martes, 31 de mayo de 2016

TEA ROOMS. MUJERES OBRERAS

Un salón de té. Madrid. Años treinta. Un grupito de dependientas se afana tras los mostradores rellenando botecitos de leche, puliendo superficies, atando paquetitos de pasteles y sonriendo solícitamente a todas las señoras, señoritas y señores que reclaman sus caprichos. Es un arte, el de la actitud obsequiosa. Sí, señora; por supuesto, señor; ahora mismo, señorita. Un arte, el de dar siempre la razón y apoyar los argumentos de cualquiera con monosílabos comprensivos, digan los disparates que digan. Diez horas diarias, cansancio y tres pesetas. Y cuando nadie escucha, murmuran, qué vergüenza, me duele todo, y ahora, media hora de metro, y en casa, la colada y la cena, no les da el sueldo para nada pero ninguna protesta, porque total, qué van a conseguir, que las echen, y con lo difícil que es encontrar un trabajo, con esta crisis que no levanta...

Bajan la cabeza pero no pierden la sonrisa, y cumplen joviales y alegres sus jornadas agotadoras. Muchachitas obreras, acostumbradas a la dureza de una vida precaria, apenas empiezan a ser conscientes de que los sindicatos, lejos de ser esos centros de corrupción donde nacen los terroristas - que dicen los curas y las beatas -, pueden protegerlas y hacer de portavoces para sus penas cotidianas. Apenas empiezan a vivir y aún se resisten a creer que la sociedad pronto vaya a obligarlas a elegir entre el matrimonio y la prostitución, entre la sumisión al marido o la sumisión al amo explotador. Y sueñan, en las pausas sin gente detrás de los mostradores, quizá con las miradas de algún cliente guapo que dice ser actor, o incluso alguna fantasea con la posibilidad de estudiar, de emanciparse a través de la cultura, sin darse cuenta de que las únicas que realmente pueden hacerlo son las hijas de los propietarios, de los empresarios, de los ricos, precisamente las únicas a las que no suele preocuparles en absoluto eso de la emancipación. 

A veces contemplan manifestaciones tras los escaparates. Huelgas de obreros, incluso, siempre reprimidas a golpes por "los de asalto". Se palpa la tensión, entre puddings y pastelitos. Se lanzan discursos. Se pone el acento en palabras como proletariado, esperanza, pueblo, revolución. Se exaltan los ánimos. Brillan los ojos cuando se habla de Rusia. Y ya las palabras se convierten en símbolos, en contraseñas, en armas arrojadizas o en contenidos nuevos y modernos para un nuevo credo, aunque ninguna se entienda mucho mejor que las del credo viejo, ni se correspondan con ninguna verdad demostrable. Pero al fin y al cabo, la sociedad se divide entre los que cogen el ascensor y los que utilizan la escalera trasera. Y estos últimos han decidido que ya está bien de ver el ascensor siempre desde abajo. 

Luisa Carnés
Luisa Carnés. ¿Les suena? 
A mí tampoco. Lo primero que me gustó de ella fue esa ceja levantada con la que expresa tantas cosas sugerentes en la foto. Ceja altiva, seductora, irónica. Ceja resabiada, petulante y encantadora. Ceja de mujer que sabe que no quiere sumisiones. Después me gustó que fuera una escritora y periodista de la generación del 27, esa generación estelar de la literatura española en la que nunca supimos que también había habido mujeres. Me gustaron la edición de Hoja de Lata, estos editores estupendos que no me canso de elogiar, y el tema de la novela: la lucha obrera en unos años de convulsiones sociales que desembocarían en la guerra. Y cuando ya me puse a leerlo, me enamoró el decorado, ese salón de té refinado de la capital, un verdadero personaje más de la novela en el que caben todas las intrigas, los dramas y las alegrías cotidianas de un grupito de dependientas que sobreviven alegremente a sus esclavizantes condiciones laborales. Y me enamoró la narradora, cuya voz, preciosista en sus adjetivos y chispeante en los diálogos, se entremezcla con la de Matilde, su protagonista, para armar una historia coral femenina de mujeres obreras en los albores de una revolución que apenas empiezan a intuir. 

