martes, 24 de abril de 2018

LIBRO DEL DESASOSIEGO

Este libro es un palacio. Un palacio ruinoso, elegante en su decadencia como sólo los portugueses saben serlo. Cada fragmento es una estancia custodiada por una puerta. En muchas ocasiones no he logrado franquear la entrada. Lo más probable es que no lo logre nunca. Algunas puertas me han mostrado horrores insoportables, tristezas abismales de las que he salido huyendo. He procurado leer este libro en pequeñas dosis, internarme en sus estancias con frecuencia pero poco tiempo, quizá para no exponerme demasiado a su enfermedad, para tratar de no contagiarme. 

Pero es imposible. Su clamor resuena en mis oídos días después de haber cerrado sus páginas. El clamor diáfano y sencillo del desasosiego que se esconde tras las rutinas diarias, que se clava en cada gesto banal cuando cesa la distracción cotidiana de vivir y todas las preguntas pesadas e insoportables se agolpan y empujan y derriban los diques tras los que protegemos la inocencia y la ilusión: ¿por qué eres así? ¿Por qué no cedes al anhelo? ¿Por qué te blindas ante los sueños y la furia de tus deseos? ¿Por qué insistes en proteger el amor de la mentira que lo fundamenta? ¿Por qué te proteges? ¿Por qué?

"La inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiera pensar, se pararía". Y así vive Bernardo Soares, el autor de este libro de fragmentos, de este palacio enloquecido, contable lisboeta dedicado a la contemplación estética de la vida, que disfruta los días como libros y cuya máxima aspiración es crear obras de arte que pueda admirar con el placer con el que se admiran las obras ajenas, la primavera en las mejillas de los jóvenes o el susurro del viento en los árboles. Escribe y escribe, en la soledad absoluta de su vida, como quien hace solitarios, como quien silba una melodía inventada mientras pasea sin propósito, sin ambición y sin trascendencia, por el mero placer de sentirse vivo y no tener la obligación de hacer, estar o ser nada para nadie. 

En este palacio hay estancias magníficas, resplandecientes, cuyo brillo es capaz de iluminar el pensamiento de cualquiera y ayudarle a alejarse del borde del abismo donde rugen los sentimientos. Estancias en las que la poesía y la filosofía se engarzan en pequeños instantes de una lucidez inspirada por la intuición y la imaginación. En ellas la luz primaveral de las calles de Lisboa refleja el agua de los adoquines de la calle y cada pequeño charco en el que tiembla el reflejo de la luna es un viaje del alma de este poeta sin pretensiones, pensador a la deriva del fluir de su conciencia. En ellas, las reflexiones de Bernardo Soares aparecen de repente, como las gaviotas que cruzan en vuelos rasantes la desembocadura del Tajo, trazos erráticos y precisos como tajos de cuchillo en el cielo gris. Reflexiones a las que uno vuelve maravillado, hipnotizado por su profundidad y su capacidad de transformar nuestra percepción de la realidad y de los sueños. 

También hay estancias lúgubres, impregnadas de la luz moribunda de las farolas de la Rua dos Douradores, del tintineo fúnebre de los tranvías y del extrañamiento de estar vivo de este soñador triste e inhumano, con el corazón huido y blindado a los sentimientos. Estancias opresivas como invernaderos cuya cadencia es un arrullo, el arrullo inconsolable de una madre que acuna interminablemente a su hijo muerto. En ellas palpitan los anhelos, impulsos exaltados que ansían tocar toda la hermosura del mundo y siempre se quedan en la antesala de la caricia. En ellas apenas se puede respirar: el instinto te hace retroceder inmediatamente, como ante un peligro sin nombre, aterrado, con el alma encogida y erizada. Sus espejos hieren y la lucidez de sus palabras, intolerablemente reveladora, corta como cuchillas y puede sembrar la destrucción en cualquier lector desprevenido. 

En todas, sin embargo, suena la música. La música incomparable de la prosa de Pessoa. Es una cadencia hipnótica como el fluir de un manantial o el fuego de una hoguera. Es hermosa incluso cuando no se entiende. Y a veces su hermosura consiste, como en tanta poesía, precisamente en no entenderla. Uno lee este libro como si se sentara a escuchar a un violinista callejero. Cierra los ojos y se entrega al instante, a lo irrepetible del momento. A la deriva impredecible de las notas y las frases, desligadas de todo contacto con lo real, lo comprensible, lo contable. El lenguaje, musical y literario, como arte decorativo. Las notas, las palabras, como una forma, la más pura, quizá, de embellecer el mundo embelleciéndose a sí mismas. 



jueves, 19 de abril de 2018

QUÉDATE CONMIGO

Reconozco que no me esperaba esta novela. No después de saber que es el primer libro de esta autora y de ver su juventud sonriéndome con aire colegial desde la foto de la solapa. Como es nigeriana, pensé inmediatamente en la otra escritora nigeriana que conozco, Chimamanda Ngozi Adichie (como si no hubiera más nigerianas que ella en el mundo), y claro, como la noche y el día. Qué prejuicio tan occidental este de imaginar similares a todos los habitantes de un país que desconocemos. El caso es que no me esperaba esta novela de esta forma. No me esperaba la desolación, la brusquedad de un amor que va perdiendo su suavidad y revelando aristas violentas, la impotencia, sobre todo la impotencia de la protagonista ante su imposibilidad de quedarse embarazada. Porque ¿cómo luchar contra la idea de que si no eres madre no eres mujer del todo? ¿Cómo rebelarse si esa idea está tan incrustada en tu cultura que ni siquiera te das cuenta de que puede convertirse en un tumor que carcome, día tras día, menstruación tras menstruación, tu libertad vital como mujer?

Un día tu marido llega a casa y te das cuenta de que sus palabras ocupan demasiado espacio. Te sobran todas las que no tengan que ver con embarazo, lactancia o niños. Sus palabras te hablan de su trabajo, de los planes del fin de semana, de las exigencias de sus padres. Sus palabras, que ya ni siquiera entiendes, resbalan por tu cuerpo como una lluvia molesta, no las quieres aquí, en la cocina, en tu casa, en tu cuerpo. Un día tu marido llega a casa y te das cuenta de que su cara es una versión desvaída de la que recuerdas. Te das cuenta de que esa cara ya no es la de antes, de que no le escuchas, de que no te importa, de que si supiera lo que de verdad pasa por tu cabeza mientras te habla su bonita sonrisa se convertiría en una mueca de miedo y horror. Y piensas: "¿Qué sería del amor si no fuese por las verdades a medias, por esas versiones mejoradas de nosotros mismos que presentamos como las únicas posibles?"

