jueves, 7 de diciembre de 2017

LEER CONTRA LA NADA

Como ya va siendo habitual, Óscar me selecciona las novedades que considera que me pueden interesar y... ¡siempre acierta! La semana pasada, entre otros títulos, uno llamó mi atención de forma instantánea por el nombre de su autor, Antonio Basanta, y por su título, Leer contra la nada

Conocí a Antonio en los años 80 dentro del Grupo Anaya, cuando yo dirigía la librería El Brocense, especializada en filología y lingüística, y escaparate de los libros de Anaya. Allí iniciamos un proyecto precioso que luego se transformó en el Centro Internacional del Libro Infantil y Juvenil de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Me acompañó en la presentación de la colección Los cuentos de la Media Lunita, cuyas ilustraciones viajaron por toda España en lugares emblemáticos, y el recuerdo que me quedó de él como persona fue entrañable.

Fue un privilegio conocerle, y si no hubiera sido porque se cruzó en mi camino un diabólico personaje, que parecía sacado de un cuento de terror, es muy posible que hubiéramos podido coincidir largo tiempo Antonio y yo en esa caminada maravillosa que es la lectura. Por caminos distintos, los dos pudimos realizar el sueño de trabajar en lo que más nos gustaba, los libros.

Leer contra la nada es una joya para todos los que amamos la lectura. ¡Son tantas las reflexiones que me han apasionado! Por ejemplo: "Me gusta pensar en el cuadro Las hilanderas de Velázquez como una fértil metáfora de la lectura. En primer plano, la rueca de las palabras que dan hilo a las historias. Al fondo, el lino convertido ya en arte, en el tapiz de una historia. Y, ante él, las lectoras principales, Atenea y Aracne."

Con él he aprendido que si en una palabra mantenemos la primera y la última letra, podemos variar de lugar todas las demás y seguiremos entendiendo el significado de la palabra. Nunca lo había experimentado, pero lo probé y efectivamente, es así.

También me ha traído recuerdos de páginas inolvidables, como la que escribió Ángel González en Nada grave: "Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas y una voz cariñosa le susurró al oído: ¿Por qué lloras, si todo en este libro es de mentira? Y él respondió: Lo sé, pero lo que yo siento es de verdad."

Antonio Basanta
La enseñanza de La Bella y la Bestia es que hay que amar las cosas para que se vuelvan amables. La de La Bella Durmiente, que en cada uno de nosotros hay una vida dormida que espera ser despertada. La de Cenicienta, que lo que amamos es tan frágil como un zapatito de cristal, y la de Hansel y Gretel, que hay que tener cuidado con los que nos prometen el paraíso: con frecuencia es una trampa donde se oculta la muerte. Peter Pan nos dice que la infancia es una isla a la que no cabe volver. Pinocho, que no es fácil ser un niño de verdad. La Sirenita, que no siempre tenemos alma y que, cuando esto ocurre, se suele sufrir. Y Alicia en el País de las Maravillas, que la vida está llena de respuestas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Son definiciones de Gustavo Martín Garzo.

Leer contra la nada nos ofrece una completa bibliografía y un homenaje a los maestros en su tarea de inculcar el amor a la lectura, además de sugerirnos mil ideas para su tarea diaria con anécdotas y retazos de páginas inolvidables de Rodari, Borges, Grijelmo, Steiner o Benedetti.



lunes, 4 de diciembre de 2017

LA LECCIÓN DE AUGUST (Firma invitada)

Una madre, una heladería y un niño con trastorno genético que produce malformaciones craneofaciales. Así es como nace la novela que lleva cinco años batiendo récords de lectores y que ha sido adaptada al cine y acaba de estrenarse. Su autora, la estadounidense R. J. Palacio, vivió una escena similar a una de las narradas en la novela y decidió escribir la historia de August. 

August es un niño de diez años que nunca ha podido ir al colegio porque su enfermedad y sus múltiples operaciones se lo habían impedido. Por eso, durante su primera década de vida vivió en la tierna calidez de la burbuja que le proporcionaron sus padres y su hermana. Aun así, siempre sentía que el resto del mundo lo observaba por su aspecto físico y que la visión de su rostro le producía horror a todo aquel que lo miraba. 

A pesar de que se siente un niño normal y de que su familia lo trata como tal, todos saben que no lo es, pero que tendrá que enfrentarse a la vida en algún momento. Por eso, sus padres deciden que tiene que comenzar a ir a la escuela y lo matriculan en Beecher, el centro donde pasará todo el curso que se narra a lo largo de la novela.

