martes, 26 de diciembre de 2017

GAVRILO PRINCIP

Siempre he querido vivir en la Belle Époque. Esos años comprendidos entre el final de la guerra francoprusiana (1871) y el inicio de la primera guerra mundial (1914). Vivir en un pisito en París, en Berlín o en Viena, capitales de la cultura donde el arte vivió un esplendor y una efervescencia maravillosamente retratados en El mundo de ayer de Stefan Zweig. Visitar las exposiciones de los impresionistas, ver dirigir a Gustav Mahler, descubrir el Art Déco en los carteles de Mucha y en las casas de Victor Horta en Bruselas. Estar ahí, en el centro del mundo cultural, intuyendo que cada estreno musical, cada fachada fantasiosa, cada poema simbolista eran acontecimientos dignos de ser incluidos en el panteón de la cultura occidental. Sentir el privilegio de ser testigo de una idea de progreso a través de la cultura, alimentada por la obra de decenas de genios que creían en la libertad del arte para liberarse de las restricciones del pasado y alumbrar nuevas ideas de belleza y refinamiento. 

Siempre he querido vivir en la Belle Époque. Pero en la Belle Époque de Stefan Zweig. Lejos de la pobreza gris de los suburbios, de la rabia acumulada de los oprimidos. Lejos de los Balcanes, con sus pueblos despreciados por los austriacos y los turcos. Ocupados por dos imperios, con restos de feudalismo y de luchas tribales en las montañas, gente considerada analfabeta y carne de esclavos para la élite de la capital del Imperio. Creo que a nadie nos habría gustado vivir ahí, en ese hervidero de rabia, cocinado por siglos de opresión, a apenas quinientos kilómetros de las resplandecientes avenidas de Viena, llenas de burgueses expectantes ante el próximo estreno de una nueva ópera dirigida por Mahler. 

Este cómic del dibujante danés Henrik Rehr cuenta la vida de Gavrilo Princip, un serbio-bosnio de clase humilde que, con apenas diecinueve años, asesinó al heredero del Imperio austrohúngaro en Sarajevo, lo que provocó el estallido de la primera guerra mundial y el derrumbe de una forma de entender la sociedad, la cultura y la convivencia entre naciones. Gavrilo Princip creció en una sociedad que, por primera vez en su historia, estaba cobrando conciencia de su identidad como pueblo y de su necesidad, incluso de su derecho, a exigir otro trato por parte de sus vecinos austriacos y turcos. Por primera vez, gracias a las ideas anarquistas y comunistas, se veían con fuerzas para exigir ser dueños de su propio destino. 

Había desesperación en las calles. Miseria. En una viñeta de este cómic, ante el paso de una patrulla de soldados austriacos, con sus uniformes relucientes, una mujer se asoma a una ventana y exclama: "Bienaventurados quienes mueren en la calle, ¡porque son la voz de nuestra desgracia común!" Toda Serbia es un hervidero de indignación social. Un polvorín a punto de explotar. Y Gavrilo Princip, un adolescente pobre y enfermo de tuberculosis, alimentó esa rabia con numerosas lecturas de emancipación social, convirtiéndose en un estudiante más dispuesto a dar su vida para echar a los austriacos de los Balcanes y por traer un poco de justicia social para su pueblo. 

La verdad es que no se puede decir que lo consiguiera. Su mano apretó el gatillo que mató al heredero del emperador, pero es muy probable que la guerra hubiera estallado de todas formas por cualquier otro motivo. Una guerra que dejó más de diez millones de muertos y que acabó con la vida de uno de cada tres serbios. Si la idea era echar a los austriacos de los Balcanes, sin duda lo consiguieron. Pero a qué precio. 

Gavrilo Princip es un cómic estupendo. Tiene dramatismo, ritmo, tensión, por momentos parece una novela policiaca, y el uso del negro en la ilustración enfatiza la lucha, encarnizada y sombría, de unos ideales por conseguir su objetivo, aunque sea a través del terror y la muerte. La época que retrata es fascinante. Y al leerlo, no podía dejar de pensar que esta historia de los Balcanes, convulsa y desgraciada, fue la otra cara de la Belle Époque, fue su trastienda desordenada y gélida, y que mientras unos disfrutaban felices el esplendor artístico de su época, convirtiéndola en un mito para generaciones posteriores, otros alimentaban su odio tras siglos de humillaciones y miseria. 


jueves, 21 de diciembre de 2017

NUESTROS DIEZ CÓMICS FAVORITOS

La literatura nos puede llegar a través de múltiples formatos, y algunos de ellos tienen la virtud de dar libertad a los creadores para crear obras de arte de una fuerza expresiva y con unos matices muy difíciles de alcanzar por otros medios. Uno de ellos es el cómic, y para demostrarlo, hemos hecho una selección de los que más nos han gustado en 2017. Como suele ser habitual en nuestras selecciones, priman las denuncias sociales, la diversidad cultural y las historias potentes e íntimas que nos afectan a todos en el día a día.
Después de nuestros diez favoritos de literatura adulta y nuestros diez cuentos infantiles favoritos: nuestros diez cómics favoritos.
¡Cosecha Benedetti!


1. La casa. Crónica de una conquista, de Daniel Torres (Norma, 49,50€).

La intención de Daniel Torres al iniciar este proyecto era tremendamente ambiciosa: hacer una historia de la relación entre las personas y su casa para descubrir en qué medida esta define nuestra forma de ser. Una historia que empezara en el Neolítico y terminara hoy en día, y que combinara personajes de ficción, textos históricos, tramas intrigantes y planos urbanísticos encuadrados en una asombrosa variedad de estilos de ilustración para dar una idea global, exhaustiva y amenísima de lo que significa la idea de hogar en nuestras vidas. El resultado es una obra de arte apabullante, espectacular, inabarcable.


2. Vidas ocupadas, de José Pablo García (Dibbuks, 16€).

Un día José Pablo García recibió una llamada con una propuesta surrealista: un técnico de comunicación de Acción Contra el Hambre le invitaba a pasar diez días con ellos en los territorios palestinos ocupados para empaparse de la situación que se vive allí y hacer un cómic "sobre la inseguridad alimentaria, la falta de agua y medios de vida de la población palestina". 
Con algo de miedo, aceptó. Y el resultado es este cómic sencillo y directo sobre un conflicto que empezó hace ya setenta años y para el que ningún político ha conseguido encontrar una solución.


3. Escapar. Historia de un rehén, de Guy Delisle (Astiberri, 23€).

El canadiense Guy Delisle nos tenía acostumbrados a sus crónicas de viaje desenfadadas, irónicas y lúcidas de lugares poco habituales (Birmania, Pyongyang, Jerusalén), y con su último libro da un giro brutal en su producción. Escapar cuenta la historia de Christophe André, un trabajador de Médicos Sin Fronteras que fue secuestrado por una milicia chechena en 1997 y retenido durante meses en espera de un rescate. Y es una verdadera bomba. Por su sencillez narrativa y por la cruda descripción de lo que le puede hacer a un ser humano la pérdida indefinida de su libertad. Pocas historias nos han sabido transmitir tan intensamente la sensación de reclusión y nos han llevado al desenlace con más taquicardia que esta.


4. Nos vemos allá arriba, de Christian de Metter y Pierre Lemaitre (Norma, 25€).

Este cómic es una adaptación gráfica de la novela de Pierre Lemaitre Nos vemos allá arriba, Premio Goncourt 2013. Sus protagonistas, Édouard y Albert, deberían haber muerto en la primera guerra mundial. Habría sido lo más conveniente para sus superiores y para los gobernantes de la paz de los años veinte, incapaces todos de compensar por su sufrimiento a las decenas de miles de heridos que volvieron deshechos de una guerra espantosa y absurda. Estos dos despojos de la paz, unidos por una amistad compleja y profunda, protagonizan una de las historias de venganza más contundentes e impactantes que hemos leído nunca y muestran cómo del sufrimiento y la compasión pueden salir las ideas más creativas. Y las más desesperadas.