Esta es una novela sobre la maternidad. Sobre los estragos que puede hacer en una pareja la necesidad vital de ser padres. Y, por encima de todo, sobre el dolor de una mujer cuya relación con la maternidad es un desgarro continuo. Es intensa, muy intensa. Hay una rabia enfurecida detrás de la sonrisa inocente de la foto de la autora. Hay una pasión constante que no sabe nada de prudencias o delicadezas. Y un deseo que sobrevuela cada pensamiento de la protagonista: abrir en dos la memoria como si fuera un mango maduro, hurgar en la pulpa blanda, extirpar las partes enfermas y exponer todos sus secretos a la luz. 

No me esperaba esta novela. La he terminado, asombrado, con la sensación de haber escuchado una voz muy mayor: la voz de una mujer que se ha asomado a abismos insondables de dolor, una y otra vez, y que ha vuelto de todos ellos con su oscuridad en los ojos y la voluntad de seguir luchando, contra todo pronóstico, para conservar aquel amor por el que un día creyó que merecía la pena vivir.  

"No puede haber tan pocas luces en este mundo como para que tengamos que ir hasta el cielo a buscarlas". Este libro es un mapa para aquellos que se pierden buscando las luces. Un mapa con desgarros, pasiones, tristezas, y una mano abierta al fondo del abismo para salir de la oscuridad y encontrarse. 

Ayòbámi Adébáyò



lunes, 16 de abril de 2018

LA LLUVIA AMARILLA (firma invitada)

Ainielle, el pueblo en el que está ambientada esta historia de lealtades, es como un Comala en el Pirineo, una aldea abandonada por cuyas casas y calles pasean los fantasmas del pasado. Andrés, el último habitante de este ejemplo de la España vacía, como muy acertadamente la llamó Sergio del Molino, se enfrenta a su pasado, a sus fantasmas y a sí mismo con la única compañía de una perra sin nombre, el único ser vivo que permanece fiel a su lado hasta el final.

Esta historia, escrita con un lirismo que sobrecoge y cargada de metáforas y símiles, nos narra el final de las cosas y cómo los seres humanos nos empeñamos en mantener vivo, aunque solo sea en nuestros recuerdos y corazones, lo que lleva muerto años. En ese alargar su existencia, el protagonista se aferra a las piedras de las casas casi en ruinas ya, pero también al agua que mana en el río y a las voces de quienes fueron y vivieron en su casa y que, ahora que él está al borde de la muerte, también hablan desde la otra vida.

Esta novela investiga y profundiza en las raíces de la vida, la familia y la soledad. También es una novela sobre la supervivencia: la física y la emocional. Y es testigo de un acontecimiento que lleva produciéndose en nuestro país desde hace décadas: la despoblación. Y no lo hace con el rigor de un ensayo, sino con la sutileza del que lee en las arrugas de la cara, en las grietas de los edificios o en el discurrir de un torrente.

Ha sido muy interesante adentrarse en la vida de este personaje y dejarse cubrir por la nieve del Pirineo y la lluvia amarilla que con la locura de la soledad lo cubre todo. Una lluvia amarilla que es real y que es el símbolo de emociones, recuerdos y de la muerte misma.


viernes, 13 de abril de 2018

EL PELIGRO DE LA HISTORIA ÚNICA

Crecí en un pueblo del noroeste de Madrid. En mi barrio no había negros, ni extranjeros, ni, que yo supiera, homosexuales. Mi primer contacto real con extranjeros fue a los trece años: un mes de julio en Inglaterra. Mi primer contacto real con negros fue a los diecisiete: nueve meses en París. Mi primer contacto real con un homosexual, que yo sepa, fue a los veinte: un compañero de conservatorio. Extranjeros, negros, homosexuales siempre fueron la excepción. Lo distinto. Y en los tres casos recuerdo con nitidez la sorpresa que me produjo darme cuenta de lo parecidos que eran a mí, cuando yo los había imaginado tan diferentes. 

En este breve ensayo, que recoge su primera TED Talk, Chimamanda Ngozi Adichie explica por qué nos imaginamos tan diferentes a los que en realidad son tan iguales a nosotros. Cuenta, por ejemplo, que cuando llegó a Estados Unidos para estudiar en la universidad, su compañera de habitación, estadounidense, no daba crédito del buen inglés que hablaba aquella chica africana (el inglés es idioma oficial de Nigeria) ni de que, al preguntarle por la música tribal que escuchaba, le sacara el último éxito de Mariah Carey. "Su actitud por defecto hacia mí, en tanto que africana, era una especie de lástima bienintencionada y paternalista. Mi compañera de habitación conocía una única historia sobre África, un relato único de catástrofes. En esa historia no cabía la posibilidad de que los africanos se le parecieran en nada." Lo mismo me pasó a mí en Inglaterra y en París. La historia que conocía de los extranjeros y los negros era única. O, mejor dicho, se componía de muchas variantes (literarias, cinematográficas, publicitarias, musicales) de la misma historia. Una misma historia en la que ellos, invariablemente, eran diferentes.

La ignorancia nos vuelve vulnerables ante una historia. Si nunca hemos visto el mar, seremos más propensos a creer que en las playas se esconden tiburones. Si nunca hemos besado una piel más oscura que la nuestra, podrán seguir convenciéndonos de que no reacciona con la misma sensibilidad. Recientemente una mujer negra ha sido acusada de asesinar a un niño blanco en España. El caso ha levantado una oleada de odio hacia esa mujer y ha vuelto a encender el debate sobre si debería imponerse la cadena perpetua para este tipo de crímenes. Sin embargo, en los últimos años se han sucedido varios casos de asesinatos de niños por parte de adultos blancos que no han trascendido más allá de la crónica de sucesos. La sociedad responde así porque el relato sobre la violencia que han interiorizado le dice a la mayoría que el color de la piel es un agravante para los casos de asesinato. Que si el asesino es negro, es más culpable.

Chimamanda Ngozi Adichie
Toda nuestra existencia está condicionada por historias únicas. Aunque a algunos nos choque escuchar aquello de nuestra empresa tiene sucursales en India, África y otros países, decimos literatura africana como si fuera un conjunto homogéneo pero diferenciamos muy bien la literatura española de la griega. Hablamos de comida asiática pero nos resultaría ridículo decir comida europea. Al pensar en indios vemos rostros oscuros y pobres, y sin embargo, millones de ellos se parecen más a nosotros que muchos de nuestros propios compatriotas. Desde España, los africanos que llegan en pateras se ven como gente desesperada, que, o bien hay que expulsar porque vienen a aprovecharse de nuestro sistema social, o bien hay que cuidar porque son extremadamente pobres y no saben valerse por sí mismos. Pero, ¿cómo se ve esta actitud desde su punto de vista? Todavía recuerdo el escándalo de muchos españoles al ver que los refugiados sirios llegaban a las costas griegas con sus iPhones. ¿Pero no eran pobres?, parecía decir su sorpresa. ¿Pero no estaban desesperados? En definitiva: ¿pero no eran diferentes a nosotros?

