viernes, 28 de febrero de 2014

EL PESO DE LA RESPONSABILIDAD

La editorial Taurus acaba de traducir un ensayo de Tony Judt de 1998 titulado El peso de la responsabilidad. Está dividido en tres partes, dedicadas a tres intelectuales franceses del siglo XX que, de una forma u otra, combatieron el radicalismo político y la homogeneidad ideológica de su tiempo en defensa de una responsabilidad moral, intelectual y política, necesaria para la convivencia y la paz social. Los intelectuales elegidos por Judt son Léon Blum, Albert Camus y Raymond Aron. Sus vidas abarcan temporalmente todo el siglo XX y, a pesar de sus evidentes diferencias, comparten un compromiso con la sociedad que les tocó vivir y una inquebrantable resistencia contra cualquier tipo de dogmatismo o conformismo político. 

Léon Blum fue el líder moral del socialismo francés desde 1920 hasta 1940. Tres años después de la Revolución Rusa, tuvo la clarividencia necesaria para denunciar los abusos del leninismo y desmarcarse de la influencia creciente del recién fundado partido comunista francés. Partido que, debido a su dependencia de Moscú, no dudó en calificar como "partido nacionalista extranjero", lo que le valió un aluvión de reproches y odios que le acompañaron durante toda su carrera política. En una declaración muy significativa y muy valiente, Blum distinguía a los comunistas de los socialistas de la siguiente manera:
Léon Blum
"Por primera vez en la historia del socialismo estáis pensando en el terrorismo no simplemente como un recurso final, no como una medida extrema de seguridad pública impuesta a la resistencia burguesa, no como una necesidad vital para la revolución, sino como un medio de gobierno. Es eso, ese énfasis en el terror dictatorial, en el modelo ruso como una cuadrícula aplicable, quiérase o no, a Francia, junto a lo que supone de obediencia esclavizada e incuestionable a Moscú, lo que os diferencia, y siempre os diferenciará, de nosotros."
A la general antipatía que despertaba su independencia ideológica con la izquierda radical, se sumó su condición de judío, en un clima de profundo antisemitismo: aquel "respetable" antisemitismo francés de los años 30, endémico a la vida francesa, tan extendido e interiorizado por amplios sectores de la población, incluida la judía. Fue la cabeza del gobierno del Frente Popular en 1936, odiado por la derecha, que asociaba su condición judía con elitismo cultural y una amenaza de revolución social, y considerado el "enemigo número uno" por los comunistas. Fue denigrado, agredido, insultado, acusado de pederasta, lascivo, afeminado, rata, andrógino, simiesco, mujer histérica, y un sinfín de epítetos a cada cual más imaginativo. Fue el político que introdujo en Francia por primera vez las vacaciones anuales pagadas y a la vez el hombre más odiado del país. Él se sentía integrado, como francés y como judío. No veía contradicciones en sus identidades, pero sí reivindicaba la necesidad de su neutralidad, de su no afiliación a una ideología agresiva ni cómoda. Reivindicaba la distancia necesaria para no perder la perspectiva política ni dejarse llevar por la pasión revolucionaria. Esa no pertenencia a una idea, a una ideología, le situó en una posición difícil en numerosas ocasiones, por ejemplo, en su no intervención en la Guerra Civil Española o en su denuncia del régimen de Vichy. No fue un político especialmente exitoso, fracasó en el Frente Popular y fracasó al elegir reprimir sus instintos morales cuando estos entraban en contradicción con su deber con su partido. Pero tuvo la entereza de no dejarse arrastrar por los odios ideológicos y racistas de su época y combatirlos con tesón y un profundo sentido de su responsabilidad como hombre público. 

