiembre de 2017

LOS COLORES DE NUESTROS RECUERDOS

Recuerdo una playa. En invierno. Una playa interminable, atlántica, batida por el viento. Una playa desde la que podría despegar un avión cargado de vida y calor para no volver. Una playa sin gente, sin voces. Arena y agua difuminadas por la distancia y el frío. Parecería un sueño, uno de esos recuerdos que no han nacido de una experiencia sino de un duermevela, un deseo impreciso o una premonición. Parecería una invención, un fotograma de una película convertido en algo mío por apropiación poética y sentimental. Parecería una playa imaginada, si no fuera por sus colores. La imaginación no tiene colores como esos. Grises, verdes, azules, amarillos, marrones, todos lavados y difuminados por el viento y el agua, pulidos como las piedras planas de los riachuelos, mezclados una y otra vez en finísimas líneas horizontales que apenas determinan el horizonte, el mar y la arena. Colores tan palpables como la caricia insistente de un niño, tan imprecisos como una sonrisa a cien metros de distancia. Colores que sonaban a viento y silencio, que tocaban mi piel con dedos de invierno y olían a mar y a soledad. Esos colores, anclados con una fuerza inquebrantable en mi memoria, me dicen que esa playa es real. Apuntalan el recuerdo. Lo sostienen. Son su corazón y su vida. 

En este ensayo autobiográfico, Michel Pastoureau nos lleva por anécdotas de su vida para enseñarnos hasta qué punto los colores transforman y estimulan nuestra memoria y nuestra vida. Es un libro lúdico, poético, nostálgico, lleno de ocurrencias sorprendentes. Los colores nos enseñan a recordar, a disfrutar y a soñar. Son lugares de memoria, fuentes de placer y una continua invitación a dejarse llevar por la fantasía. No sólo cambian la realidad. Además, ellos mismos, y nuestra forma de interpretarlos, están en perpetuo cambio. 

Cuando hablamos de colores cálidos, casi todos pensamos en el rojo, el amarillo, el naranja, incluso ciertos verdes. El azul, el violeta o el gris los consideramos colores fríos. Pero no siempre ha sido así. En la Edad Media el azul era un color cálido, no se asociaba con el agua, más vinculada al verde. Hasta el siglo XII el azul fue un color ignorado o, incluso, evitado. Ni los griegos ni los romanos tenían una palabra precisa para definirlo y lo consideraban de mal gusto, propio de bárbaros. Sin embargo, hoy en día, casi la mitad de la población occidental lo considera su color favorito. Que nuestro color favorito sea un color que consideramos frío, ¿dice algo de nosotros como sociedad?

Una de las cosas que más llaman la atención al llegar al África subsahariana es el color. La ropa, los carteles, los edificios, la explosión de color de las calles impacta brutalmente en cualquier retina occidental acostumbrada a otra luz. En comparación, la mayoría de ciudades europeas parecen lugares monocromos, asépticos, donde predomina la frialdad grisácea e impoluta de un quirófano o una sala de espera de un aeropuerto. Para muchos subsaharianos, además, los colores son lisos o rugosos, blandos o duros, secos o húmedos, y estos parámetros importan más que los matices de una tonalidad. Que vivan en un mundo lleno de colores cálidos y distingan en ellos esta variedad de matices, ¿dice algo de ellos como sociedad?

Michel Pastoureau

Los colores son símbolos. Como tales, están sujetos a todo tipo de interpretaciones. Y estas están determinadas por nuestra educación cultural. El rojo es Caperucita, la prohibición de los semáforos, los neones sexuales de Amsterdam o las políticas de izquierdas. El negro es el clero, los jueces, los árbitros, es decir, la autoridad, pero también el diablo de los cuentos, el mal fario de los pobres gatos, la ropa de duelo, la elegancia, la muerte. Los colores son conceptos, ideas. Los nombramos con palabras, etiquetas caprichosas y limitadas que varían en el tiempo y en el espacio y que a menudo tienen poco que ver con la realidad que describen. El color es luz, materia, percepción y sensación encerradas en una sola palabra. 

