miércoles, 29 de abril de 2015

TARDE EN LA LIBRERÍA: ELLA Y SU PAZ

Una clienta me habla de la paz que le producen las librerías. Pasear por sus pasillos, los ojos vagando sin rumbo de un título a otro, dejándose llevar por el azar de un color llamativo o la delgadez de un libro titulado "Todo lo que fuimos". (Sonrisas. Quizá ese todo no daba más de sí).
La paz que transmiten los libros es un comentario habitual así que asiento, complacido, como el que recibe un cumplido por su aspecto después de haberse puesto guapo a conciencia. 
Y hablamos.

Me dice: la paz no es sólo estar tranquila, en silencio, no es sólo el orden y la calma. Es..., bueno, es también el olor a papel, a madera, a cosas sólidas que perduran. 
(Pausa). 
Porque hoy todo parece que se estuviera yendo, ¿no crees?, todo efímero: las relaciones, los objetos, los proyectos, hasta..., hasta el optimismo (maldito país). 
(Pausa).
Sí, es la sensación de que aquí el tiempo pasa más lento, que aquí, con todos estos libros, el tiempo se ralentiza. 
Quizá sea una cuestión de movimiento, no sé. El mundo aquí dentro respira más despacio, ¿no te habías dado cuenta?

Pues sí, claro que me había dado cuenta. Pero me callo y pienso: venga, vamos, sigue hablando, así con todas esas pausas, sigue hablando un poquito más.

Sí, me gusta la paz de las librerías. Una sale después como distinta, habla más despacio, ¿sabes? 
(Pausa).
Sí, creo que al salir de aquí me pienso un poquito más lo que le cuento a la gente, al menos mientras me dura el efecto. Respiro mejor, o más..., más "antiguo". 
(Pausa).
Eh, eso es, ¿qué te parece? "Respiro más antiguo". 

Pues no sé qué me parece, pero me río porque antiguo es un piropo en la era digital y lo ha dicho con comillas y me encanta la gente que es capaz de hablar enfatizando sin esfuerzo y ella no lo sabe pero las metáforas me conquistan a la primera, y me río también porque no tiene ni idea de que acabo de decidir que voy a escribir sobre ella y su paz en mi librería. 


lunes, 27 de abril de 2015

LO CONTRARIO DE LA SOLEDAD

No tenemos una palabra que designe lo contrario de la soledad pero, si la hubiera, definiría lo que yo quiero en la vida.

Escritora, actriz y activista, Marina Keegan llevaba siempre consigo una libreta en la que no paraba de escribir las ideas que el mundo a su alrededor hacía germinar sin cesar en su cabeza. Entre otras cosas, llevaba una lista de "cosas de interés". Con 22 años había llenado 32 páginas A4 de cosas de interés.

Esto me hace pensar inmediatamente en gente que conozco o he conocido. Gente que encuentra la vida anodina y aburrida, que no sabe qué hacer cuando llega a casa del trabajo. Gente que prefiere el sofá de su salón durante un puente soleado a viajar con su pareja a una ciudad extranjera, gente que no se atreve con lo desconocido, que lo teme y acaba rechazándolo para proteger el previsible y confortable reducto de su ignorancia, gente que siempre encontrará un motivo para no dar un paso más, para no salirse de sus normas, para no atreverse con lo que podría escapar a su control. Gente que podría pasearse un día entero por su ciudad con una libreta y no tener absolutamente nada que apuntar en su lista de "cosas de interés".

Las cosas que interesaban a Marina Keegan eran de lo más variopintas: la elegancia de un camarero al mover las manos, el color o la forma de los ojos de un taxista, conductas extrañas de la gente por la calle o una forma original de expresar un sentimiento sacada de un anuncio publicitario en el metro. Instantes que, filtrados por su inteligencia y su sensibilidad, llenaban las horas de su vida de hechos extraordinarios y que luego ella usaba en sus relatos y artículos para definir su estilo y su voz.

Su voz. 
En la introducción, su profesora de Yale, Anne Fadiman, hace hincapié en esto. Marina Keegan poseía una voz propia. Lo normal es que con 21 años los estudiantes aún estén buscando su voz (muchos escritores se pasan la vida buscándola sin éxito). Para ello adoptan voces ajenas, tonos más maduros de escritores que admiran y que acaban bailando desmadejados en sus textos como una americana de talla XL sobre unos hombros escuálidos, o ese uso abusivo del yo, heredado de los diarios de adolescencia, con el que intentan ser sinceros y auténticos y que no pasa de ser una forma de evacuar su exceso de resentimiento hacia un mundo que creen que no les valora. Adoptan tonos ajenos porque se dan cuenta de que el propio es insuficiente.
Parece que Marina Keegan no. Marina Keegan tenía 21 años y sonaba exactamente a ella misma. A una chica joven, valiente y precisa que había entendido que había pocos temas más interesantes que la posibilidad de vivir su vida desde una mente joven, insegura, permanentemente asombrada, frustrada y esperanzada.

