viernes, 29 de noviembre de 2013

Cita del día: POESÍA ÚLTIMA DE AMOR Y ENFERMEDAD (LOIS PEREIRO)

Casi nadie lee poesía. Es un hecho. Igual que casi nadie lee música.
Lenguajes encriptados, de dimensiones ajenas. Inaccesibles y poco prácticos, por lo tanto prescindibles.
Pero mientras que a los que leen música se les admira por artistas, a los que leen poesía se les aísla por raritos.
Me pregunto qué pensará la gente común de los que hacen las dos cosas.
O peor, de los que no podrían vivir sin hacer las dos cosas.


"Hermosa como la muerte que se invoca
ejerces la belleza internamente
emocionando a las sombras más letales e irreductibles

descubriendo la presencia
de vestigios de vida

en las más opacas ruinas
solo con una mirada abortas la ofensiva
del dolor que se avecina."

Lois Pereiro
Julio, 1995

martes, 26 de noviembre de 2013

EL TIPO MÁS RARO DEL MUNDO

Con 82 años, Sheldon Horowitz es judío, norteamericano, ex-combatiente en Corea, viudo y abuelo, en ese orden. Vive con su nieta y el marido noruego de esta en Oslo, y cuando sale a pasear mira a izquierda y derecha buscando norcoreanos ocultos tras los árboles, venidos del malvado comunismo para ajustar cuentas con él. Habla en su cabeza con amigos muertos sobre el mejor modo de esconderse o de despistarlos. Carga con un peso histórico a sus espaldas de un modo tan íntimo que parece que ha vivido todas las guerras y genocidios del siglo XX. Cada campo de concentración, cada judío escondido, atemorizado, humillado, desterrado, herido o asesinado le duele de una forma personal. Enarbola su apellido como un emblema, aunque en Noruega apenas haya judíos. Piensa que es un país sin historia. Un país sin memoria, también. Un país de gente benévola y tranquila donde la palabra judío lleva a pensar en un pijama de rayas encima de un esqueleto, en lejanas locuras nazis. En algo aprendido en un libro. Un país donde los judíos no son ese pueblo que ha visto "el ascenso y caída de las tribus y los imperios occidentales (de los babilonios a los galos, de los musulmanes a los Habsburgo o los otomanos)", que ha sido testigo directo y sufriente de la historia y del que "los demás esperamos un veredicto que incluso ahora, todavía ha de llegar."

Pero el libro no va de judíos sino de un judío muy mayor, Sheldon, que presencia un asesinato de una mujer serbia en el salón de su casa de Oslo. Tiene 82 años, así que no puede impedirlo. Pero sí puede coger al hijo de seis años de la víctima y protegerlo de su supuesto padre asesino, huyendo por un país que desconoce. Y así se ve envuelto en un turbio ajuste de cuentas entre serbios y kosovares emigrados, con todas las heridas abiertas tras la independencia de Kosovo en 2008, huye un poco a ciegas con un niño de seis años que no habla ningún idioma que él conozca y despliega un sentido del humor y una inteligencia estrafalaria que los llevan en volandas, por las más disparatadas aventuras, hasta un final de taquicardia.
 
El tipo más raro del mundo es un libro un poco loco y muy divertido, es una novela policiaca con su muerto y su inspectora de policía, y trata muchos temas políticos, sociales y filosóficos que uno no esperaría de un libro con esta portada (y además editado por Espasa). Como muestra del humor tan particular del abuelo Sheldon, una pequeña reflexión sobre la cordura y demencia:
 