Las historias únicas sirven para apuntalar el poder mediante la opinión pública. Canalizar un prejuicio y convertirlo en un instrumento político o social en beneficio de una empresa, un partido político o un movimiento social. Sin embargo, ninguna historia única es la historia definitiva. Detrás de cada relato que conforma nuestra opinión sobre algo, existen otros relatos que no hemos tenido en cuenta. Si tomamos el hábito de buscar esos otros relatos, de leer a otros escritores, de aprender otros idiomas y otras culturas, de conocer, tocar y besar a aquellos que consideramos diferentes, de escuchar las historias de quienes no suelen tener voz, quizá nos sea más fácil entender que todas las historias que creemos saber no son sino versiones sesgadas por nuestra cultura y nuestra educación. Y que en nuestra cultura y educación hay sitio para muchas más historias de las que creemos.

La charla de Chimamanda Ngozi Adichie que compone este librito se completa con un texto de la filósofa Marina Garcés sobre el mismo tema. Mientras que el punto de vista de la nigeriana es social y narrativo, el de la española es filosófico. "Aprender a pensar es aprender a relacionarnos con lo que no sabemos". Y es muy difícil dejar a un lado las historias para relacionarnos solamente con ideas, como llevan haciendo los filósofos desde la antigua Grecia. Podemos pasarnos toda la vida defendiendo con la palabra la dignidad humana, pero nuestro compromiso estará vacío si no entendemos que eso que llamamos dignidad humana es un concepto sin rostro visible, y que un concepto sin las historias que lo componen no sirve para nada.

Garcés empieza con una pregunta: "¿De cuántas historias está hecha una idea?"
La respuesta, creo, es fácil. De cuantas más, mejor.

Marina Garcés




miércoles, 11 de abril de 2018

IVANHOE

Han pasado veinticuatro años desde que leí este libro por primera vez. Todavía estaba en primaria. Recuerdo muy pocas cosas de aquella lectura. Las justas, la caballería, la sensación de aventura, Ricardo Corazón de León, todo envuelto en una nebulosa en la que apenas se distinguen los blasones de los escudos y se escucha el silbido de las flechas de aquel arquero de Locksley. Hace unas semanas leí algo, no recuerdo dónde, sobre Walter Scott y cómo causó furor en los lectores de principios del siglo XIX con sus novelas históricas, y decidí que quizá un clásico así bien valía una relectura adulta. Y vaya si la valía. 

Uno de los mayores placeres de releer una historia que leímos de niños es la posibilidad de recuperar esa sensación de infancia entre las páginas del libro. Sin duda, hay algo de mis once años en la nobleza romantizada de estos nobles y en las chanzas de los proscritos del bosque. Una adrenalina espontánea cuando los caballeros se bajan la visera y azuzan a sus caballos en busca de su idea de fama y de gloria. Una congoja sincera ante las desdichas de las doncellas, siempre, en todas las ocasiones, maltratadas por la pasión ciega de aquellos que se creen con el derecho de perseguir su atención. 

Sin embargo, como en todos los buenos libros, he descubierto en Ivanhoe muchas cosas que en su día se me escaparon o a las que simplemente no presté atención. Por ejemplo, la rivalidad visceral entre sajones y normandos, entre vencidos y vencedores, que seguía latente más de un siglo después de la conquista. Dos pueblos, dos culturas, dos lenguas, dos formas de entender la libertad, el honor y la vida. Al final, los normandos (los franceses) prevalecieron, y aunque los sajones se mezclaron tanto con ellos que un siglo más tarde ya no quedaba casi nada de aquel espíritu nacional primitivo, permaneció en su memoria la idea de que lo que llegaba de Francia nunca podía ser de fiar. Idea que siguen compartiendo gran cantidad de británicos hoy en día, novecientos años después. 

También me ha sorprendido lo guasón que era este Scott. Se nota que conocía de memoria buena parte de la obra de Shakespeare, pues extrae de sus comedias y sus dramas ese aliento épico y poético junto al gusto por las bufonadas, las bromas y las sátiras despiadadas a la Iglesia, a la ley, a la nobleza y a cualquier institución que abuse de su poder. El bufón Wamba, con el que empieza y termina la novela, es un hallazgo maravilloso, más si cabe en una época, la romántica, más dada a los tonos solemnes y trascendentes que a la ligereza de la locura y los chistes ingeniosos. 

Me ha gustado también recordar, gracias a los personajes de Isaac de York y su hija Rebecca, la precaria situación de los judíos en la Inglaterra de finales del siglo XII, no mucho mejor que la que sufrieron sus descendientes en la Alemania de Hitler antes de las Leyes de Núremberg. Y, por último, esa forma tan vehemente de defenderse, en el prólogo, de los historiadores puristas de la época que le reprochaban ciertos anacronismos e inexactitudes en su relato. Y tenían razón, porque Ivanhoe está plagado de ellos. Pero, en el fondo, qué más da. Nadie en su sano juicio la leería para buscar documentación fidedigna sobre los últimos años del siglo XII en Inglaterra. Esta novela es, ante todo, literatura, no historia. Trata de sucesos que bien pudieron haber pasado, aunque no podamos demostrar que sucedieran de verdad. Donde se despliegue la lira de los poetas, parece decir el bueno de Scott, que se aparte el celo de los académicos. Vuestra es la ciencia, nuestra es la gloria. 



lunes, 9 de abril de 2018

INVIERNO EN VIENA

Esta deliciosa historia se publicó el año pasado y nos pasó desapercibida, ¡qué regalo ha sido descubrirla ahora! Me ha recordado el mundo de Stefan Zweig por la atmósfera vienesa, por los personajes profundos y entrañables en ese ambiente de Navidad y por el entorno de una burguesía tan cercana en el espacio a la miseria que sufre la gente que les sirve: niñeras, sirvientes y, en este caso, también el librero Oskar, un muchacho de origen humilde que encuentra en los libros el alimento cotidiano para su alma.

Novelas, cuentos, ensayos, historia, poesía, filosofía y ciencia se convierten en ventanas abiertas a un inmenso universo que permiten a este librero vivir la fantasía de otras vidas y acercarse a Marie, la niñera que trabaja para la familia del doctor Arthur Schnitzler, el famoso autor de La señorita Else. En la Viena de principios del siglo XX, Oskar le regala a Marie un libro de Rilke y esta lo lee deslumbrada, convertida en una persona distinta después de sentirse parte de un mundo que hasta entonces desconocía. 

