miércoles, 23 de agosto de 2017

LA URUGUAYA

"Yo quedaba partido, colgado de esa emoción que no se disipaba. Eso era Montevideo para mí. Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo". 

Él es un escritor argentino. Ha recibido un adelanto de quince mil dólares por los dos próximos libros que va a escribir y cruza el Río de la Plata para cobrarlos en Montevideo, donde pierde menos dinero con el cambio. Y donde vive una chica a la que ha visto apenas dos veces, pero que ya ha ocupado toda su vida: la uruguaya. Todo le habla de ella: las canciones de la radio, las películas, las playas, el horóscopo. Vive entregado a las decisiones de su cuerpo, a ese punto ciego, más allá del lenguaje, en el que Montevideo y su uruguaya son partes indisolubles de un mismo deseo. Y su piel vibra con la expectativa de verla mientras la espera sentado en una terraza, porque "no hay cosa más linda que ir al encuentro de una mujer hermosa". 

Pasan la tarde juntos paseando por la ciudad. La historia avanza al ritmo de sus pasos, entran en una tienda, miran, salen, entran en otra y compran golosinas, tonterías, un ukelele, se ríen con bromas tontas, se tocan, se apartan, se vuelven a tocar. A veces se enfadan un poco, y al instante se reencuentran en otra broma o en otro beso, siempre hablando, flotando en una conversación seductora que fluctúa, una llama frágil que un cúmulo de expectativas imprecisas mantiene encendida. Son una pareja "merodeando por el mundo, el asombroso mundo incomprensible". Y ella brilla en su Montevideo idealizado como escondida dentro de una canción que solamente él conoce. 

Él es padre de un niño pequeño. Marido de una mujer que se está alejando. Y vive de un amor a mitad imaginado en un país a mitad imaginado. "Te hace muchas piruetas el cerebro a vos", le dice la uruguaya riendo. Y sí. Es un hombre extasiado por su revolución interna, su secreto, el acelerón que le da la proximidad de esa uruguaya y que le lanza a los márgenes del tiempo y del espacio, ahí, a ese resquicio minúsculo de esa tarde en la que él sigue siendo él, él sin su hijo, sin su mujer, sin deudas, él solo, con su excitación y las posibilidades de su vida de repente abiertas de nuevo. 

La uruguaya es una novela breve cuya trama transcurre en un solo día, y tiene el encanto de lo efímero, de lo que sólo va a poder disfrutarse unas pocas horas y, por ello, se vive con mayor intensidad. Es un relato irónico y sentimental, atrapado en la memoria de un día que el narrador repasa y estudia, ampliando sus detalles para que cada momento crezca y se desarrolle en su cabeza hasta cobrar proporciones de mito. Es triste. A ratos, desconsolado. Pero en cada página vibra una ligereza cómica que encandila. 

Qué somos. Qué deseamos ser. En qué nos convertimos. Las preguntas más trascendentes tienen en esta novela respuestas imprevisibles que nos dicen, con una sonrisa irónica, que las vidas que merecen la pena ser vividas están siempre sometidas a un perpetuo cambio. 



lunes, 14 de agosto de 2017

MALDITOS 16

Hay una rabia escondida en cada palabra y cada gesto que intercambian. Han aprendido muy rápido todo lo que no quieren en la vida, y de momento les vale cualquier cosa que les ofrezca la posibilidad de huir, o de salvarse. Se sienten distintos, encerrados en su diferencia, aterrados por lo que los demás puedan pensar de ellos. Buscan un equilibrio imposible entre su necesidad de ser aceptados y su necesidad de aceptarse y expresarse con libertad. Tienen miedo a no saber encontrar un motivo para vivir más grande que el cotidiano dolor de estar vivos. No son niños. No son adultos. Tienen dieciséis años y están aprendiendo a decir: he intentado matarme. 

El suicidio es una palabra que no se pronuncia en voz alta. Más bien se esconde en comentarios al oído, cuchicheada con morbo o, en el mejor de los casos, con compasión: ¿te has enterado?, Marcos ha intentado matarse, sí, por una ventana, ¿con pastillas?, no, ni idea, pero qué loco, qué idiota, pobrecillo. No se habla de ello porque querer matarse es un tabú. Nuestra querida cultura occidental, impregnada de catolicismo, nos ha enseñado a verlo como un pecado, un acto ignominioso que hay que esconder de la vista de los demás, un oprobio, una vergüenza. Las causas son lo de menos. Matarse es propio de pecadores, locos, egoístas, egocéntricos, caprichosos. Y nadie quiere tener a un suicida cerca. 