En palabras de Hannah Arendt, Albert Camus fue durante años "el mejor hombre de Francia, muy por encima del resto de intelectuales". Premio Nobel de Literatura en 1957, es sin duda el más conocido de los tres retratados en este libro. Participó activamente en la Resistencia durante la ocupación alemana y, en los primeros años de la posguerra, sus columnas periodísticas ejercieron una enorme influencia en la sociedad francesa, por lo que tenían de intersección entre literatura, pensamiento y compromiso político. Renegó de la justificación histórica de la violencia, remontándose a la Revolución Francesa y cualquier legitimación del terror para lograr un fin social. Esto le llevó inevitablemente a denunciar el comunismo como ideología y como forma de gobierno, en una época en que los partidos comunistas de Europa Occidental habían salido moralmente reforzados por su compromiso contra los nazis en la Resistencia y eran observados, si no con simpatía, sí con respeto por gran parte de la opinión pública.
Albert Camus

Al igual que Léon Blum, siempre estuvo en contra de cualquier afiliación política, y esta forma de desmarcarse de las ideologías radicalizadas de su época le convirtió, para una mayoría de su público y sus colegas, en un personaje decepcionante. Le criticaron la "falta de mensaje" de su obra literaria. Una de las críticas más virulentas fue la de Simone de Beauvoir, que consideró La peste una obra políticamente irresponsable al no asignar una lección, una enseñanza o una denuncia a los elementos que la componen. La vida intelectual francesa en los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial fue furiosamente absorbida por las pasiones políticas y casi nadie comprendió que Albert Camus pudiera escribir una obra como La peste sin establecer un paralelismo claro entre epidemia y culpa, entre victoria y dogma filosófico. Pero Camus veía más allá de las dos opciones por entonces admisibles por la población bajo la ocupación, veía una gama infinita de grises entre el negro de la colaboración y el blanco de la Resistencia. Etiquetar las decisiones de la gente sin tener en cuenta la complejidad del contexto y las situaciones extremas en las que se encontraban, es un ejercicio simplificador y empobrecedor. Y en muchos casos, peligroso. Un ejemplo fue la negativa de Camus de apoyar las purgas judiciales contra colaboradores del régimen de Vichy en 1945 y 1946. ¿Se puede castigar a un hombre por hablar bajo tortura? ¿Se puede condenar a un hombre a la muerte por sus opiniones, aunque sean nauseabundas? ¿Dónde termina la "purificación" y empieza el terror? Su crítica de los intolerables excesos de la posguerra y su insistencia en que la división entre héroes y traidores es casi siempre ilusoria, le valieron la pérdida de la confianza y del favor del público y un recelo permanente por parte de los intelectuales. Contra la pena capital, argumentó que en este mundo sólo es posible una aproximación a la justicia y nadie puede matar por una aproximación. En una época en la que los intelectuales se esforzaban por tener algo que decir sobre todas las cosas, reduciendo su complejidad a su punto de vista, a menudo Camus no compartía ninguna opinión y prefería quedarse en silencio. Nunca estaba convencido de tener razón, decía que "si existiera un partido de los que no están seguros de tener razón, [él] estaría en él". En este sentido, defendía una ética de la responsabilidad frente a una ética de la convicción. La duda como herramienta necesaria para distanciarse de los extremismos políticos y poder establecer los valores morales necesarios para combatir la violencia y las derivas totalitarias de cualquier tipo.


Raymond Aron fue un intelectual liberal y moderado con una clara influencia como pensador opuesto al romanticismo radical de Sartre. Al igual que Blum y Camus, Aron se consideraba un socialista profundamente anticomunista, en un mundo, y más concretamente un país, Francia, donde tales distinciones eran eminentemente sospechosas. También compartía con ellos una posición al margen de las corrientes ideológicas y de las pasiones políticas que le permitía erigirse en un juez moral imparcial cuyas opiniones eran recibidas con un respeto, e incluso una admiración, nunca exentas de cierta desconfianza. Aron fue a menudo acusado de frialdad, de "claridad helada" en sus opiniones, de no tener en cuenta la visceralidad de los asuntos políticos, como por ejemplo la íntima tragedia de ciertos conflictos, como la guerra de Argelia. Pero no era un observador desapasionado de la realidad. Como él dijo, "uno no puede limitarse al papel de observador de los disparates y desastres de la humanidad". Su compromiso era con la razón, con la capacidad intelectual de comprender el mundo para poder cambiarlo. Y criticaba la tendencia de sus coetáneos de saltarse la comprensión y el cambio de la realidad para ir directamente a su denuncia. Atacar "el mal" es siempre fácil, comprenderlo para poder cambiarlo implica un grado de incomodidad difícil de aguantar. Y contra la polaridad tan cómoda, tan ideológica entre los conceptos de bien y mal, escribió: "la nuestra nunca es una batalla entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable." De nuevo, como Camus, Aron se atrevió a bucear en los infinitos tonos de gris de la condición humana, tan poco etiquetables y tan difíciles de digerir.

