jueves, 17 de mayo de 2018

EL DESCONCIERTO

Ya lo contó Eve Ensler en su libro De pronto, mi cuerpo: la enfermedad te revela que tienes un cuerpo que no conocías, y que ese cuerpo es tu enemigo. Los sanos no sabemos nada de esto. Vivimos como cabezas que se desplazan. Percibimos nuestro cuerpo vagamente. Sabemos que goza, que se cansa, que se impacienta. Pero no lo conocemos. Nuestro cuerpo es esa entidad difusa por la que la gente nos reconoce, nos quiere o nos desea, una entidad que usamos con despreocupación y cuyo funcionamiento ignoramos alegremente. Es necesaria esa ignorancia. Esa inconsciencia. Esa alegría al mirarnos en el espejo y limitarnos a aprobar o desaprobar las minúsculas alteraciones de la superficie. Los sanos no sabemos casi nada de nuestro cuerpo. Afortunadamente. Sólo los que acostumbran a convivir con la enfermedad saben que más vale no conocer tu cuerpo, porque cuando este se presenta casi siempre es en son de guerra.

Cáncer de colon, anuncian los médicos. Y parece de pronto como si ese nombre designara un ejército invasor, un enemigo al que hay que oponerse. Hay que admitir que la metáfora bélica es tentadora. Al igual que la psicología positiva (aquel mantra de si quieres, puedes), ofrece un consuelo inmediato. Pero la tentación está vacía y el consuelo es falso. Tanto Barbara Ehrenreich (en Sonríe o muere) como Susan Sontag (en La enfermedad y sus metáforas) se dedicaron a desmontar, desde su punto de vista de enfermas, la falacia que presenta la enfermedad como algo separado del cuerpo y la curación como una responsabilidad emocional del paciente. Pero si la enfermedad no es el enemigo, ¿qué haces con ella? ¿Cómo le hablas en la frialdad de un pasillo de hospital? ¿Contra qué aprietas los dientes, maldices, chillas, sollozas, luchas, te rindes?

Fluida, aguda, lúcida, absorbente, la prosa de Begoña Huertas hurga en la enfermedad de su propio cuerpo con la voluntad de observar para comprender. Se siente, a la vez, "torpe, marcada, contenta, cansada, rota, valiente, triste, impaciente". Su cuerpo es una vorágine de emociones y amenazas que a menudo su mente es incapaz de asimilar. Su cuerpo como obstáculo, como prisión, como un amasijo de cadenas que ella se esfuerza en arrastrar para recuperar a toda costa el acceso a la risa, a la vitalidad y a las ganas de hacer cosas. Para huir de ese momento tan conocido ya, tan cercano, en el que el mundo se ralentiza y ya no queda "suficiente música dentro para hacer que la vida baile".

"Quizás uno no se rebela contra la enfermedad sino contra una misma, defendiendo el yo que se ha sido hasta entonces del nuevo yo extraño que la enfermedad impone". El yo de antes reía, se interesaba por el cine, los libros, los diminutos dramas de los amigos en torno a una cerveza en una terraza. El yo de antes sentía la vida agitarse hacia la vida, con la posibilidad de la muerte totalmente oculta tras las rutinas cotidianas. El yo de ahora, sin embargo, vive enredado en la telaraña del dolor y observa el temblor de la muerte en el miedo de los demás cuando se esfuerzan por darle ánimos: qué valiente eres, qué ejemplo de entereza, qué bien te veo. Pero ella sabe, los enfermos saben, que, como escribió Steinbeck en Las uvas de la ira, "no se necesita valor para hacer una cosa cuando es lo único que puedes hacer". 

Qué difícil se vuelve la comunicación entre los enfermos y los sanos. Los primeros han aprendido la fragilidad y la caducidad de su cuerpo, la facilidad con que ese organismo en el que vivimos puede traicionarnos y derrumbarse. Los segundos, felices ellos, siguen creyendo que la enfermedad y la muerte son ideas, filosofía de la que ocuparse en la vejez: mientras el cuerpo responda como siempre seguirán pensando que son inmortales. Los primeros evitan hablar abiertamente de su dolor para no ser malinterpretados o juzgados. Los segundos evitan a los que hablan de su dolor para no tener que recordar que eso mismo les podría pasar a ellos. Y así, la enfermedad destruye las habituales autopistas de comunicación entre las personas y las sustituye por puentes colgantes, frágiles y bamboleantes, por los que transitan tímidamente las conversaciones, escasas, asustadas, siempre con miedo de perder pie y caerse. 

Porque, aceptémoslo, es intolerable no pasarse el día sonriendo. La sociedad nos empuja al entusiasmo y nos dice que si estamos decaídos es culpa nuestra. ¿Cáncer de pulmón? Seguro que fumaba. ¿Cáncer de hígado? Alcohólico fijo. ¿Diabetes? Normal, con lo que come. Pero, sobre todo, no te rindas. Si estás enfermo, debes luchar. Tu lucha será tu expiación. La expiación por haber faltado a tu deber de estar sano. No hay nada más escandaloso que un enfermo que se rinde. Y nada más feo que un cuerpo que se deteriora. 

He leído este libro con fascinación. Con empatía, con admiración. Pero también con la sensación de no lograr entenderlo del todo. Me asomo al abismo en el que la autora ha estado, y donde ella ve caminos, indicaciones y enseñanzas yo sólo veo oscuridad. He leído este libro con un escalofrío en la espalda. La muerte está ahí, susurrando, en muchas páginas. Pero también con la alegría del que comprende por primera vez muchas cosas gracias a la voz de la autora, estupenda intérprete del doloroso galimatías de emociones y necesidades incomprendidas que provoca en cualquier cuerpo vivir en la tierra de nadie de la enfermedad. 

La enfermedad te revela que tienes un cuerpo que no conocías, y que ese cuerpo es tu enemigo. Pero ese cuerpo también eres tú. Por desconcertante que parezca, tu enfermedad eres tú. Aunque te cambie. Aunque te trastoque la identidad y te vuelva insoportablemente vulnerable. Este libro de Begoña Huertas es la búsqueda de un orden en el caos, un paso atrás en medio del horror para intentar ver el dibujo completo del puzle. Para poner una mano abierta en la frente de nuestro dolor y calmar, aunque sea por unos minutos, la fiebre del desconcierto. 



lunes, 14 de mayo de 2018

APOROFOBIA

El término es novedoso pero la realidad que define es tan vieja como el mundo. La sensación de miedo, rechazo o aversión a los pobres la hemos experimentado alguna vez, a lo largo de la historia, la inmensa mayoría de las personas que no sufrimos pobreza. Está tan metida en nuestra forma de pensar, tan imbricada en lo que somos, que hasta hace pocos años ni siquiera teníamos una palabra para definirla. La confundíamos con la xenofobia o el racismo sin darnos cuenta de que no rechazamos a las personas por su origen o su aspecto, sino, con mucha más frecuencia, por su falta de riqueza. A los extranjeros ricos los acogemos con los brazos abiertos: son turistas que nos enriquecen. A los pobres, con rechazo inmisericorde: son inmigrantes que nos amenazan. Nuestra hospitalidad se basa, no en la cortesía, la generosidad o la empatía, sino en la posibilidad de un beneficio. Al juzgar a los extranjeros en función de su riqueza olvidamos que el volumen de su patrimonio no los hace más o menos humanos que nosotros. Olvidamos que la compasión y el compromiso con los que tienen menos que nosotros es un deber cívico y político, no sólo porque una sociedad más igualitaria e inclusiva es una sociedad más próspera y con más oportunidades para todos, sino porque erradicar la pobreza es un imperativo ético al alcance de aquellos que tengan voluntad política para hacerlo. 