Si el suicidio es un tema tabú, el suicidio adolescente lo es todavía más. A los dieciséis años, uno sigue siendo un niño a los ojos de sus padres. Y aunque las estadísticas digan que el suicidio es la segunda causa de muerte entre los adolescentes, todo el mundo sabe que los niños no se suicidan. ¿Cómo podrían hacerlo? ¿Y por qué, por Dios, por qué lo harían? 

Para vengarse. "De mis padres, por exigirme; de mis compañeros, por putearme; de mis profesores, por fingir que no se enteraban". Son menores de edad, pero no se lo están inventando. Toda esa vida trágica y ese dolor infinito son reales. Tan reales como los insultos, los menosprecios, las palizas, la identidad sexual incomprendida, despreciada y ridiculizada. Tan reales como la necesidad de cariño ignorada, como la rabia que produce desear algo, algo pequeño y sencillo que todo el mundo toca, y saber que siempre estará fuera de tu alcance. 

Esta obra de teatro de Fernando J López se estrenó en enero de 2017. Sus cuatro personajes adolescentes se inspiran en jóvenes que el autor ha conocido en las aulas, en el hospital y en las redes sociales. Alumnos, pacientes y lectores de sus novelas "que necesitan que la cultura los convierta, de una vez, en protagonistas". A través de sus palabras, ellos han reunido el valor de decirles a todos los que les despreciaron o ignoraron o pensaron que no era para tanto: he intentado matarme. Y al oírse, han entendido que no ocurrió. Que siguen aquí porque han conseguido ser más fuertes que ellos. 




lunes, 7 de agosto de 2017

ROJO Y NEGRO

Hay escritores que escriben siempre el mismo libro. 
Hay gente que escribe siempre la misma cita en sus redes sociales. 
Y hay lectores que leen novelas para buscarse, subrayando frases con un lápiz alborozado que parece decir: ¡mira, mira, aquí están mis sentimientos!
Leer novelas para buscarse me parece una forma de reducir la literatura a su capacidad sanadora. Es como buscar pareja para no sentirse solo. Como si la literatura y la gente tuvieran como único fin aliviar y acompañar nuestro exceso de emociones. 

Cuando leemos novelas nos convertimos en otros. Olvidamos por un rato quiénes creemos ser para introducirnos en la cabeza de un personaje, en su emoción o en su lógica. Olvidamos el sofá, la cena y a la suegra y vivimos vidas que jamás serán la nuestra. Diluimos nuestra identidad para poder meternos en la piel de seres extraños o fantásticos, porque si no nos desprendiéramos de buena parte de nosotros mismos, estaríamos leyéndonos siempre hacia adentro, o usando los libros como excusa para encontrarnos en ellos. La maravilla de leer ficción no es reconocerse en un personaje, sino ser capaz de desprenderse tanto de la propia identidad que uno mismo se convierte en ese personaje y siente y piensa y sueña y vive y muere en ese personaje, sin que los sentimientos, los pensamientos, los sueños, la vida o la muerte de ese personaje tengan ningún contacto en ningún momento con los suyos propios. 

Cuanto más lejos queda la vida de los personajes de la nuestra, más fácil es despojarnos de nuestra identidad y meternos en la de ellos. A mí me pasa con las novelas históricas. Con la literatura fantástica. Y con los clásicos del XIX. Me ha pasado, en estas últimas dos semanas, y a niveles insospechados, con Rojo y Negro

En este novelón de Stendhal he sido muy poco quien creo ser. Y eso me ha permitido ser muchos personajes; sentir, pensar y actuar dentro del libro según la lógica (o los caprichos irracionales) de todos ellos. He sido, por ejemplo, una señora llamada Mme de Rênal, casada con un marido ruin, y a través de su piel me he enamorado del nuevo y jovencísimo preceptor de sus hijos. He admirado sus mejillas suaves y sus ojos inocentes y su timidez encantadora de hijo de leñador al adentrarse en mi mundo de lujos y comodidades. He coqueteado con él sin pensar en Dios ni en su pecado hasta que las normas sociales de este 1827, tan lejos de la liberalidad del siglo anterior, me han hecho probar el amargor de palabras como adulterio, escándalo, ignominia y deshonra. 