Últimamente han salido a la luz las vidas de muchas mujeres creadoras que convivieron con la generación masculina del 27 pero que por diversas circunstancias no llegaron a conocerse. Si todos los textos que se van a rescatar de estas creadoras tienen la calidad de esta novela de Luisa Carnés, nos vamos a dar un festín literario colosal. 



lunes, 30 de mayo de 2016

EL VIAJE

La Pequeña Impedimenta nos trae un regalo muy especial, El viaje, de Francesca Sanna, un álbum infantil precioso con unas ilustraciones que serán la admiración de todos los niños que tengan la suerte de disfrutar de este libro. Pero ese, con ser grande, no es el mayor mérito de este viaje. Su principal valor está en la historia que nos cuenta.


De forma delicada, unos niños en zona de guerra van relatando el viaje que su madre les presenta como una gran aventura en busca de la paz que en su país no tienen. Es la peripecia de una familia para escapar de la tragedia y el caos. La autora escuchó el relato de dos muchachas que se encontraban en un campo de refugiados de Italia y de sus palabras dedujo una historia profunda que le llevó a hacer infinidad de entrevistas a inmigrantes de diversas nacionalidades. Este libro pretende ser una síntesis de todas las historias que escuchó de aquellos que tuvieron que abandonar su hogar, realidad que todos los días desde hace más de un año contemplamos con impotencia.

Más de un millón de personas, solo en 2015, se vieron obligadas a arriesgar su vida para emigrar, en la mayor crisis migratoria y humana que ha habido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, principalmente de Oriente Medio por conflictos armados, pobreza o violaciones masivas de los derechos humanos. La explotación de los más vulnerables, mujeres y niños, por las mafias es una constante. 

Este maravilloso libro nos ayuda a tomar conciencia y es un instrumento perfecto para contar a los niños ciertas realidades, con una gran ternura.


jueves, 26 de mayo de 2016

AQUÍ VIVIÓ. HISTORIA DE UN DESAHUCIO

Esta es la primera novela gráfica de Isaac Rosa y Cristina Bueno, una historia necesaria que denuncia uno de los problemas más graves que ha desatado la crisis financiera: la lucha por el derecho a una vivienda digna. El dibujo es sencillo, emotivo, me recuerda, en mi incultura gráfica, a mis cómics de infancia, con cierto aire a Tintín, con esos trazos esquemáticos e infantiles. Sin embargo, no hay nada infantil en lo que transmiten, van directos a la emoción y a la tragedia. El uso masivo de un color azul verdoso da la sensación de ver la historia a través de un cristal de botella, como desde lejos en el tiempo, y uno acaba leyendo la novela como una narración intemporal. 

La historia es conocida. Ramón y Ana piden una hipoteca para comprar una casa. Tienen una hija, Alicia. Se quedan en paro. No encuentran trabajo. Al cabo de un tiempo, ya no pueden pagar la hipoteca. El banco se queda con el piso, y ellos, con la deuda. Se van a vivir con la abuela Carmen, que no había dudado en avalarles con su casa cuando pidieron la hipoteca. Como siguen sin poder pagar la deuda, el banco se queda también con el piso de Carmen. Y todos, Alicia, Ramón, Ana y Carmen, a la calle. Pero la familia de esta historia es tenaz. Obstinada. Y van a ver al cerrajero que cambió la cerradura del piso de Carmen, le plantan un montoncito de billetes de veinte y consiguen una copia de la nueva llave de su antiguo piso. Vuelven a su casa. Sin luz. Sin calefacción. Sin teléfono. Escondidos. Esperando que el banco tarde mucho tiempo en volver a prestar atención a ese piso vacío. Que ellos aún consideran suyo. Así podrían pasar muchos meses. Años, incluso. Ya se sabe que los bancos no tienen problema en tener miles de pisos vacíos mientras la gente no tiene dónde vivir.

Todo esto de vivir encerrados, sin hacer ruido, a Carmen le recuerda la historia de su padre, uno de los llamados "topos", soldado republicano que, al volver de la guerra, se escondió en una buhardilla durante dos años por miedo a las represalias. Y cuando salió, no pudo librarse de una paliza y tres años de cárcel. Cuenta la historia con una sonrisa triste, recordando el aislamiento y el miedo, tan parecidos a estos de hoy, esperando un final menos cruel para su familia desahuciada. 

"Cuando uno camina por la calle no lo ve, a veces no sabes ni lo que pasa en tu propio edificio". Las historias terribles que se esconden tras las paredes. Historias de dramas invisibles. Porque, ¿cómo contar la humillación que supone que te echen de tu propia casa? ¿Aceptar la miseria, la expulsión de la sociedad en la que vivías, las miradas de recelo o de compasión que establecen distancias insalvables, la condición de desahuciado, de paria?