En la librería, que es un excelente escaparate de todo tipo de ejemplos de seres humanos, observo que a veces a una persona le falta una chispa, ser capaz de desprenderse de esa diminuta reticencia, para ser exactamente la persona que promete, la persona que, en realidad, es.
Me paso el tiempo buscando lo auténtico fuera de mí, en las películas, en los libros, en las personas, y pienso que lo auténtico debería ser aquello que nos pertenece y nos define, que no nos hemos traído de otras personas, que no se traduce en copias inevitablemente forzadas o que nos hemos apropiado con tal maestría que hemos convertido en nuestras por derecho propio.
Me encanta cuando alguien no me recuerda a nadie, cuando a la pregunta ¿a quién se parece tal persona? puedo responder: se parece increíblemente a sí misma.
Según cuentan, Marina Keegan se parecía a sí misma de una manera asombrosa.

Marina Keegan
En su discurso de graduación, texto con el que abre este libro, Marina Keegan realizó toda una declaración de intenciones. Es un manifiesto vital en el que no puedo no reconocerme. Y, al igual que al leer su lista de cosas de interés me vienen a la cabeza todas esas personas que dejarían sus hojas en blanco, al leer este discurso pienso en toda la gente que se lamenta de las oportunidades perdidas. Gente que al primer contratiempo se desanima o se hunde, que comete un error o la decepcionan o la hieren y piensa automáticamente que ya siempre cometerá el mismo error o la decepcionarán o la herirán en el mismo contexto. Pienso en la gente pasiva, sin iniciativa: los temerosos, los indecisos, los sumisos, los cobardes. 
En su discurso, Marina Keegan defendía que la idea de que es demasiado tarde para hacer cualquier cosa, lo que sea, resulta cómica. A sus compañeros de promoción les dice: somos jóvenes, somos tan jóvenes, que no tenemos derecho a tener miedo al futuro, ni a ignorarlo ni a pretender que no está ahí, esperándonos, al alcance de la mano.

Marina Keegan tenía muchos dones. Uno era el de escribir frases que brillan en la oscuridad y proyectan todo tipo de fantasías. Su relato "Leer en voz alta" comienza así: "Los lunes y miércoles a las cuatro y media, Anna se quita la ropa y lee para Sam." Francamente, da un poco igual saber quiénes son Anna y Sam y el porqué del ritual. Con un inicio como éste, casi ni hace falta seguir leyendo. Más bien lo que apetece es encontrar una Anna o un Sam a quien proponerle poner en práctica tan sugestivo juego. 

Sus textos, ya sean de ficción o de no-ficción, son un homenaje silencioso a los especiales. A los que se empeñan en dejar una huella en los demás mediante la imaginación y la sorpresa. A los que procuran por todos los medios perdurar en la memoria de alguien, aunque sea indirectamente y a largo plazo, como un libro escondido a la espera de que un recuerdo o una mano afortunada lo saque a la luz y lo rescate de las profundidades de una librería laberíntica.

Marina Keegan tenía talento. Y lo sabía. Quería ser querida, por quien era y por lo que era capaz de hacer. Quería reivindicar que formaba parte de los especiales. Y al mismo tiempo se avergonzaba de esta necesidad de reconocimiento. Porque, en el fondo, ¿qué somos? Hay tantísima gente en el mundo, tantísima gente, que considerar que merecemos un asiento en la clase VIP de los especiales es el colmo de la arrogancia. Y sin embargo, casi todo lo que hacemos por y para los demás tiene precisamente ese objetivo: sentirnos únicos y especiales a sus ojos. Nos esforzamos por crear cosas originales, por encontrar la palabra exacta y el regalo que dé en el centro de la emoción del destinatario para buscar atención, admiración y, en última instancia, afecto y amor. Para dejar huella. Porque si no, ¿qué hacemos aquí?

La escritura de Marina Keegan transmite una cercanía desarmante. Es transparente. Sus frases y los giros argumentales son cristales lisos a través de los cuales aparece ella, sin artificios. Leo su libro y tengo la impresión de saber quién es. No necesito buscarla por los laberintos de una prosa elaborada ni intuirla a través de una expresividad agobiante. No. Es ella misma, ahí, muy cerca, mirándome a los ojos justo detrás del cristal de sus palabras.

Es muy difícil, para un escritor, no esconderse detrás de sus palabras. Hay escritores maravillosos cuya literatura no desvela nunca quiénes son. Construyen obras sólidas y compactas, perfectamente coherentes, incluso desgarradoramente íntimas, que no dejan nunca ver a través de sus mecanismos literarios quién se oculta detrás. Quizá esté equivocado y Marina Keegan pensara que se escondía. Pero no me da esa sensación. Sus textos son sinceros, ingenuos, entusiastas. Tienen una voz inconfundible. Y aprecio en ellos ese raro don de la desnudez. Leyéndolos me siento como con esas personas, tan difíciles de encontrar, que te miran a los ojos desde el principio, sin mediar pactos ni confesiones ni interminables noches de amor, y te dicen lo que quieren y lo que sienten con la sinceridad vertiginosa de quien no se arredra ante el abismo de sus propias inseguridades.