5. La balada del norte, tomos 1 y 2, de Alfonso Zapico (Astiberri, 18€ c/u).

Zapico, uno de los más brillantes historietistas españoles, está creando una obra impresionante sobre la Revolución de 1934. A través de una ambigua historia de amor entre el hijo del dueño de una compañía minera y la hija de uno de los líderes de la revolución, retrata de forma magnífica el clima de violencia, la angustia de los trabajadores, el desprecio de los empresarios y el caos que reinaron en Asturias durante aquel mes de octubre, dejando para el tercer tomo, presumiblemente, las consecuencias de la represión y el destino de esa pareja improbable. La revolución de octubre de 1934 fue la última revolución social de Europa Occidental. Y aunque fracasó, pronto se convirtió en un mito para la izquierda, a la altura de la Comuna de París o de la Revolución Rusa.

6. La levedad, de Catherine Meurisse (Impedimenta, 24,95€.

El 7 de enero de 2015 la autora de este cómic se quedó dormida. No oyó el despertador y cuando llegó a la sede de Charlie Hebdo sólo tuvo tiempo de escuchar los disparos y esconderse. Su retraso le salvó la vida, pero no la libró del trauma de perder, en apenas unos minutos, a la mayoría de sus amigos y maestros. Este cómic cuenta el atentado, el limbo por el que pasó la autora los meses siguientes y su sed de belleza para contrarrestar su vacío interior. El terrorismo es el enemigo declarado de la risa y del lenguaje. Por lo tanto, ¿qué mejor forma de combatirlo que reírnos juntos?



7. Oscuridades programadas, de Sarah Glidden (Salamandra, 25€). 

Todos hemos oído hablar de los coches bomba, de los atentados, de las emboscadas de insurgentes, de las explosiones en embajadas, mercados, comisarías. Algo sabemos también de las miles de mujeres asesinadas cada mes en Oriente Próximo por el simple hecho de ser mujeres, asesinadas por sus maridos, sus padres o sus hermanos en nombre de la religión o de su honor. Todos sabemos, sobre todo desde 2011, de los millones de refugiados que llevan años viviendo en campos esperando que los países europeos cumplan de una vez las cuotas de asilo que prometieron. Sarah Glidden nos cuenta estas historias. Pero no sólo. También nos las muestra. Con sus acuarelas suaves llenas de luz y sencillez, nos lleva de la mano por la cotidianidad del horror para que nadie pueda refugiarse en la abstracción de las palabras. 


8. El arte de volar y El ala rota, de Antonio Altarriba y Kim (Norma, 23,95 cada uno).

El arte de volar recibió el Premio Nacional de Cómic en 2010 y se reeditó en 2016 a raíz de la publicación de El ala rota. En el primero, el autor contaba la historia de su padre. El año pasado completó el díptico familiar con la historia de su madre. En ambos, el autor hace un recorrido por la mayor parte del siglo XX a través de la historia de sus padres con dos relatos que son las dos caras de una misma moneda. Son historias íntimas, sociales, potentes, que escarban muy dentro de los personajes para contar una vida que, en el fondo, puede ser la de todos. Estos son dos de los mejores cómics españoles de este siglo. Hay pocos, muy pocos, que lleguen a su altura.


9. El cumpleaños de Kin Jong-il, de Aurélien Ducoudray y Mélanie Allag (Astiberri, 18€).

Corea del Norte es un país que no nos terminamos de creer. Y menos aún los que hemos nacido en democracia y aprendimos del terror de los regímenes totalitarios a través de los libros. Pero Corea del Norte existe. Y no está gobernada por monstruos. Son gente de carne y hueso la que prohíbe a los niños celebrar su cumpleaños. Gente de carne y hueso, también, la que llena las plazas kilométricas de Pyongyang en los días de la patria, movida por el miedo o la idolatría, tratando de sobrevivir allí donde han sobrevivido sus padres y sus abuelos, en el país más hermético del mundo. Corea del Norte existe. Y en las páginas de este cómic, protagonizadas por un niño cuyo cumpleaños coincide con el de su amado líder, cobra vida de una forma vívida y dramática. 


10. Ardalén, de Miguelanxo Prado (Norma, 25€).

Recuperamos esta maravilla de cómic cinco años después de su publicación para nuestra lista de este año, aunque la verdad es que merecería estar en las listas de todos los años. Sus ilustraciones tienen una expresividad cálida y conmovedora, parecen habitadas por un dinamismo cinematográfico pero, al mismo tiempo, transmiten calma y emociones profundas con una paleta inacabable de tonalidades de color. Los peces vuelan y las hadas susurran y los barcos naufragan entre los troncos de los eucaliptos, y todo parece extraordinariamente real a través de la mirada melancólica de Fidel. Real como los recuerdos. Como la fantasía necesaria para que sobrevivan al olvido y dibujen nuestra identidad.



miércoles, 20 de diciembre de 2017

NUESTROS DIEZ FAVORITOS INFANTILES

Niños y niñas, preparaos, porque este año tenemos cocodrilos de piel lisa, lechuzas lectoras, ranas que se creen reinas, pollitos que se creen dinosaurios, ositos roncadores y un poco miedosos, una colección inmensa de seres diminutos y misteriosos y cien cuentos para aprender que las mujeres también deben ser nuestros referentes en la vida. 
Niños y niñas, preparaos, porque este año os volvemos a llevar de viaje por los mundos de fantasía y realidad que pueblan nuestros diez favoritos infantiles.
¡Cosecha Benedetti!


1. Piel de cocodrilo, de José Carlos Román y Paolo Domeniconi (La Fragatina, 14,50€).

Cocodrilo, Lechuza y Luciérnaga son los animales más lectores de la sabana. Todas las noches se reúnen a la orilla del río para disfrutar de las historias de su libro favorito. Un día, Elefante descubre a Cocodrilo echándose la siesta, con su hermosa piel dorada brillando al sol y corre a contárselo al resto de la manada. La piel de Cocodrilo despierta la admiración de toda la sabana y Cocodrilo se siente cada vez más importante, tanto que no teme contonearse al sol ante todos los animales para que le admiren en todo su esplendor. Pero el pobre no sabe qué puede pasa si no vuelve rápido a la seguridad del río. 



2. La reina de las ranas no puede mojarse los pies, de Davide Cali y Marco Somà (Libros del Zorro Rojo, 14€). 

Había una vez un estanque en el que las ranas hacían cosas de ranas. Saltar, cazar moscas, dormir y jugar. Vamos, el plan ideal de cualquier rana inteligente. Hasta que un día cayó al agua un objeto metálico y brillante y la rana que fue a indagar al fondo del estanque emergió a la superficie con una corona en su cabeza. Y ya nada fue lo de antes. 
¿Un cuento infantil sobre la monarquía? Pues sí. 
¿Sobre el abuso de poder y sus consecuencias? Eso es. 
¿Sobre la soberanía y el principio de igualdad? Claro que sí. 
¿Y con historia de amor? ¡Y con historia de amor!


3. Enciclopedia misteriosa de los seres diminutos, de Alicia Casanova y Fernando Falcone (Algar, 18,95€).

Si los besos pueden esconderse en la piel, las historias impregnarse en las estanterías de las librerías y las carreteras cambiar sus curvas en la noche cuando nadie pasa por ellas, es gracias a multitudes de seres diminutos que velan cada día y cada noche por el buen funcionamiento de nuestro mundo. Duendes del supermercado, hadas del cuarto de baño, trols de los campos de fútbol y trasgos de los túneles del metro. Los seres diminutos de esta enciclopedia misteriosa están por todas partes, aunque la mayoría de la gente no los vea.
Basta con cerrar los ojos de ver las cosas normales y abrir los de la imaginación. 


4. Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, de Elena Favilli y Francesca Cavallo (Destino, 19,95€).