Hasta los años setenta del siglo XX no existía una palabra para definir el rechazo a los homosexuales. Al no existir la palabra, el problema era más difuso, más difícil de señalar, de identificar y de combatir. La importancia de definir patologías mediante conceptos claros es vital para erradicarlos. ¿Cómo puedo salir de una depresión si no soy capaz de poner palabras a lo que siento? Con las patologías sociales, como la homofobia o la aporofobia, sucede lo mismo. Y el poder contar con esta última palabra para definir y combatir el rechazo a los pobres se lo debemos a la autora de este libro, la filósofa Adela Cortina, que ya en 1996 empezó a usarla en artículos periodísticos y está extendiendo su uso a todos los ámbitos de la sociedad hasta el punto de haber sido elegida palabra del año 2017 por la Fundación del Español Urgente. 

Hoy en día hay unas cuarenta mil personas sin hogar en España. Una de cada tres ha sido insultada o ha recibido un trato vejatorio alguna vez por su condición. Una de cada cinco ha sido agredida. El 85% de los agresores son menores de treinta años. El 93% son hombres. Hombres que se creen con derecho a denigrar a otras personas, a dañarlas física y moralmente, a privarlas de su autoestima, de la palabra y del acceso a la participación pública por el simple hecho de ser pobres. Estos hombres están en las universidades, en las empresas, en la política, son los que vienen a comprar un libro o te sostienen la puerta del portal por las mañanas o te reciben en la comisaría cuando vas a renovar el DNI o a denunciar un robo. ¿Cómo animar a las víctimas a denunciar delitos de aporofobia cuando es la propia policía, tan a menudo, la que se ensaña contigo por ser pobre? 

En los últimos años la aporofobia está creciendo en Europa. Desde que empezó la crisis de los refugiados, y en especial desde 2011, tras el inicio de la guerra de Siria, ha subido el apoyo ciudadano a los partidos nacionalistas xenófobos (aunque deberíamos decir sobre todo aporófobos) en la mayoría de países europeos. La presidencia de Trump también es un síntoma espantoso de esta deriva de los valores humanitarios. Pero, ¿por qué ese rechazo a los pobres? ¿De dónde viene?

Adela Cortina
Adela Cortina señala que la razón principal por la que excluimos a los pobres es su incapacidad de devolver lo que reciben. Nuestra sociedad capitalista está basada en el intercambio y la inversión. Desde nuestros pequeños gestos cotidianos, pasando por el comercio hasta nuestro sistema de impuestos, todos esperamos algo a cambio de lo que damos. Y creo que estamos olvidando una cuestión fundamental: ¿qué nos hace humanos? ¿Son los conocimientos, la riqueza, los valores, las expectativas? Adela Cortina argumenta que, por encima de todo, nos hace humanos la capacidad de dar algo a cambio de nada. El altruismo instintivo. La decisión de proteger a un ser humano que no conocemos por el simple hecho de que merece la misma protección que nosotros. Reconocer en el otro nuestro igual. Y actuar en consecuencia. 

Esta idea es revolucionaria. Nadie piensa así por instinto. Hay que aprenderlo. Si la gente aprendiera una ética de la compasión y de la generosidad, y actuara en consecuencia, habría mucha menos desigualdad y conflictos en el mundo y en las relaciones personales. Cada vez que hacemos algo por alguien estamos creando una expectativa de recibir algo a cambio. Puede ser eso mismo que hemos dado, mucho más, o un simple gracias. Pero siempre esperamos algo. Dar sin esperar nada, es decir, desactivar el resorte de la expectativa, es la revolución ética necesaria para luchar eficazmente contra la aporofobia. Desde la escuela, las empresas, las instituciones, los medios de comunicación y la política.



jueves, 10 de mayo de 2018

LA MEMORIA DEL ÁRBOL (Firma invitada)

¿Dónde guarda el árbol su memoria? La memoria del árbol está en la memoria de las personas, y la memoria de las personas puede estar en la cabeza o en el corazón. Eso se lo ha enseñado a Jan su abuelo Joan. Se lo ha enseñado mientras Joan aprende a vivir con la enfermedad y Jan aprende a ver a su abuelo dejar de recordar poco a poco.
–Tú olvídate de papá y mamá. Estas conversaciones son entre tú y yo.
–Y... ¿también las olvidarás?
–Yo no sé qué olvidaré, ni cuándo, ni cómo. Pero ¿sabes qué hago con lo que no quiero olvidar?
–¿Qué?
–En lugar de guardarlo en la memoria de la cabeza, lo guardo en la del corazón, porque esa no se me borrará.
–¿Y qué más guardas ahí?
–Todo lo que he querido, Jan.
–Hombre, ya... A la abuela, a mamá, a mí...
–Sí, también. Pero además el día que arreglé mi primer reloj, cuando nació tu madre, el día que conocí a tu abuela, cuando talaron mi sauce llorón... 
Esta novela es una de las historias familiares más bonitas que recuerdo haber leído en mucho tiempo. Una historia de la que vamos aprendiendo a vivir con caras grises y ojos como de cristal, una historia a través de la cual darle la mano una vez más a nuestro abuelo, dejarnos enseñar por él y disfrutar de esos momentos tan nuestros que vivimos con él o con ella. Es una familia y una historia que llegan al corazón. 

Una querría ser la hija de esos padres comprometidos, atentos y cuidadosos; nieta de esos abuelos sabios, con una sabiduría ancestral aprendida a base de arreglar relojes, observar árboles o coser prendas de ropa. Una querría vivir la realidad aparentemente sencilla que llega cuando la vida de todos se desmorona, se pone patas arriba: una vida de merienda con el abuelo descubierto en la distancia entre las cabezas de todos los padres y familiares que van a recoger a sus niños al colegio; paseos recordando los nombres de las calles y las formas de los árboles, partidas de dominó y cenas de cuchara cocinadas por la abuela.

Una querría asumir el dolor que traen las verdades manteniendo la nube alegre de perfume de la abuela o el humor absurdo del padre.

Esta novela me ha recordado a la extravagante familia de Esperando a Mr. Bojangles, aunque no hay locura que lo oscurezca todo. Sin embargo, la ternura, el amor, el humor y los lazos familiares son tan importantes en ambas novelas que parece que se complementaran a la perfección, ya que ambas nos traen las dos caras de la moneda de la enfermedad.