Una palabra. Una playa. Interminable, atlántica, batida por el viento. Un recuerdo que sobrevive gracias a la poderosa persistencia de los colores en la memoria. 



jueves, 14 de septiembre de 2017

CUENTOS DE BUENAS NOCHES PARA NIÑAS REBELDES

Estos cuentos, que no son tales, han nacido para estar en la mesilla de noche, no solo de las niñas y mujeres, sino también de los niños y hombres y de todos aquellos que hayan ignorado la realidad de tantas mujeres extraordinarias que cambiaron el mundo pero que no han sido suficientemente valoradas.

La periodista Elena Favilli y la escritora y directora Francesca Cavallo fundaron Timbuktu Labs, un laboratorio de innovación de medios de comunicación infantil comprometido con redefinir los límites de los medios de comunicación infantiles a través de una combinación de contenidos provocadores, diseños estelares y tecnología punta, desde libros hasta parques infantiles, juegos digitales y talleres interactivos. Con dos millones de usuarios en más de setenta países, doce apps para móvil y siete libros, Timbuktu está construyendo una comunidad mundial de padres y madres progresistas.

Cada una de las cien historias contenidas en este libro, acompañadas de una ilustración para cada página, son una inspiración que nos convence de que el mayor éxito es llevar una vida llena de pasión, curiosidad y generosidad. El mundo que estamos construyendo todas las mujeres algún día tendrá la repercusión que se merece, un mundo en el que el género no definirá el tamaño de nuestros sueños ni la distancia que podemos recorrer, y para conseguirlo lo primero que tenemos que hacer es reconocer la labor de las mujeres que nos precedieron, a pesar de tantas trabas impuestas por parte del mundo masculino. Este es un buen momento para que los hombres que hoy también están implicados en revocar las leyes y costumbres que nos relegaron conozcan a estas mujeres ejemplares.

Desde Ada Lovelace, matemática que en el siglo XIX inventó el primer programa informático, hasta Marie Curie, la única persona que ha recibido dos Premios Nobel, pasando por bailarinas, ciclistas, presidentas, aviadoras, inventoras, periodistas, pintoras, escritoras, políticas, activistas, directoras de cine, emperatrices, alpinistas, espías, diseñadoras, poetas, científicas, piratas, astrónomas, naturalistas, cantantes, deportistas y un largo etcétera. Una lectura apasionante que disfrutaremos como adultos buscando más información a partir de la brevedad de estos relatos y que tanto niños como niñas leerán como un cuento con la ventaja de que estarán aprendiendo páginas importantes de la historia. 

Una de las mejores cosas que se les podía haber ocurrido a estas dos estupendas escritoras italianas. ¡GRACIAS A LAS DOS! 



lunes, 11 de septiembre de 2017

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El abuelo del protagonista de la última novela de Paul Auster llega a Ellis Island el 1 de enero de 1900, proveniente de algún lugar remoto del este de Europa. Pide consejo a un compañero inmigrante con más conocimientos que él sobre el país al que ambos acaban de llegar y este le dice que con su nombre, ese nombre judío impronunciable, nunca triunfará en Nueva York. Rockefeller, le dice, diles que te llamas Rockefeller y ya verás como todo irá bien. Varias horas después, cuando le llega su turno frente al funcionario de aduanas, no consigue recordar qué nombre le había dicho su compañero y, dándose un golpe en la frente, exclama frustrado: Ikh hob fargessen! (¡Se me ha olvidado!). Y acto seguido, el funcionario saca su pluma y escribe en el libro de registro: Ichabod Ferguson.

¿Habría sido distinta su vida de haberse llamado Rockefeller? ¿Y de haber conservado su nombre impronunciable? El funcionario de Ellis Island convirtió a un judío eslavo en un Ferguson, un protestante escocés, y lo cierto es que ese nombre, para bien o para mal, determinó su vida. Así comienza esta novela, con un hombre rebautizado por un malentendido a su llegada al nuevo mundo y la historia de su vida, la de sus hijos, y sobre todo, la de su nieto, Archibald Isaac Ferguson, nacido en 1947, protagonista de las 957 páginas de esta novela prodigiosa. 