Hay un artículo, "Estabilidad en movimiento", en el que habla de la relación de dos años que tuvo con un coche. Fue un regalo de su abuela y estuvo con él desde los dieciséis a los dieciocho. Y la verdad, podría haber estado hablándome de su marca de cereales favorita o de la relación de amor-odio con su lavavajillas, que la habría escuchado como he leído todo su libro: embobado y maravillado ante esa extraña capacidad para convertir algo aparentemente banal en una historia subyugante.
Marina Keegan es la persona que uno desearía tener siempre cerca, al otro lado de un ordenador o de unas cañas para aprender a transformar un concepto simplísimo en algo trenzado, complejo y a la vez hermoso.

No tenemos una palabra que designe lo contrario de la soledad, pero, si la hubiera, definiría lo que yo quiero en la vida. 

Marina pronunció su discurso de graduación el 21 de mayo de 2012.
Cinco días después murió en un accidente de coche.


jueves, 23 de abril de 2015

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

Ya está aquí, ya está aquí, ¡nuestro día!
¿Qué tendrá el día del libro?
Para los que no aman los libros, nada, imagino. Hoy será un jueves de abril como otro cualquiera. 
Pero para los demás, para nosotros que no podemos vivir sin ellos, ¿qué tendrá?
No es como el día de la madre o del padre, y ni mucho menos como el 14 de febrero. No celebra a una persona ni a un sentimiento. Celebra un hábito, una pasión, una fuente de placer y de conocimiento. 
Cuando la gente regala libros el día del libro, en el envoltorio está metiendo un mensaje de contrabando, un mensaje que dice: 
tú eres como yo, vives vidas que nadie conoce porque lees, sabes cosas que nadie más sabe porque lees, y da igual que otros lean los mismos libros que tú, nunca leerán exactamente la misma historia porque al mismo tiempo que tú lees un libro, el libro también te lee a ti, 
tú y yo somos de los que viven en los libros ese final glorioso para una pasión que nuestra vida nunca tuvo y también esa derrota inevitable que nos consuela de alguna decepción que hayamos sufrido, 
tú y yo sabemos que ciertas historias significan mucho más de lo que parecen, y a veces un personaje de novela es capaz de enseñarte cosas que nunca aprenderás de nadie que conozcas, 
tú y yo sabemos que los libros rompen fronteras y acortan distancias, desafían injusticias y siembran libertad, 
tú y yo sabemos que los libros pueden hacernos mejores personas y sacarnos a bailar y retorcernos la tristeza y besarnos en la boca, pueden hacer saltar el mundo en pedazos o colocar con delicadeza la pieza que siempre le faltó a nuestro puzle, 
tú y yo sabemos que los libros nos salvan, sí, de cualquier cosa, los libros nos salvan y regalarlos es la mejor forma de celebrarlo. 
¡Feliz día del libro!


miércoles, 22 de abril de 2015

LA MÚSICA DE LA MEMORIA

Xavier Güell, director de orquesta, utiliza sus grandes conocimientos para contarnos en primera persona el perfil de siete de los más grandes genios de la música clásica, sus pasiones, ambiciones, anhelos, amores, celos, fracasos, traiciones, su vida.

Beethoven conversa con Schubert, Schumann nos habla de su amor por Clara y su gran amistad por Brahms, que condicionó toda su vida para que nada le apartara de seguir componiendo, Liszt profundiza en las particulares situaciones que le llevaron a tener tres hijas ilegítimas con una aristócrata o su "vocación religiosa" tardía, Wagner enfrentándose a Liszt para defender su amor por la hija de éste, Cósima, y el terrible dolor de Mahler ante la pérdida de su pequeña hija, son algunas de las anécdotas, muchas desconocidas hasta ahora, que nos acercan a esos maravillosos músicos que sufrieron y amaron con intensidad reflejando en su música sus sentimientos más profundos.

No sólo tenemos el relato interesantísimo de estos siete grandes músicos y su entorno, también de lo que fue su música, con detalle de las formas musicales, conciertos, sinfonías, sonatas, óperas y artistas que participaron en ellas en escenarios donde tuvieron presencia a lo largo del siglo XIX y principios del XX, tiempo del Romanticismo.

Escuchar la música de estos compositores al tiempo que leemos sobre su vida nos acerca aún más a sus personalidades, los sentimos en nuestra presencia y participamos de sus vivencias. Un gran logro de Xavier Güell.