"¿Cordura? ¿Quieres saber lo que es la cordura? La cordura es la espesa sopa en la que nos sumergimos para no recordar que vamos a palmarla. Cada vez que emites una opinión, manifiestas una preferencia o pides mostaza marrón en vez de amarilla no estás haciendo otra cosa que evitar pensar en ello. Y a esta capacidad de distraernos a nosotros mismos la llaman cordura. De modo que, cuando llegas al final y te olvidas de si prefieres la mostaza marrón o la amarilla, dicen que te estás volviendo loco. Pero no es así. Lo que sucede realmente es lo siguiente. En esos pequeños momentos seniles de claridad, cuando tu cabeza va de la mostaza marrón a la amarilla como una pelota de tenis a cámara rápida y de repente se detiene, te encuentras en un estado de completa lucidez. Y entonces sucede. Miras desde el otro lado de la red a toda la gente que intenta decidirse entre la mostaza marrón y la amarilla y... ¡ahí está! ¡Sentada en la grada central! ¡La muerte! ¡Ha estado ahí todo el rato! Mostaza a la izquierda y a la derecha, distracciones por todas partes, y la muerte enfrente."

sábado, 23 de noviembre de 2013

SEDA (ILUSTRADO POR REBECCA DAUTREMER)


Seda es un libro mítico, de esos que uno guarda en su memoria en el mismo cajón que la primera carta de amor, la primera borrachera o las primeras promesas incumplidas en aras de la felicidad.


Tiene algo enigmático asociado a la juventud, a los sentimientos indefinidos, a esa etapa confusa de nuestra vida (a veces puede ser una etapa muy muy larga) en que no sabemos nombrar aquello que nos gobierna.


Tiene la atracción de las cosas prohibidas, el riesgo de tensar una emoción hasta el límite, hasta el instante previo a que se haga pedazos. Y luego, cada pedazo se queda en la memoria reflejando la belleza de una historia que ya no se puede recomponer.



Seda ilustrado por Rebecca Dautremer es otra forma de disfrutar un libro maravilloso, es leer de otra forma, con otros ojos y desde mundos distintos una historia conocida y recordada muchas veces.


Seda ilustrado por Rebecca Dautremer es regresar a un lugar ya visitado en soledad, pero esta vez con una compañía irresistible.

jueves, 21 de noviembre de 2013

DÍAS SIN HAMBRE

Laure tiene 19 años, mide un metro setenta y pesa 36 kilos. Hace mucho tiempo que no come nada. Alguna hoja de lechuga, té, bebidas con gas y vinagre para quemarlo todo. Para quemarse por dentro. Es algo fuera de sí misma que no sabe nombrar, algo que la posee. Busca una pureza, una ligereza que le dé poder sobre su cuerpo, busca la embriaguez del ayuno, ese vacío interior que le da alas y la llena de una energía poderosa. Se pasa los días caminando, corriendo, subiendo y bajando las escaleras de los seis pisos de su edificio en una especie de éxtasis. No comer se convierte en algo adictivo, en una droga fácil y barata que la deja felizmente anestesiada, con el aparato digestivo dormido, desconectado de su cuerpo. En su interior conviven el triunfo por tener al fin el poder sobre su necesidad y la decadencia irremisible que observa en su cuerpo día tras día. Dos sentimientos, la fuerza y la debilidad, inextricablemente mezclados.