Cuando uno camina por la calle no lo ve, pero todas las ciudades de España están salpicadas de puntos que marcan los desahucios, puntos como heridas por las que una parte de la sociedad se rompe. Unir todos esos puntos y hacerlos visibles es una labor difícil y sensible, una labor necesaria para entender cómo funcionan los bancos, cómo naufraga el derecho de las personas a una vivienda digna (artículo 47 de nuestra Constitución) cuando los intereses económicos están por encima de los derechos de las personas. Una labor que hacen las redes de los afectados por la hipoteca e historias como esta. Y tú, y yo, cuando hablamos de ellas y las denunciamos. 



lunes, 23 de mayo de 2016

ANTE TODO NO HAGAS DAÑO

Con una franqueza a veces aterradora, uno de los mejores neurocirujanos británicos, Henry Marsh, ha escrito una fascinante autobiografía profesional, en clave de confesión, que nos acerca a ese misterio que es el cerebro humano, sustrato de todo pensamiento y sentimiento, de todo lo que es importante en la vida humana, misterio que a Marsh se le antoja tan grande como las estrellas por la noche y el universo que nos rodea.

Son confesiones que perturban porque nos hacen experimentar la angustia del camino que los cirujanos tienen que recorrer para conseguir una destreza y aptitud que en tantos casos salvan la vida y, quizá más importante, la calidad de esa vida, pero en su trayectoria de iniciación dejan terribles secuelas por errores milimétricos que suponen la diferencia entre vidas autónomas y discapacidades a veces gravísimas, como nos detalla en algunos de los relatos.

La burocracia en el Servicio Nacional de Salud inglés le da para muchas anécdotas, algunas de humor negro y otras de enfados sonados.

Palabras del Dr. Marsh que suscitan reflexión: "La neurociencia nos dice que es altamente improbable que tengamos alma, pues cuanto pensamos y sentimos no es ni más ni menos que el parloteo electroquímico de nuestras neuronas. Nuestro sentido de la identidad, nuestros sentimientos y pensamientos, el amor que mostramos a los demás, nuestras esperanzas y ambiciones, nuestros odios y temores, todo eso muere cuando el cerebro muere. Mucha gente se niega a admitir este punto de vista, pues no solo nos priva de una vida más allá de la muerte, sino que parece reducir el pensamiento a mera electroquímica, convirtiendo nuestros cuerpos en simples autómatas, en máquinas de carne y hueso. Esa gente se equivoca de medio a medio, pues lo que hace en realidad es elevar la materia a cimas infinitamente misteriosas que no comprendemos". Palabras de alguien que conoce mejor que la mayoría los entresijos de nuestro cerebro.

¡Apasionante el relato y todo lo que de él extraemos al cerrar sus páginas! 



viernes, 20 de mayo de 2016

LOS AMORES DIVERSOS

Es bonito leer un libro, conocer a su autor y que la admiración nacida de la lectura se mezcle con la admiración producida por la conversación. No sucede a menudo. Es un raro privilegio. Que la persona que escribe esté a la altura de la persona que habla. Y al revés. Y no solamente que esté a la altura, sino que una complemente a la otra y la enriquezca y ya no puedas elegir cuál prefieres porque ambas forman parte de un todo. Lo que me admira de Fernando J López es precisamente la variedad de voces que posee. En cada libro parece un escritor nuevo, radicalmente distinto a los anteriores. Es como si cada historia suya fuera una fiesta que requiriera un disfraz distinto, un tono, un lenguaje, un armazón literario nuevo y original. De dónde sacará tantas voces distintas, me pregunto a veces, cuando termino de leer Los amores diversos y recuerdo La edad de la ira, el primer libro suyo que leí, sin lograr reconocer la esencia que une los dos libros, la misma piel bajo los dos disfraces. Qué camino le lleva de imaginar un reino con tres lunas a describir la vida de una adolescente en Tenochtitlán, de lanzarse a bucear en las aguas más turbias de la comunidad educativa a meterse en la piel desgarrada de una mujer que acaba de perder a su padre. Porque tiene que haber un camino, algo que una sus historias, un origen común. Quizá algún día se lo pregunte.