Cada una de las cien historias contenidas en este libro, acompañadas de una ilustración para cada página, son una inspiración que nos convence de que el mayor éxito es llevar una vida llena de pasión, curiosidad y generosidad. El mundo que estamos construyendo todas las mujeres algún día tendrá la repercusión que se merece, un mundo en el que el género no definirá el tamaño de nuestros sueños ni la distancia que podemos recorrer, y para conseguirlo lo primero que tenemos que hacer es reconocer la labor de las mujeres que nos precedieron, a pesar de tantas trabas impuestas por parte del mundo masculino. Este es un buen momento para que los hombres que hoy también están implicados en revocar las leyes y costumbres que nos relegaron conozcan a estas mujeres ejemplares.



5. Nada puede asustar a un oso, de Elizabeth Dale y Paula Metcalf (SM, 12,95€).

Osito tiene miedo.
Ha oído en sueños un fuerte... ¡Rugido! 
"¡Socorro! - grita asustado -. ¡Hay un monstruo ahí fuera!"
No hay ningún monstruo, le responde Papá Oso. Vamos a comprobarlo. 
Y allá va toda la familia, por el bosque de noche, alumbrados por un farol y mirando a un lado y a otro, buscando monstruos.
¿Dónde estará el monstruo?
¿Dónde se esconderá?


6. Pollosaurio, de Dani Padrón y José Carlos Andrés (Jaguar, 14€).

El pollito Lito ha sido acosado por el gallo Kikirichulo porque no sabe cantar, por las gallinas porque no pone huevos, por los pollos más grandes porque no tiene cresta y aun así es capaz de decirle a su mamá gallina que tiene miedo. Rápidamente ella convoca a los animales más valientes de la granja, la vaca, el perro, la cabra y la oveja, para pedirles su colaboración, y entre todos le hacen a Lito un disfraz de pollosaurio con el que sabe enfrentarse a sus acosadores, que terminan huyendo. 
José Carlos Andrés y Dani Padrón han creado una historia preciosa que va de valientes y de los miedos que han de afrontar, con unas ilustraciones de lo más sugerentes.



7. El libro de Gloria Fuertes para niñas y niños (Blackie Books, 19,90€).

2017 ha sido el año de Gloria Fuertes. Habría cumplido cien años, y estoy convencido de que nada podría haberle hecho más feliz que la avalancha de cariño que han propiciado los dos libros que ha editado Blackie Books: El libro de Gloria Fuertes, con su obra para adultos, y este que recogemos en nuestra selección para los más pequeños. 
Hace casi veinte años que te fuiste, Gloria, y nunca has estado más cerca de la gente, de la emoción chiquita de los que nunca te conocieron y ahora te descubren, te saborean y te aman. 


8. Un león dentro, de Rachel Bright y Jim Field (Edelvives, 14,50€).

Ser pequeño puede resultar difícil, Ratón no sabe qué hacer. Ante el paso de las cebras, los elefantes y los hipopótamos, se siente pequeñito, pequeñito. Minúsculo. Para dejar de ser invisible para el resto de animales, decide que tiene que hacer algo nuevo, distinto, sorprendente: Ratón decide aprender a rugir. Y pronto descubrirá que, aunque no es necesario rugir para hacer amigos, incluso la más minúscula de las criaturas puede tener un león dentro.




9. Un paseo con Mary Poppins, de Hélène Druvert (Edelvives, 19,90€).

En esta mañana de verano, en la calle del Cerezo todo está en calma. Michael y Jane vuelan en el parque su nueva cometa hasta que pierden de vista su silueta. Pero ¿qué es esa figura que se ve al otro extremo del hilo? ¿No será Mary Poppins, que viene a ver a los niños?
Esta adaptación en rima de algunas escenas del clásico de Travers es un libro exquisito, con desplegables en blanco y negro que nos invitan a entrar en mundos fantásticos como el fondo marino y a mirar las estrellas en la noche como si escondieran historias por descubrir.



10. Abrazo de oso, de Susanna Isern y Betania Zacarias (Nubeocho, 13,95€).

Este es, quizá, el cuento más tierno de nuestra selección. La historia de amistad indestructible entre una niña esquimal y un oso polar, que ni siquiera los prejuicios y los miedos ancestrales son capaces de quebrantar. Nos encanta el colorido de las ilustraciones, las infinitas tonalidades de azul (azul nieve, azul cielo, azul mar, azul iglú, azul noche) y la descripción tan sencilla y directa del vínculo emocional que cualquiera puede crear con un animal. Basta cerrar los ojos y "jugar a las carreras con las liebres polares, pescar sueños en el mar y contar estrellas fugaces en las noches sin luna". 




martes, 19 de diciembre de 2017

NUESTROS DIEZ FAVORITOS

¡Uf, vaya año!
Recuerdo que otros años llegábamos al mes de diciembre todavía esperando la novedad definitiva, ese libro portentoso que nos hiciera vibrar y soñar y dar saltos de alegría y que acabáramos recomendando a adolescentes fantasiosos, a abueletes muy serios y hasta al típico cuñado que no lee más que el Marca. Pues este año, ya desde el mes de abril sabíamos que Tierra de campos de David Trueba iba a estar en lo más alto. Y cuando llegó septiembre, desembarcó Paul Auster y el Ferguson de su 4321 arrasó en nuestros corazones. Ya no podía haber nada más. ¡Y lo hubo! Y lo ha habido hasta hace apenas dos semanas, con, entre otras, Alba de Céspedes y Edurne Portela, dos autoras extraordinarias que han venido para quedarse. 

¿Qué requisitos tiene que tener un libro para estar entre nuestros diez favoritos? 
El primero: enamorarnos. Si no hay chispa, si no hay arrebato, pasión, sueños voladores y una pizca de locura, será muy bueno pero en nuestro podio no entra. Y después, por ejemplo, que nos hagan replantearnos nuestra visión de las cosas que nos rodean; que pongan palabras a aquello que intuimos pero que nunca hemos sabido explicarnos; que enriquezcan o maticen nuestra escala de valores o que nos vuelvan del revés durante unas horas y nos dejen cambiados, distintos, más desconcertados, más profundos o más sensibles. 

Nuestros diez favoritos de este año cumplen estos requisitos. Y muchos más.
Son magníficos, estupendos, son nuestros libros más queridos. 
¡Cosecha Benedetti!



1. 4 3 2 1, de Paul Auster (Seix Barral, 23,95€).

¡Volvió Paul Auster! Tras siete años de ausencia en las mesas de novedades, lo hizo por la puerta grande, con un novelón de 900 páginas, el triple de extenso que cualquiera de sus anteriores novelas, y con una estructura compleja y original para una historia espectacular. Todo transcurre en Nueva York, con algunos saltos a París, entre los años cincuenta y sesenta. Y a través de los principales hechos históricos de la época (el discurso de Martin Luther King, el asesinato de Kennedy, la lucha por los derechos civiles, etc.), vivimos la infancia y la juventud de Ferguson en una ciudad que parece el centro del mundo. Hay capítulos que darían para novelas enteras. Un libro en el que quedarse a vivir. 


2. Tierra de campos, de David Trueba (Anagrama, 20,90€).

Es íntimo. Es divertido. Es cercano. David Trueba se ha superado con su último libro, un homenaje a esos amigos que haces en la infancia y te siguen durante toda tu vida, pase lo que pase; un canto de amor a los padres y a la relación que el protagonista tiene con ellos, los conflictos, los tira y afloja, la ternura y la conexión más allá de las palabras, en los gestos, las intenciones o los silencios. Y por encima de todo: la música. La música como refugio y como seducción, como medio para llegar a los demás de una forma directa y profunda, la música como el camino más recto a la conexión intensa con las personas que te quieren.



3. Lo que olvidamos, de Paloma Díaz-Mas (Anagrama, 15,90€).

La madre de la protagonista empieza a olvidar cosas: dónde dejó las gafas la noche anterior, la visita de su hija para comer, quién es esa mujer que la saluda por la calle, ¿y la que la abraza nada más llegar y la mira con ojos cariñosos desde el rellano? Es una historia sobre el amor de una hija por su madre. Una madre que, poco a poco, está internándose en los laberintos del Alzheimer. Es una historia delicada. Perturba. Conmueve. Y está contada de forma tan sencilla y natural que asombra la capacidad de la autora para transmitir tanto dolor con tanta delicadeza. Una joyita secreta que duele y hace vivir. 