Días sin hambre relata, en tercera persona y con algunos personajes secundarios inventados, los meses que pasó la propia autora en un hospital para combatir la anorexia. Es un libro clarividente, con un tono poético y desnudo. Varios personajes le preguntan a Laure por qué dejó de comer, con un tono perplejo. El mismo, quizá, con el que me pregunto yo los motivos por los que alguien decide dejar de comer hasta rozar la muerte. Y las respuestas de Delphine de Vigan encierran, para mí, el valor y la fascinación que ejerce este libro. Laure no deja de comer porque quiera ser más delgada, no busca en ningún momento un ideal de belleza estilizado, no hay ni frivolidad ni inquietud estética en su decisión. Laure deja de comer porque ya no puede soportar sentirse vulnerable a su propia necesidad. A la necesidad de comida, de calor, de amor. Se siente indefensa, dolorosamente desnuda. Su necesidad se ha convertido en un deseo voraz e indomable. Es el hambre de vivir lo que le ha hecho enfermar, se sentía "como una boca enorme, ávida, dispuesta a engullirlo todo, quería vivir rápido, fuerte, quería ser amada hasta el delirio, quería llenar ese dolor de la infancia, ese abismo dentro de ella nunca colmado". Su hambre era tal que había que ponerle freno o la llevaría directa a la locura. Y así, el ayuno se convirtió en su contención, en su forma de racionalizar sus deseos, de buscar una invulnerabilidad desde la que controlar sus emociones, su infancia devastada, y plantarle cara a lo que nacía salvaje y avasallador en su interior. El ayuno como fortaleza que, con el paso del tiempo, va cegando las ventanas, tapiando las puertas y recluyéndola en una prisión de la que no puede salir.
Y llega el día en que el frío se apodera de ella. Un frío inimaginable. Frío en las uñas, en el pelo, en las pestañas. "Ese frío que le decía que había llegado hasta el final y era el momento de elegir entre vivir y morir".
Pero la vida no es simplemente volver a comer. Su garganta ya no puede tragar, su estómago ya no sabe digerir y todo su cuerpo se rebela ante la idea de comer envolviéndola en un asco profundo. La vida es un tubo dentro de su nariz que inyecta calorías ya procesadas directamente en el estómago. La vida es una habitación de diez metros cuadrados pintada de amarillo en la planta doce de un hospital de París. La vida es el espanto, y luego la incomprensión, y mucho más tarde, la infinita compasión en la cara de los pocos amigos y familiares que se atreven a visitarla. Pero sobre todo, sobre todo, la vida es el médico que ha conseguido convencerla para que luche contra el dolor de comer, el horrible dolor en todo el cuerpo al volver a coger peso, a soportar el quejido continuo de un mecanismo dormido y herrumbroso al que obligan a ponerse de nuevo en marcha.

Ese médico es la luz del libro, es el deseo de vivir, de mirarse en el espejo y volver a querer parecerse a una mujer. La vida es volverse de nuevo vulnerable a un sentimiento, rendirse a una frágil intimidad, depositar con ese pequeño trozo de confianza que aún le queda su cuerpo quebradizo en las manos de ese médico que es el dueño de su energía, del calor que de nuevo empieza a fluir dolorosamente por sus venas, y que le llena la cabeza de historias tiernas y enigmáticas en sus ratos libres, historias mágicas contadas con voz suave y vacilante ante las que Laure llora, historias como esta:
"Érase una vez una niña que leía todo el día, subida a la rama de un árbol. Un día la llamaron para cenar y no quiso bajar. La noche cayó pero no tenía miedo. A lo lejos se oían los truenos, a lo lejos los relámpagos desgarraban el cielo.
Es la historia de una niña en equilibrio sobre una rama, que ya no come nada más que libros. La niña se queda ahí, día tras día, la llaman, le suplican, llevan escaleras, le prometen cintas y pianos, le prometen la luna.
Es la historia de una niña que mastica papel, páginas y páginas. En poco tiempo todo su cuerpo se vuelve gris, la lluvia deja regueros de tinta sobre su piel. En poco tiempo se encoge, se vuelve pequeñita, fina como un pergamino usado, como una lámina de oro, quizá. Las escaleras se guardan. Sobre su rama, dejan que desaparezca. Lloran en silencio, por dentro, a la niña que fue, en carne y azúcar, lloran a la niña perdida que no termina de fundirse, agarrada a un árbol, quién sabe de dónde saca las fuerzas.
Una noche la tormenta estalla y llena el silencio. Las ramas se doblan bajo la cólera del viento. Una cólera gigantesca, como nunca antes se había visto.
Por la mañana, la niña ya no está. Sobre el árbol ha dejado una nota, garabateada sobre un trozo de papel. Una nota que no se puede leer."
Días sin hambre (2001, en España se ha traducido en septiembre de 2013) es el primer libro de Delphine de Vigan, y por su brevedad y su contenido, casi podría ser un capítulo de su otro libro autobiográfico, Nada se opone a la noche (2009, 2012 en España), una magnífica recreación de los orígenes de la locura que llevó a su madre al suicidio. Ambos libros se complementan, comparten la necesidad de transformar una experiencia extrema en literatura y consiguen su propósito con una fuerza y una delicadeza perturbadoras.

martes, 19 de noviembre de 2013

JAIME SALINAS. EL OFICIO DE EDITOR. UNA CONVERSACIÓN CON JUAN CRUZ

Acaban de publicarse unas interesantes conversaciones entre Juan Cruz y Jaime Salinas, hijo del poeta Pedro Salinas y casi una institución en la edición española de la segunda mitad del siglo XX, fallecido en 2011.