Los amores diversos es un monólogo teatral, interpretado por la actriz Rocío Vidal, en cartelera hasta finales de junio los lunes a las 20h en el Teatro Lara de Madrid. Es un monólogo íntimo, dirigido hacia dentro, hacia el interior de una mujer rota y perdida, que camina como una funambulista por la cuerda de su dolor, siempre a punto de caer. A través de su voz, el padre ausente va creciendo y creciendo como una sombra que lo envuelve todo, una sombra contra la que ella lucha, un enemigo al que ama y odia a partes iguales. Lucha con sus palabras, porque no le queda nada más. Una copa de vino, libros por el suelo, y un río de palabras para tratar de poner un dique a tanto desasosiego. Lucha contra el peso de su nombre, Ariadna, abandonada por Teseo en el laberinto, siempre perdida y encerrada, esperando la muerte. Lucha contra el peso de la literatura, de los libros que su padre le hacía leer, Cernuda, Flaubert, Lorca, Baudelaire, poetas oscuros de versos opacos que fueron moldeando una relación cada vez más compleja y asfixiante. 

Rocío Vidal interpretando "Los amores diversos"
Las palabras de Ariadna son como un estilete que va sajando la carne infectada de una familia, de una relación padre-hija construida desde la culpa y la dependencia, hecha de expectativas frustradas. Son palabras afiladas que pretenden aliviar la pérdida y que se enroscan en el dolor, escarbando en sus razones, buscando consuelo y un futuro menos amargo. Son palabras, también, que se dirigen a una mujer amada, Emma, tristemente casada como la heroína de Flaubert, con la que vive un amor escondido, prohibido y relegado a una obcecada clandestinidad. Uno de esos amores diversos que nos hacen vivir más vidas que los demás, los únicos que de verdad importan, en palabras del padre de Ariadna, amores diversos, múltiples, que de noche son verdad y de día se vuelven mentira, que no se pueden decir, que se mantienen con vida gracias a su invisibilidad, a su dependencia de las sombras y de las largas ausencias. Amores que no mueren cuando no se pronuncian pero que la oscuridad que necesitan para vivir va devorando, poco a poco, asfixiando su fuego, relegándolos a la eterna represión y al silencio. 

Este monólogo cuenta una historia compleja y llena de matices. Pero tiene la virtud de que la historia es lo de menos. Ariadna somos nosotros, nos habla a nosotros. Cualquiera que no esté hecho exclusivamente de luz puede hablar por su boca, reconocerse en sus palabras. A través de ella pensamos y sentimos, nos desesperamos y nos maravillamos. A través de ella vivimos en las palabras que conforman nuestra identidad, que nos hacen salir de nosotros mismos para vivir más vidas y elegir qué tipo de amores diversos queremos para nosotros.

He leído este texto con un nudo en la garganta, con la espalda en tensión y los ojos ensanchados. Fernando ha encontrado una voz prodigiosa, otra vez más. Más frágil y perturbadora que en sus otros libros. Más directa a las entrañas. Quizá Ariadna sea su personaje más íntimo. El disfraz literario que menos piel disfraza. Quizá sea de aquí de donde parten los caminos de sus novelas: de la pasión de Ariadna, de la emoción arrolladora que le hace vivir con esa asombrosa intensidad. De las palabras henchidas de significado, con su peso y su luz, del grito y del susurro, de convertir cualquier cosa en algo múltiple, plural, "caricia por caricia, abrazo por volcán". 


Fernando J. López


martes, 17 de mayo de 2016

LA MAESTRA ES UN CAPITÁN

Se acerca la época del año en la que vienen adolescentes a pedirnos libros para regalar a sus profes. Entran en la librería con paso reticente, y nunca sé si es timidez por no venir acompañados o vergüenza por tener que regalar a quien no terminan de sentir próximos. Casi siempre piden recomendación y vamos afinando las sugerencias en función de cada uno: para una profe de matemáticas dicharachera y viajera, este; para un profe de historia chapado a la antigua y a punto de jubilarse, este otro. Pero este año creo que no voy a hacer distinciones, voy a poner una pila bien alta de ejemplares de este libro y lo voy a administrar como píldoras literarias para cualquier profe, sean cuales sean su especialidad, carácter, edad o aficiones. 