4. Volver a casa, de Yaa Gyasi (Salamandra, 20€).

Yaa Gyasi, escritora norteamericana nacida en Ghana, recibió una beca para visitar su país de origen y escribir una novela sobre sus raíces. Lo que más le llamó la atención de la historia de su país fue la esclavitud, destino que sufrió una gran parte de su población desde el siglo XVIII. Y ahí arranca esta novela, con dos familias ghanesas en el siglo XVIII y la historia de sus descendientes en África y Estados Unidos hasta hoy en día, con la esclavitud como hilo conductor, y el encanto de una potente e irresistible voz narrativa que nos recuerda, por su frescura y desparpajo, a nuestra querida Chimamanda Ngozi Adichie.



5. Mi prima Rachel, de Daphne du Maurier (Alba, 22€).

¿Qué es una mujer para un hombre huérfano criado entre hombres? Una mujer italiana, además, con una voz en la que siempre se esconde la risa y que es capaz de seducir hasta a las piedras. Esta obrita de arte de la autora de Rebecca, escrita en 1951, es un ejemplo de cómo contar una historia de manipulación emocional con un hilo argumental casi inexistente y una maestría impresionante. Trata sobre las expectativas que uno se hace de la gente antes de llegar a conocerla de verdad. Y de cómo la repulsión puede transformarse en fascinación sin que la realidad intervenga para nada en la mente del enamorado, entregado por completo a la lógica de su idea.


6. Esperando a Mister Bojangles, de Olivier Bourdeaut (Salamandra, 16€).

¡Qué belleza! ¡Y qué forma de amar! Después de terminar esta breve novela, uno la recuerda mecido por los bailes y las fiestas de la pareja protagonista y por el ritmo de vals de la canción de Nina Simone que da pie al título, una canción que es capaz de hacer bailar la sensibilidad de cualquiera con su mezcla de sensualidad y melancolía. El protagonista es un niño enamorado de sus padres. Enamorado de su vida de fantasía, de extravagancia, dominada por el amor y la libertad de seguir los dictados del corazón. En esa fantasía se esconde un secreto, un dolor, que sólo la imaginación más poderosa, la imaginación de Olivier Bourdeaut, puede transformar en una belleza como esta. 


7. El cuaderno prohibido, de Alba de Céspedes (Contraseña, 18€).

Roma, 1950. Una mujer baja al estanco a por tabaco para su marido y, obedeciendo a un impulso, se compra un cuaderno de tapas negras. Un cuaderno para escribir sus cosas, un cuaderno que sea como la habitación propia de Virginia Woolf, un lugar de libertad donde ser ella misma, no la madre, la hija o la esposa de nadie: ella misma, una mujer que anhela libertad. Alba de Céspedes (1911-1997) ha sido nuestro descubrimiento de este año. Un autora italiana, muy reconocida en su país y apenas conocida en España, con un lenguaje exquisito, elegante y muy incisivo a la hora de mostrar las desigualdades entre hombres y mujeres, y la constante tensión que se produce cuando dos necesidades divergentes se empeñan en buscar la felicidad por el mismo camino. 


8. Prohibido nacer, de Trevor Noah (Blackie Books, 19,90€).

Trevor Noah, el niño de oro de la televisión estadounidense, el azote de Trump, el rey de la crítica política humorística no habría nacido si sus padres, un suizo blanco y una sudafricana negra, hubieran cumplido la ley. En Sudáfrica, durante el apartheid, estaban prohibidas las uniones mixtas y la infancia y juventud de Trevor Noah estuvieron marcadas por el racismo institucionalizado y la violencia contra las mujeres que se salían de los roles de género tradicionales. Duro, sí. Pero estas memorias no sólo tratan de racismo y de violencia. También del humor que le permitió al autor sobrellevar todo aquello. Y del amor incondicional a su madre, una mujer verdaderamente extraordinaria, para quien este libro es un rendido y emocionante homenaje. 


9. Mejor la ausencia, de Edurne Portela (Galaxia, 19,90€).

Hay miedo en esta historia. Mucho miedo. Hay una madre que se pregunta si algún día su hijo será capaz de vaciar una pistola en la nuca de un asesino. Hay una niña que cada vez que su padre se acerca, tiembla y se encoge. Hay una sociedad que ve todo eso y calla, porque si hablan quién sabe si esa violencia no acabará hiriéndoles a ellos también. Edurne Portela utiliza la violencia de ETA como marco para contar la historia de Amaia, una niña que se empapa de violencia en su infancia, escapa de ella al final de la adolescencia y decide volver, veinte años después, para tratar de curar su memoria. ¿Cómo se repara la violencia? A veces (a menudo) no se puede. Pero quizá la única forma de lograrlo sea a través de las palabras. De ser capaces de contar historias como esta.


10. Una librería en Berlín, de Françoise Frenkel (Seix Barral, 18,50€).

Françoise Frenkel fue la librera de la Librería Francesa de Berlín en la época de entreguerras. Vivió el esplendor cultural de los años veinte, feliz por poder desempeñar un papel protagonista en la difusión de la cultura que ella más amaba. Con el ascenso del Nazismo llegaron los problemas. Su origen judío la convirtió en el blanco de burlas, menosprecios y boicots de todo tipo. Hasta que se vio obligada a cerrar su librería y malvender sus pertenencias para volver a París sin apenas recursos ni trabajo. Este libro cuenta esta triste etapa, y, sobre todo, su periplo extraordinario por el sur de Francia para huir de los campos de concentración. Este testimonio fue publicado en 1945 en Suiza y desapareció de las librerías pronto. Así como su autora, cuyo rastro prácticamente desapareció hasta su muerte en Niza en 1975. Este libro es, sin duda, uno de los rescates literarios e históricos más afortunados de este año.




viernes, 15 de diciembre de 2017

EL ECO DE LOS DISPAROS y MEJOR LA AUSENCIA

Tratar de entender la violencia es agotador. Es mucho más fácil quedarse al margen. Casi todos lo hacemos. La vemos. Y no reaccionamos. Nos unimos a la masa de indiferentes o de cobardes que representa la mayoría de una sociedad enferma como la nuestra. Nos refugiamos en el "yo no he sido", "le ha tocado a otro", "algo habrá hecho". Frases que nos cierran los ojos a lo evidente. Frases que nos arropan la conciencia mientras la víctima y el perpetrador permanecen fuera, a la intemperie, desmintiendo nuestra realidad. 

El eco de los disparos (2015) es un ensayo sobre la complicidad de los que permanecen en silencio ante la violencia, y sobre la capacidad de nuestra imaginación para tratar de entender el dolor ajeno y cerrar las heridas. Defiende que la cultura, en especial la literatura, el cine y la fotografía, tiene un papel fundamental a la hora de luchar contra el pacto de silencio que se ha vivido en Euskadi. La cultura como "medio para transformar nuestra sensibilidad y hacer de nuestra sociedad una colectividad más cívica, responsable y activamente involucrada en el presente proyecto de paz". 