Raymond Aron

Léon Blum, Albert Camus y Raymond Aron compartieron un punto de vista de la responsabilidad moral totalmente opuesto a la visión dogmática dominante de la izquierda. Desafiaron doctrinas, ideologías e interpretaciones históricas del presente para denunciar los excesos del fervor político y la instrumentalización del terror que siempre conllevan las mareas revolucionarias. Y los tres pusieron un celo especial en denunciar la falta de integridad e independencia de políticos e intelectuales y en luchar por mantener una responsabilidad moral en un mundo azotado por el servilismo y la complacencia ideológica. Su lucha es universal, en cuanto que se ha repetido, en una lamentable desigualdad, a lo largo de la historia política. Y hoy en día, sólo basta con abrir un poco los ojos a la realidad de cualquier país, y en especial el nuestro, para darse cuenta de la vigencia e importancia de su clarividencia y su necesidad.

Tony Judt

miércoles, 19 de febrero de 2014

SOL TROPICAL DE LA LIBERTAD

¡Qué suerte encontrar siempre sorpresas en la literatura! Descubrir que, por muchos años que una viva y lea, siempre va a encontrarse con los testimonios de otras gentes que han vivido otras vidas diferentes a las nuestras y han sido capaces de trasmitirlas con la belleza de sus palabras. Es la impresión que me ha causado el libro de Ana María Machado, Sol tropical de la libertad, que nos cuenta en primera persona la experiencia de vivir una dictadura como la brasileña de los años 60, de la que se ha hablado mucho menos que de la argentina, chilena o española. Quizá por el carácter suave de los brasileños, por ese clima exuberante y esos paisajes espectaculares de su capital que envuelven de forma protectora la realidad menos bella de la pobreza que todavía persiste a pesar de los avances.

En esta novela, Ana María Machado, pintora, periodista y profesora universitaria, traducida en 18 países, miembro de la Academia Brasileña de las Letras, ha recreado la experiencia de Lena, una intelectual que, a través de su hermano revolucionario enfrentado a la dictadura, nos hace vivir la rebeldía de una juventud luchadora en una familia de clase media.

El exilio en París, un matrimonio feliz que se agrieta, las dificultades con otros exiliados políticos, la enfermedad neurológica que subyace y los recuerdos infantiles con su abuelo, nos ofrecen un final poético que nos deja la emoción de haber disfrutado una espléndida novela de casi 400 páginas para leer suavemente, para poder madurar, que en definitiva es uno de los logros de la buena literatura: hacernos pensar y formar nuestro criterio con el que podemos afrontar la vida.

viernes, 14 de febrero de 2014

RITUALES COTIDIANOS. CÓMO TRABAJAN LOS ARTISTAS

Este libro, recién publicado, reúne anécdotas de más de ciento sesenta artistas respecto a cómo organizan su tiempo para crear. A qué hora se levantan, qué momento del día es el más propicio para la inspiración, qué comen (si comen), cuántas horas seguidas necesitan: los rituales cotidianos de los que surgen las obras maestras del arte universal.
Uno tiende a pensar que los artistas llevan una vida bohemia, son trasnochadores, juerguistas, impulsivos y desordenados. Que su inspiración es una fiera que les gobierna y ante la que sacrifican cualquier tipo de planificación o compromiso social. Pues no. Después de leer este libro, me doy cuenta de que la gran mayoría de los artistas son gente que prefiere un horario fijo, una rutina, para ser productivos. Eligen un patrón horario estricto y controlan el tiempo de un modo obsesivo. Quizá para tratar de racionalizar sus demonios ("soy como un médico en la sala de urgencias y la urgencia soy yo") o simplemente como una forma de entender la producción artística como un trabajo meticuloso que exige sus rutinas. Como ejemplo, la cita de Flaubert que William Styron tenía pegada a la pared de su estudio: "Sé monótono y ordenado en tu vida como un burgués para que puedas ser violento y original en tu obra".