La maestra es un capitán. Sí, un capitán. Como el profesor Keating en El Club de los Poetas Muertos. Un capitán que, al despedirse, consigue que su tripulación se suba a sus pupitres para entonar un canto de Whitman. Un capitán que gobierna su clase con mil astucias y que, aun saliendo victoriosa de todas las mareas, llega a casa para seguir afrontando tempestades. Tempestades llamadas plancha, marido, hija, Bisolgrip, cena, correcciones, deberes. Y en el aula, el bueno de Mateo no deja de esparcir pegamento, con un cuidado de ebanista, por toda la superficie de la silla de Julia, mientras mira sonriente a su capitán en busca de aprobación. 

Parece un libro infantil pero no lo es. Ni mucho menos. Las tempestades son bien reales y los sinsabores de la profesión se presentan tal cual vienen, con su crudeza y su encanto, dejándole al capitán las manos siempre sucias de pegamento, Fairy o lápices de colores para escribir poemas. Hasta que al final de curso, un día, los chicos empiezan a inventar preguntas: 
"- ¿A qué huele el sol?
- ¿Con qué sueñan los perros?
- ¿Cómo duermen las ballenas?"
Preguntas que nacen como un juego divertido y que se desmandan, como animales salvajes, brotan formidables de sus jóvenes gargantas y hacen vibrar los cristales de las ventanas. 
Preguntas que son el regalo de la profesión. 
Como que se te suban treinta adolescentes a sus pupitres para gritar a Whitman.
Porque eres su capitán. 
Y te vas, pero en alguno de ellos te quedas. 
Su capitán.
Contra viento y marea. 



miércoles, 11 de mayo de 2016

VICTORIA KENT Y LOUISE CRANE EN NUEVA YORK

Carmen de la Guardia, profesora de Historia de la Universidad Autónoma de Madrid, nos ha hecho un regalo más que interesante con esta biografía de dos mujeres, Victoria Kent y Louise Crane, de las que sabíamos pocas cosas. Por ejemplo, en el caso de Victoria, su trayectoria política en la Segunda República, especialmente al frente de la Dirección General de Prisiones, donde hizo una labor magnífica.

Quizá el hecho por el que más se conoce a Victoria Kent, debido a la repercusión mediática que tuvo, fue su voto contrario en las Cortes, tan controvertido, a la ley que permitía el voto a las mujeres, en contra de la opinión de Clara Campoamor, que consiguió ese codiciado derecho. Victoria era una mujer muy preparada e inteligente, pero de educación conservadora, y consideraba que las mujeres, con una tasa de analfabetismo del 38% en 1931, estaban muy condicionadas por la influencia de la Iglesia y de sus maridos, motivos por los que ella entendía que su voto no era libre.

Louise Crane, quince años más joven que Victoria, fue una multimillonaria neoyorkina, lesbiana, que había tenido varias relaciones sentimentales con mujeres intelectuales tan conocidas como Elizabeth Bishop. Louise había heredado mucho dinero de su padre y, más importante aún, el espíritu generoso de su madre, mecenas de multitud de artistas a los que ayudaron y promocionaron. Fue una de las más importantes colaboradoras del Museo de Arte Moderno (Moma) de New York. Conoció a Victoria en 1950 y ya no se separaron nunca, hasta su muerte. 

Victoria Kent tuvo que exiliarse en París en 1940 tras la Guerra Civil, donde se ocupó de los refugiados españoles, en especial de los niños, colaborando con la Cruz Roja. Los cuatro años que vivió allí los reflejó en su libro Cuatro años en París, publicado en España después del franquismo. Avisada por un amigo, se refugió durante diez meses en la embajada mexicana en París y de allí consiguió llegar a México, donde estuvo dos años dando clases en la universidad. En 1950 llegó a Nueva York y hasta el final de sus días, durante 37 años, publicó la revista Iberia con difusión internacional. Entre ella y Louise consiguieron tejer una red de protección que llegó a miles de refugiados españoles en el exilio, en especial a las mujeres. 

Se relación con personas tan interesantes como Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura, Victoria Ocampo, en Buenos Aires, o Carmen Conde nos sitúa en terrenos que la dictadura franquista silenció, prohibiendo cualquier información relacionada con los movimientos de los republicanos.