(Recomendado por Isabel)


lunes, 20 de abril de 2015

UN FILO DE LUZ

Me las leo todas. No puedo evitarlo. Sale una novela de Camilleri protagonizada por mi querido comisario Montalbano y dejo lo que esté leyendo para devorármela en dos tardes. Sé que dentro de dos meses ya no me acordaré de la trama, ni de quiénes eran las víctimas y cómo daban con el asesino. Pero es que en realidad no importa. No leo a Camilleri para descubrir ninguna verdad trascendental ni para ser más culto, más perspicaz o mejor persona. Leo a Camilleri porque sentarme con una novela suya es como salir de cañas con un colega. Pero no un colega cualquiera. Un colega íntimo, cercano, que conoces desde hace mucho. Un colega que, nada más llamarte para quedar, ya sabes que te va a hacer reír, que te va a contar cómo se ha vuelto enamorar perdidamente de una nueva femme fatale que lo ha traído loco un tiempo y que le ha dejado plantado por indeciso o a la que ha dejado él por cobarde, que te va a intrigar con sus aventuras y con quien siempre siempre siempre te lo vas a pasar bomba.

Buen tiempo, una terracita al sol, comida deliciosa y abundante, y esta novelita de Camilleri para disfrutar de una tarde libre de primavera. ¿Alguien me ofrece algo mejor?


sábado, 18 de abril de 2015

TARDE EN LA LIBRERÍA: LA ESTRELLA INVISIBLE

Leo un poema de Nathalie Handal, desde mi taburete-refugio detrás del mostrador, y luego otro, y otro, y otro más. Poemas errantes que recorren Latinoamérica con la sensualidad enigmática de esta poeta palestina. Y levanto la mirada del libro, abro bien los ojos y me esfuerzo mucho mucho porque tiene que aparecer, sí, no hay más remedio, es necesario, imperativo, urgentísimo, tiene que aparecer por la puerta esa persona sensible amante de la poesía y de los incontenibles seísmos internos, sí, sé que si miro la puerta muy muy concentrado y no me distraen el teléfono ni ningún niño-cliente-compra-bolis va a aparecer, sí, estoy convencido, va a aparecer, vas a aparecer, tú, sí, tú, entrando a rescatar este libro sin dueño de este mostrador frío de cristal para llevártelo a casa, para coger entre tus dedos cada poema y corregirle con un carmín alegre la sonrisa caída de su melancolía, porque hay libros que necesitan una mesilla de noche de la misma manera que ciertos labios exigen ser besados, así que sé que si me esfuerzo vas a aparecer, ¿verdad?, claro que sí, vas a aparecer, dime que sí, dime que sí.


MÚSICA ROTA

Tal vez cuando estés lista para la música
todos los instrumentos estén rotos,
tal vez cuando estés lista para la libertad
tu corazón ya no pueda latir,
tal vez cuando la locura crezca en tu interior
encuentres lo que debías haber visto,
tal vez si me muestras cómo implora el deseo,
si tocas una melodía en mi menor
el lento río de alas se revelará ante nosotros.

Pero tuvimos que llegar esto:
un violín roto,
el corazón, indescifrado,
una discusión con Jesús o Mahoma,
cuestiones de exilio. 

Ahora tu aliento es una melodía desafinada
cojeando alrededor del despertar de tu boca. 



ATLAS

Le regalé 
la única palabra que no pude guardar
la octava noche -
fue todo lo que conseguimos,
nunca habríamos imaginado
nuestros cuerpos unidos,
nuestras manos enlazadas,
unas sábanas blancas,
nuestros corazones bajo la tarde
albergando mapas que ambos
llevábamos dentro
como una sed incontrolable. 
Quién sabe lo que realmente imaginamos,
quién sabe si la poesía
tuvo que ver con todo eso.
Liberamos el amor 
en nuestro sueño
y no quisimos despertar
para no olvidar ya nunca
la profundidad en la que entramos. 


(La estrella invisible. Nathalie Handal)



Nathalie Handal


viernes, 17 de abril de 2015

EL SUEÑO DE CHOCOLATE

¿Hace cuánto tiempo que no te cuentan un cuento? Sí, te lo pregunto a ti. A ti, niño o niña disfrazada de persona mayor que está convencida de no tener ya tiempo para la imaginación. En serio, ¿cuánto tiempo? Y no esos cuentos aburridos para dormirse o esos otros de adultos que cuando se ponen a filosofar no hay quien los entienda. No. Un cuento de verdad. Con sus personajes imposibles, sus intrigas, sus aventuras sin fin y sus finales sorprendentes y reconfortantes. 

¿Hace cuánto tiempo que no te cuentan un cuento?
Pero no un cuento leído de cualquier manera, como si fuera una tonta redacción del colegio o una lista de la compra para una casa sin fiestas. No. Un cuento en el que cada personaje tenga su propia voz, con su entonación evocadora, inquietante o entusiasta según los giros que vaya dando la historia, con sus pausas dramáticas y sus gestos y sus risas inevitables al tratar de imitar ciertos sonidos de animales francamente inimitables. 
Ahora dime, ¿hace cuánto tiempo que no te cuentan un cuento bien contado?