miércoles, 12 de febrero de 2014

EPITAFIO PARA UN ESPÍA

Si exceptuamos la novela romántica, no creo que haya ningún género literario que produzca obras tan efímeras como la novela de espías. Se publican miles de ellas cada año y duran en las librerías y en la mente de quien las lee medio suspiro. Todos ansiamos que alguien de nuestra elección nos venere, por eso leemos novelas románticas. Y todos queremos descubrir los secretos de personas fascinantes, por eso leemos novelas de espías. Y, además de descubrirlos, nos encanta tener poder sobre ellos. Nos encanta la fascinación de los hombres enigmáticos, las gabardinas oscuras, los cigarrillos que iluminan una cara durante una fracción de segundo, la seducción desplegada con virtuosismo en la ironía de una sola sonrisa, el peligro constante, el doble sentido en cada palabra, lo oculto en cada intención. Nos encantan las persecuciones, la repercusión trágica de un mensaje deslizado por una mano invisible debajo de una servilleta, las maletas llenas de dinero y de pasaportes falsos, la adrenalina de adoptar una personalidad distinta en cada país, en cada estación de tren, con cada confidente o policía o amante. 
Así que cojo Epitafio para un espía, me arrellano en el sofá y me preparo para un suspense eléctrico y desechable. ¡Emoción barata y a dormir!

Pues no. Nada de eso. Resulta que el héroe es prácticamente un idiota. Vassady, un profesor de lenguas torpe y bocazas, de escaso atractivo, a cuyas manos van a parar accidentalmente unas fotos comprometedoras. Y que termina en comisaría, sin poder probar que él no es un espía, (Dios mío, ¡un espía!), y temblando ante la posibilidad de que lo deporten a su país de origen, un país que en realidad ya no existe. Todo muy vulgar, muy anodino. Ni siquiera el contexto -Costa Azul, 1938- tiene el encanto peligroso que podría tener. ¿O sí lo tiene? Vassady tiene que encontrar al verdadero espía para poder quedarse en Francia, y así comienza sus pesquisas, sus torpes y entrañables pesquisas, en el Hotel Reserve. Nueve inquilinos, todos de apariencia banal, afables y simplones, y tres días para desenmascarar al autor de las fotos.

Eric Ambler

Supongo que el hecho de que esta novela de espías se haya convertido en un clásico debería de haberme dado un pista sobre lo que iba a encontrarme. Nada de James Bond ni de Jason Bourne. Un hombre pobre, atemorizado y solo, sin esa misteriosa flexibilidad intelectual que despliegan los verdaderos espías para ganarse la confianza de la gente y arrebatarles suavemente sus secretos. Un hombre común y sin patria que tendrá que desvelar una trama de espionaje prebélico para salvar el pellejo. Y meterá tanto la pata como podríamos hacerlo tú y yo.
Es esta humanidad del personaje, creo, su verdadero atractivo, lo que hace que leamos sus ingenuas elucubraciones con verdadera simpatía y el hecho de que, mientras miles de novelas de espías nacen y mueren como la llama de una cerilla, las novelas de Eric Ambler permanezcan y no envejezcan con el paso del tiempo, para deleite de generaciones y generaciones de lectores ávidos de secretos ajenos. 

sábado, 8 de febrero de 2014

CÓMO SER MUJER (Recomendado con muchas ganas)

Lo primero que tengo que decir de este libro es que soy un hombre y, por lo tanto, no tengo ni idea de cómo ser mujer. Por lo visto, es algo bastante extendido, también entre las propias mujeres, lo cual me tranquiliza. La misma Caitlin Moran reconoce que tampoco tiene mucha idea. De hecho, ha escrito un libro entero para averiguarlo. Fijaos la importancia. 
La primera información que me llega del libro es que va de feminismo, lo que me echa un poco para atrás. Lo segundo, que es un bombazo de diversión y desvergüenza, lo cual me intriga enormemente. ¿Feminismo divertido y desvergonzado? Vamos a probarlo.