Tina Vallés

Su autora, Tina Vallès, ha hecho un trabajo extraordinario con la voz narrativa, ese niño que va viendo cómo poco a poco deja de serlo y tiene que buscar rincones fuera de casa para aferrarse a esa edad en la que todavía los recuerdos resisten y desde donde heredar esa "o" inmensa del nombre de su abuelo sin furia o rabia. Heredar la "o" significa perder al abuelo y eso... Eso todavía no.



lunes, 7 de mayo de 2018

HOMBRES

Angelika Schrobsdorff, autora también de Tú no eres como otras madres, escribió esta novela sobre la educación sentimental de Eveline Clausen, álter ego suyo, como continuación a aquel primer retrato de su madre que venía a cubrir los huecos que siempre van a existir en la historia del exterminio judío provocado por los nazis. Hemos leído multitud de testimonios (Primo Levi, Jorge Semprún, Ana Frank, Irène Némirovski...) pero siempre nos van a faltar otros puntos de vista. El que aquí nos ofrece esta novela parte principalmente de la postguerra, a partir de 1945.

Angelika era una adolescente judía cuando se vio obligada a exiliarse con su madre a Bulgaria. Las dos pasaron miedo, persecución y hambre, y a pesar de que su padre, berlinés ario y burgués, intentó siempre por todos los medios protegerlas enviándoles dinero y joyas, su subsistencia estuvo a menudo en peligro. Fue un padre y un marido bondadoso, culto y generoso, que al final también sufrió las consecuencias del nazismo. Lo que más le dolió fue la pérdida de su biblioteca y su corazón no pudo soportar tantos sufrimientos. Se hizo cargo de su ex mujer enferma de esclerosis, la madre de Angelika, a pesar de que hacía años que estaban separados y que él se había vuelto a casar. Ambos cuidaron de Else hasta su muerte.

Esta historia es un perfecto estudio de muchos de los hombres que pasaron por la vida de Eveline Clausen. Para ella no eran más que formas de evadirse de su dramática realidad, del inabarcable dolor que suponía ver a su hermanastra en un campo de concentración y a su madre enferma. Es una lectura que no he podido interrumpir, casi seiscientas páginas que en tres días me absorbieron totalmente, porque sabía que no era una novela más sino una historia real y valiente. 

El exilio en Bulgaria describe de forma magistral el ambiente de la capital, Sofía, bombardeada tanto por soviéticos como por norteamericanos, y el carácter del pueblo que las acogió, cuya infinita generosidad siempre recordó como la mejor experiencia que vivió en el despertar de la adolescencia y los primeros amores. Allí, a partir de los dieciséis años, empezó a encadenar pretendientes, y fueron innumerables los hombres que pasaron por su vida cubriéndola de amor y regalos. Ella no estaba mucho tiempo con ninguno. Gracias a su atractivo físico, se convierte en una muchacha ligera que se niega a aceptar que en su vida pueda haber sufrimiento. Criada en un entorno privilegiado, con una madre judía culta, bella y bondadosa, y con un padre ario generoso que se ocupó siempre que pudo de ella, fue desposeída de su dignidad por la represión nazi y decidió que su vida, a riesgo de volverse superficial y egoísta, no iba a seguir el mismo camino. 

Angelika Schrobsdorff


jueves, 3 de mayo de 2018

DR. URIEL

Cada tarde, a las seis, cerraduras que chillan, ruido de pasos. Las partidas de cartas se congelan, las conversaciones enmudecen. Y los presos aguantan la respiración con la mirada tensa, esperando que la comitiva pase de largo, que no les toque a ellos. Que sean otros, de nuevo, los que salgan de las celdas para no volver. 

Minutos después, cuando se desvanecen los pasos y las cerraduras vuelven a callar, se reanudan las partidas, las conversaciones retoman su animación de antes y la voz del sargento Sangrós se eleva por encima del miedo a ritmo de boleros, fandangos y seguidillas, "¡con todos ustedes, Radio Celda 14!". Y la vida parece que vuelve a coger algo de holgura, la camaradería renace, el jersey hecho por la hermana huele de nuevo a casa y los presos vuelven a acariciar en sueños la esperanza de salir vivos de allí. De momento, saben que vivirán una noche y un día más.  

Este cómic es una hazaña. Con una ilustración que empieza elegante y estilizada para ir volviéndose cada vez más expresionista a medida que el drama se despliega, describe con una precisión asombrosa cómo actúa el terror sobre una comunidad. En las primeras semanas de la guerra, ningún preso político pensaba en serio que sería fusilado. Fusilado por qué, si yo no tengo delitos de sangre. A pesar de las noticias de los paseos que los falangistas daban a todo rojo enemigo de la patria que encontraban, muchos siguieron creyendo en un sentido de la justicia que la guerra y la impunidad habían hecho saltar por los aires. 

El terror nos degrada a todos. Utiliza nuestra fe en la justicia y en el orden para conducirnos a la muerte sin resistencia. Nos hace sentir una abyecta gratitud cada vez que es otro el que desaparece, cada vez que vemos nacer otro día y sabemos que hemos sobrevivido. A los verdugos los vuelve sádicos; a las víctimas, pasivas; a los espectadores, cómplices. El terror es el arma más poderosa. Y su eficacia reside en que es inimaginable. Nadie se lo cree hasta que ya lo tienen encima. Como esos funcionarios, médicos, soldados, maestros y contables encerrados en la cárcel al principio de la guerra que esperaban tranquilamente un juicio justo que los liberara tras el caos de los disturbios y que fueron fusilados de noche y enterrados en fosas comunes. Fosas como heridas que están ahí, abiertas, tras ochenta años. Y que hoy en día toda la derecha de este país se niega a querer cerrar.

En este cómic, Sento (pseudónimo de Vicent Llobell Bisbal) reconstruye la experiencia de su suegro, Pablo Uriel, durante la guerra civil. El 18 de julio de 1936, el joven doctor Uriel, recién diplomado, estaba cubriendo una baja en un pueblo de Aragón. Fue llamado a Zaragoza, tomada por el bando nacional, para incorporarse a filas, y cuando llegó lo encerraron en la prisión militar por sus simpatías republicanas. Allí estuvo más de tres meses, escuchando los pasos tras la puerta, cada tarde a las seis, y disfrutando de la voz flamenca de Sangrós mientras se preguntaba cada noche: ¿quién decide estas muertes absurdas?

Al salir de la cárcel, gracias a la intercesión de su familia, decidió que el lugar más seguro para él, lejos de la vida asfixiante de Zaragoza donde podía volver a ser denunciado en todo momento, era el frente. Y allí se fue. Estuvo en la batalla de Belchite en el 37, sirviendo como médico en el bando nacional, y pasó el último año de la guerra en una prisión en Valencia, sobreviviendo y luchando contra las pésimas condiciones higiénicas de la cárcel. 

Esta puede parecer una historia más de la guerra civil. Quizá lo sea. Pero tan bien contadas, la verdad es que conozco muy pocas. El protagonista es inolvidable, por sus dudas, su integridad, su inocencia, su entereza al pasarse toda la guerra en el bando nacional a pesar de sus convicciones republicanas y darse cuenta de que cuando se trata de intentar que la gente no se muera, poco importan las ideologías. El único enemigo es la guerra. 