Hoy en día, en Euskadi, la gente quiere olvidar. Pasar página. La inmensa mayoría de los vascos está harta de la violencia y del enfrentamiento. Pero, ¿cómo puede el olvido sanar las heridas? ¿Cómo se puede reconstruir una convivencia saludable si no hay una memoria común sobre el trauma de las últimas décadas? ¿Si ante cualquier mención a lo vivido la gente gira la cara y cambia de conversación? Hay violencias no resueltas. Traumas no digeridos. Un dolor enquistado tras décadas de represión y silencio. Y ahora, cuando el proceso de paz está empezando a destensar el nudo del miedo, al igual que en la Transición parece que predomina el deseo de olvidar y celebrar la victoria sobre la necesidad de reparar el daño infligido. Es tentador, el olvido. Pero para restaurar una imaginación dañada y contaminada por décadas de violencia es necesario conocer sus mecanismos, sus orígenes y qué papel ha tenido en la sociedad. Quedarse en el estupor, la incredulidad y llamar "monstruos" a los violentos es lo instintivo, lo fácil. Pero así, lo único que conseguimos es privarles de su humanidad y alejar de nosotros sus implicaciones. Si ellos son monstruos, no son como nosotros. No tienen nuestra lógica. Están mal de la cabeza. Y si no se nos parecen, entonces existen, pero menos. Y es más fácil odiarlos. Tacharlos de enemigos. De seres sin sentimientos, sin derecho a una familia. Sin derecho a nada. Más que a desaparecer. 

Es relativamente fácil denunciar una violencia ocasional. La violencia normalizada, la que has aprendido a digerir de pequeño y ha pasado a formar parte de tu paisaje cotidiano, esa es la más difícil de parar. Ante esa violencia, la del vecino que te retira el saludo, la de la pintada con la diana en el portal, la de los compañeros de clase que te insultan o te empujan nombrando a tu padre, la mayoría de nosotros somos cómplices. Está ahí. La vemos. Y nos callamos. Nos quedamos fuera. 

Este ensayo ayuda a pensar. Te obliga a pensar. Es difícil seguir viendo la realidad cotidiana de la misma forma después de leerlo y no detectar la violencia implícita que hay en ella. El mundo se vuelve más complejo e inquietante. Menos cómodo. Y ya no puedes vivir en él como antes. Con la tranquilidad propia de quien no se siente concernido de nada de lo que pasa alrededor. Este ensayo te impele a tomar partido, a no callar, a evitar seguir siendo cómplice con tu silencio para luchar contra la violencia allá donde se manifieste. Es una tarea agotadora, a veces. Pero, ¿cómo vivir en sociedad si no somos capaces de ponernos en el lugar de los demás, si los que nos rodean no son tan humanos a nuestros ojos, hagan lo que hagan, como nosotros mismos?

En El eco de los disparos, Edurne Portela defiende que no hay objetividad posible en la observación de la violencia. Desde el momento en que uno toma partido (callando o rebelándose), lo hace desde su subjetividad, desde su afecto, su ideología o sus simpatías. La mejor forma de explicarla para tratar de curarla es desde las emociones. Y en su novela Mejor la ausencia (2017) lo ha conseguido de una manera magnífica. Es un libro-bofetada, un libro-terremoto, un libro-herida. Y también, creo, es un libro-cicatriz. Una voz llamada Amaia se enfrenta desde niña a la violencia de un padre maltratador, a la violencia de las drogas en el cuerpo de su hermano y a la violencia del alcohol en la vida de su madre. Violencias superpuestas que crean un clima opresivo, denso y áspero en el que la voz de Amaia busca comprender, abrir espacios de luz en medio de tanta oscuridad. 

Hay miedo en esta historia. Mucho miedo. Hay una madre que se pregunta si algún día su hijo será capaz de vaciar una pistola en la nuca de un asesino. Hay una niña que cada vez que su padre se acerca, tiembla y se encoge. Hay una sociedad que ve todo eso y calla, porque si hablan quién sabe si esa violencia no acabará hiriéndoles a ellos también. Aquí, Edurne Portela utiliza la violencia de ETA como marco para contar una historia de violencia familiar que transcurre entre los años ochenta y noventa, los años negros del conflicto vasco, y que hurga en las heridas íntimas de los personajes para revelar una sociedad enferma, incapaz de reaccionar ante lo inadmisible.

El ensayo es interesantísimo y la novela es espléndida. Dura y oscura. Es la historia de una niña que se empapa de violencia en su infancia, escapa de ella al final de la adolescencia y decide volver, veinte años después, para tratar de curar su memoria. ¿Cómo se repara la violencia? A veces (a menudo) no se puede. Pero quizá la única forma de lograrlo sea a través de las palabras. De ser capaces de contar historias como esta. 



miércoles, 13 de diciembre de 2017

POLLOSAURIO

Miles de mamás y papás están ya pensando en los cuentos que tendrán que elegir para sus niños las próximas Navidades y Reyes, y hace poco, entre los muchos que pueblan nuestras estanterías para los más pequeños, elegimos en la librería este Pollosaurio, uno de los que más nos han gustado últimamente.

El pollito Lito había sido acosado por el gallo Kikirichulo porque no sabía cantar, por las gallinas porque no ponía huevos, por los pollos más grandes porque no tenía cresta y aun así fue capaz de decirle a su mamá gallina que tenía miedo. Rápidamente ella convocó a los animales más valientes de la granja, la vaca, el perro, la cabra y la oveja, para pedirles su colaboración, y entre todos hicieron para Lito un disfraz de pollosaurio con el que supo enfrentarse a sus acosadores, que terminaron huyendo. 

José Carlos Andrés y Dani Padrón han creado una historia preciosa que va de valientes y de los miedos que han de afrontar, con unas ilustraciones de lo más sugerentes. Lo hemos incorporado a nuestra selección de los diez favoritos infantiles.

Un cuento sobre el valor de enfrentar las adversidades, el respeto por los demás y la aceptación de uno mismo.

lunes, 11 de diciembre de 2017

QUÉ ESTÁ PASANDO EN CATALUÑA

Es el tema del momento. Sobre él se han escrito millones de comentarios, la mayoría alimentados por los prejuicios, la ignorancia y las pasiones más abstractas. Las banderas siguen ondeando en multitud de balcones y la palabra Cataluña se ha convertido en arma arrojadiza. Amigos de siempre han dejado de hablarse, la necesidad de pertenencia a un grupo social se ha exacerbado y toda la discusión se ha reducido a un violento y mezquino "o estás con nosotros o estás contra nosotros". 

No recuerdo ningún hecho político en los últimos treinta años que haya provocado una grieta social tan preocupante como la que ha creado la pretensión de independencia de Cataluña. Las voces reflexivas han sido sepultadas por los torrentes de crispación que han inundado las redes sociales y uno pasaba sus días buscándolas en internet o en la calle con la sed del que busca un poco de cordura en medio del desierto de las peores pasiones. 

Este librito mínimo (89 páginas) de Mendoza es una de esas voces. Muchos dirán, y no les faltará parte de razón, que es un libro deslavazado, construido a base de argumentaciones flojas, al que le sobran los tópicos y las generalizaciones (el capítulo sobre el carácter catalán puede provocar más de un sonrojo) y que no ofrece ninguna luz sobre el presente. Sí, no profundiza en casi nada. Tampoco lo pretende. Está escrito con urgencia, con la necesidad de plantear ciertas ideas que suavicen los ánimos desmontando los mitos y falacias sobre los que se han construido las ideas predominantes de uno y otro lado. Trata más sobre cómo se ha llegado a esta situación que sobre cómo salir de ella. El pronóstico es sombrío: ¿cómo salimos de esta si no sabemos cómo ni para qué hemos llegado hasta aquí? 

Este libro no perdurará en la sección de política de las librerías. No es un manual de consulta ni un derroche de clarividencia. Es un ejemplo de sosiego y templanza. Cuestiona la absurda retórica de los dos nacionalismos, con su infantil guerra de banderas, y muestra cómo hablar de Cataluña sin pasiones encendidas ni dignidades ofendidas. Poner el grito en el cielo y lanzar proclamas incendiarias no ayuda a pensar ni a restañar la grieta social que estamos viviendo. Cuestionar las ideas establecidas, rebatir falacias y argumentar en favor de la libertad y de la convivencia es la única forma de dejar a un lado los prejuicios y la necesidad de un enemigo para entender que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.


jueves, 7 de diciembre de 2017

LEER CONTRA LA NADA

Como ya va siendo habitual, Óscar me selecciona las novedades que considera que me pueden interesar y... ¡siempre acierta! La semana pasada, entre otros títulos, uno llamó mi atención de forma instantánea por el nombre de su autor, Antonio Basanta, y por su título, Leer contra la nada

Conocí a Antonio en los años 80 dentro del Grupo Anaya, cuando yo dirigía la librería El Brocense, especializada en filología y lingüística, y escaparate de los libros de Anaya. Allí iniciamos un proyecto precioso que luego se transformó en el Centro Internacional del Libro Infantil y Juvenil de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Me acompañó en la presentación de la colección Los cuentos de la Media Lunita, cuyas ilustraciones viajaron por toda España en lugares emblemáticos, y el recuerdo que me quedó de él como persona fue entrañable.