Chocolate es un perrito que sueña con un hogar. Todos los días se asoma a una valla para ver a Sara, su casi amiga, la niña con la que se muere de ganas de jugar y con la que está convencido que sería el perro más feliz del planeta. Su olfato le dice que serán grandes amigos. Sólo falta que Sara lo quiera...

¿No estás deseando escuchar la voz de un perro llamado Chocolate con ganas de una amiga? ¿Y la de su amigo el pequeño picudo? ¿Y la de Sara cuando sale a investigar esos ruidos extraños que parecen nacer detrás de su valla?
¿No? ¿¿¿No???
Sííí, claro que sí, ya lo sabía yo.
Venga, ven, acércate, así, un poquito más, cierra tus oídos de siempre y abre los de la imaginación, ya verás qué historia más increíble voy a contarte. 

martes, 14 de abril de 2015

LA MÚSICA PARA CLARA

He disfrutado de este relato al tiempo que escuchaba esas melodías maravillosas de Schumann y Brahms, imaginando a Clara tocándolas en su piano con tanto amor como profesó a su marido y también a Brahms, que formó parte de su familia y que amó a Clara, supuestamente de forma platónica y con una gran generosidad.

Esta apasionante historia se merece una gran película. A medida que iba leyendo, las imágenes cobraban vida de tal forma que cuando terminé su lectura me sentí huérfana de esa familia con siete hijos, de los cuales murieron cuatro antes que su madre, una gran tragedia después de haber perdido también a su marido en una situación de trastorno mental. Pero el piano siempre estaba ahí para consolarla de tantas dificultades. Clara Schumann fue la mejor concertista de piano de su época y triunfó desde su infancia: desde su primer concierto, con nueve años, ya nunca abandonaría su vocación.

Fue una mujer fuerte y valiente, el ancla de su marido, aunque necesitaba el reconocimiento de la gente para colmar una gran soledad interior. Tuvo la responsabilidad de sacar adelante a sus hijos sola, con grandes dificultades económicas que solventó gracias al intenso trabajo de viajar continuamente por toda Europa dando conciertos.

La autora Elizabeth Subercaseaux, chilena, es tataranieta de los Schumann y ese vínculo familiar se refleja en el amor que ha puesto en esta novela, en la búsqueda de documentos por todo el mundo, biografías, cartas, diarios, partituras, visitando las innumerables casas donde habitaron los Schumann. Ha conseguido estar tan cerca de ellos que, como dice, a veces cree verlos en persona, escucharlos hablar, sentir cuando abre su piano la presencia de Robert a su lado y a Clara apuntando el teclado, enseñándole lo que su padre le enseñó a ella. Este relato tiene la musicalidad que envuelve todos los extraordinarios acontecimientos que rodearon las vidas intensas y a veces atormentadas de músicos como Chopin, Mendelssohn, Liszt, y nos descubre el alma de los tres protagonistas: Clara, Robert y Johannes Brahms.

Resuenan melodías como la danza húngara nº 5 o la Tercera Sonata de Brahms, el Concierto para piano y orquesta o la Sonata nº 2 de Schumann, regalos para el alma.

(Recomendado por Isabel)




lunes, 13 de abril de 2015

IN MEMORIAM EDUARDO GALEANO


Un salón en penumbra. Silencio.
Una burbuja de añoranza por el amor ausente.
Y una música en voz baja para recordarte, Galeano.

Hoy el fuego que soy arde desgarrado,
la risa se esconde en el lugar que dejas,
ese vacío de palabras que conjugaban la esperanza.

Hoy la música que soy arde más oscura
pero en mi despedida no cabe la derrota,
sólo el fuego, y estas notas fundiéndose
en la tenaz dulzura con la que te recuerdo, Galeano.


DE PRONTO, MI CUERPO

"El cuerpo de una madre contra el cuerpo de un bebé crea un lugar. Te hace saber que estás aquí. Sin este cuerpo contra tu cuerpo no existe ese lugar. 
Envidio a la gente que echa de menos a su madre. O que echa de menos un lugar o conoce algo llamado hogar. 
La ausencia de un cuerpo contra mi cuerpo creó un hueco, un agujero, un hambre. 
Esta hambre determinó mi vida."

Ante un arranque de libro como éste, no sólo supe que quería leerlo ya, en cuanto cerrara la librería aquel mismo día en que lo recibí, sino que me habría gustado escribirlo yo y también ser el hueco y el lugar y el hogar del que habla.

Eve Ensler es conocida por sus "Monólogos de la vagina", obra teatral humorística y reivindicativa representada en todo el mundo que consiguió un éxito espectacular a finales de los años noventa y que hoy en día aún se sigue representando para recaudar fondos en ayuda de programas contra la violencia de género. Se inspiró en las víctimas de abusos y violaciones, en su propia experiencia como niña violada por su padre, en su temprana desconexión con su propio cuerpo para protegerse del sufrimiento y en la necesidad de poder hablar del cuerpo femenino para entenderlo, protegerlo y respetarlo. 