El libro empieza el día en que la autora celebra sus trece años, huyendo de una panda de vándalos que la insultan, le tiran piedras y la persiguen por el parque como una manada de hienas descontroladas detrás de un pobre antílope. Un antílope gordo, grande y que tiene tan poco de chica como esos cretinos de inteligencia. Un antílope que empieza a preguntarse, aterrorizado, mientras llora su miedo y su humillación antes de entrar en casa, cómo va a conseguir convertirse en mujer. Parece una historia dura, pero Caitlin Moran no te deja ni el más mínimo margen para que te compadezcas de ella. Te bombardea, desde la segunda página, con un humor a prueba de cualquier tipo de compasión. Probablemente es el libro más descaradamente divertido que he leído nunca. ¡Y va de feminismo! También es el libro con más signos de exclamación: la tecla del ordenador de la autora correspondiente a este signo ! debe de tener a estas alturas una bonita hondonada en forma de yema de dedo furiosa. Y eso provoca que su lectura te suba el ritmo cardíaco, te contagie un estado de exaltación constante, con frases enteras en mayúsculas como cejas levantadas y enfatizantes, como alguien que vive en un estado de euforia permanente y no para de gesticular, de hablar sin respirar, de reírse, de enfadarse, de señalarte con el dedo, de exasperarse, de desplegar una energía absolutamente arrolladora hasta que acabas rendido y tirado por los suelos riéndote con ella y pensando que esta mujer está encantadoramente chiflada. 


La historia de este libro es la historia de la autora. Es autobiográfico, escandalosamente autobiográfico. Porque hablar de pudor, de timidez o de vergüenza con ella quizá lo único que provocaría sería una sonrisa y un encogimiento de hombros. Caitlin Moran es una "desenfadada columnista de periódico serio", no es una erudita. No habla de los temas fundamentales del feminismo: desigualdad salarial, ablación femenina y violencia de género. Habla de las cosas cotidianas, las cosas pequeñas y estúpidas que le pasan a cualquier mujer y que resultan igual de dañinas para su integridad. Habla de los novios, de la sexualidad, de la moda, de la ropa interior, del amor, del aborto, de la prensa sensacionalista, de la maternidad, siempre desde su propia experiencia. Y lo hace con un tono de celebración. El feminismo que defiende no es un puñetazo de rabia en la mesa ni materia académica para eruditos. Es un feminismo festivo y gritón. Un feminismo que nos interpela a todos por igual, hombres y mujeres, y te dice que, en el caso de que estés de acuerdo con que las mujeres deban ser tan libres como los hombres y puedan votar y tener una cuenta bancaria y no quieras que ganen menos, ni que las humillen, ni las violen y las condenen a más siglos de dependencia, entonces no tendrás ningún problema en subirte con Caitlin a una silla y gritar a pleno pulmón: ¡¡SOY FEMINISTA!! 

Aunque es un libro brillante y asombroso, y lo recomiendo con muchas ganas, hay algunas cosas con las que no estoy muy de acuerdo. Y otras (la verdad, menos de las que esperaba) que, sinceramente, me horrorizan. No voy a entrar en ellas porque, a diferencia de la autora, tengo en mi cerebro un grupito de neuronas que saltan enloquecidas a la mera invocación de la palabra "pudor". Pero entiendo que la vulgaridad intermitente del lenguaje y la crudeza de ciertos temas puedan herir multitud de sensibilidades. Ya las estoy viendo, arrugando sus adorables naricillas burguesas al asomarse con precaución a ciertos capítulos.

Sé que este libro puede resultar ofensivo pero la naturalidad con la que está escrito es desarmante. Su humor espontáneo y brutal lo vence todo y, sobre todo, el tema que trata necesita urgentemente esta escritura hilarante y desvergonzada para sacudirse el corsé de intransigencia que le oprime. Me resultaría muy triste que la gente lo leyera, atraída por el humor que promete, como un libro de anécdotas chistosas. Es cierto, es desternillante, pero también es lúcido, imaginativo y muy beligerante con el machismo y la sociedad patriarcal en la que vivimos. Mete el dedo en el ojo de muchísimos comportamientos cotidianos, tristemente arraigados. Caitlin Moran no es solamente una provocadora, una mujer chillona, excéntrica y deslenguada que habla de masturbación femenina con cualquiera que se le ponga delante. Es una mujer que dedica al aborto, desde su propia experiencia de madre que decide abortar después de dar a luz a dos niñas, el capítulo más serio, intenso y perturbador de todo el libro. Probablemente el mejor alegato que he leído contra cualquier legislación restrictiva sobre la libertad de abortar y contra el aborto como estigma, no sólo social, sino también privado, que parece siempre conllevar pena, arrepentimiento y traumas indelebles. 