Fue un privilegio conocerle, y si no hubiera sido porque se cruzó en mi camino un diabólico personaje, que parecía sacado de un cuento de terror, es muy posible que hubiéramos podido coincidir largo tiempo Antonio y yo en esa caminada maravillosa que es la lectura. Por caminos distintos, los dos pudimos realizar el sueño de trabajar en lo que más nos gustaba, los libros.

Leer contra la nada es una joya para todos los que amamos la lectura. ¡Son tantas las reflexiones que me han apasionado! Por ejemplo: "Me gusta pensar en el cuadro Las hilanderas de Velázquez como una fértil metáfora de la lectura. En primer plano, la rueca de las palabras que dan hilo a las historias. Al fondo, el lino convertido ya en arte, en el tapiz de una historia. Y, ante él, las lectoras principales, Atenea y Aracne."

Con él he aprendido que si en una palabra mantenemos la primera y la última letra, podemos variar de lugar todas las demás y seguiremos entendiendo el significado de la palabra. Nunca lo había experimentado, pero lo probé y efectivamente, es así.

También me ha traído recuerdos de páginas inolvidables, como la que escribió Ángel González en Nada grave: "Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas y una voz cariñosa le susurró al oído: ¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira? Y él respondió: Lo sé, pero lo que yo siento es de verdad."

Antonio Basanta
La enseñanza de La Bella y la Bestia es que hay que amar las cosas para que se vuelvan amables. La de La Bella Durmiente, que en cada uno de nosotros hay una vida dormida que espera ser despertada. La de Cenicienta, que lo que amamos es tan frágil como un zapatito de cristal, y la de Hansel y Gretel, que hay que tener cuidado con los que nos prometen el paraíso: con frecuencia es una trampa donde se oculta la muerte. Peter Pan nos dice que la infancia es una isla a la que no cabe volver. Pinocho, que no es fácil ser un niño de verdad. La Sirenita, que no siempre tenemos alma y que, cuando esto ocurre, se suele sufrir. Y Alicia en el País de las Maravillas, que la vida está llena de respuestas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Son definiciones de Gustavo Martín Garzo.

Leer contra la nada nos ofrece una completa bibliografía y un homenaje a los maestros en su tarea de inculcar el amor a la lectura, además de sugerirnos mil ideas para su tarea diaria con anécdotas y retazos de páginas inolvidables de Rodari, Borges, Grijelmo, Steiner o Benedetti.



lunes, 4 de diciembre de 2017

LA LECCIÓN DE AUGUST (Firma invitada)

Una madre, una heladería y un niño con trastorno genético que produce malformaciones craneofaciales. Así es como nace la novela que lleva cinco años batiendo récords de lectores y que ha sido adaptada al cine y acaba de estrenarse. Su autora, la estadounidense R. J. Palacio, vivió una escena similar a una de las narradas en la novela y decidió escribir la historia de August. 

August es un niño de diez años que nunca ha podido ir al colegio porque su enfermedad y sus múltiples operaciones se lo habían impedido. Por eso, durante su primera década de vida vivió en la tierna calidez de la burbuja que le proporcionaron sus padres y su hermana. Aun así, siempre sentía que el resto del mundo lo observaba por su aspecto físico y que la visión de su rostro le producía horror a todo aquel que lo miraba. 

A pesar de que se siente un niño normal y de que su familia lo trata como tal, todos saben que no lo es, pero que tendrá que enfrentarse a la vida en algún momento. Por eso, sus padres deciden que tiene que comenzar a ir a la escuela y lo matriculan en Beecher, el centro donde pasará todo el curso que se narra a lo largo de la novela.

Cartel de la película Wonder.
Uno puede imaginar cómo sigue la historia y, si está acostumbrado a las comedias americanas de éxito, acertará, pero a pesar de la previsibilidad de lo que vamos a leer, hay un elemento que hace de esta novela algo especial: su estructura. Dividida en ocho partes, cada una de ellas narra la historia desde la perspectiva de un personaje diferente, lo que le da más complejidad y profundidad a los protagonistas, que adquieren redondez y ganan en matices.

La lección de August es una lección de vida: la de superar los obstáculos desde la amistad, la familia, el sentido del humor y el cariño. Creo que después de leerlo uno querría ser mejor persona, abanderarse con la amabilidad y tratar de no juzgar a los demás por su aspecto exterior. Quizás para un adulto el mensaje está muy trillado, pero para sus lectores niños y adolescentes de entre diez y trece años la novela es extraordinaria, porque consiguen empatizar de tal manera con los personajes y les gusta tanto la historia que verdaderamente se sienten tocados por la magia de August y se compadecen hasta el punto de replantearse muchas de sus propias actitudes.



jueves, 30 de noviembre de 2017

EL FIN DEL "HOMO SOVIETICUS"

Qué lejos queda la Unión Soviética. Desapareció cuando yo estaba en primaria y ni siquiera imágenes de telediarios recuerdo. Veintiséis años han pasado del fin de aquel sueño fallido. Y a pesar de nuestra cultura democrática, de nuestra escala de valores, tan opuesta a la soviética en tantas cosas, aquel ideal de igualdad sigue estando presente en discursos e intenciones de un sector amplio de la izquierda española. Estoy convencido de que si leyeran este libro, muchos de los que piensan que la revolución rusa es una inspiración indiscutible para cualquier lucha por la emancipación, contra la explotación y por la igualdad, matizarían su nostalgia y alejarían sus afectos de un régimen político que arrebató la libertad a su pueblo a cambio de una utopía.

Al igual que en sus libros anteriores (escribí una reseña de Voces de Chernóbil hace dos años, a raíz de la concesión del Premio Nobel), Svetlana Aleksiévich se sirve de la voz de decenas de hombres y mujeres nacidos en la URSS para armar un relato coral sobre la tragedia que supuso el comunismo soviético y cómo creó un tipo de hombre, el "homo sovieticus", condenado a desaparecer tras el fin de la utopía. Son los damnificados por el sueño perdido, los humillados y ofendidos por décadas de represión: madres deportadas con sus hijos, hombres que regresan tras quince años en el Gulag con la fe en su camarada Stalin increíblemente intacta, entusiastas de la apertura a occidente de Gorbachov que asisten anonadados a los estragos de la irrupción del capitalismo en los años noventa. Todos ellos hablan del dolor de haber vivido en un sueño, en una fe en un futuro glorioso que nunca llegó. Les quitaron la libertad, la capacidad de crítica, la justicia, la palabra, a cambio de un ideal. Se aferraron a ese ideal como náufragos a un madero. Y cuando el ideal desapareció, se quedaron flotando a la deriva, sin saber cómo vivir sin su amado partido, sin su brújula mural, sin su orgullo, sin su logro.

La caída del comunismo le robó a mucha gente su fe, su patria, su idea de sí mismos construida a lo largo de siete décadas. Dejaron de sentirse especiales. Y entonces llegó el resentimiento. Sus sueños de grandeza fueron sustituidos por un enorme supermercado. Y no se explicaban que todo hubiera acabado sin gloria, sin guerra, sin sangre. "Fuimos un gran imperio que abarcaba de mar a mar, desde el círculo polar hasta los trópicos. ¿Qué ha sido de aquel imperio? Lo vencieron sin arrojar una sola bomba. Sin su Hiroshima. ¡Su Alteza el Embutido ganó la guerra!"