Y me ha impresionado, sobre todo, la brutalidad de la batalla de Belchite. La resistencia del doctor Uriel, sin medicinas, sin medios, trabajando para el bando que lo encarceló durante tres meses por sus ideas, ahogado de calor y de moscas, empapado de sangre ajena, días y días sin dormir vendando heridas con cortinas, cercados por el ejército republicano, un ejército al que siempre había querido pasarse para huir de la amenaza de la cárcel y de la muerte. Y, en el recuerdo, aquellos boleros del sargento Sangrós, una música alegre de tiempos de paz que un día de otoño, a las seis, enmudeció para siempre. 







viernes, 27 de abril de 2018

LOS BESOS DEL LOBO FEROZ

Todos los niños quieren ser un lobo feroz. Las abuelas no lo saben, por eso alguna se me asusta ante la posibilidad de que su nieto o nieta pierda el sueño con este cuento. Las madres tampoco lo saben, y aunque les insista en que la historia va de amor, con frecuencia optan por los besos de otros animales con mejor fama. Y es que los pobres lobos son siempre los malos. Caperucita, los tres cerditos, Pedro, todos víctimas de ese ser astuto que se los quiere comer sin contemplaciones. ¿Qué habrán hecho los pobres lobos para despertar ese miedo irracional en las madres del mundo?

No me parece justo. Con lo increíble que debe de ser disfrutar de esa vista kilométrica y ese olfato infalible. Tener una gran boca para hacer temblar la cama con su rugido al despertarse. Grandes patas para correr como una exhalación por el bosque. Un hambre enorme para zamparse a todos los niños del m... Uy, no, eso no. Un hambre enorme de besos para repartirlos fieramente entre todas las madres y abuelas que temen a los lobos sin saber, sin sospechar, sin darse ni cuenta de que todos los niños, todos todos, quieren ser un lobo feroz.



martes, 24 de abril de 2018

LIBRO DEL DESASOSIEGO

Este libro es un palacio. Un palacio ruinoso, elegante en su decadencia como sólo los portugueses saben serlo. Cada fragmento es una estancia custodiada por una puerta. En muchas ocasiones no he logrado franquear la entrada. Lo más probable es que no lo logre nunca. Algunas puertas me han mostrado horrores insoportables, tristezas abismales de las que he salido huyendo. He procurado leer este libro en pequeñas dosis, internarme en sus estancias con frecuencia pero poco tiempo, quizá para no exponerme demasiado a su enfermedad, para tratar de no contagiarme. 

Pero es imposible. Su clamor resuena en mis oídos días después de haber cerrado sus páginas. El clamor diáfano y sencillo del desasosiego que se esconde tras las rutinas diarias, que se clava en cada gesto banal cuando cesa la distracción cotidiana de vivir y todas las preguntas pesadas e insoportables se agolpan y empujan y derriban los diques tras los que protegemos la inocencia y la ilusión: ¿por qué eres así? ¿Por qué no cedes al anhelo? ¿Por qué te blindas ante los sueños y la furia de tus deseos? ¿Por qué insistes en proteger el amor de la mentira que lo fundamenta? ¿Por qué te proteges? ¿Por qué?

"La inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiera pensar, se pararía". Y así vive Bernardo Soares, el autor de este libro de fragmentos, de este palacio enloquecido, contable lisboeta dedicado a la contemplación estética de la vida, que disfruta los días como libros y cuya máxima aspiración es crear obras de arte que pueda admirar con el placer con el que se admiran las obras ajenas, la primavera en las mejillas de los jóvenes o el susurro del viento en los árboles. Escribe y escribe, en la soledad absoluta de su vida, como quien hace solitarios, como quien silba una melodía inventada mientras pasea sin propósito, sin ambición y sin trascendencia, por el mero placer de sentirse vivo y no tener la obligación de hacer, estar o ser nada para nadie. 

En este palacio hay estancias magníficas, resplandecientes, cuyo brillo es capaz de iluminar el pensamiento de cualquiera y ayudarle a alejarse del borde del abismo donde rugen los sentimientos. Estancias en las que la poesía y la filosofía se engarzan en pequeños instantes de una lucidez inspirada por la intuición y la imaginación. En ellas la luz primaveral de las calles de Lisboa refleja el agua de los adoquines de la calle y cada pequeño charco en el que tiembla el reflejo de la luna es un viaje del alma de este poeta sin pretensiones, pensador a la deriva del fluir de su conciencia. En ellas, las reflexiones de Bernardo Soares aparecen de repente, como las gaviotas que cruzan en vuelos rasantes la desembocadura del Tajo, trazos erráticos y precisos como tajos de cuchillo en el cielo gris. Reflexiones a las que uno vuelve maravillado, hipnotizado por su profundidad y su capacidad de transformar nuestra percepción de la realidad y de los sueños. 

También hay estancias lúgubres, impregnadas de la luz moribunda de las farolas de la Rua dos Douradores, del tintineo fúnebre de los tranvías y del extrañamiento de estar vivo de este soñador triste e inhumano, con el corazón huido y blindado a los sentimientos. Estancias opresivas como invernaderos cuya cadencia es un arrullo, el arrullo inconsolable de una madre que acuna interminablemente a su hijo muerto. En ellas palpitan los anhelos, impulsos exaltados que ansían tocar toda la hermosura del mundo y siempre se quedan en la antesala de la caricia. En ellas apenas se puede respirar: el instinto te hace retroceder inmediatamente, como ante un peligro sin nombre, aterrado, con el alma encogida y erizada. Sus espejos hieren y la lucidez de sus palabras, intolerablemente reveladora, corta como cuchillas y puede sembrar la destrucción en cualquier lector desprevenido. 

En todas, sin embargo, suena la música. La música incomparable de la prosa de Pessoa. Es una cadencia hipnótica como el fluir de un manantial o el fuego de una hoguera. Es hermosa incluso cuando no se entiende. Y a veces su hermosura consiste, como en tanta poesía, precisamente en no entenderla. Uno lee este libro como si se sentara a escuchar a un violinista callejero. Cierra los ojos y se entrega al instante, a lo irrepetible del momento. A la deriva impredecible de las notas y las frases, desligadas de todo contacto con lo real, lo comprensible, lo contable. El lenguaje, musical y literario, como arte decorativo. Las notas, las palabras, como una forma, la más pura, quizá, de embellecer el mundo embelleciéndose a sí mismas. 



jueves, 19 de abril de 2018

QUÉDATE CONMIGO

Reconozco que no me esperaba esta novela. No después de saber que es el primer libro de esta autora y de ver su juventud sonriéndome con aire colegial desde la foto de la solapa. Como es nigeriana, pensé inmediatamente en la otra escritora nigeriana que conozco, Chimamanda Ngozi Adichie (como si no hubiera más nigerianas que ella en el mundo), y claro, como la noche y el día. Qué prejuicio tan occidental este de imaginar similares a todos los habitantes de un país que desconocemos. El caso es que no me esperaba esta novela de esta forma. No me esperaba la desolación, la brusquedad de un amor que va perdiendo su suavidad y revelando aristas violentas, la impotencia, sobre todo la impotencia de la protagonista ante su imposibilidad de quedarse embarazada. Porque ¿cómo luchar contra la idea de que si no eres madre no eres mujer del todo? ¿Cómo rebelarse si esa idea está tan incrustada en tu cultura que ni siquiera te das cuenta de que puede convertirse en un tumor que carcome, día tras día, menstruación tras menstruación, tu libertad vital como mujer?