Cartel de la película Wonder.
Uno puede imaginar cómo sigue la historia y, si está acostumbrado a las comedias americanas de éxito, acertará, pero a pesar de la previsibilidad de lo que vamos a leer, hay un elemento que hace de esta novela algo especial: su estructura. Dividida en ocho partes, cada una de ellas narra la historia desde la perspectiva de un personaje diferente, lo que le da más complejidad y profundidad a los protagonistas, que adquieren redondez y ganan en matices.

La lección de August es una lección de vida: la de superar los obstáculos desde la amistad, la familia, el sentido del humor y el cariño. Creo que después de leerlo uno querría ser mejor persona, abanderarse con la amabilidad y tratar de no juzgar a los demás por su aspecto exterior. Quizás para un adulto el mensaje está muy trillado, pero para sus lectores niños y adolescentes de entre diez y trece años la novela es extraordinaria, porque consiguen empatizar de tal manera con los personajes y les gusta tanto la historia que verdaderamente se sienten tocados por la magia de August y se compadecen hasta el punto de replantearse muchas de sus propias actitudes.



jueves, 30 de noviembre de 2017

EL FIN DEL "HOMO SOVIETICUS"

Qué lejos queda la Unión Soviética. Desapareció cuando yo estaba en primaria y ni siquiera imágenes de telediarios recuerdo. Veintiséis años han pasado del fin de aquel sueño fallido. Y a pesar de nuestra cultura democrática, de nuestra escala de valores, tan opuesta a la soviética en tantas cosas, aquel ideal de igualdad sigue estando presente en discursos e intenciones de un sector amplio de la izquierda española. Estoy convencido de que si leyeran este libro, muchos de los que piensan que la revolución rusa es una inspiración indiscutible para cualquier lucha por la emancipación, contra la explotación y por la igualdad, matizarían su nostalgia y alejarían sus afectos de un régimen político que arrebató la libertad a su pueblo a cambio de una utopía.

Al igual que en sus libros anteriores (escribí una reseña de Voces de Chernóbil hace dos años, a raíz de la concesión del Premio Nobel), Svetlana Aleksiévich se sirve de la voz de decenas de hombres y mujeres nacidos en la URSS para armar un relato coral sobre la tragedia que supuso el comunismo soviético y cómo creó un tipo de hombre, el "homo sovieticus", condenado a desaparecer tras el fin de la utopía. Son los damnificados por el sueño perdido, los humillados y ofendidos por décadas de represión: madres deportadas con sus hijos, hombres que regresan tras quince años en el Gulag con la fe en su camarada Stalin increíblemente intacta, entusiastas de la apertura a occidente de Gorbachov que asisten anonadados a los estragos de la irrupción del capitalismo en los años noventa. Todos ellos hablan del dolor de haber vivido en un sueño, en una fe en un futuro glorioso que nunca llegó. Les quitaron la libertad, la capacidad de crítica, la justicia, la palabra, a cambio de un ideal. Se aferraron a ese ideal como náufragos a un madero. Y cuando el ideal desapareció, se quedaron flotando a la deriva, sin saber cómo vivir sin su amado partido, sin su brújula mural, sin su orgullo, sin su logro.

La caída del comunismo le robó a mucha gente su fe, su patria, su idea de sí mismos construida a lo largo de siete décadas. Dejaron de sentirse especiales. Y entonces llegó el resentimiento. Sus sueños de grandeza fueron sustituidos por un enorme supermercado. Y no se explicaban que todo hubiera acabado sin gloria, sin guerra, sin sangre. "Fuimos un gran imperio que abarcaba de mar a mar, desde el círculo polar hasta los trópicos. ¿Qué ha sido de aquel imperio? Lo vencieron sin arrojar una sola bomba. Sin su Hiroshima. ¡Su Alteza el Embutido ganó la guerra!"

Al mismo tiempo, con las primeras elecciones democráticas, hubo un brote de euforia. Los que estaban hartos de la dictadura pensaron que la democracia llegaría con edificios nuevos de colores diferentes al gris hormigón, con pizzas, dinero, buenas carreteras, humor y libertad para ser felices sin tener que plegarse ante ninguna autoridad. El país era un hervidero de esperanza. La gente se sentía llena de energía. Pero, ¿qué hacer con ella? No lo sabían. Sabían que, de repente, eran libres. Pero nadie les había enseñado qué hacer con esa libertad.