Al mismo tiempo, con las primeras elecciones democráticas, hubo un brote de euforia. Los que estaban hartos de la dictadura pensaron que la democracia llegaría con edificios nuevos de colores diferentes al gris hormigón, con pizzas, dinero, buenas carreteras, humor y libertad para ser felices sin tener que plegarse ante ninguna autoridad. El país era un hervidero de esperanza. La gente se sentía llena de energía. Pero, ¿qué hacer con ella? No lo sabían. Sabían que, de repente, eran libres. Pero nadie les había enseñado qué hacer con esa libertad.

Nunca ha habido juicios ni condenas por los crímenes soviéticos. Los verdugos del Gulag, los millones de cómplices que hicieron posible el Estado policial, han vivido tranquilos hasta el fin de sus días cobrando su pensión. No ha existido un movimiento ciudadano que presione para provocar un arrepentimiento en todos aquellos que colaboraron con el terror. El pasado soviético es una gloria repleta de sangre, miedo y atrocidad. Una enfermedad de la que los rusos nunca se han curado. Y ahí sigue, pendiendo sobre sus cabezas, amenazante como "el hacha que sobrevive a su dueño".

Svetlana Aleksiévich
El fantasma de la revolución se pasea de nuevo por Rusia. Desde 2011, los actos públicos en homenaje al pasado comunista se suceden por todo el país. Tras veinte años de "libertad", resurge el culto a Stalin. La mitad de los jóvenes entre diecinueve y treinta años considera que Stalin fue un "gran dirigente político". Los rusos están acostumbrados a vivir por una causa, algo grande que los trascienda como individuos. Anhelan un gobierno fuerte, una autoridad que les devuelva parte de la "grandeza" perdida. Muchos viven de la limosna de los recuerdos, protegiendo el ideal caído en espera de que se vuelva a levantar y gobernar sus vidas. Y han encontrado en Putin, ese "zar de pacotilla", una respuesta a muchos de esos anhelos.

Del capitalismo aprendieron que "nadie se forra haciendo un trabajo honesto". Y de los movimientos independentistas de las repúblicas caucásicas, el placer de sentirse importantes de nuevo a través de la xenofobia. ¡Rusia para los rusos!, se escucha a menudo en las calles de Moscú. Y proliferan las mismas consignas, los mismos gestos fascistas nacidos de la exacerbación del nacionalismo que vemos en Austria, en Francia y en España estos últimos años. Los rusos necesitan sentirse especiales. Antes, con la URSS, iban a ser los salvadores del proletariado mundial. Ahora les vale con tener a miles de tayikos haciendo por sueldos de miseria los trabajos que ellos nunca harían para mirarlos por encima del hombre y sentirse superiores.

En este libro, Svetlana Aleksiévich pregunta a sus interlocutores sobre el amor, sobre su infancia, sus peinados y sus calcetines, sobre la música que escuchaban y los desayunos en familia. Trata de los que encuentran belleza en el sufrimiento, de la crueldad que puede encerrar el entusiasmo por una idea. Trata de una época en la que ya no se mataba por Dios sino por el Partido, sin que el resultado cambiara lo más mínimo. Trata de mujeres hermosas y de historias de amor, y del dolor ajeno que acecha en cada esquina de un país enloquecido por sus ideales. Su objetivo es componer un retrato humano múltiple con las vidas de gente corriente, las víctimas, los verdugos, los cómplices y los resistentes. Las emociones humanas también forman parte de la historia. Sin ellas, los hechos históricos serían meras estructuras vacías, arquitectura vacía, casas sin hogares.

El fin del "Homo sovieticus" trata de explicar un país y su tragedia colectiva a través de sus gentes. Y ojalá que sirva para explicar el comunismo soviético a esos jóvenes rusos (y de todo el mundo) que lucen con orgullo sus camisetas con la hoz y el martillo o con el rostro de Lenin y celebran el centenario de la revolución como si fuera un ejemplo a seguir. La revolución y su recuerdo nunca debería servir de ejemplo, sino de advertencia. Millones fueron las víctimas de aquella hermosa utopía. Este libro encierra algunas de sus historias.




lunes, 27 de noviembre de 2017

BRUJARELLA

Suelo leer con calma. Por ejemplo, sentado en un sillón, con una taza de té y una mantita. No me preocupa pensar que dentro de cuarenta o cincuenta años, si mi cuerpo y mis ojos consienten, seguiré leyendo de la misma forma. Ensayos, novelas, cómics, todos los libros se adaptan a mi forma de leer. Hay gente que lee en cualquier sitio. Bancos del parque, paradas de autobús, oficinas de Correos. Hay gente que lee andando por la calle o en un bar donde atruena la retransmisión de un partido de fútbol. Yo no. No puedo. Necesito silencio y la calma de un sitio que no se mueva. Aunque a veces, de la manera más extraña e imprevisible, quien trae el ruido y la tormenta es el libro. Y entonces ya dan igual la taza de té, el sillón y la mantita, dan igual la calma y la introspección (propias, quizá, de una edad que no es la mía), porque al internarme por sus páginas mis pies se ponen a danzar, el sillón sale volando por la ventana, el té se lo bebe un pájaro travieso y el mundo se vuelve disparatado y loco y lleno de un ruido maravilloso. 

Brujarella. Ay, Brujarella. Cómo me gustas, con tus calcetines a rayas blancas y negras, tu escoba voladora, tu verruga con su pelo y tus zapatitos envidiosos. Me has tenido danzando como loco durante una hora y media, volando con un lobo y un pingüino por un bosque en plena tormenta en busca de un calcetín perdido y me temo que ya nunca más podré olvidarte, brujita malvada y encantadora. 

Este libro me enamoró desde el primer momento que vi su portada. Las ilustraciones de Iban Barrenetxea, que también es el autor del texto, son delicadas, expresivas, divertidas y están llenas de detalles y de fantasía. Al igual que la historia, mezclan el hiperrealismo con la fantasía de la manera más natural y así, una bruja de cabeza enorme y zapatitos minúsculos, acompañada de un pingüino, una urraca y un lobo enorme, entra en un Rolls Royce en el que va sentado un marqués que parece un cruce entre Dalí y Scott Fitzgerald. Vamos, la bomba. 

Brujarella me ha recordado a Shrek por la diversión bruta e ingeniosa, a Sherlock Holmes por la perspicacia jocosa y a Harry Potter por la fantasía aventurera. Cada vez que Brujarella dice "esto me huele a misterio", me la imagino con su voz cavernosa, guiñando un ojo malicioso y retorciendo su dedo índice en el aire, convirtiendo al mundo entero en sospechoso de la desaparición de su calcetín. Y tiene razón en andarse con ojo, porque ya se sabe: "bruja descuidada, ¡bruja chamuscada!"

A partir de ahora, cuando me pidan recomendación para niños y niñas a partir de ocho años, cogeré este libro, me agacharé, y, en voz baja, le diré al futuro lector: cuidado, este es un libro mágico. ¿Es divertido? ¿Aterrador? ¿Fantástico, absurdo, emocionante? ¡Sí! Pero no sólo. Es especial, tanto que para hacerse una idea de cómo es, habría que meter todas esas palabras en un caldero de bruja, añadir una pizquita de rana y cocerlo todo a fuego lento durante años, años y años... Tantos años que dejaríamos de contarlos de puro cansancio. Y tal vez esas nuevas palabras que saldrían humeando del caldero se acercarían a describir esta maravilla de libro. Tal vez. 