Ferguson, Rockefeller o un nombre impronunciable. Si la historia de un solo nombre genera tres posibles versiones, ¿cuántas versiones generará toda una vida al narrarla? No existen las verdades absolutas. Según el momento, el estado de ánimo o la persona con quien estemos, contamos una versión u otra, más o menos larga, más o menos precisa, de los hechos de nuestra vida. La verdad es múltiple y se puede (y se debe) contar de muchas maneras. Tenemos un padre y una madre, dos primos, un marido, hemos estudiado en tal universidad y vivido en tal ciudad, tenemos tantos años, pero todo lo que une y da sentido a los pocos hechos aislados y fijos de nuestra vida es una masa cambiante de sucesos que vamos interpretando a medida que vivimos y crecemos. Los recuerdos, las versiones de nuestra vida, están vivos. Cambian con nosotros. Y esta percepción de la vida como un cúmulo de historias posibles es la que creo que ha utilizado Auster en esta novela para escribir cuatro versiones de la historia de Ferguson, todas ciertas, todas imaginadas, todas partes de una misma vida inventada.

Paul Auster ha dicho en más de una ocasión que le gusta acumular tramas y subtramas en sus libros. Que por qué limitarse a contar una sola historia pudiendo contar muchas a la vez. La vida es múltiple, variada y no puede resumirse en una sencilla línea temporal. Y la verdad es que esta novela tiene historias para al menos veinte novelas más. Historias trepidantes, dramáticas, esplendorosas, comprometidas. Historias en las que yo, con mucho gusto, me quedaría para siempre a vivir. Por ejemplo, la historia del joven Archie de apenas veinte años, al que su madre envía un año a París en 1966 a casa de una seductora historiadora del arte para vivir en una buhardilla minúscula y dedicarse a leer los cien libros de literatura europea de la lista que le ha preparado su padrastro Gil, ver las películas francesas de moda, pasear por el Barrio Latino, descubrir y explorar su sexualidad múltiple y escribir un libro autobiográfico sobre la muerte de su padre soñando con que se convierta en un éxito espectacular. 

Pero también la historia de la revuelta estudiantil en la Universidad de Columbia a finales de los sesenta contra la política reaccionaria y dictatorial del rectorado, la segregación racial en las instalaciones y la complicidad de la élite universitaria con los crímenes estadounidenses en la Guerra de Vietnam. O el dilema de Archie ante la represión policial: responder o ser testigo, unirse a los que tiran los ladrillos o quedarse a un lado para ser el primero en escribir sobre el origen de la rabia de los que los tiran. Ante la duda, sus simpatías estarán siempre con el ladrillo, más que con la ventana, pero ¿dejaría la libreta para mancharse las manos o se quedaría al margen? ¿Participaría en la revolución o se limitaría a contarla?

Y es que 4 3 2 1 es una novela tan empapada de la realidad social y política del momento (la década de los sesenta en Nueva York) que ninguna de sus historias se entiende sin el ritmo que marcan los acontecimientos históricos: el discurso de Martin Luther King, el asesinato de Kennedy, el inicio de la Guerra de Vietnam, las manifestaciones en contra por las calles de Manhattan, el movimiento contra-cultural, las revueltas estudiantiles, la Primavera de Praga, mayo del 68, Nixon, y, siempre omnipresente, el azar que lleva las vidas de Archie Ferguson por caminos inesperados, acelerando, siempre acelerando a pesar de los bandazos y los giros bruscos e inesperados, siempre hacia delante, hacia la literatura, el cine, el deporte, el amor, el sexo, París, los amigos, los libros y Nueva York, las calles y el ruido y la vitalidad asombrosa de Nueva York como centro del universo. 


lunes, 4 de septiembre de 2017

TRILOGÍA COUGHLIN

Todo empezó con una novela portentosa titulada Cualquier otro día. Parecía una mezcla de novela histórica y novela negra, pero era mucho más que eso. Ambientada en Boston en 1918, describía la efervescencia de los primeros grupos anarquistas estadounidenses, el nacimiento del FBI y la lucha de los negros por su dignidad a través de unos personajes de una fuerza impresionante. De hecho, a las pocas páginas, uno descubría que era un alegato descomunal contra el racismo, en una época en la que ser negro significaba ser sospechoso de todos los crímenes posibles; un grito por un poco de justicia social en los años en que cualquiera que hablara de los derechos de los trabajadores, del sufragio femenino o de la pobreza extrema de los inmigrantes era considerado un anarquista-comunista-terrorista-enemigo-de-los-Estados-Unidos-de-América; y también un apasionado homenaje a la ciudad de Boston a finales de los años diez, cuando el país (y buena parte de Europa) era un hervidero de revueltas sociales que reclamaban condiciones de vida, no ya de bienestar, sino de mera supervivencia. 