Invierno en Viena es un cautivador cuento de Navidad, una evocadora historia sobre el poder de la letra impresa, esas manchitas negras sobre fondo blanco que tan a menudo hacen que todo cobre sentido, como las olas del mar al llegar a la arena, suavemente, como una canción. 



jueves, 5 de abril de 2018

LO RARO ES VIVIR

Una mujer va caminando por la acera de una calle desierta, cruzando una de esas horas mágicas de la madrugada en las que el mundo entero pertenece a los que siguen despiertos. La rutina de su felicidad conyugal la aprisiona y un desasosiego repentino la ha sacado a la calle en busca de un consuelo, de un refugio provisional. La luz medio muerta de una farola la tranquiliza, así como el cóctel de estrellas urbanas que saborea cada vez que levanta los ojos y la perorata sobre Kierkegaard de ese camarero inocente y apasionado que parece dispuesto a cualquier cosa con tal de postergar todo lo posible la vuelta a su cama de soltero. Todo es triste y alegre a la vez, la muerte reciente de su madre, la ternura distante de su padre, su abuelo perdiendo la memoria en una clínica, y ella allí, en un bar de madrugada hablando sobre la maravilla de estar vivos, de que no nos duela nada, de que pese a que una insista en "coser la verdad con hilos de mentira" la vida siga sosteniéndose contra todo pronóstico, y que además todo eso nos parezca normal. La muerte, la derrota, la nada: lo más normal del mundo. Lo raro es vivir. 

P. y yo hemos hablado bastante sobre este libro. Siempre con un brillo especial en los ojos. De noche. Señalándonos párrafos en la cama. Compartiendo el entusiasmo y el asombro. ¿No te habría gustado conocer a esta mujer? Impetuosa, coqueta, de humor fino, de inteligencia vivaz y muy dada a vivir en su mundo de metáforas, un punto estrafalaria y melancólica, incapaz de las sonrisas amargas que envejecen, mirando siempre con esa luz traviesa bajo la que parece esconderse una niñez irreductible. Y ya no sabíamos si estábamos hablando de la protagonista o de la propia Carmen Martín Gaite, y yo no paraba de apuntar frases en mi cuadernito y los dos pasábamos páginas con sed de secreto, sed de amor y de enigmas y de la paz que uno encuentra inesperadamente en un abrazo, como un pájaro descansando en nido ajeno. 

A veces uno necesita un entramado de metáforas para explicar la vida. Qué digo a veces, ¡siempre! Una vida sin metáforas es un pasillo sin puertas que te obliga a caminar en un único sentido en la oscuridad. Una vida que sólo se puede vivir de una forma, una sola vez. Un infierno, una tortura. Una vida en la que la gente entra en la librería con miradas iguales, en la que yo no distinguiría unos ojos desconfiados con un brillo de espada en alto de unos ojos indiferentes que buscan romper el hielo de su inquietud con un abrazo. Metáforas, metáforas. Martín Gaite desayunaba con ellas cada día. Y esta novela seguirá resonando en mi memoria con todos sus enigmas, "aquel tam-tam de lo desconocido", la búsqueda de la identidad a través del recuerdo de las personas queridas y de esas verdades cosidas con hilos de mentira. 

Carmen Martín Gaite
Lo raro es vivir cuenta una historia con muchos meandros, pero que en el fondo es muy universal y muy sencilla: una mujer joven, herida por una historia familiar que ha dejado un desorden de problemas sin resolver en su interior, pasa sus días dividida entre el ímpetu y la indecisión, los dos extremos que gobiernan sus sentimientos. Lo maravilloso es que en la sencillez de esta historia se esconde una multitud de pliegues deliciosos y declaraciones desarmantes como esta: "cuando papá se pone a dibujar, todo se disipa como una mal sueño y nadie tiene edad ni al mañana se le ven dientes de amenaza, suena una música perezosa, nos hemos levantado tarde, huele a café y es domingo". Cuando me pongo a leer tus libros, querida Carmen, me pasa exactamente lo mismo.



lunes, 2 de abril de 2018

FARIÑA

Me ha pasado otras veces. Me apasiona un libro, escribo una reseña y cuando se me acaban los ejemplares que tengo en la librería me entero de que está agotado y no hay previsión de que se reedite. Y me quedo con la miel en los labios, con un antojo persistente que no se me va. Sin embargo, nunca me había quedado sin poder recomendar un libro por que a un exalcalde gallego condenado por narcotráfico le ofendiera que le recordaran su pasado. Fariña es uno de los mejores libros que se han escrito sobre el narcotráfico gallego. Y está secuestrado porque a una jueza le parece más importante la susceptibilidad del ex-narco Alfredo Bea Gondar (cuyo nombre aparece mencionado de pasada en tres líneas de un capítulo) que la libertad de expresión. 

Impunidad, permisividad y aceptación social. El origen del éxito del narcotráfico gallego se remonta a los años cuarenta. Todo empezó con el contrabando en los años de posguerra: contrabando de subsistencia, garbanzos, harina, zapatos o bicicletas que venían de la más próspera Portugal. En los años sesenta se diversificó, en los setenta apareció el tabaco y en los ochenta la droga. Ya no se trataba de sobrevivir, sino de enriquecerse de millón en millón. Descargar contrabando era más rentable que cualquier trabajo, lo que provocó que el resto de industrias gallegas se descuidaran, incluso el turismo. Incidió en la pobreza y el atraso general de la región a medio plazo, convirtiendo a unos pocos en multimillonarios de la noche a la mañana. La estampa en los años noventa (y aún hoy se puede ver) es conocida: concesionarios de Ferrari y mansiones espectaculares al lado de pueblos pesqueros sin recursos. 

"Los narcos del mundo sonreían satisfechos con la efectividad de aquellos señores gallegos". En 1984 los carteles colombianos estaban en crisis, cercados por la DEA, y encontraron en Galicia la vía de escape que necesitaban para su negocio. Los clanes gallegos fueron un verdadero golpe de suerte. Y es que eran (y siguen siendo) verdaderamente buenos. 

Empezaron muy seguros de sí mismos, haciendo ostentación de su riqueza. La mayoría eran hombres del campo "hechos a sí mismos". Untaban a los políticos, financiaban obras sociales, beneficencias, fiestas y procesiones, equipos de fútbol. En los años ochenta eran aceptados, incluso bien vistos por la sociedad. Vilagarcía de Arousa era conocida como Vilamercedes. Montaban fiestones en los que participaban policías, guardias civiles, periodistas, políticos y empresarios, fiestones que llegaron a celebrarse hasta en la Cámara de Comercio de Vilagarcía. Se normalizó que un chaval pasara de trabajar en una frutería a comprarse un Porsche. Que un agricultor tuviera un Ferrari aparcado junto al tractor. Para ello, la connivencia de la guardia civil fue imprescindible. Pero también la de los políticos. Era como se hacían las cosas antes. Con códigos de honestidad. Preguntabas a un niño: "¿Tú qué quieres ser de mayor?". Y te respondía: "Yo contrabandista, como mi papá".

Nacho Carretero
A partir de 1990 las cosas cambiaron. Gracias a la Operación Nécora, los principales capos salieron esposados en todos los informativos. A partir de entonces, fueron más cautelosos. Se acabó la ostentación. Aunque la coca siguió entrando igual. La policía empezó a estar más encima, se organizaron macrooperaciones contra los clanes. El 80% de la cocaína de Europa seguía entrando por Galicia, el dinero seguía contándose a menudo al peso porque no había tiempo material para sumar tantos millones billete a billete, pero los resultados del negocio dejaron de estar a la vista de todos. 