"Supongo que me hicieron creer que mi cuerpo, o mi subconsciente, estaría enfadado conmigo por no haber tenido el bebé. Y que, además, su opinión sobre el tema sería en cierto modo superior, más "natural", más moral, que la decisión racional que mi ser consciente había tomado. Que las mujeres estaban hechas para tener hijos, y cada uno que no llega a término ha de ser recordado y llorado con arrepentimiento, pues no existe el perdón para algo así. 
Pero lo único que vi -y lo único que veo ahora, años después- es la historia de millones de mujeres intentando reparar un error que podría destruirlas, y después seguir adelante tranquilas, agradecidas, silenciosas. Lo que veo es que puede ser una acción que sólo tenga buenas consecuencias."


Me pregunto qué voy a leer después de esto. Todo me va a parecer previsible, aséptico y monótono. Me van a faltar toneladas de controversia y carcajadas. ¡¿Cómo voy a leer páginas y páginas sin un solo signo de exclamación ni una mísera frase gritona en MAYÚSCULAS?!
Antes de leer este libro no tenía una idea cabal de qué era el feminismo. O, mejor dicho, tenía una multitud de ideas confusas mirándose mal unas a otras en mi cabeza. Caitlin Moran me ha enseñado que el feminismo es algo simple y universal, es un concepto que no hace falta aprender leyendo a Simone de Beauvoir o a Germaine Greer. Al final, ser feminista es una simple cuestión de buena educación. 

viernes, 7 de febrero de 2014

Cita del día: CÓMO SER MUJER (Caitlin Moran)

"Junto con la ropa interior, el amor es una tarea de las mujeres. Las mujeres se tienen que enamorar. Cuando hablamos de las grandes tragedias que pueden ocurrirle a una mujer, una vez descartadas la guerra y la enfermedad, la idea que más nos estremece es la de no ser amadas, y por tanto que no nos necesiten. Es posible que Isabel I estableciera las bases del imperio británico, pero nunca se pudo casar: pobre y pálida reina cubierta de mercurio. Jennifer Aniston es una hermosa y triunfadora millonaria que vive en una casa junto a la playa, en Los Ángeles, y nunca tendrá que hacer cola para devolver unas botas en Topshop resfriada; y, sin embargo, toda su treintena se describió como la década en que no fue capaz de retener primero a Brad Pitt, y luego a John Mayer. La princesa Diana, ¡con tanta mala suerte! Cheryl Cole, ¡sola! Hilary Swank y Reese Witherspoon..., bueno, ganaron un Oscar, ¡pero sus maridos las abandonaron!
 El lenguaje nos dice exactamente lo que pensamos sobre las mujeres sin pareja; todo está ahí, en la diferencia entre "solteros" y "solteronas". Para los solteros todo es un juego. Las solteronas se lo juegan todo en ello, y rápido. La ley de la demanda fija el valor de una mujer: si está soltera, nadie la quiere, por lo que, cuanto más se alargue ese estado, menos deseable se vuelve.

 Así que, como las mujeres saben la importancia que se da al hecho de que tengan pareja, no es raro que se obsesionen con la idea del amor y de las relaciones. Pensamos en ello todo el tiempo. A veces, cuando explico a los hombres el modo en que las mujeres imaginan posibles relaciones, empiezan a sentirse muy, muy alarmados. Si comentas lo mismo con las mujeres, en cambio, te responderán con un ladrido avergonzado de reconocimiento.