También he sido, sin duda, el joven Julien Sorel. He sentido el fuego de la ambición y el desprecio por todos esos nobles ricos que juegan en sus mansiones con el destino de la gente humilde. He recibido el amor de la mujer de uno de esos nobles y me he dejado llevar por la pasión prohibida, pese a mi vocación de seminarista y mi deseo de gloria. He soñado con las hazañas de Napoleón en una época en la que aún es peligroso ensalzar al héroe caído y he utilizado mi soberbia y mi rebeldía para luchar contra las jerarquías, contra el clero y contra la prepotencia de los poderosos. 

He sido unos niños sin voz, jugando despreocupados en un jardín mientras el amante de mi madre nos mira con ojos melancólicos, escondido tras los visillos de una ventana. He sido un abad furibundo que esconde su ternura a base de latín. He sido un marido más preocupado por su honra que por su felicidad, una amiga harta de servir de carabina, un marqués que ama la erudición y un conde que sueña con Borbones. 

Cuando leemos novelas nos convertimos en otros. A mí me pasa siempre que el libro me gusta. Y me ha pasado hasta tal punto con esta novela de Stendhal que después de ciertas sesiones largas de lectura tenía que parpadear varias veces y soltar alguna tontería del siglo XXI para sacudirme todos esos personajes con sus pasiones y cálculos y volver a mi vida tranquila de librero, sin adulterios escandalosos ni huidas por el balcón ni seminarios infernales ni ambiciones napoleónicas. Aunque bueno, estas últimas a veces se presentan sin previo aviso y me susurran al oído: qué, para estas vacaciones, ¿nos pasamos por la isla de Elba?



miércoles, 2 de agosto de 2017

ENCICLOPEDIA MISTERIOSA DE LOS SERES DIMINUTOS

Todo el mundo sabe que los besos se esconden en los pliegues de la piel, en esas arruguitas minúsculas que se forman cuando nos reímos y que sólo hace falta frotar suavemente encima con la yema de un dedo para que salgan todos corriendo de su escondite deseando que alguien vaya a recogerlos. 

Todo el mundo sabe que las historias no solamente se encuentran en los libros, sino que se desparraman por las estanterías de madera de las librerías (sólo por las de madera) y se quedan adheridas a su superficie para siempre, de manera que cuando los libros se van, parte de su esencia se queda en aquella superficie lisa que les dio cobijo. 

Todo el mundo sabe que, en las noches de luna llena, cuando nadie pasa por ellas, las carreteras se desperezan, se sacuden el polvo de los coches y le añaden curvas a sus rectas para salir a bailar con los árboles y el viento y soñar que las luciérnagas del campo brillan en su pelo como estrellas. 

Todo el mundo sabe estas cosas. Se aprenden en casa, en los sueños o en la escuela. 
Pero lo que no todo el mundo sabe es que si los besos pueden esconderse en la piel, las historias impregnarse en la madera y las carreteras bailar en la noche es gracias a multitudes de seres diminutos que velan cada día y cada noche por el buen funcionamiento de nuestro mundo. Duendes del supermercado, hadas del cuarto de baño, trols de los campos de fútbol y trasgos de los túneles del metro. Los seres diminutos de esta enciclopedia misteriosa están por todas partes, aunque la mayoría de la gente no los vea.
Basta con cerrar los ojos de ver las cosas normales y abrir los de la imaginación. 



jueves, 27 de julio de 2017

LA LEVEDAD

La risa es una declaración de libertad. Rompe el miedo a lo desconocido, el miedo a la violencia y al silencio. Es una formidable estrategia de defensa ante cualquiera que esgrima su ofensa como arma. Irrumpe con su estrépito de ligereza y ataca a los que odian allí donde son más vulnerables: en su idea del honor. La risa libera, traspasa fronteras y une a las personas de cualquier cultura en un idioma común: el de la alegría. Hace dos años, ocho miembros de la revista satírica francesa Charlie Hebdo fueron asesinados por reírse. La filosofía de la revista era: "pasarlo bien, ser libre, inventar cosas, equivocarse, volver a empezar". Los hermanos Kouachi, pertenecientes a Al-Qaeda, consideraron que su risa era incompatible con sus sentimientos religiosos y los asesinaron por ello. 