A pesar de que la mayoría de los grandes capos están hoy en día en prisión, el narcotráfico gallego sigue en pie. Son clanes herméticos y muy profesionales. Tienen un control absoluto de los movimientos de la policía y son extremadamente cuidadosos. Se saben todos los trucos para pasar desapercibidos. Se han vuelto huraños, desconfiados hasta la paranoia. ¿Merece la pena ese estado de estrés constante para ser millonario? "La respuesta es la de siempre: les pierde la ambición. Los capos gallegos no saben dejarlo". Lo primero que hacen casi todos al salir de la cárcel es volver a organizar una operación. 

Este no es sólo un libro sobre la vida mafiosa, sobre las indiscreciones y miserias de ciertos políticos y empresarios. Es un libro sobre cómo una sociedad entera, la nuestra, permitió, con la excusa de que aquellos empresarios "traían riqueza", que el negocio de la coca destruyera la vida de miles de personas para satisfacer la codicia voraz de unos pocos capos gallegos.

"La línea de separación entre la sociedad y el narco, invisible en los 80, aguada en los 90, está hoy bien definida en las Rías Baixas". Sin embargo, un exalcalde de O Grove vio su nombre en este libro, sintió que recordar sus antiguos problemillas con la justicia hería su frágil sentido del honor, y decidió que había que secuestrar todo el trabajo de Nacho Carretero. 

En un artículo reciente, ha comentado, refiriéndose al autor de este libro, que "si no fuera creyente, buscaba al tipo y le metía un tiro". Los vecinos le felicitan por su decisión. Está pensando en volver a presentarse a la alcaldía en las próximas elecciones.

A las balas de Bea Gondar, como han dicho los editores de Fariña, responderemos siempre con libros.



viernes, 23 de marzo de 2018

PEQUEÑOS FUEGOS POR TODAS PARTES

Este es un libro estupendo. No de los que dejan una huella imborrable. No de los aceleran el corazón y hacen cancelar citas con chicas irresistibles. No. Es un libro sencillamente estupendo. Y es que ir por la vida saltando de libro estratosférico en libro estratosférico puede convertir el acto de leer en una carrera agotadora. Algo así como vivir en un constante enamoramiento, sumido en esa ansiedad taquicárdica donde los matices se disuelven en un deslumbramiento diario. Para bajar de esa nube de vez en cuando vienen muy bien libros como este, con una historia sencilla y absorbente y una variedad de lecturas posibles que, aunque parezcan apelar más a la razón que al corazón, esconden personajes muy bien dibujados con chispas ocultas capaces de encender pequeños fuegos por todas partes. 

Nos encontramos en una comunidad llamada Shaker Heights. Si pincháis en el enlace veréis que existe de verdad. Está a las afueras de Cleveland y es... Bueno, la típica zona residencial con sus mansiones perfectas y su césped perfecto y sus normas perfectas que hemos visto tantas veces en las películas norteamericanas. Los fieles que la fundaron a principios del siglo XX "creían que regulándolo todo se podía crear un pequeño paraíso terrenal". Y la familia Richardson está tan arraigada en Shaker que la ideología del lugar, basada en el afán de éxito y una instintiva intolerancia a los defectos, ha llegado a impregnar la forma de pensar y de actuar de todos sus miembros. Acercar el mundo a la perfección, ese es su lema. Y lo hacen con el virtuosismo despreocupado con el que un violinista ajusta, sin mirar, la clavija de su violín para afinarlo. 

"Las reglas existían por una razón muy sencilla: si las seguías te iba bien en la vida; en caso contrario, corrías el peligro de incendiar el mundo". Pero, ¿quién es capaz de seguir las reglas siempre, de ceñir sus deseos y su individualidad al mismo camino trillado de lo que otros llaman virtud? 

Me gusta el cariño con que la autora trata a sus personajes. Su inteligencia para introducirse en sus motivaciones y hacerles resolver rompecabezas de un solo vistazo, con esa lógica inmediata que no pasa por el filtro trabajoso de los razonamientos; hacerles mirar el mundo con el asombro cándido de quien lo está descubriendo por primera vez; y hacernos mirar a nosotros, sus lectores, la maternidad desde muchos puntos de vista, como un experto minerólogo mostraría a su público los distintos reflejos que proyectan los minerales cristalinos. 

Y es que ese es el tema principal del libro. La maternidad. "Para una madre, un hijo no es sólo una persona, sino también un lugar: una especie de Narnia, un reino vasto y eterno en el que se confunden el pasado, el presente y el porvenir". Un lugar que una madre anhela, envidia, y que, una vez alcanzado, debe proteger a toda costa de aquellos que no han aprendido a mantenerse alejados del fuego. Un lugar que lo cambia todo: el cuerpo, el futuro, la pareja, el amor, los sueños. Un lugar inabarcable en perpetuo cambio. 

Celeste Ng
La señora Richardson "siempre había sabido lo peligroso que era el fuego, la asombrosa facilidad con que se propagaba, subiendo veloz por los muros y las zanjas. Así que más valía vigilar su chispa, pasándola con cuidado de una generación a otra como una antorcha olímpica. O quizá se tratara más bien de salvaguardarla celosamente como recuerdo del bien que anida en el ser humano: una llama eterna que nunca debía quemar nada". 

Difícil, llevar esa llama dentro y no quemar nada. 
Difícil cuando tu rebeldía no cabe en el estricto mundo de normas que te rodea. 
Difícil resistirse a callarse ante una injusticia cuando una puede rebelarse sembrando pequeños fuegos por todas partes. 



miércoles, 21 de marzo de 2018

LA BALADA DE LA CÁRCEL DE READING

Suena el eco de unos pasos en una esquina de la Rue des Beaux-Arts. Oscar Wilde vuelve cansado al hotel en el que vive, por encima de sus posibilidades, desde hace ya unas semanas. Lejos queda la fama del dandi londinense, lejos queda la elegancia del porte y la respuesta afilada e ingeniosa que siempre se ocultaba bajo su sonrisa. Ahora, en este otoño de 1900, con el cuerpo enfermo y el alma destruida, deambula por la ciudad de la luz recordando el amor que le llevó a la ruina y aquella frase con la que quizá un día consolara sus noches carcelarias y que ya no le evoca más que frío y desolación: Aquel que vive más de una vida / ha de morir más de una muerte.

La historia es conocida aunque no está de más recordarla. Oscar Wilde, en la cima de su carrera, fue condenado a dos años de trabajos forzados por ser homosexual. Su vida privada se sometió a escarnio público y su amante, Lord Alfred Douglas, se desentendió de él. El amor que no se atreve a decir su nombre, ese que inspiró a los filósofos griegos, a Miguel Ángel, a Shakespeare, fue la ofensa criminal que lo llevó a la cárcel y que terminó destruyendo al hombre que era. 