 Fíjate, por ejemplo, en la típica oficina o lugar de trabajo. Si la plantilla es mixta, habrá varios coqueteos en marcha, más o menos obvios para un observador curioso. Eso ya lo sabemos.
 Pero, si existiera una especie de Casco Psíquico que permitiera leer los pensamientos de las mujeres, cualquier hombre que lo llevara se quedaría aterrorizado al descubrir el nivel oculto de locura femenina.
 Mira a esa mujer de la esquina, una jefa de departamento completamente normal, nada psicótica, tranquila y agradable con todos los que trabajan con ella. Que se sepa, no le gusta nadie de la oficina. Parece estar escribiendo un largo e importante email. Pero ¿sabes lo que hace en realidad? Está pensando en ese tipo sentado cinco mesas más allá, con el que sólo ha hablado una decena de veces.
 "Si nos fuéramos un fin de semana largo juntos, no podríamos ir a París..., ha estado allí con su ex novia", piensa. "Lo sé. Lo contó una vez. Me acuerdo. No pienso andar por el Louvre para que me compare a mí, con mi gabardina de primavera, con ella, con su gabardina de primavera. No es que vayamos a ir en primavera, de todas formas; teniendo en cuenta en qué punto está nuestra relación, si él diera un primer paso HOY, podríamos irnos de puente como muy pronto en...", cuenta con los dedos, "noviembre, y entonces llueve mucho y mi pelo se quedaría todo aplastado. Necesitaría un paraguas."
 "Pero", continúa, tecleando enfadada, "entonces no podríamos ir de la mano, porque yo llevaría el paraguas en una mano y el bolso en la otra. Así que sería una mierda. ¡A MENOS QUE...! ¡A MENOS QUE... pudiera meter todo lo necesario en mis bolsillos! Entonces no tendría que llevar un bolso al Louvre. Pero entonces estaría sin medias de repuesto si me las salpican, y tendría que ir con las piernas al aire, y haría tanto frío que mis piernas se pondrían moradas, y yo estaría tan nerviosa cuando volviéramos a follar al hotel que intentaría taparlas con una toalla, y él pensaría que me estoy insinuando y yo dejaría de gustarle. ¡HAY QUE JODERSE! ¿POR QUÉ TIENE QUE LLEVARNOS A PARÍS EN NOVIEMBRE? LE ODIO."
 El tipo ni siquiera le gusta. Apenas ha hablado con él. Si la invitara a tomar algo, probablemente diría que no. No le apetece lo más mínimo tener una relación con él. Y, sin embargo, cuando vuelva a hablar con ella, se mostrará muy cortante con él, que, ni en sus fantasías más salvajes y cargadas de opio, podrá adivinar jamás ni remotamente el motivo de su cambio de humor. Supondrá quizá, encogiéndose de hombros, que le va a venir la regla o sencillamente que tiene un mal día.
 Nunca llegará a saber la simple verdad: que pasaron juntos un puente imaginario en París, que fue desastroso y acabó con su ruptura por culpa de unas medias."

(Cómo ser mujer. Caitlin Moran. Editorial Anagrama)

Caitlin Moran

martes, 4 de febrero de 2014

ELEANOR & PARK

Me encanta la ironía de este libro. La ironía como esa cosa en la que nos envolvemos para protegernos de las desilusiones. Quizá uno sólo se enamora sin ironía la primera vez. Y ni siquiera eso, porque resulta aterrador. Después, empezamos a reírnos un poco de lo que sentimos para tratar de que no nos importe tanto. Nos reímos de las situaciones, de los agobios, de las vergüenzas. Nos reímos de nosotros mismos y nuestras infinitas torpezas. La risa nos protege del dolor, la utilizamos para amortiguar los impactos. Para intentar, desesperadamente, no tomarnos las cosas tan en serio. 

Eleanor y Park se ríen mucho de ellos mismos. Se ríen hasta cuando se besan por primera vez. O eso intentan.
Ella se ríe de Romeo y sus cursiladas insoportables. Piensa que Shakespeare se burla de sus personajes. Que Julieta es una niñata repelente y que su amor es superficial, confuso y absurdamente exagerado.
Él se ríe del pelo rojo e indomable de ella. De su aversión por la música punk. De su reticencia a acercarse a la cama de su cuarto a pesar de que siempre dejen la puerta abierta.
Ella viene de un hogar roto, con un padrastro borracho y maltratador. Se viste de una manera estrafalariamente masculina y siente que ninguna parte de su cuerpo tiene el tamaño adecuado.
Él tiene la piel de ámbar y los ojos rasgados de su madre coreana, se agarra a las correas de su mochila y se mira los pies cuando ella se acerca y hay algo en él que no puede evitar ser femeninamente encantador.