jueves, 23 de noviembre de 2017

NADA PUEDE ASUSTAR A UN OSO

- Miramiramira -, me dijiste, y señalaste con el dedo-. ¿Has visto esta familia de osos? ¿No son para comérselos? 
Estábamos de librerías por Madrid, porque el vicio por los libros siempre se disfruta más en el tiempo libre. Y mirábamos cuentos. 
-Osito tiene miedo, ¿ves? Ha oído en sueños un fuerte... ¡Rugido! "¡Socorro! - grita asustado -. ¡Hay un monstruo ahí fuera!"
- ¡Qué chulo!
Te sonreí y me quedé pensando. Monstruos. Sí, hay monstruos ahí fuera, osito. No lo sabes tú bien. Monstruos de todas las formas y colores. Se pasean por las calles vestidos de etiqueta y sonríen mientras les roban el futuro a los demás. Instigan, presionan, seducen, conquistan, y asustan precisamente porque nunca los ves venir. Hay monstruos ahí fuera, osito. Vaya que sí. 
¿Ves? - me cogiste de la mano -. Papá oso es la bomba, ha salido con un farol para demostrarle a osito que no tiene nada que tem... ¿Me escuchas? 
- Sí, perdona. Estaba distraído.
- ¿Sí?
- Pensando en monstruos. 
- Pues vuelve, vuelve, que estos seguro que molan más. Mira, y además está en verso, o bueno, casi, pero todo rima. ¡Es para...
- ...comérselo!
- Sííí.
- Jajaja. Me parto contigo. ¿Y cómo acaba? ¿Qué era ese rugido?
- Pues eso es lo mejor. El rugido era...- Te acercaste a mi oído, vergonzosa, y me lo dijiste en voz baja. 
- ¡No! 
- Sí. 
- Qué fuerte, al final osito se te va a parecer en todo...
- Tonto. 
- Guapa.
Y salimos riéndonos. 
Madrid se quedó reluciente. Con una familia de osos comestibles y libros infantiles por todas partes, en todas las esquinas, ahuyentando monstruos. 



lunes, 20 de noviembre de 2017

EL CUADERNO PROHIBIDO

Valeria baja un domingo a por tabaco para su marido y, cediendo a un impulso irrefrenable, decide comprar un cuaderno de tapas negras que ha visto en el escaparate. Un cuaderno para ella. Para contar sus secretos. Sus días. Sus esperanzas. Tiene cuarenta y tres años, dos hijos ya mayores y un marido que le dedica un cariño despistado. Todos tienen sus cosas, sus lugares privados, su espacio. 
¿Y ella? 

"Al caer en la cuenta de que en toda la casa no había un cajón, un armario que pudiera llamar mío, me propuse hacer valer mis derechos desde ese mismo día". Como Virginia Woolf con su habitación propia, Valeria decide conquistar el derecho a su propia intimidad escribiendo su cuaderno a escondidas de su familia, por las noches, cuando no hay nadie en casa, en los escasos ratos robados a las interminables tareas que le esperan todos los días cuando llega de la oficina. Estamos en Roma, en 1950, y aunque ya no es una deshonra que las mujeres trabajen, sigue siendo inconcebible que los maridos colaboren en las tareas domésticas. 

Roma, 1950. Italia ha salido de la guerra tambaleándose. Los hijos quieren libertad y diversión, ya no creen en sus padres de la manera en que estos creían en los suyos. La solidez moral se resquebraja, han perdido una brújula moral que Valeria sí tuvo. Una brújula moral que la convirtió en esclava de la familia y de la casa, sin tiempo para leer un libro o pasear por la ciudad, pero que, a la vez, le dio fuerza para resistir penurias y desilusiones, la ayudó a distinguir claramente lo que está bien de lo que está mal y a perseverar en unos valores tras los que se protege. Unos valores que la salvan y la encierran, que conforman los barrotes de la jaula invisible en la que vive. 

Antes no pensaba mucho en las cosas. Olvidaba con facilidad. Así, sin darle vueltas a los disgustos y las discusiones, la vida pasaba más rápido, fluía mejor. ¿Qué sentido tiene intentar ser feliz si no olvidamos las ofensas? Ahora, a través de las palabras que escribe en su cuaderno, ya no es tan fácil olvidar. Todo está ahí, negro sobre blanco: las conversaciones, las dudas, los anhelos sofocados tras una vida de abnegación que nadie le agradece. A través de las palabras, Valeria comienza a comprender cosas que nunca había sospechado, empieza a acercarse al significado íntimo y profundo de su condición, y la frontera entre lo que está bien y lo que está mal empieza a desdibujarse. 

"Deseaba contar la tranquila historia de nuestra familia en este cuaderno". Pero el cuaderno va revelando las grietas que se esconden tras la aparente normalidad de sus vidas, le abre una ventana a un mundo nuevo lleno de posibilidades. De aterradoras posibilidades. Sus propias palabras le enseñan cómo abrir la jaula en la que ha vivido, y la posibilidad del espacio exterior, de la libertad vertiginosa e infinita lejos de sus barrotes, la embriaga y la aterra a partes iguales. 

A la muerte de su suegra, su marido empezó a llamarla "mamá". Primero como una broma, como un gesto de reconocimiento, quizá, a su labor en casa y con los hijos. Pero luego como un hábito. Y qué triste, y cómo quebranta su condición de mujer ese apelativo que, incluso para su marido, la reduce a una madre. A una cuidadora. Una servidora. Encerrada en una jaula de costumbres, reglas sociales, religión y prejuicios. Y aunque sonría y acepte y siga con su vida de cuidados, en secreto se niega a aceptar que "esa cosa indefinible que vuelve rebeldes a nuestros hijos forme ya para mí parte del pasado". 

Alba de Céspedes (1911-1997)

Su marido y ella se tratan como si el tiempo no hubiera pasado. Con la misma idea del otro de hace diez o quince años, cuando sus hijos eran pequeños y el apasionamiento de recién casados había quedado hacía tiempo enterrado entre pañales, obligaciones y estrecheces económicas. Una idea del otro petrificada en el tiempo. Y ya no se ven. No se miran a los ojos. No se les pasa por la cabeza la posibilidad de que han cambiado, de que ya no son los mismos, de que es un error no intentar ver a los demás sin la máscara de la costumbre, sin la insidiosa pátina de cansancio que recubre ya todos sus gestos de afecto. Como si fueran viejos. Como si su vida, una vez que sus hijos están a punto de marcharse de casa, hubiera agotado sus posibilidades. 

El cuaderno prohibido ha despertado su sed y su hambre. Le ha devuelto las palabras y las ideas. Su identidad de mujer. La posibilidad de un futuro. Quiere vivir sin avergonzarse de sus sentimientos, vivir sin contenerse, sin defenderse a diario de esos anhelos que su moral le ha enseñado a identificar como pecados y que no son más que vida e ilusiones. Si las cosas sólo pueden hacerse de una forma, si amar es un asunto de familia y educar es disciplina y obediencia, ¿qué pasa cuando se decide vivir de otra manera? Valeria ve cómo su hijos adoptan actitudes que no reconoce, defienden ideas que no entiende. Sus mentes han soltado amarras y las ve alejarse del puerto seguro que ha sido ella para ellos hasta ahora con un sentimiento de pérdida descorazonador. Se siente desvalida. Sola. Y necesita de nuevo ser una mujer, desprenderse de la vieja piel de madre abnegada y dejar de vivir en la sombra. Tiene cuarenta y tres años y quizá, para su sorpresa, toda la vida por delante. 

Esta espléndida novela es un retrato fascinante de las costumbres familiares de una época que, en muchos aspectos, no es tan distinta de la nuestra. A mi alrededor veo con frecuencia a mujeres condicionadas por las tradiciones que luchan por salir de la jaula de las convenciones para conquistar el derecho a actuar como ellas quieren y necesitan, y no como les han enseñado a querer. Tienen miedo de decepcionar a sus padres, o a sus parejas. Sienten un alivio liberador ante la satisfacción de los demás, por el miedo a que sean infelices y puedan culparlas a ellas. La culpa, esa amenaza constante, esa terrible condena. Y Valeria encarna la lucha universal de las mujeres, que desgraciadamente nunca pierde vigencia, por conseguir un espacio propio para ser ellas mismas, no la madre, la esposa o la hija de nadie. Ellas mismas, sin la necesidad de complacer a los demás, sin sentirse culpables por su necesidad de libertad.