Nunca ha habido juicios ni condenas por los crímenes soviéticos. Los verdugos del Gulag, los millones de cómplices que hicieron posible el Estado policial, han vivido tranquilos hasta el fin de sus días cobrando su pensión. No ha existido un movimiento ciudadano que presione para provocar un arrepentimiento en todos aquellos que colaboraron con el terror. El pasado soviético es una gloria repleta de sangre, miedo y atrocidad. Una enfermedad de la que los rusos nunca se han curado. Y ahí sigue, pendiendo sobre sus cabezas, amenazante como "el hacha que sobrevive a su dueño".

Svetlana Aleksiévich
El fantasma de la revolución se pasea de nuevo por Rusia. Desde 2011, los actos públicos en homenaje al pasado comunista se suceden por todo el país. Tras veinte años de "libertad", resurge el culto a Stalin. La mitad de los jóvenes entre diecinueve y treinta años considera que Stalin fue un "gran dirigente político". Los rusos están acostumbrados a vivir por una causa, algo grande que los trascienda como individuos. Anhelan un gobierno fuerte, una autoridad que les devuelva parte de la "grandeza" perdida. Muchos viven de la limosna de los recuerdos, protegiendo el ideal caído en espera de que se vuelva a levantar y gobernar sus vidas. Y han encontrado en Putin, ese "zar de pacotilla", una respuesta a muchos de esos anhelos.

Del capitalismo aprendieron que "nadie se forra haciendo un trabajo honesto". Y de los movimientos independentistas de las repúblicas caucásicas, el placer de sentirse importantes de nuevo a través de la xenofobia. ¡Rusia para los rusos!, se escucha a menudo en las calles de Moscú. Y proliferan las mismas consignas, los mismos gestos fascistas nacidos de la exacerbación del nacionalismo que vemos en Austria, en Francia y en España estos últimos años. Los rusos necesitan sentirse especiales. Antes, con la URSS, iban a ser los salvadores del proletariado mundial. Ahora les vale con tener a miles de tayikos haciendo por sueldos de miseria los trabajos que ellos nunca harían para mirarlos por encima del hombre y sentirse superiores.

En este libro, Svetlana Aleksiévich pregunta a sus interlocutores sobre el amor, sobre su infancia, sus peinados y sus calcetines, sobre la música que escuchaban y los desayunos en familia. Trata de los que encuentran belleza en el sufrimiento, de la crueldad que puede encerrar el entusiasmo por una idea. Trata de una época en la que ya no se mataba por Dios sino por el Partido, sin que el resultado cambiara lo más mínimo. Trata de mujeres hermosas y de historias de amor, y del dolor ajeno que acecha en cada esquina de un país enloquecido por sus ideales. Su objetivo es componer un retrato humano múltiple con las vidas de gente corriente, las víctimas, los verdugos, los cómplices y los resistentes. Las emociones humanas también forman parte de la historia. Sin ellas, los hechos históricos serían meras estructuras vacías, arquitectura vacía, casas sin hogares.

El fin del "Homo sovieticus" trata de explicar un país y su tragedia colectiva a través de sus gentes. Y ojalá que sirva para explicar el comunismo soviético a esos jóvenes rusos (y de todo el mundo) que lucen con orgullo sus camisetas con la hoz y el martillo o con el rostro de Lenin y celebran el centenario de la revolución como si fuera un ejemplo a seguir. La revolución y su recuerdo nunca debería servir de ejemplo, sino de advertencia. Millones fueron las víctimas de aquella hermosa utopía. Este libro encierra algunas de sus historias.




lunes, 27 de noviembre de 2017

BRUJARELLA

Suelo leer con calma. Por ejemplo, sentado en un sillón, con una taza de té y una mantita. No me preocupa pensar que dentro de cuarenta o cincuenta años, si mi cuerpo y mis ojos consienten, seguiré leyendo de la misma forma. Ensayos, novelas, cómics, todos los libros se adaptan a mi forma de leer. Hay gente que lee en cualquier sitio. Bancos del parque, paradas de autobús, oficinas de Correos. Hay gente que lee andando por la calle o en un bar donde atruena la retransmisión de un partido de fútbol. Yo no. No puedo. Necesito silencio y la calma de un sitio que no se mueva. Aunque a veces, de la manera más extraña e imprevisible, quien trae el ruido y la tormenta es el libro. Y entonces ya dan igual la taza de té, el sillón y la mantita, dan igual la calma y la introspección (propias, quizá, de una edad que no es la mía), porque al internarme por sus páginas mis pies se ponen a danzar, el sillón sale volando por la ventana, el té se lo bebe un pájaro travieso y el mundo se vuelve disparatado y loco y lleno de un ruido maravilloso. 