Se ríen porque no encajan, porque perciben que su entorno les devuelve constantemente su propia desilusión. Se ríen como si se aferraran a algo, porque no saben por qué ni cómo es posible que les guste tanto estar juntos. Pero cuando son capaces de aguantarse la mirada más de dos segundos seguidos, cuando se atreven a no soltarse las caricias de la mano o a explorar los dulces peligros del asiento trasero del coche, el mundo se convierte en un lugar profundo, en una burbuja donde sólo caben ellos dos y su miedo, ellos dos y su deseo, ellos dos y su clandestina necesidad de que el otro no le rechace. 

Esta historia de amor adolescente es como muchas otras historias. Pero a la vez es distinta. Como una canción que no se acaba nunca. Como si se hubiera puesto guapa para salir. Con los rasgos más nítidos, más perfilados. Con un maquillaje más intenso que en realidad no la vuelve distinta. No. Es ella misma. Divertida y sexy. Y desgarradora. Es ella misma, pero a más volumen.


domingo, 2 de febrero de 2014

LA OTRA GUERRA



Este es un libro de fotografía. Y de testimonios. Las fotografías son obra de Miquel Dewever-Plana, un fotoperiodista francés que estuvo en Guatemala durante muchos años retratando la violencia, primero del genocidio maya de la década de los 80 y, más recientemente, de las pandillas o "maras" que han convertido el país en uno de los más peligrosos del mundo, con más de 18 asesinatos al día, de los que un 98% quedan impunes. Y los testimonios pertenecen a madres de hijos asesinados, policías, fiscales, psicólogos, y también a los propios integrantes de las pandillas, los "mareros", jóvenes tatuados que desde la infancia viven inmersos en una vida de violencia.

Verónica J., una trabajadora social de 32 años, describe la situación de esta manera:
"La violencia es un monstruo de mil cabezas, le cortas una y salen dos. Quitas la vida a un pandillero pero hay dos niños que sueñan con ocupar su lugar. Siento que todos los esfuerzos que realizan las organizaciones para la reinserción y la rehabilitación de esos jóvenes son como un grito en el desierto. Al final la voz se pierde y nadie la escucha. Porque, como dice Eduardo Galeano: "Se condena al criminal y no a la máquina que lo fabrica." Y esa máquina es la que ha provocado el conflicto armado, la que ha generado todas las injusticias sociales que alimentan la violencia familiar y, por ende, la que arroja cada vez más jóvenes a la calle. Una calle que, como única salida, tiene la cárcel o el cementerio."

Decir que este libro es una enciclopedia del horror sería lo fácil. Cogemos la palabra horror y hacemos de ella una máscara para ocultar la realidad que la sustenta. Cuando decimos "qué horror" estamos protegiéndonos de ello, poniendo distancia, susurrándonos a nosotros mismos que esa no es nuestra realidad, que nuestro contacto con ella es efímero, que dejará de ser real cuando cerremos el libro y dirijamos nuestra atención a otra cosa. Y no se trata de que Guatemala nos pille con un océano de por medio. Ni de que no sepamos cabalmente lo que significa la palabra pandillero. Ni violación. Ni impunidad. Se trata de la propia supervivencia. Quienes no hemos estado allí para verlo y sufrirlo en nuestra propia piel no podemos entender la magnitud de esa "otra guerra" que se libra en Guatemala. Sólo podemos asomarnos a una realidad que como mucho acertaremos a comprender superficialmente. Porque mirar al infierno a los ojos es un ejercicio peligroso. "El que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti." Una cita de Nietszche con la que el autor abre el libro.

Hablar de la violencia en Guatemala es fácil. Lo difícil es adentrarte en ella. Mirar las fotos, una a una, de sus muertos. Mirar las fotos y leer los testimonios de sus supervivientes, de los hombres y mujeres a los que se adhiere el sufrimiento de sobrevivir. Mirar las fotos y dejar que ellas miren dentro de ti. Víctimas. Culpables. Todos luchando por sobrevivir en su mundo de violencia. 

Miquel Dewever-Plana