Novelón redondo donde los haya, parecía difícil que pudiera tener continuación. Pero unos años después, Dennis Lehane retomó la historia con Joe Coughlin, el hermano del protagonista de Cualquier otro día, para escribir Vivir de noche, una estupenda novela de gangsters en la Florida de los años de la Ley Seca. ¿Quién iba a pensar que un hijo y hermano de policías y fiscales terminaría controlando el negocio ilegal del ron en buena parte del sur de Estados Unidos? Aunque, visto desde su perspectiva, tampoco había demasiada contradicción. La mayoría de los policías y los fiscales vivían de la corrupción, en connivencia y gracias a los banqueros. Y la única diferencia que Joe veía entre los banqueros y los ladrones era un diploma universitario. Y que los primeros rara vez iban a la cárcel. 

Y ahora nos llega el cierre de esta trilogía con el final de la vida de este gangster, ya medio retirado, cuyo pasado le sigue persiguiendo allá donde va. Su vida, muy a su pesar, ha estado salpicada de codicia y castigo, y los que, como él, eligen vivir de noche, rara vez mueren plácidamente en su cama, rodeados de su familia. Los gangsters viven prisioneros de sus pecados, son rehenes de sus propias fracturas. Y a veces se conceden pequeñas melancolías, se sientan en una playa desierta y piensan en todos esos mundos en los que quizá serían recibidos con los brazos abiertos, como hombres nuevos, puros, inocentes, mundos que quizá un día estuvieron a su alcance pero que hoy han desaparecido para siempre. 

Cualquier otro día es prodigiosa. Aunque las siguientes son más modestas, las tres forman una trilogía de intriga histórica espectacular.



jueves, 31 de agosto de 2017

LA PLAZA DEL DIAMANTE (Firma invitada)

Es un clásico de la literatura escrita en catalán del siglo XX. Como telón de fondo, la Barcelona que recorre los años previos a la Segunda República hasta los años posteriores a la Guerra Civil. Muy apropiado para leer estos días en los que el país está marcado por la tragedia barcelonesa.

Esta novela de una sencillez inesperada empieza generando recelos. La narradora es la protagonista, Natalia, una muchacha sencilla cuya inexperiencia vital y la confianza en todos la hace aceptar un noviazgo y un matrimonio marcados por la violencia y la sumisión. Uno tiene que rebelarse ante historias de principios de siglo que, por su costumbrismo, están cargadas de los antivalores que ahora todos rechazamos.

Pero la novela de Rodoreda es más que un simple catálogo de anécdotas costumbristas que va narrando inocentemente un ama de casa. Con la profundidad de las imágenes que se van desgranando página a página, el lector va acertando a distinguir algo de la personalidad de sus personajes, especialmente de la narradora. Machismo, sumisión, vida cotidiana, revolución, guerra, pobreza, sufrimiento, desesperación y muerte son algunos de los elementos que van tejiendo un texto que termina siendo redondo.

El lenguaje, que de tan sencillo recuerda la oralidad de quien le cuenta la historia de su vida a una vecina, se va agarrando a la lectura y se convierte por su fuerza narrativa en un personaje más de la novela, con los titubeos, las repeticiones, las metáforas y las imágenes tan líricas empleadas por la narradora.

Firmada en 1960, esta novela puede pillarnos lejísimos en el tiempo, la historia que cuenta puede haberse quedado en un rincón de la memoria que ahora pocos queremos recordar, puede hacernos rememorar tragedias antiguas que ha vivido este país, tragedias que nada tienen que ver con las tragedias actuales pero que quizás también estuvieran marcadas por la sombra del radicalismo. Todo esto es posible, pero como clásico que es, es necesario que nos asomemos a sus páginas para entender, en primera persona, un momento de la historia de nuestro país que todos tenemos la enorme tentación de olvidar.