Brujarella. Ay, Brujarella. Cómo me gustas, con tus calcetines a rayas blancas y negras, tu escoba voladora, tu verruga con su pelo y tus zapatitos envidiosos. Me has tenido danzando como loco durante una hora y media, volando con un lobo y un pingüino por un bosque en plena tormenta en busca de un calcetín perdido y me temo que ya nunca más podré olvidarte, brujita malvada y encantadora. 

Este libro me enamoró desde el primer momento que vi su portada. Las ilustraciones de Iban Barrenetxea, que también es el autor del texto, son delicadas, expresivas, divertidas y están llenas de detalles y de fantasía. Al igual que la historia, mezclan el hiperrealismo con la fantasía de la manera más natural y así, una bruja de cabeza enorme y zapatitos minúsculos, acompañada de un pingüino, una urraca y un lobo enorme, entra en un Rolls Royce en el que va sentado un marqués que parece un cruce entre Dalí y Scott Fitzgerald. Vamos, la bomba. 

Brujarella me ha recordado a Shrek por la diversión bruta e ingeniosa, a Sherlock Holmes por la perspicacia jocosa y a Harry Potter por la fantasía aventurera. Cada vez que Brujarella dice "esto me huele a misterio", me la imagino con su voz cavernosa, guiñando un ojo malicioso y retorciendo su dedo índice en el aire, convirtiendo al mundo entero en sospechoso de la desaparición de su calcetín. Y tiene razón en andarse con ojo, porque ya se sabe: "bruja descuidada, ¡bruja chamuscada!"

A partir de ahora, cuando me pidan recomendación para niños y niñas a partir de ocho años, cogeré este libro, me agacharé, y, en voz baja, le diré al futuro lector: cuidado, este es un libro mágico. ¿Es divertido? ¿Aterrador? ¿Fantástico, absurdo, emocionante? ¡Sí! Pero no sólo. Es especial, tanto que para hacerse una idea de cómo es, habría que meter todas esas palabras en un caldero de bruja, añadir una pizquita de rana y cocerlo todo a fuego lento durante años, años y años... Tantos años que dejaríamos de contarlos de puro cansancio. Y tal vez esas nuevas palabras que saldrían humeando del caldero se acercarían a describir esta maravilla de libro. Tal vez. 






jueves, 23 de noviembre de 2017

NADA PUEDE ASUSTAR A UN OSO

- Miramiramira -, me dijiste, y señalaste con el dedo-. ¿Has visto esta familia de osos? ¿No son para comérselos? 
Estábamos de librerías por Madrid, porque el vicio por los libros siempre se disfruta más en el tiempo libre. Y mirábamos cuentos. 
-Osito tiene miedo, ¿ves? Ha oído en sueños un fuerte... ¡Rugido! "¡Socorro! - grita asustado -. ¡Hay un monstruo ahí fuera!"
- ¡Qué chulo!
Te sonreí y me quedé pensando. Monstruos. Sí, hay monstruos ahí fuera, osito. No lo sabes tú bien. Monstruos de todas las formas y colores. Se pasean por las calles vestidos de etiqueta y sonríen mientras les roban el futuro a los demás. Instigan, presionan, seducen, conquistan, y asustan precisamente porque nunca los ves venir. Hay monstruos ahí fuera, osito. Vaya que sí. 
¿Ves? - me cogiste de la mano -. Papá oso es la bomba, ha salido con un farol para demostrarle a osito que no tiene nada que tem... ¿Me escuchas? 
- Sí, perdona. Estaba distraído.
- ¿Sí?
- Pensando en monstruos. 
- Pues vuelve, vuelve, que estos seguro que molan más. Mira, y además está en verso, o bueno, casi, pero todo rima. ¡Es para...
- ...comérselo!
- Sííí.
- Jajaja. Me parto contigo. ¿Y cómo acaba? ¿Qué era ese rugido?
- Pues eso es lo mejor. El rugido era...- Te acercaste a mi oído, vergonzosa, y me lo dijiste en voz baja. 
- ¡No! 
- Sí. 
- Qué fuerte, al final osito se te va a parecer en todo...
- Tonto. 
- Guapa.
Y salimos riéndonos. 
Madrid se quedó reluciente. Con una familia de osos comestibles y libros infantiles por todas partes, en todas las esquinas, ahuyentando monstruos. 



lunes, 20 de noviembre de 2017

EL CUADERNO PROHIBIDO

Valeria baja un domingo a por tabaco para su marido y, cediendo a un impulso irrefrenable, decide comprar un cuaderno de tapas negras que ha visto en el escaparate. Un cuaderno para ella. Para contar sus secretos. Sus días. Sus esperanzas. Tiene cuarenta y tres años, dos hijos ya mayores y un marido que le dedica un cariño despistado. Todos tienen sus cosas, sus lugares privados, su espacio. 
¿Y ella? 

