jueves, 29 de octubre de 2015

TARDE EN LA LIBRERÍA: NO DEJARÍA NUNCA DE ESCRIBIRTE

A veces me paseo por la librería para mirar libros. Sí, para mirarlos. Para dejar de sacarlos de cajas, transportarlos, colocarlos, embutirlos en estanterías siempre escasas, querer que desaparezcan cuando no hay manera ni tetrix posible que los haga ocupar menos espacio del que ocupan y, pasado un tiempo, condenarlos al olvido de una esquina o a la devolución. Para mirarlos. Me paseo por la librería como si fuera un cliente cualquiera. Me paso al otro lado. Yo ya no soy yo, el chico que te atiende y te orienta (o simplemente te cobra), y me transformo en el amante de los libros que sois vosotros y que a mí no me da tiempo a ser en ciertas épocas locas y consumistas del año. 

Me paseo por la librería y me paro unos minutos con cada libro. Lo abro, me quedo con la esencia, con la primera impresión que me causa y que siempre es definitiva para saber si lo voy a leer o no. Y empiezo a hacer listas de deseos. Listas siempre inabarcables e imposibles, como todas las listas que nos hacen felices. Listas inmensas de muchas páginas de los libros que quiero leer. Y que luego, claro está, no leo. Porque no hay tiempo, porque me olvido, porque la pasión repentina que me ha hecho incluir un libro en mi lista de repente se marchita como una flor en otoño. Pero da igual, porque a veces lo importante no es leer ciertos libros, sino desear leerlos. Tocarlos, abrirlos, recorrer un párrafo o dos en diagonal, desear llevarlo a casa, bajo el brazo, desear tenerlo. Aunque se sepa que no se leerá nunca. 

Pasa lo mismo con muchos deseos: viajar a lugares inalcanzables, visitar a un actor admirado porque te mueres de ganas de convertirte en su amigo (o en lo que surja), aprender ruso para disfrutar de la cadencia de la prosa de Dostoyevsky. Qué placer soñar en condicional: qué haría yo al despertarme en la Isla de Pascua, qué café me tomaría con Peris-Mencheta, cómo reaccionaría mi gata a mis monólogos karamazovianos en ruso. Da igual no hacer nada de eso, porque el deseo de hacerlo es sólo nuestro, y nadie nos lo puede quitar. 

Hoy, en esta tarde tranquila en la librería, me he tropezado con un libro que ha ido directo a mi lista de libros que no leeré pero que deseo con todas mis fuerzas leer. Se titula "No dejaría nunca de escribirte" y se compone de un millar de cartas de amor escritas por Gabriele d'Annunzio a Barbara Leoni, cartas inflamadas y exaltadas que el poeta italiano escribió entre 1887 y 1892. Leo una, hojeo otra. Y sonrío: qué ingenuidad. Y luego: qué valor debieron de darles quienes las guardaran durante más de un siglo, con qué mimo las protegerían del marido celoso o de la vulnerabilidad de las mudanzas. Seguro que estas cartas se convirtieron en un tesoro que fue pasando de generación en generación hasta convertirse quizá en mito: el amor infinito y secreto de un poeta famoso por una mujer que, infeliz como él, buscaba una salida para su vida insatisfecha. 

Quienes amamos y escribimos cartas lo sabemos: qué placer y qué paz sentiría hoy d'Annunzio al saber que, más de un siglo después, aquella historia de amor truncada con Barbara Leoni ha sobrevivido plasmada en un millar de cartas gracias al cuidado y a la sensibilidad de una serie de personas que las juzgaron valiosas. 

Gabriele
d'Annunzio

domingo, 25 de octubre de 2015

¿PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA?

Yo nunca pienso en estas cosas. Quizá mi indiferencia respecto a la utilidad de la literatura se parezca a la de los religiosos respecto a la existencia de su dios: a ambos nos resulta una verdad demasiado evidente. Pero en la librería escucho con mucha frecuencia eso de "yo es que no leo novelas" y a veces me animo a abrir algún libro sobre la necesidad o la futilidad de la literatura para ver qué se cuece actualmente entre los estudiosos del tema. 

Esta tarde he estado un ratito leyendo este librito y, entre todos los argumentos que esgrime Compagnon para defender la utilidad de la literatura, me he encontrado con el siguiente: "La lectura de novelas sirve de iniciación moral en Occidente desde hace dos siglos. Fuente de inspiración, la literatura contribuye al desarrollo de nuestra personalidad, permite acceder a una experiencia sensible y a un conocimiento moral que sería difícil, incluso imposible, adquirir en los tratados de los filósofos. Contribuye, por lo tanto, de forma insustituible tanto a la ética práctica como a la ética especulativa."

Yo no sólo leo novelas para aprender, ni mucho menos. A veces pienso que las novelas que más me gustan son las que no me enseñan nada, o al menos nada que yo pueda verbalizar ni traducir en conceptos. Pero el argumento es válido, y en el fondo me gusta: leer novelas para aprender. Literatura como educación sentimental, más sutil, más indirecta, más indefinida y sin embargo, mucho más eficaz que cualquier tratado o ensayo que pretenda explícitamente enseñarnos algo. Aprender transversalmente, sin método, sin lecciones ni orden, sin doctrinas. Aprender porque nos encanta la novela o porque la aborrecemos. Aprender sin darnos cuenta de que aprendemos. Aprender mediante revelaciones íntimas e indefinibles todo eso que, novela tras novela, va definiendo las verdades individuales e intransferibles que nos hacen ser quienes somos.