Para intentar comprender su propio sufrimiento, cruzó la tierra buscando el dolor de las mujeres. Viajando en aviones, trenes y jeeps, estuvo en Jalalabad, Sarajevo, Alabama, Puerto Príncipe, Peshawar. Recorrió "campos de refugiados, edificios quemados, patios traseros, habitaciones oscuras donde las mujeres susurraban sus historias a la luz de una linterna. Las mujeres me enseñaron los latigazos en sus tobillos y sus caras derretidas, las cicatrices que habían dejado en sus cuerpos los cuchillos y los cigarrillos encendidos. Algunas ya no podían andar o practicar el sexo. Algunas se apagaban y desaparecían. Otras se convertían en máquinas aceleradas como yo."

Y entonces, llegó al Congo. Y todas las atrocidades escuchadas, todas las historias que llenaban su interior hasta desbordarla de terror quedaron eclipsadas por lo que se encontró. Cosas que no voy a escribir aquí. Que ella cuenta en este libro un poco de puntillas. Con cierto pudor. Cosas que queman demasiado para restregarlas por las palabras a la ligera. 
Y decidió quedarse.

Desde 2007 su vida ha estado ligada al Congo, un país donde los hombres han violado a su tierra, a sus minerales y a sus mujeres. Trece años de guerra, ocho millones de muertos. Cientos de miles de mujeres violadas. E indiferencia mundial. 
Un país en el que ella ha impulsado un centro de mujeres llamado la Ciudad de la Alegría donde todo tiene que poder ser posible de nuevo. Una "flor de loto que surja del fango". 
Allí estaba cuando le diagnosticaron un cáncer uterino que la llevó de vuelta a Estados Unidos para someterse a un tratamiento feroz que casi acaba con ella. 
Este libro es el relato de su enfermedad. De cómo el cáncer la obligó a tomar conciencia de su propio cuerpo, de su propio dolor. Y de cómo borró la distancia y unió su propia enfermedad a la devastación de la tierra, su fuerza vital a la resistencia de todas las mujeres que no se rinden. 

El cáncer casi acaba con ella. Pero no, aquí sigue. 
Eve Ensler sigue aquí. 
En un lugar llamado la Ciudad de la Alegría donde existe siempre una mano abierta, un cuerpo contra tu cuerpo para llenar los huecos, los vacíos y el hambre.

Eve Ensler

sábado, 11 de abril de 2015

LA SOLITARIA PASIÓN DE JUDITH HEARNE

La señorita Hearne no conoce el amor y vive recluida en habitaciones alquiladas, entregada a sus ensoñaciones. A lo largo de su vida, todos los hombres se han apartado instintivamente de su lado, ocultando el desagrado, y ella trata de protegerse de la piedad ajena escondiendo su ferviente deseo de encontrar a alguien que llene el vacío de sus días y no desaparezca. Tiene pocos amigos. Los domingos visita a una familia que conoce hace mucho tiempo y, lo que para ella es el gran acontecimiento social de la semana, para ellos es poco más que una obra de caridad. Sometida a los prejuicios y aprensiones de una educación temerosa de Dios, confinada en una ciudad triste y casi inmóvil, lo que poca gente sabe es que Judith tiene una vida secreta. 

Ambientada en Belfast en los años cincuenta, La solitaria pasión de Judith Hearne es una novela sobre el aislamiento social. Sobre la profunda soledad que genera mendigos de ternura, de migajas de afecto. Llegado un momento, a Judith cualquier persona le valdría. Una amiga de verdad, un hombre que pudiera quererla, de manera sencilla. Una presencia silenciosa, con un corazón latiendo en la oscuridad, junto al suyo. Llegado un momento, cualquiera que le dedique una palabra amable, que quiera conversar un rato con ella, que la acompañe del brazo a la iglesia, cualquiera es un príncipe. Porque Judith ya no puede vivir de esperanzas.
De tanto soñar despierta y aferrarse a sus ensoñaciones, ve amor en cada hombre que le sonríe con amabilidad. Y corre y corre detrás de sus esperanzas pero estas están cada día un poco más lejos, siempre fuera de su alcance, desvaneciéndose entre sus dedos. Intenta refugiarse en las oraciones pero ni siquiera en el recogimiento sombrío de la religión encuentra consuelo. Y una noche especialmente solitaria se va a dormir al hotel Plaza, el mejor de Belfast, para vivir aunque sea sólo una vez el esplendor de esa vida soñada que siempre se le escapa. Pero ¿para qué sirve la belleza si no se tiene a nadie a quién mostrársela? ¿Qué sentido tiene el placer, sin nadie con quien compartirlo?