Un día tu marido llega a casa y te das cuenta de que sus palabras ocupan demasiado espacio. Te sobran todas las que no tengan que ver con embarazo, lactancia o niños. Sus palabras te hablan de su trabajo, de los planes del fin de semana, de las exigencias de sus padres. Sus palabras, que ya ni siquiera entiendes, resbalan por tu cuerpo como una lluvia molesta, no las quieres aquí, en la cocina, en tu casa, en tu cuerpo. Un día tu marido llega a casa y te das cuenta de que su cara es una versión desvaída de la que recuerdas. Te das cuenta de que esa cara ya no es la de antes, de que no le escuchas, de que no te importa, de que si supiera lo que de verdad pasa por tu cabeza mientras te habla su bonita sonrisa se convertiría en una mueca de miedo y horror. Y piensas: "¿Qué sería del amor si no fuese por las verdades a medias, por esas versiones mejoradas de nosotros mismos que presentamos como las únicas posibles?"

Esta es una novela sobre la maternidad. Sobre los estragos que puede hacer en una pareja la necesidad vital de ser padres. Y, por encima de todo, sobre el dolor de una mujer cuya relación con la maternidad es un desgarro continuo. Es intensa, muy intensa. Hay una rabia enfurecida detrás de la sonrisa inocente de la foto de la autora. Hay una pasión constante que no sabe nada de prudencias o delicadezas. Y un deseo que sobrevuela cada pensamiento de la protagonista: abrir en dos la memoria como si fuera un mango maduro, hurgar en la pulpa blanda, extirpar las partes enfermas y exponer todos sus secretos a la luz. 

No me esperaba esta novela. La he terminado, asombrado, con la sensación de haber escuchado una voz muy mayor: la voz de una mujer que se ha asomado a abismos insondables de dolor, una y otra vez, y que ha vuelto de todos ellos con su oscuridad en los ojos y la voluntad de seguir luchando, contra todo pronóstico, para conservar aquel amor por el que un día creyó que merecía la pena vivir.  

"No puede haber tan pocas luces en este mundo como para que tengamos que ir hasta el cielo a buscarlas". Este libro es un mapa para aquellos que se pierden buscando las luces. Un mapa con desgarros, pasiones, tristezas, y una mano abierta al fondo del abismo para salir de la oscuridad y encontrarse. 

Ayòbámi Adébáyò



lunes, 16 de abril de 2018

LA LLUVIA AMARILLA (firma invitada)

Ainielle, el pueblo en el que está ambientada esta historia de lealtades, es como un Comala en el Pirineo, una aldea abandonada por cuyas casas y calles pasean los fantasmas del pasado. Andrés, el último habitante de este ejemplo de la España vacía, como muy acertadamente la llamó Sergio del Molino, se enfrenta a su pasado, a sus fantasmas y a sí mismo con la única compañía de una perra sin nombre, el único ser vivo que permanece fiel a su lado hasta el final.

Esta historia, escrita con un lirismo que sobrecoge y cargada de metáforas y símiles, nos narra el final de las cosas y cómo los seres humanos nos empeñamos en mantener vivo, aunque solo sea en nuestros recuerdos y corazones, lo que lleva muerto años. En ese alargar su existencia, el protagonista se aferra a las piedras de las casas casi en ruinas ya, pero también al agua que mana en el río y a las voces de quienes fueron y vivieron en su casa y que, ahora que él está al borde de la muerte, también hablan desde la otra vida.

Esta novela investiga y profundiza en las raíces de la vida, la familia y la soledad. También es una novela sobre la supervivencia: la física y la emocional. Y es testigo de un acontecimiento que lleva produciéndose en nuestro país desde hace décadas: la despoblación. Y no lo hace con el rigor de un ensayo, sino con la sutileza del que lee en las arrugas de la cara, en las grietas de los edificios o en el discurrir de un torrente.

Ha sido muy interesante adentrarse en la vida de este personaje y dejarse cubrir por la nieve del Pirineo y la lluvia amarilla que con la locura de la soledad lo cubre todo. Una lluvia amarilla que es real y que es el símbolo de emociones, recuerdos y de la muerte misma.


viernes, 13 de abril de 2018

EL PELIGRO DE LA HISTORIA ÚNICA

Crecí en un pueblo del noroeste de Madrid. En mi barrio no había negros, ni extranjeros, ni, que yo supiera, homosexuales. Mi primer contacto real con extranjeros fue a los trece años: un mes de julio en Inglaterra. Mi primer contacto real con negros fue a los diecisiete: nueve meses en París. Mi primer contacto real con un homosexual, que yo sepa, fue a los veinte: un compañero de conservatorio. Extranjeros, negros, homosexuales siempre fueron la excepción. Lo distinto. Y en los tres casos recuerdo con nitidez la sorpresa que me produjo darme cuenta de lo parecidos que eran a mí, cuando yo los había imaginado tan diferentes. 

En este breve ensayo, que recoge su primera TED Talk, Chimamanda Ngozi Adichie explica por qué nos imaginamos tan diferentes a los que en realidad son tan iguales a nosotros. Cuenta, por ejemplo, que cuando llegó a Estados Unidos para estudiar en la universidad, su compañera de habitación, estadounidense, no daba crédito del buen inglés que hablaba aquella chica africana (el inglés es idioma oficial de Nigeria) ni de que, al preguntarle por la música tribal que escuchaba, le sacara el último éxito de Mariah Carey. "Su actitud por defecto hacia mí, en tanto que africana, era una especie de lástima bienintencionada y paternalista. Mi compañera de habitación conocía una única historia sobre África, un relato único de catástrofes. En esa historia no cabía la posibilidad de que los africanos se le parecieran en nada." Lo mismo me pasó a mí en Inglaterra y en París. La historia que conocía de los extranjeros y los negros era única. O, mejor dicho, se componía de muchas variantes (literarias, cinematográficas, publicitarias, musicales) de la misma historia. Una misma historia en la que ellos, invariablemente, eran diferentes.

La ignorancia nos vuelve vulnerables ante una historia. Si nunca hemos visto el mar, seremos más propensos a creer que en las playas se esconden tiburones. Si nunca hemos besado una piel más oscura que la nuestra, podrán seguir convenciéndonos de que no reacciona con la misma sensibilidad. Recientemente una mujer negra ha sido acusada de asesinar a un niño blanco en España. El caso ha levantado una oleada de odio hacia esa mujer y ha vuelto a encender el debate sobre si debería imponerse la cadena perpetua para este tipo de crímenes. Sin embargo, en los últimos años se han sucedido varios casos de asesinatos de niños por parte de adultos blancos que no han trascendido más allá de la crónica de sucesos. La sociedad responde así porque el relato sobre la violencia que han interiorizado le dice a la mayoría que el color de la piel es un agravante para los casos de asesinato. Que si el asesino es negro, es más culpable.