Tiene dos partes diferenciadas. La primera está dedicada a los entresijos en los modos de relacionarse entre editores, autores y agentes literarios, que en los años 50 se desarrollaron en la Barcelona bohemia que albergó intelectuales y poetas como Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Mª Castellet, Juan Benet o Juan García Hortelano, que recibieron con los brazos abiertos a un joven Salinas recién llegado del exilio de Estados Unidos, precedido por el prestigio de su padre y con un talante cosmopolita nada frecuente en la España franquista. Dominaba el inglés por su estancia durante 18 años en América y el francés porque era el idioma de su madre.

La segunda parte, "El otro Salinas", nos acerca a sus opiniones y criterios respecto a la situación política e intelectual de aquella España en una época dividida entre el franquismo y la transición a la democracia, donde tuvo un protagonismo como Director General del Libro y Bibliotecas además de haber dirigido editoriales del prestigio de Alianza, Alfaguara y Aguilar. Su personalidad queda muy bien reflejada en la semblanza que hace Javier Marías en la última parte del libro.

Una buena ocasión para recordar y releer páginas tan importantes como las que escribió su padre Pedro Salinas. Su poesía y también las innumerables cartas que escribió desde el exilio, por su calidad literaria y por el testimonio que nos dejó de su visión poética y también crítica de una época tan convulsa como fue la primera mitad del siglo XX, con nuestra Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

sábado, 16 de noviembre de 2013

ESQUIRLAS

Hacia la mitad de este libro, el protagonista hace una reflexión sobre el significado de los recuerdos que creo que es el marco donde se mueve el universo del autor: dice que los recuerdos no son cintas de video que almacenamos en la memoria para ir repasándolas a nuestro antojo. No son imágenes fiables. Nunca recordamos la realidad, recordamos la historia que hemos hecho con esa realidad. Recordamos nuestra propia invención de la realidad, es decir, una ficción. El protagonista de esta historia, que es el propio autor, vive inmerso en los recuerdos, en la ficción de sus recuerdos, y por eso esta especie de autobiografía está continuamente bordeando la ambigua frontera entre realidad y ficción, entre lo que le dicen que ocurrió, lo que pudo haber ocurrido, lo que deseó que hubiera ocurrido, lo que sueña todas las noches que ha ocurrido y lo que parece que ocurrió en realidad.

Hay ciertos libros autobiográficos que son más potentes que cualquier historia inventada. Tienen una fuerza oculta, su lectura me produce siempre una conmoción mayor. Recuerdo ahora el libro de Delphine de Vigan Nada se opone a la noche, una investigación implacable de los secretos familiares en busca del origen de la enfermedad que llevó a la madre de la autora a la locura y al suicidio. Esquirlas me ha recordado un poco a esa escritura compulsiva, esa necesidad de buscar respuestas, de hurgar en lo más recóndito de uno mismo obedeciendo a un imperativo biológico. Ambos son libros valientes y líricos, desorientados y dolorosos, escritos con el ansia de lo inevitable.

Ismet Prcic nació en Bosnia en 1977 y los primeros obuses empezaron a caer en su barrio de Tuzla cuando tenía quince años. En apenas unos días, la guerra dividió su país en serbios resentidos y coléricos por un lado y bosnios incrédulos y atemorizados por el otro, y convirtió, con su brutal rutina, las situaciones más demenciales en una frágil normalidad. Toques de queda, bombardeos, asesinatos clandestinos, y además de todo lo obvio, la guerra también era saltarse las clases, esquivar los perros famélicos y amenazantes para pasar toda la mañana sentado en un banco abrazado al menudo cuerpo de Asja, pasear por calles con los escaparates rotos por la metralla y reír ante el teatro absurdo y macabro en que se convierte una ciudad agujereada y sitiada después de muchos meses.