La solitaria pasión de Judith Hearne es una novela turbadora, elegante y descarnada sobre los estragos que puede causar la soledad en una mujer débil y honesta que esconde en lo más profundo de su inocencia, como la mayoría de nosotros, una inconfesable y abrumadora necesidad de afecto.



jueves, 9 de abril de 2015

UNA MADRE

Este es un libro maravilloso para disfrutar, para regalar y si es para una madre, ¡todavía mucho mejor! El regalo perfecto para el próximo Día de la Madre o para cualquier otro día.

La voz narradora de Fernando, uno de los tres hijos de Amalia, nos lleva a la risa, a la emoción, a la ternura e incluso a las lágrimas emocionadas de las últimas páginas, llenas de profundidad, adentrándonos en ese personaje ingenuo, lúdico, entrañable, valiente y con una pizca de locura que es su madre.

En una Nochevieja intensa en la casa familiar de Barcelona, se reúnen el  tío Eduardo, un tipo divertido y excéntrico, Emma, que ha encontrado la felicidad al lado de Olga, dejando su trabajo y poniendo en marcha una casa rural, donde pronto será madre, y Silvia, la superpulcra que acaba de quedarse sin pareja y sin trabajo en una multinacional farmacéutica.

La noche se llena de secretos y mentiras, de muchas risas y confesiones, con la evocación de la abuela Ester que preside la memoria de Fernando y Amalia. Aunque ya se fue, su recuerdo sigue presente, sobre todo a través de la libreta donde apuntaba los porqués de toda una vida y demostraba su incansable curiosidad, porque como ella decía, "siempre nos queda el derecho de querer saber".

Un cartel luminoso, junto al puerto de Barcelona, ilumina el pequeño apartamento de Fernando, sugiriéndole muchos pensamientos. El lema original rezaba "Calma con Almax", pero pronto fue reduciéndose al apagarse una letra tras otra, quedándose en "MAMA". 

Y esa madre, Amalia, ha empezado a ser feliz después de cincuenta años de matrimonio, cuando su marido la ha dejado. Por fin ya no tiene que disimular, que esconderse, que dejar de ser ella misma, y descubre el valor de la libertad. Su amiga Ingrid, amante de las terapias alternativas, es la amistad en la que se siente apoyada, con infinitos planes de futuro, siempre con la bondad algo trasnochada de las madres solidarias.

Un placer que solo las buenas lecturas nos proporcionan. 
Gracias, Alejandro Palomas, por esas 240 páginas que tan cortas se me han hecho. Seguiré leyéndote.

(Recomendado por Isabel)


martes, 7 de abril de 2015

TARDE EN LA LIBRERÍA: AMAR LA HERIDA

Después del habitual ajetreo de las mañanas (abrir cajas, puntear libros, afrontar valientemente una bandeja de correo siempre exuberante), las tardes de los libreros suelen ser relativamente tranquilas. Nos da tiempo a ver qué ha llegado, qué novedades se salvan del aburrimiento y cómo colocamos los libros que más nos gustan en primera fila esperando secretamente que alguien no pueda resistirse a los clamorosos guiños seductores que desprenden sus portadas. Si la librería fuera nuestro cuerpo, digamos que dedicamos las tardes a ponernos guapos, a atusarnos el pelo y recolocar las pilas que no pueden estar ya más perfectas y preciosas a la espera de nuestro pretendiente.

Y para rematar la faena, en las horas más tranquilas, cuando los clientes llegan con la parsimonia y la sorpresa de las olas en un perfecto mar en calma, a veces cogemos un libro sugerente, nos sentamos cómodamente tras el mostrador y nos ponemos a leer. Leer como una actitud casi filosófica, una forma de estar donde uno debe estar, es decir, metido hasta el cuello en su historia. Leer como una voluntad de contagiar las ganas, de dar envidia por este trabajo tan bonito en el que podemos utilizar la lectura como reclamo, como placer y como arma de introspección masiva.

En función de qué libro estés leyendo, los clientes te mirarán de una forma u otra. La manera más eficaz para que me miren un poco raro es coger un libro de poesía. De poesía de autora desconocida, a ser posible. Con una portada sugerente como esta. Que me miren raro y con envidia. Y hasta con un miedito teñido de deseo. Con esa mirada que dice estoy dudando entre pedirte el teléfono y esperarte a la salida o huir de aquí como alma que lleva el diablo. 

El libro de poesía de autora joven y desconocida que tengo entre manos en esta tarde de mar en calma se llama Amar la herida. Y golpea. Y me mira con miedito teñido de deseo y no tengo ninguna, pero ninguna duda, de que a pesar de todas sus posibles e inútiles dudas, me estará esperando a la salida.