Tras su liberación, en 1897, huyó de Inglaterra y se estableció en Francia, donde escribió La Balada de la Cárcel de Reading, un largo poema en estrofas de seis versos dedicado a un compañero de prisión que fue ahorcado por asesinato. Pero el poema va mucho más allá del horror ante una ejecución. Es un grito desgarrado, una queja amarga contra la suciedad, la brutalidad, la vulgaridad y las privaciones que despojan a la muerte de su idea redentora, dejándola en lo que se ve y se siente: carne, sangre y dolor. 

Nunca vi a hombres tan tristes que miraran
con tal anhelo en los ojos
ese pequeño dosel azul
que los reclusos llamamos cielo,
y cada nube feliz que pasaba
tan extrañamente libre.

Me ha recordado a aquellos poetas ingleses que, veinte años después de Wilde, escribieron sobre la Gran Guerra (recopilados en la fantástica antología Tengo una cita con la muerte, de la editorial Linteo). Heroicos en los primeros meses de contienda, sus versos se volvieron desesperados y oscuros a partir de la Batalla del Somme, cuando dejaron de idealizar la muerte y la guerra pasó de ser banderas, sonrisas y honor para convertirse en barro, sangre y sinsentido.

Oscar Wilde

Se sabe que las flores sanan / la desesperación de cualquier hombre, y la cárcel de Reading, como todas las cárceles, no era más que ladrillo y pedernal, donde nada podía crecer de su suelo de piedra. Qué duro debió de ser, para un hombre acostumbrado a la belleza y a la delicadeza, pasar dos años sometido al régimen carcelario. Pasear en círculos, dando vueltas y vueltas, con el horror volando por la cabeza de cada desdichado, ante la mirada arrogante de los guardias vigilando a su manada de bestias. Pasear como animales con la esperanza golpeada por los golpes y los trabajos forzados que humillan y torturan el cuerpo, y por la certeza, cada día más nítida, de haber sido traicionado y olvidado por aquél que más había amado, su querido Lord Alfred Douglas.

Y hostigan al débil y azotan al loco
y se mofan del viejo
y unos enloquecen y todos se envilecen
y nadie puede decir nada.

Esta balada es un grito de un alma sensible que fue enjaulada en un infierno por haberse atrevido a pensar que su forma de amar podía ser comprendida por los demás. Un dedo acusador que clama contra la inhumanidad de la cárcel y la desesperación terrible e infinita que provoca en cada recluso ese vil confinamiento.

Olvidados de todos, nos pudrimos y pudrimos
heridos en cuerpo y alma.

Suena el eco de unos pasos en una esquina de la Rue des Beaux-Arts. Oscar Wilde vuelve cansado al hotel en el que vive, y recuerda aquellos versos que compuso de un tirón tres años antes, cuando la herida de la cárcel seguía abierta y palpitante y la posibilidad de empezar de nuevo todavía se podía acariciar con algo de ilusión. Enfermo, cansado, herido por una sociedad que se complació en arrastrar su vida privada por el lodo, sigue mirando con ojos tristes y anhelantes ese pequeño dosel azul que los reclusos llaman cielo. 

Placa en la Rue des Beaux-Arts, en París



lunes, 19 de marzo de 2018

PEQUEÑO PAÍS

El país que uno se lleva consigo cuando emigra no es un país. Es la luz del atardecer sobre el agua de aquel estanque, es la mano ligera de tu hermana que se posa sobre tu hombro para pedirte un favor, la risa descontrolada de tu primo pequeño mientras te tira un copo de avena de su desayuno, las cosquillas de una hormiga caminando por tu pie y tus ojos observando su vagabundeo errático y delicioso. 

El país que uno se lleva consigo cuando emigra es el calor que uno extrae de la memoria para sobrevivir al frío del lugar de acogida. La lluvia tropical, cálida y llena de vida que uno recuerda para soportar la gelidez de la gente, de los vecinos y los camareros de esos países europeos cuya humanidad parece petrificada como áreas de servicio vacías en invierno. 

El país de Gaël Faye es Burundi. Su pequeño país. A muchos europeos nos cuesta situarlo en el mapa. Incluso encontrarlo. Se halla en el centro de África y es más pequeño que Galicia. Verde, tropical, extremadamente pobre, es tristemente conocido por el genocidio ruandés de los años noventa, que afectó de lleno a su población y que desembocó en una guerra civil que hoy en día sigue sembrando de muertos las cunetas y que parece no tener fin. Hutus contra tutsis, tutsis contra hutus, ¿cuándo se empezó a dividir el mundo entre amigos y enemigos? 

Esto mismo se pregunta el joven protagonista de la novela: 
"- Papá, ¿la guerra entre los tutsis y los hutus es porque no tienen el mismo territorio?
- No, no es eso, están en el mismo país. 
- Entonces, ¿no hablan la misma lengua?
- Sí, la lengua que hablan es la misma. 
- Entonces, ¿es porque no tienen el mismo dios?
- Sí, sí tienen el mismo dios. 
- Entonces, ¿por qué están en guerra?
- Porque no tienen la misma nariz". 

Para un niño de diez años, de padre francés y madre ruandesa tutsi, la cuestión no está nada clara. Tiene amigos hutus y tutsis, y amigos con la nariz tan poco definida que uno no sabe qué pensar sobre su etnia. ¿Por qué definir a una persona por su nariz o su estatura? 

Y ahora, veinte años después, se pregunta: ¿cuándo empezó aquello? ¿Cuándo empezamos a desconfiar, a ver al otro como un peligro, un extraño al que atacar o del que huir? ¿Cuándo empezamos a convivir con la idea de la muerte, a domesticarla para que, dentro de lo posible, no nos clavara los dientes con cada noticia de un pariente asesinado, con cada bala perdida haciendo estallar una ventana de la clase de Historia? 

Gaël Faye
En esta novela dulce y sobrecogedora se esconde parte de la infancia del autor en su pequeño país devastado por el genocidio. Huyó de él con su hermana pequeña para salvar la vida, y tras veinte años de exilio, regresa a los lugares donde creció buscando los restos de un pasado que sigue palpitando en su memoria. Pero su país ya no es su país. Los grandes árboles del barrio fueron talados, enormes muros rematados por alambre de púas ocuparon el lugar de aquellos pacíficos setos de buganvillas. Su país se perdió en el pasado, al igual que su infancia. Y sólo una voz en la oscuridad es capaz de traerle de vuelta, con un escalofrío, la belleza y el dolor de aquellos luminosos días de juegos con sus antiguos amigos.  