Ismet Prcic
En 1995 la guerra estaba a punto de acabar pero nadie podía preverlo. Citaron a Ismet el 15 de septiembre para empezar su servicio militar, para entrenarlo y rápidamente mandarlo al frente, a una barbarie inimaginable. Y ante la oportunidad de emigrar a California, donde vivía su tío, y poder estudiar en la universidad, no se lo pensó dos veces. El relato de ese periplo es electrizante, digno de la mejor novela de suspense, con su primer amor abandonado, su interrogatorio policial, su fuga, su visado caducado, su ambigua condición de refugiado de guerra, su bella salvadora, su nuevo amor imposible y la adrenalina del primer vuelo transoceánico a la libertad.

La risa es algo continuo en el libro, la risa para ahuyentar la tragedia, la tristeza o la melancolía, esos lugares tibios e intermedios donde languidecen las pasiones comunes. Este libro hierve o se congela, no tiene término medio. En todo momento está presente el horror de la guerra que genera miedo, locura, insomnio y aflicción, combatido con la risa inagotable del autor, una risa contagiosa y estridente, y a menudo terrible. Una risa que lo ilumina todo con su frescura y su oscuridad, que muchas veces no tiene nada de divertida ni de alegre, y que ejerce un magnetismo irresistible.
La historia no es nunca complaciente ni blanda, pero sí profundiza en una fragilidad determinada: la de las cosas que se rompen para no volver a recomponerse nunca, como la convivencia en Bosnia, la cordura de la madre de Ismet, la inocencia del primer amor adolescente, la esperanza de encontrar lejos de su hogar otro hogar más amable, menos vulnerable, menos enloquecedor.

La impresión que me queda al terminar de leer es la de un libro bello y desconcertante, por momentos extraño, descaradamente joven y vital, escrito para atrapar la realidad cambiante de los sueños y poder fijarla en la pared con palabras duras y afiladas como chinchetas. Para dejar de verse desde fuera constantemente, como desde una personalidad desdoblada, y poder reconocerse y volver a meterse en su piel suavemente, sin brutalidades. Para que la vida no se diluya en la locura de los recuerdos. Para que deje, al menos por unos momentos, de coger velocidad en una espeluznante y frenética huida cuesta abajo, precipitándose hacia el vacío del pánico.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA MALA LUZ

He empezado a leer este libro tres veces seguidas, pero no porque no me estuviera enterando, sino porque no podía creer lo bueno que era. Ya desde la primera página: intensidad, emoción, frases como fogonazos que te dejan los ojos muy abiertos de asombro. "Es como si se hubiera ido adensando progresivamente, de un tiempo a aquella parte la nube de hastío que, como de oficio, ya de por sí envolvía las tardes a partir de cierta hora y nos metía en los huesos esa humedad de vida ya vivida, de tristeza enquistada y repetida, como un extraño rocío vespertino, una especie de sudor al revés que atravesara, de fuera adentro, los poros de todos los muros y de todas las cosas habidas y por haber y las dejara empapadas de vacío y de pasado y de un cansancio antiguo que te obligaba a pasear medio encorvado, a leer sin ganas, a siestas eternas con tal de no ver de qué lamentable manera agonizaba el tiempo bajo esa mala luz que se adueñaba igualmente de la calle que del interior de las casas y los bares."
Y he seguido leyendo y leyendo, página tras página con el mismo tono, y de repente me he dado cuenta de que me ahogaba, a la media hora, página 41, me dieron ganas de decir, "vaaaaaaale, vale, vale, para, para, tranquilo, respira, cálmate, cálmate".
Y he parado.
Y lo he retomado un ratito más tarde.
Y he vuelto a parar.
Creo que soy incapaz de leer este libro mucho rato seguido porque me agobia, por momentos su intensidad es verdaderamente excesiva, es una historia desgarradora llena de digresiones, de apuntes paralelos, de auténtica exuberancia y desesperación y lirismo enloquecido, dan ganas de coger unas tijeras e ir recortando párrafos para convertirlos, así como están, en poemas. Y aunque la historia es un thriller con su muerto, su enigma y su asesino, la trama es una línea delgadita en medio de la espesura lírica, y es una pena porque a menudo se pierde de vista.
Aun así, la primera impresión permanece: este libro deslumbra. Deslumbra su oscuridad, el sofoco por el aire irrespirable que produce el ritmo y la intensidad de cada frase. Y además, encuentro en muchos momentos una afinidad turbadora. Me deja la sensibilidad agotada, como maltrecha después de una excursión convertida en una expedición peligrosa y agotadora. Es un viaje hacia la náusea, hacia el asco por las cosas que, según el narrador, es lo contrario del amor, hacia la densidad del miedo, hacia un infierno interior donde el corazón, "en lugar de envejecer a su ritmo normal, pega acelerones hacia la muerte."