El 7 de enero de 2015 la autora de este cómic se quedó dormida. No oyó el despertador y cuando llegó a la sede de Charlie Hebdo sólo tuvo tiempo de escuchar los disparos y esconderse. Su retraso le salvó la vida, pero no la libró del trauma de perder, en apenas unos minutos, a la mayoría de sus amigos y maestros. Cada noche sufría la misma pesadilla. Cuerpos, muerte, violencia. Y durante el día, la misma ausencia de emociones, como si el atentado la hubiera vaciado por dentro, dejando sólo la carcasa de la mujer que antes era. Hasta el cabreo se había esfumado. ¿Por qué matar? ¿Por qué acabar con la vida de los que no piensan como tú si el tiempo ya se va a encargar de hacerlo por nosotros de todos modos? 

Este cómic cuenta el atentado, el limbo por el que pasó la autora los meses siguientes y su sed de belleza para contrarrestar su vacío interior. Viajó a Roma, a la Villa Medici, que desde hace cuatro siglos es un asilo de artistas de todo el mundo en busca de inspiración, para empaparse de belleza en un intento de "recurrir al síndrome de Stendhal para anular el síndrome del 7 de enero". Cambiar la intoxicación por un exceso de muerte por la intoxicación por un exceso de belleza. Porque la belleza, al final, no es más que cultura, energía, búsqueda de un ideal. Es decir, vida. A la vuelta de su viaje, Catherine Meurisse escogió para su obra un título quizá inspirado en Kundera: la levedad, la insoportable levedad de permanecer, de sobrevivir y de hacer que, cueste lo que cueste, el futuro merezca la pena.

La filosofía de vida de Charlie Hebdo era la risa. Y lo sigue siendo. Después del atentado siguieron publicando y su siguiente número vendió siete millones de ejemplares. Siete millones de personas dispuestas a salir a la calle a defender la risa contra los que buscan someternos mediante la violencia y decirles que no nos tomamos en serio sus intenciones, que su religión es ridícula si no soporta las bromas y que seguiremos defendiéndonos siempre de su indignación trascendente mediante la ligereza y el sentido del humor. 

El terrorismo es el enemigo declarado de la risa y del lenguaje. Por lo tanto, ¿qué mejor forma de combatirlo que reírnos juntos?





lunes, 24 de julio de 2017

CAFÉ AMARGO

Las historias sobre Italia siempre tienen para mí un atractivo especial. Es un país maravilloso, de una belleza natural extraordinaria y cuenta con un patrimonio de obras de arte apabullante. A esta autora siciliana la descubrí con su primera novela, La mennulara, una historia original e interesante que retrataba de forma magistral el ambiente y las costumbres sicilianas, incluida la mafia.

En este Café amargo he encontrado una preciosa historia de amor enmarcada, como en todas las novelas de su autora, en su Sicilia natal, durante la primera mitad del siglo XX, con sus prejuicios, sus personajes pintorescos y, de forma especial, iluminando las personalidades de María y Giosué, los dos protagonistas junto con Pietro.

El trasfondo son las dos guerras mundiales y la repercusión que tuvieron en la vida de los habitantes de Palermo. Dos temas fundamentales, de primera importancia: la situación insoportable e inhumana de los mineros del azufre y la desastrosa y cruel actuación de Italia en la guerra con Etiopía en los años 30. Un detalle para mí muy relevante que se le ha olvidado a la autora consignar fue la matanza indiscriminada de civiles con gas mostaza que ya entonces estaba prohibido y la fumigación de las tierras cultivables con el mismo gas que las hizo improductivas por muchos años. Estos terribles hechos fueron alabados por Churchill y el papa Pío XI como una hazaña del gobierno italiano.

Sobre la historia de Italia quiero traer aquí el recuerdo de Los hijos, uno de los libros más interesantes que he leído, escrito por el periodista italoamericano Gay Talese.