Chimamanda Ngozi Adichie
Toda nuestra existencia está condicionada por historias únicas. Aunque a algunos nos choque escuchar aquello de nuestra empresa tiene sucursales en India, África y otros países, decimos literatura africana como si fuera un conjunto homogéneo pero diferenciamos muy bien la literatura española de la griega. Hablamos de comida asiática pero nos resultaría ridículo decir comida europea. Al pensar en indios vemos rostros oscuros y pobres, y sin embargo, millones de ellos se parecen más a nosotros que muchos de nuestros propios compatriotas. Desde España, los africanos que llegan en pateras se ven como gente desesperada, que, o bien hay que expulsar porque vienen a aprovecharse de nuestro sistema social, o bien hay que cuidar porque son extremadamente pobres y no saben valerse por sí mismos. Pero, ¿cómo se ve esta actitud desde su punto de vista? Todavía recuerdo el escándalo de muchos españoles al ver que los refugiados sirios llegaban a las costas griegas con sus iPhones. ¿Pero no eran pobres?, parecía decir su sorpresa. ¿Pero no estaban desesperados? En definitiva: ¿pero no eran diferentes a nosotros?

Las historias únicas sirven para apuntalar el poder mediante la opinión pública. Canalizar un prejuicio y convertirlo en un instrumento político o social en beneficio de una empresa, un partido político o un movimiento social. Sin embargo, ninguna historia única es la historia definitiva. Detrás de cada relato que conforma nuestra opinión sobre algo, existen otros relatos que no hemos tenido en cuenta. Si tomamos el hábito de buscar esos otros relatos, de leer a otros escritores, de aprender otros idiomas y otras culturas, de conocer, tocar y besar a aquellos que consideramos diferentes, de escuchar las historias de quienes no suelen tener voz, quizá nos sea más fácil entender que todas las historias que creemos saber no son sino versiones sesgadas por nuestra cultura y nuestra educación. Y que en nuestra cultura y educación hay sitio para muchas más historias de las que creemos.

La charla de Chimamanda Ngozi Adichie que compone este librito se completa con un texto de la filósofa Marina Garcés sobre el mismo tema. Mientras que el punto de vista de la nigeriana es social y narrativo, el de la española es filosófico. "Aprender a pensar es aprender a relacionarnos con lo que no sabemos". Y es muy difícil dejar a un lado las historias para relacionarnos solamente con ideas, como llevan haciendo los filósofos desde la antigua Grecia. Podemos pasarnos toda la vida defendiendo con la palabra la dignidad humana, pero nuestro compromiso estará vacío si no entendemos que eso que llamamos dignidad humana es un concepto sin rostro visible, y que un concepto sin las historias que lo componen no sirve para nada.

Garcés empieza con una pregunta: "¿De cuántas historias está hecha una idea?"
La respuesta, creo, es fácil. De cuantas más, mejor.

Marina Garcés




miércoles, 11 de abril de 2018

IVANHOE

Han pasado veinticuatro años desde que leí este libro por primera vez. Todavía estaba en primaria. Recuerdo muy pocas cosas de aquella lectura. Las justas, la caballería, la sensación de aventura, Ricardo Corazón de León, todo envuelto en una nebulosa en la que apenas se distinguen los blasones de los escudos y se escucha el silbido de las flechas de aquel arquero de Locksley. Hace unas semanas leí algo, no recuerdo dónde, sobre Walter Scott y cómo causó furor en los lectores de principios del siglo XIX con sus novelas históricas, y decidí que quizá un clásico así bien valía una relectura adulta. Y vaya si la valía. 

Uno de los mayores placeres de releer una historia que leímos de niños es la posibilidad de recuperar esa sensación de infancia entre las páginas del libro. Sin duda, hay algo de mis once años en la nobleza romantizada de estos nobles y en las chanzas de los proscritos del bosque. Una adrenalina espontánea cuando los caballeros se bajan la visera y azuzan a sus caballos en busca de su idea de fama y de gloria. Una congoja sincera ante las desdichas de las doncellas, siempre, en todas las ocasiones, maltratadas por la pasión ciega de aquellos que se creen con el derecho de perseguir su atención. 

Sin embargo, como en todos los buenos libros, he descubierto en Ivanhoe muchas cosas que en su día se me escaparon o a las que simplemente no presté atención. Por ejemplo, la rivalidad visceral entre sajones y normandos, entre vencidos y vencedores, que seguía latente más de un siglo después de la conquista. Dos pueblos, dos culturas, dos lenguas, dos formas de entender la libertad, el honor y la vida. Al final, los normandos (los franceses) prevalecieron, y aunque los sajones se mezclaron tanto con ellos que un siglo más tarde ya no quedaba casi nada de aquel espíritu nacional primitivo, permaneció en su memoria la idea de que lo que llegaba de Francia nunca podía ser de fiar. Idea que siguen compartiendo gran cantidad de británicos hoy en día, novecientos años después. 

También me ha sorprendido lo guasón que era este Scott. Se nota que conocía de memoria buena parte de la obra de Shakespeare, pues extrae de sus comedias y sus dramas ese aliento épico y poético junto al gusto por las bufonadas, las bromas y las sátiras despiadadas a la Iglesia, a la ley, a la nobleza y a cualquier institución que abuse de su poder. El bufón Wamba, con el que empieza y termina la novela, es un hallazgo maravilloso, más si cabe en una época, la romántica, más dada a los tonos solemnes y trascendentes que a la ligereza de la locura y los chistes ingeniosos. 

Me ha gustado también recordar, gracias a los personajes de Isaac de York y su hija Rebecca, la precaria situación de los judíos en la Inglaterra de finales del siglo XII, no mucho mejor que la que sufrieron sus descendientes en la Alemania de Hitler antes de las Leyes de Núremberg. Y, por último, esa forma tan vehemente de defenderse, en el prólogo, de los historiadores puristas de la época que le reprochaban ciertos anacronismos e inexactitudes en su relato. Y tenían razón, porque Ivanhoe está plagado de ellos. Pero, en el fondo, qué más da. Nadie en su sano juicio la leería para buscar documentación fidedigna sobre los últimos años del siglo XII en Inglaterra. Esta novela es, ante todo, literatura, no historia. Trata de sucesos que bien pudieron haber pasado, aunque no podamos demostrar que sucedieran de verdad. Donde se despliegue la lira de los poetas, parece decir el bueno de Scott, que se aparte el celo de los académicos. Vuestra es la ciencia, nuestra es la gloria. 



lunes, 9 de abril de 2018

INVIERNO EN VIENA

Esta deliciosa historia se publicó el año pasado y nos pasó desapercibida, ¡qué regalo ha sido descubrirla ahora! Me ha recordado el mundo de Stefan Zweig por la atmósfera vienesa, por los personajes profundos y entrañables en ese ambiente de Navidad y por el entorno de una burguesía tan cercana en el espacio a la miseria que sufre la gente que les sirve: niñeras, sirvientes y, en este caso, también el librero Oskar, un muchacho de origen humilde que encuentra en los libros el alimento cotidiano para su alma.