Quizá mi estómago no esté hecho para tales atracones de frases interminables y metáforas y turbulencias, y eche de menos un poco de sosiego y silencio y concisión. Y sin embargo, hay algo instintivo y muy poderoso en este libro que va a seguir rondando por mi cabeza durante mucho tiempo. Como dice el protagonista a propósito de los libros de Celan, "consiguió meterme dentro el veneno de esa delicadeza. Hay obras que nos poseen como un virus, durante un tiempo los tenemos dentro como quien ha contraído una enfermedad y luego se van despacio aunque dejando a su paso un poso de lo que fue su mirada sobre el mundo y las cosas, y unos cuantos versos con todo el sabor de lo aparentemente olvidado."

La mala luz posee la delicadeza del mejor veneno. Y las 227 páginas más saturadas de intensidad y amores atroces que he leído nunca.

sábado, 9 de noviembre de 2013

LOS AÑOS DE PEREGRINACIÓN DEL CHICO SIN COLOR

Murakami es de estos escritores que cuando conectan contigo te conquistan para siempre. Y podrán escribir libros mejores y peores, incluso libros verdaderamente malos, da igual: los lees, sus debilidades te enternecen, se lo perdonas todo, hagan lo que hagan, nada más salga a la venta un nuevo libro suyo, irás a la librería a comprarlo y volverás a casa con un tesoro asegurado aleteando bajo el brazo.
Cualquiera pensaría que soy fan de Murakami. Pues no, no lo soy. Al menos hasta ahora.
He leído tres libros suyos: Al sur de la frontera, al oeste del sol me pareció una historia de amor incomprensible, 1Q84 me emocionó, me atrapó por completo, me sedujo, y terminé empachado de tantas lunas, bichitos, resurrecciones y demás tontería surrealista, y por último, su último libro, el que acabo de leer, Los años de peregrinación del chico sin color es, con diferencia, el más redondo, sencillo y creíble, y el que más me ha gustado de los tres. De hecho, creo que a partir de ahora estaré abierto a la posibilidad de unirme al planetario club de fans del señor Murakami.