lunes, 28 de agosto de 2017

OSCURIDADES PROGRAMADAS

Sam es un kurdo iraquí. Emigró a Irán por la amenaza del gobierno de Sadam Husein a finales de los años 80. Su hija nació en un campo de refugiados. Su mujer, acostumbrada a las comodidades de clase media, y ante la imposibilidad de volver a su país, se suicidó. Sam volvió a huir, esta vez de sus recuerdos. Se estableció en un campo de refugiados en Pakistán. Volvió a casarse, para darle una madre a su hija, con una refugiada iraní. Tuvieron un hijo. Tras una década de vivir en campos de refugiados, consiguió ser aceptado en Estados Unidos como refugiado y se estableció en Seattle con su familia. Tras el 11-S, el gobierno estadounidense le acusó de haber colaborado con Al-Qaeda y le internaron en un centro de detención de inmigrantes. Allí pasó cinco años, en espera de un juicio que sabía perdido de antemano. Perdió y le echaron. Dejó a su familia en Seattle y volvió a Iraq, solo. A un Iraq sin Sadam Husein pero destrozado por la guerra. Un Iraq que ya no es su hogar, puesto que su familia y sus hijos no están con él. Un Iraq donde sueña, cada día, con su improbable regreso al país que lo llamó terrorista.

Historias como esta encierra este estupendo cómic de Sarah Glidden, una dibujante estadounidense que decidió acompañar a dos amigos reporteros y un ex-marine en un viaje por Turquía, Iraq y Siria en 2010 para retratar las condiciones de vida de los millones de refugiados antes de la gran crisis migratoria que desató la guerra de Siria a partir de 2011. Los cuatro se encuentran con historias tremendas. Y aprenden que ninguna historia tiene una sola versión. Por ejemplo, la historia de Sam contada por el gobierno de Estados Unidos es un poco distinta a la que cuenta el propio Sam. Sam mintió para conseguir su estatus de refugiado, dice el informe de inmigración, exageró su filiación política. Nunca logró explicar de manera convincente de qué conocía al miembro de Al-Qaeda con el que se encontró en un centro comercial de Seattle. Y lo que para Sam es una desafortunada serie de casualidades, para Estados Unidos es una amenaza en potencia. Lo cierto es que es muy improbable que Sam pueda volver a entrar en el país donde vive su familia, en el país de sus hijos. Nunca se sabrá la verdad. Y la culpa de esta incógnita sin duda es del gobierno americano, que en lugar de un juicio justo, despachó la historia de Sam con un internamiento prolongado y una expulsión por amenaza terrorista. 

Este libro está empapado de vida. De realidades porosas, turbadoramente humanas. En todas las buenas historias, las personas cambian. Y los cuatro compañeros de viaje van transformando su forma de pensar a medida que hablan con la gente, a medida que las historias que escuchan pasan a formar parte de ellos. Creían saber algo, tenían ideas, información, expectativas sobre lo que iban a encontrarse. Y lo que se encontraron los transformó en otra cosa. Difuminó sus convicciones. Las volvió menos precisas y más desconcertantes. 

Es un libro sobre periodismo. Sobre lo difícil que es viajar a un país y, a las primeras de cambio, tener que renunciar a las ideas que traías de casa porque ya no valen para informar sobre ese lugar. Es un libro sobre la frustración de buscar una historia y encontrarte con decenas de ellas, todas distintas a la que buscabas. Todas complejas, dolorosas, furiosas. Y sobre la dificultad abrumadora de armar un relato coherente con tantos puntos de vista divergentes. 

Todos hemos oído hablar de los coches bomba, de los atentados, de las emboscadas de insurgentes, de las explosiones en embajadas, mercados, comisarías. Algo sabemos también de las miles de mujeres asesinadas cada mes en Oriente Próximo por el simple hecho de ser mujeres, asesinadas por sus maridos, sus padres o sus hermanos en nombre de la religión o de su honor. Todos sabemos, sobre todo desde 2011, de los millones de refugiados que llevan años viviendo en campos esperando que los países europeos cumplan de una vez las cuotas de asilo que prometieron. Sarah Glidden nos cuenta estas historias. Pero no sólo. También nos las muestra. Con sus acuarelas suaves llenas de luz y sencillez, nos lleva de la mano por la cotidianidad del horror para que nadie pueda refugiarse en la abstracción de las palabras.