El país que uno se lleva consigo cuando emigra no es un país, sino las personas que lo habitaron. Uno no se exilia de un país, sino de sus seres queridos. Sin ellos, el país no es más que una cáscara vacía, una partitura escrita para unas voces concretas que, sin ellas, no es más que tinta y papel. Gaël Faye lleva años poniendo voz y música a esa partitura con sus canciones. Esta novela es su canto de amor más completo y personal al mundo roto de su infancia, un homenaje a todos los que murieron y a los que la guerra y el odio expulsaron por el mundo para convertirlos en seres errantes en busca de un lugar donde descansar y recordar, en paz, su amor por su pequeño país. 



viernes, 16 de marzo de 2018

LA VIRGEN ROJA

Cuando viví en París, pasaba por Louise Michel casi todos los días. Era la penúltima estación de metro antes de bajarme en la última parada de la línea 3, en el barrio de Levallois, y andar los diez minutos que me separaban de mi estudio cerca del Sena. Al igual que Austerlitz, Wagram o Solferino, el nombre de Louise Michel era poco más que un puntito en el mapa de metro, una estación como las demás, entrevista a través de las ventanas de los vagones. Pero a diferencia de estas, cuya sonoridad pronto empezó a evocarme batallas napoleónicas, ese nombre femenino seguido de otro masculino, Louise Michel, se quedó en mi memoria sin su referencia histórica, sirviendo solamente de recordatorio de que ya estaba llegando a casa.

Hasta que he leído este cómic de Mary y Bryan Talbot y el nombre de Louise Michel ha explotado en mi cabeza con miles de resonancias: la Comuna de París, revolución, educación, resistencia, feminismo, barricadas, violencia, tenacidad, lucha, utopía, y he recordado su estatua en el maravilloso Parc de la Planchette, en Levallois, que tantas veces recorrí, y su nombre pronunciado en alguna clase casi olvidada de historia francesa, y me he dado cuenta de que Louise Michel seguirá siendo el puntito verde caqui en el mapa de metro, y la sensación de llegar a casa, y a partir de ahora también el nombre de una mujer temeraria y visionaria que hace casi ciento cincuenta años luchó por unos ideales revolucionarios muy parecidos a los que alimentan nuestras luchas hoy en día.

La historia de Louise Michel es turbulenta. Tras la derrota del ejército francés en la guerra franco-prusiana, los parisinos se negaron a rendirse y aprovecharon el vacío de poder para formar un gobierno cooperativo y social que paliara la escasez de comida y la frágil situación de su población. Sólo tuvieron diez semanas, de marzo a mayo de 1871. Y sin embargo, sentaron un precedente que inspiró a miles de mujeres y hombres en las décadas posteriores. Un precedente de justicia social, de economía distributiva, de resistencia pacífica a la violencia y de educación feminista.

Sus objetivos principales eran tremendamente ambiciosos: alojar a los sin techo en casas abandonadas, abolir la guillotina, crear fondos de subsistencia para familias sin recursos, conceder pensiones para viudas de guerra, expropiar los bienes de la Iglesia, crear guarderías gratuitas y cooperativas de trabajadoras en cada barrio, expulsar a la Iglesia de las escuelas y de los hospitales y controlar los medios de producción. En una época tan represiva y conservadora como fue la segunda mitad del siglo XIX (a diferencia de la primera mitad, que fue un hervidero de revoluciones), estas intenciones eran vistas como obras del demonio y fueron reprimidas con una violencia sin precedentes hacia una población civil.

En poco más de una semana, las tropas del gobierno dejaron más de veinte mil muertos, la mayoría civiles. Fue una masacre. Louise, educadora y poeta y una de las cabezas más visibles de la Comuna, fue condenada a dos años de prisión, tras los que fue deportada a Nueva Caledonia, una isla situada a quinientos kilómetros de la costa australiana. 

Gracias a una amnistía, regresó en 1880 y fue recibida en París como una heroína. Nada más llegar se lanzó de cabeza a la refriega política. Se pasó sus días entrando y saliendo de la cárcel, exigiendo cosas tan descabelladas como un matrimonio libre en el que el hombre no tuviera derecho de propiedad sobre la mujer, una educación igualitaria en la que las niñas tuvieran el mismo derecho que los niños a los conocimientos y todo aquello que había empezado a poner en práctica durante los dos meses de la Comuna y que no tuvo tiempo de implementar.

Murió en enero de 1905, con setenta y cinco años. El mismo año de otro intento fallido de revolución en Rusia. Harían falta todavía muchas décadas hasta que la sociedad estuviera preparada para empezar a luchar unida por todo aquello en lo que creía Louise Michel. Todo aquello en lo que creemos los que aspiramos a vivir en un mundo más justo y más humano.



miércoles, 14 de marzo de 2018

¿POR QUÉ?

Este cuento no tiene texto. Las ilustraciones expresan paz. Luego asombro. Luego incredulidad. Luego sinsentido. Luego destrucción. Y terminan con una pregunta. La pregunta del título. No hace falta más para mostrar lo fácil que es caer en un ciclo de violencia. Y lo absurdo que es. Popov lo hace tan bien sin palabras que he pensado que explicar este cuento en una reseña no tenía mucho sentido. Así que he transformado la reseña en un poema:

Si la hierba es verde para todos, ¿por qué?

Si el cielo es azul, o blanco, o infinito,
si nuestros ojos hablan, o brillan, o callan,
¿por qué?

Si tu paraguas amarillo es tan bonito como mi flor blanca,
si tu idioma le habla al mío como el rocío a la aurora,
si la tierra sonríe igual bajo tus pies que bajo los míos,
¿por qué?

Si somos tan parecidos como dos nubes de tormenta,
si nuestros pies ríen con las mismas cosquillas
y nuestros pechos se hinchan con la misma música,
si comemos con la misma hambre y dormimos con el mismo sueño,
¿por qué?

Si la hierba es verde para todos, ¿por qué?



lunes, 12 de marzo de 2018

AUTORRETRATO SIN MÍ

¿Qué podía uno esperar de Fernando Aramburu después del éxito de Patria? ¿Otro libro sobre Euskadi? ¿Una novela ambientada en Alemania para cambiar de tercio? La verdad es que uno podía esperar muchas cosas. Incluso el silencio. Ese silencio en el que se resguardan tantos escritores para recuperarse del aturdimiento que provoca estar en boca de todos durante tantos meses. Pero Aramburu no ha hecho nada de eso. Ha escrito, en fragmentos autobiográficos muy breves, el libro más intimista, profundo y conmovedor de su carrera. 

Su nuevo libro ha sido para mí una sorpresa tan emocionante que aún no salgo de mi asombro. Viene, creo, del silencio. Del silencio de mirarse para adentro y buscar la esencia humilde de sí mismo. Hay algo antiguo, enraizado en la tierra, en la belleza de sus palabras. Una ternura, una compasión por las propias flaquezas que emergen de la serenidad sabia con la que ha aprendido a mirar el mundo. Hay algo de paisaje en su prosa poética, aunque hable sobre la vida urbana. Algo del saber intuitivo de los pueblos, sólido y evocador como la piedra vieja y los fuegos nocturnos en la chimenea. 