Tsukuru Tazaki forma parte de un grupo de cinco amigos inseparables. Dos chicas y tres chicos, unidos por casualidad en el instituto, que son conscientes de compartir algo único, una armonía extraña y delicada exenta de perturbaciones. Los apellidos de sus amigos tienen la particularidad de encerrar un color en sus ideogramas, y de hecho suelen llamarse, no por el nombre, sino por su color: Rojo, Azul, Blanca, Negra. El suyo es el único de los cinco que no tiene color. También él es el único que da el paso de mudarse a Tokio para estudiar ingeniería. Parece el más fuerte de los cinco, el más resuelto a lanzarse a vivir. Hasta que un día, con apenas veinte años, sus amigos deciden cortar toda relación con él. Abruptamente. Sin explicaciones. Le borran para siempre de sus vidas. Y el chico independiente y futuro constructor de estaciones de tren se viene abajo. Se convierte en algo vacío, un recipiente sin nada que pueda llenarlo, un chico sin metas ni ilusiones ni ganas de vivir. Su cuerpo se transforma, le cambian las facciones, se queda en los huesos y, más adelante, no recordará por qué siguió con vida, cómo pudo su corazón seguir latiendo y bombeando calor en el cuerpo de ese chico sin color.
Todo el libro gira en torno a este trauma de la juventud, la búsqueda de razones que lo expliquen y las consecuencias que puede tener un rechazo tan inflexible para una persona silenciosa e introspectiva. Un alma sin color, un recipiente que nadie quiere llenar, una soledad en forma de silencio sólido e interminable. Y, como contrapunto, la música de Los años de peregrinaje de Liszt, música que tocaba una de sus amigas al piano, y que se cuela en la historia como metáfora del viaje que recorre el protagonista por el vacío de su vida, y también como recuerdo, como añoranza de una tierra y un pasado perdidos.

Es un libro lleno de imágenes poéticas que describen una vida aislada de la sociedad, una vida que se expresa en pequeñas excentricidades como sentarse a contemplar durante horas la llegada y salida de los trenes en una estación, con el trasiego hipnótico de los viajeros, las despedidas, las maletas, las prisas, y por encima de todo, con reconfortante exactitud, la precisión de los horarios y los movimientos inalterables de los vagones que entran y salen, que permiten desplazarse a millones de personas cada día. Excentricidades que en realidad quizá no sean más que la genuina expresión de un anhelo insatisfecho, de una corriente abrasadora de sentimiento que permanece siempre soterrada, de una cultura donde el silencio y la contención predominan en la relación entre las personas, donde el simple abrazo de dos amigos que se encuentran después de mucho tiempo contiene una cantidad de significado abrumadora.
Es un libro que trata sobre la capacidad de la armonía para unir y desunir a las personas, sobre la felicidad truncada y las heridas como lugares de encuentro. Hacia el final del libro, escuchando a Liszt, el protagonista tiene esta pequeña revelación:
"Los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Esos son los cimientos de la verdadera armonía."


jueves, 7 de noviembre de 2013

CARTAS AL SILENCIO (2ª EDICIÓN)

Acabamos de recibir la segunda edición de Cartas al silencio, mi pequeño libro de poesía, y, además de la evidente felicidad (perpleja felicidad) por haber agotado la primera edición en apenas dos meses, me hace mucha ilusión haber podido incluir en ésta un CD de improvisaciones al piano grabadas en mi piso en mis ratitos libres. Va dentro del libro por el mismo precio, y para aquellos que hayáis comprado la primera edición, os daremos un CD suelto de regalo. Así veo juntas, en un mismo espacio, mis dos humildes vocaciones artísticas. Y aprovecho para daros las gracias a todos los que leéis esto, a los que habéis leído el libro o tenéis ganas de leerlo (y también, por qué no, a los que no lo leeréis) por el apoyo invisible y visible, por la curiosidad, por compartir ese humilde amor por las palabras que se convierten en heridas que se convierten en recuerdos que se convierten en promesas que se convierten en razones para vivir.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LO QUE MUEVE EL MUNDO

Kirmen Uribe, Premio Nacional de Narrativa y Premio de la Crítica, ha recreado a partir de la experiencia de los niños que en 1939 fueron exiliados de Bilbao a Gante, en Bélgica, una historia que afectó a millones de personas desplazadas por las guerras y que todavía hoy es una de las peores lacras de la Humanidad.
El protagonista es Robert Mussche, un escritor que se hizo cargo de Karmentxu, una niña de 8 años a la que durante muchos años añoró porque el fascismo en España se apresuró a reclamar como a la mayoría de los niños que habían salido en grandes barcos, rumbo a lugares de acogida donde fueron recibidos con amor y en condiciones infinitamente mejores que las que habían dejado en su país.
Robert Mussche tomará parte en la Resistencia de la Guerra Civil española y después en la Segunda Guerra Mundial contra el nazismo, del que fue víctima. Esa última parte del relato sobrecoge por su dramatismo, por la ternura que desprenden las cartas de su mujer en forma de diario y por la descripción de un hecho histórico tan grave como fue el ataque de los aliados al buque Cap Arcona en el puerto de Lübeck donde los nazis habían hacinado a 5.200 prisioneros en condiciones infrahumanas. El ataque se produjo pensando que eran los alemanes que intentaban huir a Noruega pero la realidad es que eran prisioneros de los campos de concentración que habían sobrevivido y murieron por las bombas aliadas, a punto de terminar la guerra.