Novelas, cuentos, ensayos, historia, poesía, filosofía y ciencia se convierten en ventanas abiertas a un inmenso universo que permiten a este librero vivir la fantasía de otras vidas y acercarse a Marie, la niñera que trabaja para la familia del doctor Arthur Schnitzler, el famoso autor de La señorita Else. En la Viena de principios del siglo XX, Oskar le regala a Marie un libro de Rilke y esta lo lee deslumbrada, convertida en una persona distinta después de sentirse parte de un mundo que hasta entonces desconocía. 

Invierno en Viena es un cautivador cuento de Navidad, una evocadora historia sobre el poder de la letra impresa, esas manchitas negras sobre fondo blanco que tan a menudo hacen que todo cobre sentido, como las olas del mar al llegar a la arena, suavemente, como una canción. 



jueves, 5 de abril de 2018

LO RARO ES VIVIR

Una mujer va caminando por la acera de una calle desierta, cruzando una de esas horas mágicas de la madrugada en las que el mundo entero pertenece a los que siguen despiertos. La rutina de su felicidad conyugal la aprisiona y un desasosiego repentino la ha sacado a la calle en busca de un consuelo, de un refugio provisional. La luz medio muerta de una farola la tranquiliza, así como el cóctel de estrellas urbanas que saborea cada vez que levanta los ojos y la perorata sobre Kierkegaard de ese camarero inocente y apasionado que parece dispuesto a cualquier cosa con tal de postergar todo lo posible la vuelta a su cama de soltero. Todo es triste y alegre a la vez, la muerte reciente de su madre, la ternura distante de su padre, su abuelo perdiendo la memoria en una clínica, y ella allí, en un bar de madrugada hablando sobre la maravilla de estar vivos, de que no nos duela nada, de que pese a que una insista en "coser la verdad con hilos de mentira" la vida siga sosteniéndose contra todo pronóstico, y que además todo eso nos parezca normal. La muerte, la derrota, la nada: lo más normal del mundo. Lo raro es vivir. 

P. y yo hemos hablado bastante sobre este libro. Siempre con un brillo especial en los ojos. De noche. Señalándonos párrafos en la cama. Compartiendo el entusiasmo y el asombro. ¿No te habría gustado conocer a esta mujer? Impetuosa, coqueta, de humor fino, de inteligencia vivaz y muy dada a vivir en su mundo de metáforas, un punto estrafalaria y melancólica, incapaz de las sonrisas amargas que envejecen, mirando siempre con esa luz traviesa bajo la que parece esconderse una niñez irreductible. Y ya no sabíamos si estábamos hablando de la protagonista o de la propia Carmen Martín Gaite, y yo no paraba de apuntar frases en mi cuadernito y los dos pasábamos páginas con sed de secreto, sed de amor y de enigmas y de la paz que uno encuentra inesperadamente en un abrazo, como un pájaro descansando en nido ajeno. 

A veces uno necesita un entramado de metáforas para explicar la vida. Qué digo a veces, ¡siempre! Una vida sin metáforas es un pasillo sin puertas que te obliga a caminar en un único sentido en la oscuridad. Una vida que sólo se puede vivir de una forma, una sola vez. Un infierno, una tortura. Una vida en la que la gente entra en la librería con miradas iguales, en la que yo no distinguiría unos ojos desconfiados con un brillo de espada en alto de unos ojos indiferentes que buscan romper el hielo de su inquietud con un abrazo. Metáforas, metáforas. Martín Gaite desayunaba con ellas cada día. Y esta novela seguirá resonando en mi memoria con todos sus enigmas, "aquel tam-tam de lo desconocido", la búsqueda de la identidad a través del recuerdo de las personas queridas y de esas verdades cosidas con hilos de mentira. 

Carmen Martín Gaite
Lo raro es vivir cuenta una historia con muchos meandros, pero que en el fondo es muy universal y muy sencilla: una mujer joven, herida por una historia familiar que ha dejado un desorden de problemas sin resolver en su interior, pasa sus días dividida entre el ímpetu y la indecisión, los dos extremos que gobiernan sus sentimientos. Lo maravilloso es que en la sencillez de esta historia se esconde una multitud de pliegues deliciosos y declaraciones desarmantes como esta: "cuando papá se pone a dibujar, todo se disipa como una mal sueño y nadie tiene edad ni al mañana se le ven dientes de amenaza, suena una música perezosa, nos hemos levantado tarde, huele a café y es domingo". Cuando me pongo a leer tus libros, querida Carmen, me pasa exactamente lo mismo.



lunes, 2 de abril de 2018

FARIÑA

Me ha pasado otras veces. Me apasiona un libro, escribo una reseña y cuando se me acaban los ejemplares que tengo en la librería me entero de que está agotado y no hay previsión de que se reedite. Y me quedo con la miel en los labios, con un antojo persistente que no se me va. Sin embargo, nunca me había quedado sin poder recomendar un libro por que a un exalcalde gallego condenado por narcotráfico le ofendiera que le recordaran su pasado. Fariña es uno de los mejores libros que se han escrito sobre el narcotráfico gallego. Y está secuestrado porque a una jueza le parece más importante la susceptibilidad del ex-narco Alfredo Bea Gondar (cuyo nombre aparece mencionado de pasada en tres líneas de un capítulo) que la libertad de expresión. 

Impunidad, permisividad y aceptación social. El origen del éxito del narcotráfico gallego se remonta a los años cuarenta. Todo empezó con el contrabando en los años de posguerra: contrabando de subsistencia, garbanzos, harina, zapatos o bicicletas que venían de la más próspera Portugal. En los años sesenta se diversificó, en los setenta apareció el tabaco y en los ochenta la droga. Ya no se trataba de sobrevivir, sino de enriquecerse de millón en millón. Descargar contrabando era más rentable que cualquier trabajo, lo que provocó que el resto de industrias gallegas se descuidaran, incluso el turismo. Incidió en la pobreza y el atraso general de la región a medio plazo, convirtiendo a unos pocos en multimillonarios de la noche a la mañana. La estampa en los años noventa (y aún hoy se puede ver) es conocida: concesionarios de Ferrari y mansiones espectaculares al lado de pueblos pesqueros sin recursos. 

"Los narcos del mundo sonreían satisfechos con la efectividad de aquellos señores gallegos". En 1984 los carteles colombianos estaban en crisis, cercados por la DEA, y encontraron en Galicia la vía de escape que necesitaban para su negocio. Los clanes gallegos fueron un verdadero golpe de suerte. Y es que eran (y siguen siendo) verdaderamente buenos. 