"Contraje la poesía a edad temprana. La he combatido o, en todo caso, paliado con el humor". Y nos llega en este libro destilada con la sonrisa tranquila del que ha acumulado "otoños, libros y una muchedumbre de hojas caídas que forman un suelo de serenidad". La poesía, en sus manos, es quizá una forma de ocultarse, de extender un velo que desdibuje los contornos de la propia vivencia. Planos, máscaras, juegos de belleza para protegerse, para contarse estilizado en arte. Aunque también es posible que la poesía sea lo contrario, la única forma sincera de entregarse desnudo al mundo, el único lenguaje capaz de traducir lo inexplicable, lo doloroso y lo gozoso de cada pequeña existencia. 

Este es un libro para leer y releer. Un lugar que pide regresar cada poco tiempo, como el abrazo insustituible de ciertos amigos. Hay dolor en él. Amplias zonas de penumbra. Pero sobre todo transmite paz. Gratitud. Y motivos para la celebración. A través de su mirada vemos arte en la armonía de un rostro, encontramos hogares insospechados en la sonrisa de un desconocido, entramos al quirófano con una melodía en los labios, amando, siempre amando, y cuidamos de ese agujero que todos tenemos en el pecho, con cariño, preparándolo para que, cada primavera, pueda convertirse en un nido de pájaros migratorios. 

El piano que su hija dejó de tocar recibe de pronto un aplauso. 
Un niño jovial y travieso se agita cada mañana en los ojos de un señor mayor. 
La bandada de pájaros que anida en su boca sale volando con cada carcajada de felicidad. 
El afecto de ese abrazo borra las nubes interiores y descubre una mañana soleada a través de la lluvia. 

Como los mejores libros siempre hacen, estos "pensamientos ateridos junto a una ventana" me han hecho encontrar espacios nuevos dentro de mí. Su sobriedad atemporal sosiega y, por momentos, estremece. El placer que provoca esta "sucesión de diminutas plenitudes" es íntimo y cálido. Una vez que te dejas penetrar por él, ya pasa a formar parte de ti. Su ternura y tú, su silencio y tú, sus pájaros y tú: una misma emoción.


Fernando Aramburu

jueves, 8 de marzo de 2018

SEXISMO COTIDIANO

Una mujer llega a su casa. Ha creado una página web donde recoge casos de discriminación hacia las mujeres. Abre el ordenador y descubre decenas de amenazas de agresiones sexuales de todo tipo. Amenazas de muerte. Escucha un ruido en el jardín. Se queda rígida. No hay nadie en casa. Decide que son simplemente palabras. Que no van a poder con ella. Que su lucha es más importante. Escucha el silencio. De nuevo el ruido. Cierra el ordenador y decide irse a un bar nocturno a trabajar. Está sola en casa. Y el ruido del jardín sigue ahí. Las amenazas sólo son palabras, se repite. ¿Pero y si...?

En 2012, con veintiséis años, la británica Laura Bates fundó el proyecto Sexismo Cotidiano. Empezó con una página web que invitaba a la gente a contar anécdotas de la discriminación sexista que sufrían en su día a día. En poco más de un año había recabado más de cien mil historias, desde acoso callejero hasta violaciones en grupo. Montones de pequeños incidentes que, puestos todos juntos, muestran cómo diariamente miles de mujeres son toqueteadas, perseguidas, acosadas, maldecidas, increpadas, amenazadas, menospreciadas, atacadas y violadas en todo el mundo, por el simple hecho de ser mujeres. 

El machismo está latente en nuestra sociedad a todos los niveles. Lo que hace que sea tan difícil de combatirlo es que a menudo va disfrazado de humor y las descalificaciones, insultos y amenazas se ocultan tras la coraza miserable de la ironía, culpando a las víctimas de no saber encajar una broma. Un ejemplo: Un compañero de trabajo suelta, desde la otra punta del pasillo: "¡vaya culazo!". Si lo ignoras, lo repetirá más adelante. Si le afeas la conducta, te responderá que "sólo era una broma, bonita". Si te enfadas, se reirá diciendo que si no te gustan los piropos no te pongas vaqueros ajustados. En todos los casos, la culpa es de la mujer. La culpa de tener culo y dignidad, por supuesto. 

Acoso sexual en el colegio, traumas infantiles derivados de la moda sexista, anorexia, bulimia, depresión, suicidio, violaciones en institutos, acosos callejeros, tocamientos en medios de transporte, vejaciones en fiestas universitarias, discriminación salarial, violaciones dentro de la pareja, desconfianza social hacia los testimonios de mujeres violadas, complicidad social del hostigamiento machista en medios de comunicación, más violaciones (en España, una denunciada cada ocho horas, quién sabe cuántas más no denunciadas), más agresiones sexuales (en España, una denunciada cada hora, quién sabe cuántas más no denunciadas). 

Este libro es un verdadero puñetazo en la mesa. Es mordaz, contundente, demoledor. furibundo, implacable. Es una voz hecha de cientos de miles de voces que dicen basta ya. Basta ya de mantener esta desconexión tan brutal entre las ofensas y su percepción social. Basta ya de permitir que se perciba a las mujeres como seres humanos secundarios que amenazan el statu quo ideal de nuestra sociedad occidental, creado a imagen y semejanza de los hombres blancos heterosexuales ricos. Basta ya de manipular el testimonio de las mujeres para hacerlo parecer menos fiable. Basta ya de presenciar cómo las mujeres sufren acoso sexual en lugares públicos (la calle, el metro, el trabajo) y no actuar. Basta ya de pensar que no es cosa nuestra, que no nos concierne. 

Laura Bates

El acoso callejero, los silbidos y los "vaya culazo", las insinuaciones, los tocamientos, los "besos robados" y los apretones en el metro no son incidentes inofensivos. Tampoco tienen que ver, como muchos hombres piensan, con una manifestación de deseo. Tienen que ver con el poder. Los hombres, por su fuerza física y por el entorno complaciente, se sienten legitimados a acosar a mujeres, no para halagarlas ni para seducirlas, sino para someterlas a su voluntad. Los hombres utilizan el sexo y sus insinuaciones para someter y humillar a las mujeres. No son cumplidos. No tiene nada que ver con el flirteo. Es un ejercicio continuo y diario de poder, dominio y control ante el que, como espectadores, deberíamos aprender a reaccionar. 

Una mujer llega a casa, abre el ordenador y descubre decenas de amenazas de agresiones sexuales y amenazas de muerte. Esta mujer es Laura Bates, la autora de este libro. Al igual que miles de mujeres que critican públicamente la discriminación machista y que consiguen visibilizar su lucha, ha recibido centenares de amenazas de hombres que quieren violarla, torturarla y matarla. Amenazas que los hombres no tienen que soportar. Aunque sólo fuera por este motivo (y ojalá sólo fuera por este motivo), es evidente que los hombres y las mujeres vivimos en mundos totalmente diferentes. 

Sin embargo, hay cosas que están cambiando. 
Las mujeres están alzando la voz. 
Gracias a proyectos como Sexismo Cotidiano y libros como este, no se sienten solas en su lucha. 
Quieren, necesitan, que el mundo cambie. 
Y yo quiero que cambie más rápido. 
Yo quiero que los hombres y las mujeres vivamos en el mismo mundo.