lunes, 4 de noviembre de 2013

JOYLAND

Después de leer 22/11/63, me quedé con ganas de más, de mucho más Stephen King. Me gustó tantísimo y fue un flechazo tan inesperado que me daba casi un poquito de miedo meterme con otro libro suyo. No quería decepcionarme. Y no quería terror. Y entonces, allá por junio de este año, salió Joyland. Un libro pequeño, de páginas (apenas 300), de formato (21x14, un casi-bolsillo) y de precio (11,95€). Un misterio en un parque de atracciones en los años setenta. Un chico de 21 años con el corazón roto que trabaja en el parque un verano para pagarse la matrícula de la universidad. Un niño sentado en un porche con una enfermedad irreversible. Y un peligro innombrable que se va cerniendo sobre todos ellos poco a poco.
Y me ha entusiasmado. Obviamente, este libro no pretende estar a la altura de 22/11/63, ni por la forma ni por la elaboración ni por la pasión con la que el autor aborda el tema. Frente a los fuegos artificiales (y apocalípticos) de 22/11/63, Joyland es un libro más doméstico. Más humilde. Y también, quizá, más inmediatamente conmovedor. Hay escenas preciosas, como la sensación que experimenta Mike, el niño enfermo, sentado en su porche, cuando su cometa empieza a tirar de sus manos y él va poco a poco soltando el hilo, liberando las ganas de volar de su cometa a la vez que sus propias ganas de ser libre, de volar, de librarse del peso extremo de la gravedad que le aplasta contra el suelo de su enfermedad. O cuando el beso de despedida de Erin, la mejor amiga de Devin, el protagonista, se desvía de las mejillas ofrecidas y se convierte en un instante de feliz perplejidad, un bonito final que, meses antes, y en otras circunstancias, habría sido el preludio de la mejor historia de amor.
Y luego, por supuesto, llega el misterio. Porque tenemos el fantasma de una chica asesinada, un asesino suelto que siempre esconde la cara para las cámaras, un viaje en la gran noria que se convierte en una pesadilla, una Casa del Terror con memoria propia, y todo ello en Joyland, el mundo de la diversión, donde toda la felicidad es posible.
Me quedo con lo mejor de Stephen King: su maravillosa fluidez al contarme una historia, la bendita capacidad de seducirme, impactarme, emocionarme, intrigarme y entretenerme de la manera más transparente y ligera.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Cita del día: LA VIDA DE LAS MUJERES (ALICE MUNRO)

Un ataque al corazón. Sonaba como una explosión, como fuegos artificiales estallando y lanzando varas de luz en todas direcciones, disparando una pequeña bola de luz - el corazón de tío Craig, o su alma - al aire, donde caía y se apagaba. ¿Se levantó de un salto, arrojó los brazos al aire, gritó? ¿Cuánto duró? ¿Cerró los ojos, sabía lo que estaba ocurriendo? La habitual actitud positiva de mi madre pareció tambalearse; mi frío apetito de detalles la irritó. La seguí por la casa con el ceño fruncido, repitiendo incansablemente mis preguntas. Quería saber. No había protección como no fuera en el saber. Quería ver la muerte sujeta y aislada detrás de una pared de hechos y circunstancias particulares, y no flotando libremente alrededor, ignorada pero poderosa, lista para colarse en cualquier parte.