Pensando en el título del libro, se me ocurre que a nadie le gustan de verdad sus heridas. A nadie saludable que aspire a algún tipo de felicidad, quiero creer. Nadie querría tenerlas pero, desgraciadamente, nadie se salva. Todos presentamos al mundo y a los demás una serie de heridas camufladas bajo un envoltorio educado y cordial. Hasta bonito y atractivo, si nos ponemos. Pero lo que nos define quizá no sea la cantidad de heridas que llevamos dentro sino la relación que logremos mantener con ellas.
Algunos las ignoran. Otros niegan su existencia. Los más las sufren en silencio cuando no queda más remedio, sin atreverse a mirarlas de frente. Y otros, muy pocos, se arriesgan a cuidarlas para tratar de curarlas haciéndoles caso. Hablando de ellas. Buscándoles ejércitos de palabras que las definan y las protejan. Escribiendo sobre ellas. Desnudándolas aunque duelan.
Aunque parezca que de esta manera sólo consiguen abrirlas más, algunos, los menos, se atreven a amar sus heridas para curarlas. Para que la cicatriz quede bella y no olvide. Y nunca se reabra.



A LA TIERRA TIERRA

dice que no sabe
Alejandra Pizarnik

Yo no nos pretendía así, Alejandra,
perdidas como vos
en la noche en la concha en la palabra.

Yo no pretendía
el dolor el miedo
pero sobre todo
yo no pretendía
el amor, bien lo sabes.
No quería
tu genio, no quería
este quemar en el pecho.

Yo no pretendía
escribir pero escribo sobre 
los que escriben sobre
la Muerte. La Muerte que
tontea con los hombres-poetas
porque le cantan bellos versos
al oído. Les dice -a ellos- que son 
siempre el mejor jugando al juego
de letras encadenadas. Que 
les ensalzaré, que bordará
en la historia sus nombres. Que
los convertirá en eternos.

A casi todos les miente. 

A ellas no, a ellas no puede. Ellas,
las mujeres-poetas que escriben sobre 
la Muerte, son menos porque
a las mujeres que escriben sobre
la Muerte siempre las encierran.
A ellas les dicen
que las sanarán, les dicen
que la tristeza se cura, les dicen
que el quemar en el pecho
que las clavículas rotas
que los pedazos de invierno
no son más que un error en la 
dosis de los fármacos. A ellas, 
las mujeres que escriben sobre
la Muerte, siempre las entierran. A ellas no.

A ellos les besa en los dedos, les promete
que todo papel impreso 
llevará sus nombres.

A ellas las besa en la boca, las arrastra.
A ellas les dicen locas
y entonces
la Muerte se ríe un poco, pero
sus textos sí los guarda de veras porque
también la Muerte ha sido
una mujer
escribiendo
sobre la Muerte.

Ahora preferiría echar
a la tierra tierra
a la tierra cuerpo
a la tierra manos de poeta.

Alguien
debió explicarme
que el amor es miedo es muerte
que el amor es muerte es miedo.

Yo no nos pretendía así, Alejandra.
Yo no quería querer
yo no quería locura
yo no quería 
escribir escribir escribir
                                       sobre la Muerte. 



(Del libro Amar la herida, de Carmen Juan)




viernes, 3 de abril de 2015

MR. MERCEDES

Leer conteniendo el aliento.
Leer agarrado al libro como si se fuera a escapar corriendo antes de desvelarte el final.
Leer durante horas, olvidándote de los pinchazos de tu vejiga llena, de los rugidos de tu estómago vacío cuando pasa la hora de comer, de las llamadas al móvil que silencias casi molesto (¿que yo he quedado con quién?) cuando pasa la hora de quedar.
Leer como si te deslizaras a toda velocidad y en completo silencio por una pista de esquí desierta, larguísima y perfecta.
Leer como si le hicieras el amor a esa idea de persona que siempre tuviste en la cabeza y que en la vida real no existe (o eso dicen los que aún no la han encontrado).
Leer hasta que dejas de distinguir entre la vida real y el mundo imaginario que sale del libro como un encantamiento y que parece más probable que cualquier burda realidad.
Leer a toda velocidad sin distinguir ya las palabras, volando por sus significados sin pararte en ellos a menos que sean demasiado maravillosos como para pasarlos por alto. 
Leer eufórico hasta quedar agotado por el viaje y tener la sensación en la garganta de que has estado gritando de emoción todo el tiempo y que debes de estar afónico y que no sabes cómo le vas a hablar mañana a la primera persona de carne y hueso que se te ponga delante después de haber visto y oído y sentido todo lo que has visto, oído y sentido. 
Leer, leer, leer, como si no hubiera un mañana. 
Porque en el libro, que ahora es tu vida, quizá no lo haya. 

"Todos los preceptos morales son engañosos. Incluso las estrellas son un espejismo. La verdad es la oscuridad y lo único que importa es hacer una declaración de intenciones antes de entrar en ella. Abrir un corte en la piel del mundo y dejar una cicatriz. A eso se reduce la historia, al fin y al cabo: a tejido cicatricial." 

Así piensa el asesino de este libro. 
Y el bueno de Stephen, aunque no pretende matar a nadie (que yo sepa), también deja una cicatriz. Vaya si la deja.