Para todos los que amamos la historia y deseamos conocer los hechos ocurridos para situarnos en realidades que nos fueron vedadas, esta biografía es más que interesante.



viernes, 6 de mayo de 2016

Editoriales afines (III): Hoja de Lata

¿Quién no lo ha pensado? Una carta de despido, el paro, un montón de dinero de golpe que, si te descuidas, se esfumará igual de rápido que ha venido, y de repente nada que hacer. Nada obligatorio. Ni responsabilidades ni obligaciones. Y todo lo que frenaba tus impulsos de gastar una pasta en ese sueño largamente alimentado, de pronto desaparece. Así que te lanzas. A tu sueño. A hacer realidad alguna cosa pura y bonita, ya que no te dejan hacer tu labor eficaz y rutinaria de siempre. Alguna cosa pura y bonita como montar una editorial. Diseñar el logo para ese nombre con el que has fantaseado durante meses o años. Los colores. El espacio que ocupará en las portadas, en el lomo. El papel. Y luego los títulos, las traducciones, pedir favores a amigos y parientes filólogos o diseñadores o impresores, tan adictos a los sueños como tú, que retuitean, comparten, difunden, te traen pizzas y te sacan de cañas hasta las tantas cuando mandas el primer libro a imprenta. 

Vale, me estoy dejando llevar, pero hasta la última frase todo era una descripción casi exacta de lo que hicieron en 2013 los ex-libreros Daniel Álvarez y Laura Sandoval. Y tres años y una treintena de títulos después, su sueño se ha convertido en Hoja de Lata, una editorial fantástica a la que le tengo un cariño enorme. Me gustan los diseños de sus portadas, delicados, coloridos, con los marcos rojos para los autores y blancos para los títulos. Me gusta que escojan autores de procedencias impredecibles: Palestina, Argelia, Alemania, Italia, Rusia, y que no se arredren ante los desafíos de encontrar buenos traductores de idiomas menos habituales. Me gusta el tacto de sus libros, el papel de las portadas (al que yo quizá le quitaría el brillo del texto de las contras) y los márgenes interiores, cuya anchura deja una sensación de limpieza y claridad sólo igualable al placer de entrar a cocinar en una cocina reluciente. Y claro, me gustan los libros que publican. Me gustan a priori, cuando los recibo y les echo un vistazo rápido para ficharlos e ir pensando cuál quiero leer ya y cuál me iré dejando para más adelante.

Me gustan, por ejemplo, Una trilogía palestina, novela lírica y combativa de los años sesenta contra la ocupación israelí, y Choque de civilizaciones, una tragicomedia deliciosa sobre los problemas que puede causar la multiculturalidad en torno a un ascensor italiano. Me gustan por todo lo que conté en las reseñas para este blog, y porque yo también sueño con convertir un pasado laboral en un montoncito de dinero que a su vez haga realidad un sueño como este. De momento, son sólo sueños, conversaciones con P. durante nuestros paseos por el campo en las que damos vueltas a un nombre y a un proyecto como quien mira a su enamorada furtivamente y de muy lejos. Acariciando el momento. Sin prisa. Dando forma a una idea que cuando nazca, sea para quedarse. Una idea como la de Daniel y Laura. Pura y bonita. Que ya se ha quedado. 


lunes, 2 de mayo de 2016

CEROCEROCERO

Hay un río que corre bajo las grandes ciudades del mundo, un río que nace en Sudamérica, pasa por África y se ramifica hacia todas partes. Es un río blanco, invisible para los que nunca hemos buceado en sus adicciones. Es un río más poderoso que los movimientos migratorios y que las políticas económicas. Su corriente subterránea arrastra miles de millones de dólares manchados de sangre y ahoga en espirales de violencia y de locura a todo ser humano que osa adentrarse en sus aguas. Hay un río que corre bajo tu ciudad y bajo la mía, un río que no vemos, que apenas aparece en las noticias pero cuya corriente deja más miseria y más muertos que los tsunamis, las guerras y las políticas de austeridad. Es un río blanco, imparable, infinito. Es el río de la cocaína.

Hay historias sencillas que se dejan leer de cualquier manera y a cualquier distancia. Sentados en un banco de un parque al sol de primavera, escuchando música, comiendo pipas. O bien ovillados en el sofá, conteniendo el aliento a las tantas de la madrugada. Esta historia es difícil, pide ser leída de cerca, estrecha el vínculo con tu empatía o tu curiosidad y no te deja alejarte hasta una distancia de lectura confortable. Y es peligrosa esa cercanía, porque el contacto con lo que cuenta conlleva el riesgo de dejarse contaminar por la violencia, y volver a la vida cotidiana con sus civilizadas e inocuas costumbres puede producir extrañamiento. Saviano lo sabe, porque para él no es posible tomar distancia, mantener "una mirada límpida entre uno mismo y el objeto". No. Él toma partido. Se contamina. Desde las palabras, pero también desde los sentimientos, desde la obsesión por conocer más hechos, más horrores, de sumergirse cada vez más hondo en el río blanco que conecta la violencia con el éxtasis. 