Empezaron muy seguros de sí mismos, haciendo ostentación de su riqueza. La mayoría eran hombres del campo "hechos a sí mismos". Untaban a los políticos, financiaban obras sociales, beneficencias, fiestas y procesiones, equipos de fútbol. En los años ochenta eran aceptados, incluso bien vistos por la sociedad. Vilagarcía de Arousa era conocida como Vilamercedes. Montaban fiestones en los que participaban policías, guardias civiles, periodistas, políticos y empresarios, fiestones que llegaron a celebrarse hasta en la Cámara de Comercio de Vilagarcía. Se normalizó que un chaval pasara de trabajar en una frutería a comprarse un Porsche. Que un agricultor tuviera un Ferrari aparcado junto al tractor. Para ello, la connivencia de la guardia civil fue imprescindible. Pero también la de los políticos. Era como se hacían las cosas antes. Con códigos de honestidad. Preguntabas a un niño: "¿Tú qué quieres ser de mayor?". Y te respondía: "Yo contrabandista, como mi papá".

Nacho Carretero
A partir de 1990 las cosas cambiaron. Gracias a la Operación Nécora, los principales capos salieron esposados en todos los informativos. A partir de entonces, fueron más cautelosos. Se acabó la ostentación. Aunque la coca siguió entrando igual. La policía empezó a estar más encima, se organizaron macrooperaciones contra los clanes. El 80% de la cocaína de Europa seguía entrando por Galicia, el dinero seguía contándose a menudo al peso porque no había tiempo material para sumar tantos millones billete a billete, pero los resultados del negocio dejaron de estar a la vista de todos. 

A pesar de que la mayoría de los grandes capos están hoy en día en prisión, el narcotráfico gallego sigue en pie. Son clanes herméticos y muy profesionales. Tienen un control absoluto de los movimientos de la policía y son extremadamente cuidadosos. Se saben todos los trucos para pasar desapercibidos. Se han vuelto huraños, desconfiados hasta la paranoia. ¿Merece la pena ese estado de estrés constante para ser millonario? "La respuesta es la de siempre: les pierde la ambición. Los capos gallegos no saben dejarlo". Lo primero que hacen casi todos al salir de la cárcel es volver a organizar una operación. 

Este no es sólo un libro sobre la vida mafiosa, sobre las indiscreciones y miserias de ciertos políticos y empresarios. Es un libro sobre cómo una sociedad entera, la nuestra, permitió, con la excusa de que aquellos empresarios "traían riqueza", que el negocio de la coca destruyera la vida de miles de personas para satisfacer la codicia voraz de unos pocos capos gallegos.

"La línea de separación entre la sociedad y el narco, invisible en los 80, aguada en los 90, está hoy bien definida en las Rías Baixas". Sin embargo, un exalcalde de O Grove vio su nombre en este libro, sintió que recordar sus antiguos problemillas con la justicia hería su frágil sentido del honor, y decidió que había que secuestrar todo el trabajo de Nacho Carretero. 

En un artículo reciente, ha comentado, refiriéndose al autor de este libro, que "si no fuera creyente, buscaba al tipo y le metía un tiro". Los vecinos le felicitan por su decisión. Está pensando en volver a presentarse a la alcaldía en las próximas elecciones.

A las balas de Bea Gondar, como han dicho los editores de Fariña, responderemos siempre con libros.



viernes, 23 de marzo de 2018

PEQUEÑOS FUEGOS POR TODAS PARTES

Este es un libro estupendo. No de los que dejan una huella imborrable. No de los aceleran el corazón y hacen cancelar citas con chicas irresistibles. No. Es un libro sencillamente estupendo. Y es que ir por la vida saltando de libro estratosférico en libro estratosférico puede convertir el acto de leer en una carrera agotadora. Algo así como vivir en un constante enamoramiento, sumido en esa ansiedad taquicárdica donde los matices se disuelven en un deslumbramiento diario. Para bajar de esa nube de vez en cuando vienen muy bien libros como este, con una historia sencilla y absorbente y una variedad de lecturas posibles que, aunque parezcan apelar más a la razón que al corazón, esconden personajes muy bien dibujados con chispas ocultas capaces de encender pequeños fuegos por todas partes. 

Nos encontramos en una comunidad llamada Shaker Heights. Si pincháis en el enlace veréis que existe de verdad. Está a las afueras de Cleveland y es... Bueno, la típica zona residencial con sus mansiones perfectas y su césped perfecto y sus normas perfectas que hemos visto tantas veces en las películas norteamericanas. Los fieles que la fundaron a principios del siglo XX "creían que regulándolo todo se podía crear un pequeño paraíso terrenal". Y la familia Richardson está tan arraigada en Shaker que la ideología del lugar, basada en el afán de éxito y una instintiva intolerancia a los defectos, ha llegado a impregnar la forma de pensar y de actuar de todos sus miembros. Acercar el mundo a la perfección, ese es su lema. Y lo hacen con el virtuosismo despreocupado con el que un violinista ajusta, sin mirar, la clavija de su violín para afinarlo. 

"Las reglas existían por una razón muy sencilla: si las seguías te iba bien en la vida; en caso contrario, corrías el peligro de incendiar el mundo". Pero, ¿quién es capaz de seguir las reglas siempre, de ceñir sus deseos y su individualidad al mismo camino trillado de lo que otros llaman virtud? 

Me gusta el cariño con que la autora trata a sus personajes. Su inteligencia para introducirse en sus motivaciones y hacerles resolver rompecabezas de un solo vistazo, con esa lógica inmediata que no pasa por el filtro trabajoso de los razonamientos; hacerles mirar el mundo con el asombro cándido de quien lo está descubriendo por primera vez; y hacernos mirar a nosotros, sus lectores, la maternidad desde muchos puntos de vista, como un experto minerólogo mostraría a su público los distintos reflejos que proyectan los minerales cristalinos. 

Y es que ese es el tema principal del libro. La maternidad. "Para una madre, un hijo no es sólo una persona, sino también un lugar: una especie de Narnia, un reino vasto y eterno en el que se confunden el pasado, el presente y el porvenir". Un lugar que una madre anhela, envidia, y que, una vez alcanzado, debe proteger a toda costa de aquellos que no han aprendido a mantenerse alejados del fuego. Un lugar que lo cambia todo: el cuerpo, el futuro, la pareja, el amor, los sueños. Un lugar inabarcable en perpetuo cambio. 

Celeste Ng
La señora Richardson "siempre había sabido lo peligroso que era el fuego, la asombrosa facilidad con que se propagaba, subiendo veloz por los muros y las zanjas. Así que más valía vigilar su chispa, pasándola con cuidado de una generación a otra como una antorcha olímpica. O quizá se tratara más bien de salvaguardarla celosamente como recuerdo del bien que anida en el ser humano: una llama eterna que nunca debía quemar nada". 

Difícil, llevar esa llama dentro y no quemar nada. 
Difícil cuando tu rebeldía no cabe en el estricto mundo de normas que te rodea. 
Difícil resistirse a callarse ante una injusticia cuando una puede rebelarse sembrando pequeños fuegos por todas partes.