"Al caer en la cuenta de que en toda la casa no había un cajón, un armario que pudiera llamar mío, me propuse hacer valer mis derechos desde ese mismo día". Como Virginia Woolf con su habitación propia, Valeria decide conquistar el derecho a su propia intimidad escribiendo su cuaderno a escondidas de su familia, por las noches, cuando no hay nadie en casa, en los escasos ratos robados a las interminables tareas que le esperan todos los días cuando llega de la oficina. Estamos en Roma, en 1950, y aunque ya no es una deshonra que las mujeres trabajen, sigue siendo inconcebible que los maridos colaboren en las tareas domésticas. 

Roma, 1950. Italia ha salido de la guerra tambaleándose. Los hijos quieren libertad y diversión, ya no creen en sus padres de la manera en que estos creían en los suyos. La solidez moral se resquebraja, han perdido una brújula moral que Valeria sí tuvo. Una brújula moral que la convirtió en esclava de la familia y de la casa, sin tiempo para leer un libro o pasear por la ciudad, pero que, a la vez, le dio fuerza para resistir penurias y desilusiones, la ayudó a distinguir claramente lo que está bien de lo que está mal y a perseverar en unos valores tras los que se protege. Unos valores que la salvan y la encierran, que conforman los barrotes de la jaula invisible en la que vive. 

Antes no pensaba mucho en las cosas. Olvidaba con facilidad. Así, sin darle vueltas a los disgustos y las discusiones, la vida pasaba más rápido, fluía mejor. ¿Qué sentido tiene intentar ser feliz si no olvidamos las ofensas? Ahora, a través de las palabras que escribe en su cuaderno, ya no es tan fácil olvidar. Todo está ahí, negro sobre blanco: las conversaciones, las dudas, los anhelos sofocados tras una vida de abnegación que nadie le agradece. A través de las palabras, Valeria comienza a comprender cosas que nunca había sospechado, empieza a acercarse al significado íntimo y profundo de su condición, y la frontera entre lo que está bien y lo que está mal empieza a desdibujarse. 

"Deseaba contar la tranquila historia de nuestra familia en este cuaderno". Pero el cuaderno va revelando las grietas que se esconden tras la aparente normalidad de sus vidas, le abre una ventana a un mundo nuevo lleno de posibilidades. De aterradoras posibilidades. Sus propias palabras le enseñan cómo abrir la jaula en la que ha vivido, y la posibilidad del espacio exterior, de la libertad vertiginosa e infinita lejos de sus barrotes, la embriaga y la aterra a partes iguales. 

A la muerte de su suegra, su marido empezó a llamarla "mamá". Primero como una broma, como un gesto de reconocimiento, quizá, a su labor en casa y con los hijos. Pero luego como un hábito. Y qué triste, y cómo quebranta su condición de mujer ese apelativo que, incluso para su marido, la reduce a una madre. A una cuidadora. Una servidora. Encerrada en una jaula de costumbres, reglas sociales, religión y prejuicios. Y aunque sonría y acepte y siga con su vida de cuidados, en secreto se niega a aceptar que "esa cosa indefinible que vuelve rebeldes a nuestros hijos forme ya para mí parte del pasado". 

Alba de Céspedes (1911-1997)

Su marido y ella se tratan como si el tiempo no hubiera pasado. Con la misma idea del otro de hace diez o quince años, cuando sus hijos eran pequeños y el apasionamiento de recién casados había quedado hacía tiempo enterrado entre pañales, obligaciones y estrecheces económicas. Una idea del otro petrificada en el tiempo. Y ya no se ven. No se miran a los ojos. No se les pasa por la cabeza la posibilidad de que han cambiado, de que ya no son los mismos, de que es un error no intentar ver a los demás sin la máscara de la costumbre, sin la insidiosa pátina de cansancio que recubre ya todos sus gestos de afecto. Como si fueran viejos. Como si su vida, una vez que sus hijos están a punto de marcharse de casa, hubiera agotado sus posibilidades. 