Café amargo tiene además encantos especiales, su explícita sensualidad y el retrato minucioso de los decorados en las casas y jardines de la burguesía y la aristocracia del sur de Italia. Un placer su lectura.



domingo, 16 de julio de 2017

TANTOS DÍAS FELICES

Vincent y Guido son dos amigos con la vida resuelta y ganas de enamorarse. Inteligentes, ricos y despreocupados, son lo suficientemente jóvenes para desear salir por las noches a "pegar patadas a neumáticos y estallar botellas contra las paredes" pero, sin duda, demasiado distinguidos para semejantes desmanes. Guido conoce a Holly, una chica impenetrable, excéntrica y elegantísima que pronto se convierte en su obsesión, "mejor que cualquier fantasía, mejor que esos sueños adornadísimos que, por la mañana, dejan tras de sí un dulce sabor de felicidad inexplicable". Y Vincent, poco después, se topa con Misty, una compañera de trabajo nada nebulosa que, con su pesimismo combativo de clase proletaria, ejerce de perfecto contrapunto para el dandismo benevolente y pacífico del galán enamorado. Guido vive volcado en el arte, y aunque no hace más que vivir el momento, se pasa la vida analizando sus emociones. Mientras que Vincent, que como científico se dedica a analizar la realidad, se limita a vivir sin prestar atención a cálculo alguno. Con estos dos personajes, y sus respectivas parejas, Laurie Colwin ha creado una comedia encantadora y perspicaz sobre las complejidades del amor.

Ya me pasó con Felicidad familiar. Internarse en la literatura de Laurie Colwin es un chute de buen rollo y sutileza, con ese entusiasmo descontrolado y un pelín neurótico de las películas más alegres de Woody Allen. Es como volver de cenar con amigos y ponerse a analizar en el coche con tu pareja todos los detalles de la cena: fíjate lo que le ha dicho, y cómo se ha quedado callado cuando le has respondido que no podías ir, pues les he visto mejor que el año pasado pero, ¿has visto?, no se han tocado ni una sola vez, esta chica lo va a volver loco, pues yo creo que le va a a venir fenomenal, qué dices, que sí, le hace falta que alguien se lo ponga un poco difícil, que vaya por delante, que le haga esforzarse, mmm, pues quizá tengas razón, que lleva años acostumbrado a conquistas fáciles y ya le toca luchar un poco, y te has fijado que... Un cotilleo animado y mordaz, como todo buen cotilleo, ingenioso, cariñoso, con ese colmillito malévolo que convierte toda charla intrascendente en una fiesta del ingenio. 

Hablar de amor es hablar de misterio. De la perplejidad, a veces resignada, a veces feliz y entusiasta, que provocan sus vaivenes. Incluso cuando todo va bien y la vida fluye y la rutina se disfruta como un dulce, Holly siente la necesidad de buscarle alguna pega, de estropear un poquito el cuadro perfecto de su vida para hacerlo real y comprensible y así disfrutarlo mejor. Y se marcha sola a Francia tres semanas para experimentar la sensación de añoranza buscando la belleza a través de la imperfección, buscando romper la simetría que hace de cualquier relación algo armónico y estable, sólido y duradero, pero poco estimulante. 

Los libros de Laurie Colwin podrían rozar la frivolidad si no realizara, con cada personaje, un análisis profundo y conciso de su cualidad humana. Están llenos de ideas sobre la vida, ideas divertidas, disparatadas, filosóficas, irónicas y extrapolables a cualquiera que haya sentido el vértigo de adentrarse en la vida adulta sin saber cómo hacerlo. No recuerdo a ningún escritor que trate a sus personajes con el cariño que les demuestra Laurie Colwin a los suyos. Su tono parece decir: queridos míos, qué locos estáis ¡y cómo os quiero!

Laurie Colwin

Me cuesta escribir sobre los libros de esta autora y no decir tonterías. Mi cuaderno de notas está lleno de comentarios elogiosos, edulcorados y cursis como la carpeta de un adolescente que acaba de descubrir a Bécquer. Sus libros proporcionan esa felicidad efervescente de las comedias de Woody Allen y salgo de ellos medio enamorado, sintiendo el suelo blandito y una euforia íntima incontrolable. Y quiero más. Por favor, Libros del Asteroide, quiero más. Volver a ella. A su tono. A sus diálogos mordaces y sus personajes excéntricos y entrañables. Quiero más. Encerrarme con todos sus libros en una habitación y no salir en días, hasta que sus palabras me dejen la cabeza y el corazón con las sábanas revueltas.