Sumergirse, por ejemplo, en el dinero. Todo el mundo sabe lo que mueven los manejos financieros de los bancos. Tú compras un par de acciones de una empresa prometedora y, si tienes suerte, al cabo de un tiempo es posible que tu dinero haya reproducido. Si, por ejemplo, fuiste uno de los afortunados accionistas de Apple en 2012, visto como tus 1.000 euros tardarían poco más de un año en convertirse en 1.670. Un 67%. No está mal. "Pero si hubieras invertido 1.000 euros en coca a principios de 2012, un año después tendrías 182.000: ¡cien veces más que invirtiendo en el título bursátil récord del año!"

Y pensarás: pero eso sería ilegal, ¿cómo voy a invertir en coca? Y claro que es ilegal. Pero ya sabemos todos que las transacciones financieras se mueven siempre por los márgenes de la ley y se pasan al otro lado siempre que tienen ocasión. Los bancos, capaces de conseguir que los estados, es decir, en última instancia tú y yo y otros millones como nosotros, les regale miles de millones y que a cambio nos reduzcan el crédito o nos siembren las cuentas de comisiones, los bancos también se bañan en el río blanco. Y no sólo se bañan, se nutren de él. Colosos financieros como el Bank of America o el HSBC, con presencia en 85 países y sucursales en cada pueblecito de Gran Bretaña y Estados Unidos, son responsables de blanquear miles de millones de dólares del narcotráfico anualmente. En concreto, 352.000 millones, solamente en 2009. Esconden a sus clientes, dificultan las investigaciones, permiten los desvíos de capitales y consiguen que otros bancos más pequeños se mantengan a flote inyectando liquidez proveniente de los cárteles mexicanos. Claro que es ilegal invertir en coca. Pero los bancos lo hacen. Todos los días. Algunos con dinero público. Y para muchos, es su única forma de mantenerse a flote. 

Roberto Saviano

Investigar un infierno se convierte en un viaje sin retorno. Ya no vuelves. O vuelves con otros ojos. Más turbios. Más viejos. Cuando pasas años tras las huellas de los narcotraficantes acabas por ver las cosas de otra forma, "no ya en función de lo que son, sino de lo que estos podrían hacer con ellas. Ya no soy capaz de mirar un mapa del mundo sin ver rutas de transporte, estrategias de distribución. Ya no veo la belleza de una plaza en la ciudad, sino que me pregunto si puede ser una buena base para la venta al por menor. Ya no viajo en avión, sino que miro a mi alrededor y calculo cuántas mulas puede haber a bordo con el estómago cargado de bolitas de coca. Así razonan los capos del narcotráfico, y así he acabado por razonar también yo, tratando de entenderlos". Y aunque no merezca la pena renunciar a tu vida, a tus deseos de una minúscula y humilde felicidad, las palabras son el único antídoto contra la violencia. Para desactivar las amenazas de muerte, las palabras. Para alejar los fantasmas del río blanco, las palabras. 

A Saviano se le escucha porque sus palabras le han llevado a vivir amenazado de muerte. Diez años lleva así. Y los que le quedan por vivir. Y creo que merece la pena leer lo que escribe por muchas razones. Por ejemplo, porque existen mafias en el mundo que no quieren que hable, que están dispuestas a matarlo para que yo no sepa lo que él sabe, y comprar un libro suyo y leerlo se convierte así en un acto de resistencia y de rebeldía contra quienes quieren imponer la ley del miedo y la muerte. Y también, y sobre todo, porque tiene una capacidad asombrosa de análisis y una valentía que le llevan a hurgar en lugares donde nadie quiere hurgar y desvelar horrores que nadie quiere nombrar. Siento una admiración absoluta por este hombre. No querría estar en su piel por nada del mundo, pero compraré y leeré todos los libros y artículos que publique porque siempre, en cualquier situación, es un ejemplo de integridad y de fortaleza que no encuentro en nadie más.