El cuaderno prohibido ha despertado su sed y su hambre. Le ha devuelto las palabras y las ideas. Su identidad de mujer. La posibilidad de un futuro. Quiere vivir sin avergonzarse de sus sentimientos, vivir sin contenerse, sin defenderse a diario de esos anhelos que su moral le ha enseñado a identificar como pecados y que no son más que vida e ilusiones. Si las cosas sólo pueden hacerse de una forma, si amar es un asunto de familia y educar es disciplina y obediencia, ¿qué pasa cuando se decide vivir de otra manera? Valeria ve cómo su hijos adoptan actitudes que no reconoce, defienden ideas que no entiende. Sus mentes han soltado amarras y las ve alejarse del puerto seguro que ha sido ella para ellos hasta ahora con un sentimiento de pérdida descorazonador. Se siente desvalida. Sola. Y necesita de nuevo ser una mujer, desprenderse de la vieja piel de madre abnegada y dejar de vivir en la sombra. Tiene cuarenta y tres años y quizá, para su sorpresa, toda la vida por delante. 

Esta espléndida novela es un retrato fascinante de las costumbres familiares de una época que, en muchos aspectos, no es tan distinta de la nuestra. A mi alrededor veo con frecuencia a mujeres condicionadas por las tradiciones que luchan por salir de la jaula de las convenciones para conquistar el derecho a actuar como ellas quieren y necesitan, y no como les han enseñado a querer. Tienen miedo de decepcionar a sus padres, o a sus parejas. Sienten un alivio liberador ante la satisfacción de los demás, por el miedo a que sean infelices y puedan culparlas a ellas. La culpa, esa amenaza constante, esa terrible condena. Y Valeria encarna la lucha universal de las mujeres, que desgraciadamente nunca pierde vigencia, por conseguir un espacio propio para ser ellas mismas, no la madre, la esposa o la hija de nadie. Ellas mismas, sin la necesidad de complacer a los demás, sin sentirse culpables por su necesidad de libertad. 


jueves, 16 de noviembre de 2017

UNA COLUMNA DE FUEGO

La continuación de Los Pilares de la Tierra y Un mundo sin fin no sólo no decepciona: te apasiona, no puedes soltarlo. Nos trasporta al conflictivo siglo XVI, cuando las guerras e intrigas en Inglaterra y en Francia demostraron una vez más la intolerancia, la violencia y las injusticias tan virulentas que siempre ha desatado la Iglesia católica. 

El personaje más importante que transita a través de esta novela es la reina Isabel I de Inglaterra, cuyo perfil desmonta la imagen que durante el siglo XX nos ofrecieron de ella los libros de texto en España. Felipe II siempre era retratado como el valedor de la justicia, e Isabel, como la malvada reina que defendía una religión equivocada. Ken Follett da la vuelta a esta dualidad, señalando la voluntad de la reina inglesa de que bajo su reinado nadie muriera por expresar su religión. Había tantos motivos para renovar una Iglesia como la católica, corrupta, conservadora y sanguinaria a través del brazo torturador de la Inquisición... La Reforma protestante pretendía regenerar prácticas tan poco edificantes, aunque algunos de sus métodos, y sobre todo el radicalismo de Calvino en Ginebra, desprestigiaron en buena medida su proceso. 

Hay que agradecer a Ken Follett, y a la tarea de documentación que siempre realiza en sus novelas históricas, que nos haya ofrecido una imagen tan perfilada e íntima de dos personajes tan controvertidos como la reina Isabel I y María Estuardo, mitificadas a través de la literatura, el cine y el arte en general. 

Dadas las conspiraciones continuas por parte de todos los países europeos para derribarla del trono, Isabel I establece un servicio secreto para investigar posibles invasiones e intrigas. Y Ned Willard, el protagonista de esta novela, se convertirá en uno de sus espías más perseverantes y leales, teniendo que enfrentarse con el hermano de Margery, la mujer que ama, conspirador desde Francia contra Isabel.

Es espléndido el relato de las intrigas que la familia de Guisa, defensora de María Estuardo, maquina en la corte francesa para imponer el catolicismo más recalcitrante en un país donde durante casi medio siglo los herederos de la corona se suceden sin pausa a consecuencia de enfermedades y reyertas. Las anécdotas de la primera boda de María con el príncipe heredero francés, un muchacho de 14 años con el que se había educado y con el que la unía una gran amistad, son antológicas.

Una lección de historia fascinante que no puede dejar indiferente a nadie.